La plebe femichula -Santiago Navajas/Libertad Digital-

En una cafetería vegana en Australia han implantado un sistema de cobro “feminista de género” (“femigen” para abreviar) por el que los hombres deben pagar más que las mujeres por los mismos productos. Lo que se recauda a través de lo que podríamos denominar el “impuesto XY” se destina a actividades benéficas en contra de la “violencia machista”. En dicho café, nos dicen, no hay camareros al estilo tradicional sino “guerreros por la justicia social” (SJW por sus siglas en inglés) que aplican un 18% de más a los hombres porque esa es supuestamente la brecha salarial a favor del género masculino.

Como en Australia hay leyes que no permiten discriminar por sexo, el bar “femigen” solo puede “sugerir” a sus clientes masculinos que paguen el “impuesto femirrevolucionario”. Ahí quisiera yo ver a James Damore, el autor del memo de Google que le ha costado el despido por sugerir que discriminar a los hombres para apoyar la diversidad quizás no sea tan buena idea después de todo. O sí. Al fin y al cabo los hombres estamos acostumbrados a reglas de cortesía que nos “obligan” a ceder nuestros asientos y abrir las puertas a las señoras, así como a pagar más que ellas por entrar a pubs y discotecas. Es irónico, y revelador, como el nuevo feminismo (de género) imita las reglas de lo que las “femichulas” llaman viejo machismo (heteropatriarcal).

De todos modos, tienen mucho que aprender las “femigen” australianas de las leyes españolas que, impulsadas por el espíritu “de género” dominante, no solo han conseguido arramblar con uno de los fundamentos del Estado liberal, la presunción de inocencia que ya no se aplica a los varones en el caso de la “violencia machista”, sino que también va camino de terminar con otro baluarte de la filosofía ilustrada: el principio de que hay que odiar el crimen pero es posible reinsertar y rehabilitar al criminal.

Durante la Edad Media, si la Inquisición te condenaba no había forma de lavar jamás la “mancha criminal pecaminosa”. A los condenados se les hacía vestir una prenda, el “sambenito”, que una vez cumplida la condena o quemado en la hoguera el “hereje” se colgaba en la iglesia de turno para que el presunto crimen no se olvidara nunca. Una “memoria histórica” de infamia perpetua. Para la Inquisición era fundamental enfangar el recuerdo de sus víctimas, que alcanzaba a su familia, para así propagar un clima de intimidación y terror.

El el caso de Francesco Arcuri contra Juana Rivas, las “femigen” están promoviendo una clima de intimidación inquisitorial contra el ciudadano italiano que ha presentado una demanda para recuperar a sus hijos. Arcuri, condenado hace años por maltrato, sería para la neoinquisición “femigen” un apestado de por vida y sus reclamaciones para reivindicar la patria potestad tendrían que ser descartables por principio y para siempre.

A partir de 1764, sin embargo, la mentalidad vengativa y rencorosa que inspiraba las acciones justicieras empezó a cambiar gracias a la publicación de De los delitos y las penas, de Cesare Beccaria. Para el joven ilustrado italiano, en un sistema humanitario vale más dejar libre a un culpable que castigar a un inocente. Para ello postuló dos principios penales que son los que deberían fundamentar cualquier Estado de Derecho: la presunción de inocencia y la posibilidad de rehabilitación e reinserción de los condenados. Escribe Beccaria:

Para que el castigo no sea en cada caso un acto de violencia de uno o muchos contra un ciudadano en particular, debe ser esencialmente público, expedito, necesario, el menor posible dadas las circunstancias, proporcional al crimen, y dictado por las leyes.

Por ello, Francesco Arcuri no tiene por qué entrar en los Juzgados vestido con ningún “sambenito” bordado con alguno de los lemas favoritos del matriarcado “femigen”, al estilo del “Machete al machote” que parece sacado de una versión de La matanza de Texas protagonizada por Barbijaputa. Arcuri fue condenado por maltrato y pagó por ello pero no se convirtió en un “maltratador” de una manera esencial. Si hubiese cometido algún nuevo delito de maltrato habría que juzgarlo con nuevas pruebas y no porque una ideología inquisitorial –representativa de esa “banalidad del mal” que Hannah Arendt desmenuzó como un batiburrillo de sentimentalidad barata, clichés lingüísticos y violencia justiciera– pretenda hacer de un ciudadano particular una chivo expiatorio ejemplarizante.

Es sintomático que la campaña promovida por el “Femigen” contra Francesco Arcuri se concentre en cobrarle un “impuesto XY” de índole social, despreciando las reglas racionales del criminalista italiano que criticaba tanto la utilización de la Justicia para preservar el poder del gobernante como para satisfacer la sed de sangre de la plebe. En nuestro caso, tenemos el poder usurpado por una serie de feministas “de género” que se benefician de una industria del victimismo ocupando “observatorios”, “concejalías” y otras instituciones públicas cuyo funcionamiento depende en gran parte de la alarma social que consigan provocar. En segundo lugar, la frivolidad de unos pueblos ignorantes y de unos medios de comunicación amarillistas que se lanzan a un irresponsable “Juana está en mi casa” como un moderno, pero bastardo, “Fuenteovejuna, todos a una”. En esta ocasión para encubrir no un asesinato sino un presunto secuestro de niños. Pocas veces una conducta tan incívica por parte de una turba mediática habrá inspirado a la vez tanta pena y tanto asco.

Una película que deberían ver en Maracena, la localidad de Juana Rivas, es La caza, extraordinario film danés dirigido por Thomas Vinterberg y protagonizado por Mads Mikkelsen, en la que un maestro es linchado por la población tras la acusación de una de sus pequeñas alumnas de haber “abusado” de ella. En dichas circunstancias, el maestro “pederasta” es condenado socialmente sin más prueba que el testimonio de la niña, sin la más mínima atribución, ni legal ni cultural, a la presunción de inocencia. Al fin y al cabo, ¿por qué una niña habría de inventarse dicha acusación? En la relación hombre-mujer se ha implantado acríticamente el dogma de la asimetría a favor de ella, lo que convierte a cualquier hombre en un mero ejemplar de la “cultura heteropatriarcal” y, por tanto, en culpable “a priori”. Y si no lo es de hecho, siempre cabe achacarle una responsabilidad “de género”.

Dos son las advertencias que hay que considerar. En primer lugar, no dejar que el feminismo sea arrebatado definitivamente por su versión más radical y espuria. No hay que cejar en la distinción entre un feminismo liberal -respetuoso tanto de la libertad como de la igualdad, racionalista e ilustrado- y el “femigen”, una de las múltiples dimensiones del “marxismo cultural”, esa ideología amargada y deprimente que ha declarado la Guerra Mundial entre Sexos. Por otro lado, en situaciones tan complejas y llenas de matices como el caso Arcuri versus Rivas dejar que el sistema judicial se pueda desarrollar de la manera más transparente posible, sin prejuzgar situaciones y hablando solo con conocimiento de causa y tras una lectura atenta de los documentos pertinentes. De lo que no se sabe, mejor callar. Dura lex, sed lex.

Origen: Santiago Navajas – La plebe femichula – Libertad Digital

Las ciudades europeas asimilan la ley de la sharia. -Giulio Meotti/Gatestone Institute-

Días después de que el Estado Islámico conquistara la ciudad de Sirte en Libia, hace dos años, aparecieron unos enormes carteles en el bastión islamista advirtiendo a las mujeres de que debían llevar prendas holgadas que cubrieran el cuerpo entero, y no ponerse perfume. Estas “estipulaciones de la sharia sobre el hiyab” incluían llevar materiales densos y ropa que no “se parezca al atuendo de los no creyentes”.

Dos años después, las tres ciudades más importantes de Europa —Londres, París y Berlín— se están inclinando de la misma manera hacia la sharia.

París ha dicho au revoir a los anuncios “sexistas” en las vallas publicitarias. El ayuntamiento de París anunció que los iba a prohibir después de que la alcaldesa socialista, Anne Hidalgo, dijera que la medida significaba que París estaba “siendo pionera” en la lucha contra el sexismo. El alcalde de Londres, Sadiq Jan, también prohibió los anuncios que promovieran “expectativas no realistas sobre la imagen física y la salud de las mujeres”. Ahora Berlín prevé prohibir las imágenes donde las mujeres aparezcan como “guapas pero débiles, histéricas, tontas, locas, ingenuas o gobernadas por sus emociones”. Harald Martenstein, de Der Tagesspiegel, dijo que la medida “podría haber sido sacada del manifiesto talibán”.

Lo irónico es que esta ola de moralidad y “virtud” proviene de ciudades gobernadas por políticos de izquierdas desinhibidos, que durante años han defendido la liberación sexual.

Hay una razón para esta grotesca campaña de prohibición de imágenes. Estas ciudades tienen importantes porcentajes de población musulmana. Y los políticos —los mismos que promulgan fanáticamente el multiculturalismo obligatorio— quieren complacer al “islam”. Ahora, uno de los puntos centrales “feministas” es defender la política de la sharia, como hace Linda Sarsour. De resultas que hoy pocas feministas se atreven a criticar al islam.

Está ocurriendo en todas partes. Los ayuntamientos holandeses están “aconsejando” a sus empleadas que no lleven minifalda. Hay horarios sólo para mujeres en las piscinas suecas. Los colegios alemanes están enviando cartas a los padres pidiéndoles que las alumnas eviten llevar “ropa sugerente”.

El primero que propuso pedir la prohibición de los carteles o anuncios que “redujeran a la mujer o al hombre a objetos sexuales” fue el ministro alemán de Justicia, Heiko Maas, socialdemócrata.

“Exigir el velo en las mujeres o reprimir a los hombres se podría esperar viniendo de los líderes religiosos islámicos radicales, pero no del ministro de Justicia alemán”, dijo Christian Lindner, líder del Partido Democráta Libre.

En 1969, Alemania estaba sumida en un debate sobre la introducción en los colegios del Sexualkundeatlas, un “atlas” de ciencia sexual. Ahora lo que se intenta es desexualizar a la sociedad alemana. El periódico Die Welt dijo:

Gracias al ministro de Justicia, Heiko Maas, por fin sabemos por qué en Nochevieja, en la Estación Central de Colonia, unas mil mujeres fueron víctimas de violencia sexual: por culpa de la publicidad sexista. Demasiados modelos erotizadas, demasiada piel desnuda en nuestras vallas publicitarias, demasiadas bocas eróticas, demasiadas minifaldas en las revistas de moda, demasiado contoneo de traseros y pechos turgentes en los anuncios de televisión. Es otro paso en el camino de la “sumisión”.

En vez de pezones y nalgas, concluye Die Welt, “¿deberíamos instar al uso del burka o el velo, como hace Erdogan?”

Las mismas élites alemanas que proponen prohibir los carteles “sexistas” censuraron los crudos detalles de las agresiones sexuales masivas en Colonia. Entretanto, una mezquita liberal de Berlín, que prohibió los burkas y abrió sus puertas a gais y mujeres sin velo, está ahora bajo protección policial tras haber recibido amenazas de supremacistas musulmanes.

Las élites europeas han adoptado una doble vara de medir: se enorgullecen de acoger una exposición con un crucifijo cristiano sumergido en orina, pero claudican rápidamente ante las exigencias musulmanas de censurar viñetas del profeta islámico Mahoma. Las autoridades italianas se tomaron muchas molestias para ahorrarle al presidente de Irán, Hasán Ruhaní, ver la desnudez de las antiguas esculturas en los Museos Capitolinos de Roma.

El público occidental parece fascinado por los velos islámicos. Ismail Sacranie, fundador de Modestly Active, la empresa que diseña burkinis, declaró a The New York Times que el 35% de sus clientes son no musulmanes. Aheda Zaneti, una libanesa que vive en Australia y que inventó el burkini, afirma que el 40% de sus ventas son a mujeres no musulmanas. El público occidental, que ha romantizado el islam, parece estar asimilando la piedad de la ley islámica. The Spectator lo llamó “nuevo puritanismo” y se preguntó “por qué algunas feministas hacen causa común con el islam”.

Parafraseando al escritor estadounidense Daniel Greenfield, la ironía de que las mujeres celebren su propia anulación es tan sobrecogedor como estupefaciente.

Europa podría muy pronto tener que disculparse con la alcaldesa de Colonia, Henriette Reker. Fue criticada —condenada— por aconsejar a las mujeres mantenerse “alejadas” de los desconocidos para evitar el acoso sexual.

Si Occidente sigue traicionando el valor democrático de la libertad individual sobre el que se basa la civilización occidental, los fundamentalistas islámicos, como aquellos que impusieron el burka a las libanesas, empezarán a imponérselo a las mujeres occidentales. Puede incluso que empiecen por esas élites feministas que primero crearon la revolución sexual para la emancipación de la mujer en los años sesenta, y ahora están locamente enamoradas de una prenda oscurantista que oculta a la mujer en una cárcel portátil.

Origen: Las ciudades europeas asimilan la ley de la sharia

El comunismo en 2017. -Cristian Campos/El Español-

Les voy a explicar cómo funciona esto del comunismo en 2017.

Lo primero que hay que conocer es su hábitat. Es Twitter. Fuera de Twitter, es decir en la vida real, el comunismo es residual. Porque en la vida real, comunista, lo que se dice comunista-comunista, es decir burgués de los que han vivido toda su vida de rentas, sin trabajar, con criada y especulando sobre el obrerismo como quien observa a los ornitorrincos en el zoo y toma apuntes en su Moleskine de piel (es decir como Karl Marx), apenas algún pijo del barrio de Salamanca. Quizá Borja Thyssen y los chicos de la CUP den el perfil.

Lo que sí hay tanto dentro como fuera de Twitter es mucho izquierdismo, que es la enfermedad infantil del comunismo. Esto lo decía Lenin, que como argumento de autoridad es inapelable. En España, izquierdistas hay un 20% aproximadamente. Que Podemos sea el primer partido en intención de voto entre las clases alta y media-alta confirma lo que digo. Esto tampoco me lo invento: lo dicen las encuestas. El voto de izquierdas es un lujo que sólo pueden permitirse los ricos, como saben todos los camareros de España que jamás votarán a Podemos.

Una vez localizado el hábitat del comunismo, sólo hay que poner el cebo en Twitter para saber en qué consiste. El cebo puede ser cualquier cosa. Por ejemplo, una excentricidad facha como: “Hombre, cargarse la primera industria nacional igual no es bueno para el mercado laboral”. Ese tipo de locuras neoliberales, ya saben. Al minuto aparecen las hordas. Por los avatares y la gramática, estudiantes de primer o segundo curso de políticas. O de puericultura. Alguno, sólo alguno, de economía.

Lo primero que te dicen es que tú no tienes ni puta idea de comunismo. Suelen llevar muy a gala lo de “¡A quién has leído tú, eh, venga, dame nombres!”. Ellos han leído tres artículos académicos en primero de carrera, pero aun así quieren chocar los cuernos contigo, medirse las lecturas y tal. Tú les respondes lo que respondes siempre: “Hombre, si lo tuyo es el marxismo, igual Piketty te sirve para situarte en el siglo XXI”. Lo pones fácil. El libro de Piketty se llama El capital en el siglo XXI. EL CAPITAL. Es un bestseller, así que es fácil de encontrar en las librerías. También es ameno y está bien escrito, se lee rápido.

Lo de Piketty no deja de ser irónico porque el francés suele decir en las entrevistas que él no ha leído a Marx. “No le he leído mucho”, dice. Por supuesto, es una boutade. La ironía es obvia hasta para Twitter. Su libro (lo vuelvo a recordar) se llama El capital en el siglo XXI. Y ahí empiezan a repasar los apuntes. “Se va a enterar este tío”. Pasan furiosamente las páginas, no entienden su propia letra. “¡Copón! ¡Puto capitalismo!”, farfullan. En la segunda fase del comunismo, todos los estudiantes de primer curso de políticas tendrán buena letra y entenderán sus propios apuntes.

Y entonces te citan sus lecturas. “Quizá no sepas que Fulanito, Menganito y Zutanito sostienen que…”. Fulanito, Menganito y Zutanito son oscuros teóricos marxistas a los que no conocen ni en su casa a la hora de comer. Siendo generoso, son irrelevantes. Siendo realista, se trata de unos chalados con balcones a la calle. Y tú dices: “A ver, no me suenan, voy a investigar”. Porque eres un tío abierto y, joder, igual ves la luz, sufres una epifanía te arrancas con La Internacional y retrocedes hasta tus dieciocho años. A los dieciocho todos somos comunistas, pero a la primera cuota de autónomos que nos atizan en la cuenta bancaria se nos aparecen Hayek, Friedman y Ludwig von Mises brillando como bombillas de las antiguas, de las que iluminaban de verdad y no como esas cerillitas de luz esmirriada que venden ahora.

Pero el caso es que investigas a esos teóricos marxistas. Y te encuentras con el reparto de La matanza de Texas en pleno. También con una sintaxis que hay que desbrozar con machete: he leído declaraciones de la renta más amenas que los artículos de esos tipos. Y entonces descubres que uno de esos teóricos marxistas ni siquiera es licenciado en economía. Otro es el fundador de una sectita marxista-leninista agro. Algo así como el Verdadero Partido Trotskista Popular del Trotskismo Popular Verdadero de las Islas Aleutianas. Investigas. Cinco afiliados. Otro tiene un blog. Pero no es que tenga un blog y haya publicado catorce libros o sea un referente entre vete tú a saber quién. Es que sólo tiene un blog. Luego, tus comunistas de Twitter escogen alguna cita al azar de Marx o de Engels o de Adorno o de Habermas y te la lanzan a la cabeza como quien te lanza un pollo desplumado. “Ahí lo llevas, pa’que aprendas”. Mientras te quitas el pollo de la cabeza, lees la cita y te sorprendes de que unos dogmas de fe tan mal redactados hayan logrado convencer a tanta gente, hundido en la miseria tantos países y exterminado a tantas decenas de millones de víctimas inocentes.

Y entonces llegan los palmeros. “Uao, nivelón, menudo zasca, fuá todo lo que sabes, lo has dejado seco”. La habitual retórica de macrofarra universitaria, pero con pretensiones de club de debate británico. En realidad, es pura cháchara. Como dice Rafa Latorre, “una jerga puramente comercial”. “Comercial” es la palabra clave. Ni siquiera te están vendiendo (a ti) comunismo. Están comprando (para ellos) autoestima intelectual y legitimidad política. Pero adquirir autoestima intelectual y legitimidad política a través del comunismo es como salir de un cáncer con homeopatía.

Explica el filósofo británico Roger Scruton que Mayo del 68, que él vivió desde su apartamento en el Barrio Latino de París, fue el momento en el que descubrió que era conservador: “Lo que vi en la calle fue a un grupo revoltoso de hooligans autocomplacientes de clase media. Cuando pregunte qué querían, todo lo que obtuve fue un ridículo galimatías marxista. Y entonces pensé que debía de existir la manera de defender la civilización occidental de este tipo de cosas. Y me convertí en conservador. Supe que quería conservar las cosas en vez de destrozarlas“.

Ay, Roger. Si tú supieras.

Origen: El comunismo en 2017

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