La batalla ideológica que está prohibido librar. -Javier Benegas/Vozpópuli-

Una de las ideas con las que estoy más de acuerdo con mis buenos amigos Almudena Negro y Jorge Vilches es que desde hace tiempo el debate ideológico quedó reducido a una confrontación economicista, donde todo parece estar al albur de la constatación de si ésta o aquella política nos proporcionará más o menos bienestar económico. Todo se supedita a los datos, al sobrevalorado empirismo; en definitiva, a la demostración científica de que, en efecto, una idea es mejor que su contraria según sus resultados económicos.

Sin embargo, convertir la ciencia en árbitro de la política y del comportamiento humano sólo sirve para confundir las cosas. Los datos en sí no nos dicen cuál camino debemos tomar. Los esfuerzos estadísticos pueden suministrar información sobre cómo funciona el mundo, pero no nos dicen lo que debemos hacer. Para eso es necesario un marco interpretativo. Y ahí es donde empiezan los problemas, porque siempre se pueden defender correlaciones distintas. Y a cada estudio le corresponderá al menos dos interpretaciones, dos verdades contrapuestas, dependiendo de los prejuicios.

Por eso, antes de imponer “empíricamente” la forma de prosperar, de proporcionar más y mejores oportunidades, más bienestar, deben prevalecer determinados principios, aunque, en ocasiones, puedan parecer un freno al tan cacareado progreso.

La historia está llena de sucesos tremendos que se desencadenaron precisamente por un empirismo cuyo marco interpretativo resultó interesado y catastrófico. Los momentos más tremendos del siglo XX comparten un denominador común: el fin justificó los medios. Y la imposición de determinadas ideas por encima de los principios, degeneró en todo tipo de salvajadas.

Hoy, quienes siguen justificando el uso de cualquier medio si el fin resulta loable, creen haber aprendido la lección. Y piensan que, ahora sí, podrán imponer su visión del mundo sin desencadenar nuevos desastres. Actúan de forma sutilmente distinta, modulando su discurso, presentándose como gente sensata, reflexiva; expertos dotados de una gran sabiduría, y mejores deseos, que anhelan el bien común. Y cuando deciden que algo es perjudicial, imponen sus conclusiones mediante el subterfugio de los datos. Sin embargo, cometen el mismo error que cometieron otros en el pasado: utilizar marcos de interpretación interesados, puramente ideológicos.

La intelligentsia actual es fiel reflejo de este problema. Como explicaba el pasado sábado Fernando Díaz Villanueva en esta misma sección, no hay polarización más allá de las meras apariencias. En un estrechísimo terreno de juego coinciden la derecha, la izquierda y, también, un liberalismo de pacotilla que hace tiempo enterró el que de verdad importaba: el de los principios.

Muchos liberales no dicen esta boca es mía porque es el porquero de Agamenón, y no Agamenón mismo, quien denuncia el atropello. Les preocupa ser confundidos con el enemigo y que la broma les cueste la pérdida de notoriedad o algún privilegio. Se tolera el liberalismo economicista, el de los datos y los números, pero no el que es de verdad subversivo. No comprenden –o no quieren comprender– que si ellos no toman la colina sobre la que llueven las balas, tarde o temprano la tomarán otros con sus ideas.

Al ciudadano corriente le puede parecer que aún hay ideologías contrapuestas gracias a los debates en políticas finalistas que los medios difunden, por ejemplo, respecto a las pensiones, los servicios públicos, la mayor o menor regulación de los mercados, el mayor o menor gasto del Estado, la corrupción… pero es un espejismo. Lo que se impone es un ‘mainstream’, una coalición de intereses que se ha arrogado la facultad de decidir lo que está bien y lo que está mal, lo que es correcto y lo que es incorrecto, lo que es moral o inmoral… en función de datos y marcos de interpretación tan interesados como cambiantes. Para colmo de males, una parte de la sociedad se ha infantilizado hasta extremos inauditos. Y lo que media desde ese infantilismo, que tiene la piel muy fina y solo ve agravios, hasta el totalitarismo no es ni medio paso.

No es de extrañar, por tanto, que valores que antaño nos eran tan caros, como la responsabilidad individual, un hombre, un voto, o la elemental libertad de expresión, languidezcan en favor de una justicia cósmica que los polítólogos con sus estadísticas agregadas construyen cada día. O que defender algo tan básico como la igualdad ante la ley se convierta en un ejercicio propio de gente peligrosa a la que hay que cerrar la boca.

A George Orwell le atribuyen haber dicho que en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario. Sea o no suyo el aserto, urge ponerlo al día, porque en estos tiempos, no ya decir la verdad, sino simplemente imaginarla es un acto revolucionario.

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