¿Acaso el atentado de Manchester se cometió en nombre del cristianismo o la democracia? | Periodista Digital

El 23 de mayo de 2017 un amigo me mandó un guasap poco reproducible, molesto porque en un desayuno televisivo una tertuliana del más correcto progresismo buenista se quejaba de que el atentado de Mánchester nos duele más que los de Bagdad o Basora. No me sorprendió.

En España abundan los exquisitos diletantes que se avergüenzan o abjuran de su país, o que se abstienen de reivindicar la vigencia de los valores europeos (la raíz cristiana, la democracia, la tolerancia y la protección social del Estado). Unos principios que cimentaron lo que todavía hoy supone un oasis de bienestar en el planeta.

España, un país de una calidad de vida fabulosa, la nación del primer mundo que más crece, es para ellos solo una ciénaga de corrupción y paro. Europa, que ha acogido a millones de musulmanes, líder en ayuda humanitaria, que soporta en nombre de un exquisito multiculturalismo tradiciones ajenas más que discutibles, les parece una vieja dama engreída, insolidaria y reaccionaria.

Querida tertuliana: es cierto que el 87% de los atentados yihadistas se registran en países musulmanes. También es verdad, por supuesto, que la mayoría de las personas con tal credo son gente normal y sana.

Pero no se puede hacer el avestruz y ocultar que los chavales inocentes despedazados en Mánchester han sido asesinados en nombre de un fanatismo religioso muy concreto: el islamismo radical, que no tiene su origen en las cátedras de filosofía de París, Berlín o Madrid, sino en los países musulmanes, con un proselitismo sufragado en origen por ilustres monarquías petroleras, dentro de la guerra civil secular de suníes y chiíes.

Tampoco se puede ignorar que cuando se produjo el atentado contra «Charlie Hedbo», una encuesta de la BBC reveló que el 27% de los musulmanes británicos sentían «algún tipo de simpatía» por la matanza en la revista «sacrílega».

Ningún cristiano, ni el más integrista, mataría a niños al albur en nombre de una guerra santa. Porque nuestra religión pasó por el tamiz de la Ilustración, evolucionó. El Islam no. Sigue con un pie en el Medievo.

En la mañana en que el mundo se dolía conmocionado por la masacre de Mánchester, en el prolífico Twitter de Pablo Iglesias abundaban sus comentarios sobre su moción de censura, una patochada para hacerse propaganda. Sobre el atentado solo escribió una frase a vuelapluma:

«Nuestra solidaridad con las víctimas del atentado en Mánchester. Frente al terrorismo: Estado de derecho, democracia y derechos humanos».

Tal fue la aséptica valoración de un tipo que adula al brazo político de ETA, pero que jamás se ha acordado de sus muertos.

No había en su cita ni una palabra de condena al yihadismo que causó la matanza inglesa (y las de París, Madrid, Bruselas, Niza, San Petersburgo, Estocolmo, Berlín, Londres…). Iglesias, español, madrileño de buena familia de clase media, es también un tipo que se dedica a abrazar y dar aire a los golpistas que quieren romper su país.

El jefe de Podemos ya no es un tertuliano llamativo con púlpito en la tele. Es un político dañino, con un compás moral atrofiado, al que convendría desenmascarar como lo que ha elegido ser: un miserable instalado en la frivolidad del eterno adolescente.

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