Sembradores de odio. -Jesús Laínz/LD-

Hace veinte años conocí a un francés, ya entrado en la cincuentena e hijo de republicanos españoles exiliados, con quien tuve frecuentes conversaciones sobre la Guerra Civil, epicentro de su interés por la historia de España por evidentes motivos paternales. De previsible formación izquierdista, se aferraba al esquema habitual de una república democrática asaltada por la barbarie fascista. Además, para un nacido en Francia, la república representaba, lógicamente, el orden, la ley, el ejército, la patria, la grandeur, por lo que mis intentos por explicarle que a la Segunda República española le faltó todo eso y le sobró revolución, caos, crimen y disgregación nacional se estrellaron una y otra vez contra los prejuicios mamados desde su republicana cuna.

Hasta que un día algún conocido, igualmente izquierdista pero en versión hispánica, le prestó unos viejos volúmenes encuadernados de El Socialista y Renovación, órganos del PSOE y de las Juventudes Socialistas. Aquel fue su camino de Damasco, pues pudo tocar con sus manos y comprobar con sus ojos, en la fuente original, la zafiedad ideológica, la verborrea furiosa, la violencia, los insultos, las amenazas, el odio desatado en que consistía la izquierda española de hace ochenta años. Y comprendió de golpe que aquello no tenía nada que ver con el republicanismo francés y que servidor no debía de andar muy desencaminado cuando intentaba explicarle que la Segunda República española no había sido otra cosa que una revolución bolchevique fracasada.

La interpretación marxista de aquel régimen consiste en justificar la radicalización de los partidos de izquierda porque las circunstancias sociales de la España de aquellos días eran de una pobreza, una desigualdad y una opresión inaguantables. Todo ello habría llevado a los izquierdistas a procurar la liberación de los parias de la tierra y a los marqueses, obispos y fascistas a pedir socorro a los militares para reinstaurar la opresión.

Pero los hechos desmienten el esquema marxista: España no era, ni mucho menos, el país más pobre de Europa; aquella época no fue, ni de lejos, la de mayor pobreza de la historia de España; la desigualdad social en España no se alejaba mucho de la existente en muchos otros países europeos; los españoles, salvo algunas excepciones en las zonas rurales de las provincias del sur, no sufrían de ninguna opresión equiparable, por ejemplo, a la sufrida por el campesinado ruso en los años inmediatos a 1917; y el sistema político español anterior a 1931, aun con todos sus defectos, no destacó, entre los demás países europeos, ni por su injusticia ni por su carácter liberticida. Por no hablar del resto del mundo, evidentemente, a años luz de Europa.

Y sin embargo, España, entre desórdenes, injusticias, desmanes, atentados, huelgas, revoluciones y crímenes políticos, acabó desembocando en el caos que prendió la chispa de la guerra civil. ¿Por qué no sucedió en otros países europeos o incluso en otros países de otros continentes? En primer lugar, no es cierto que no sucediera en otros países, pues a punto de sucumbir a la revolución comunista, como prolongación de la rusa, estuvieron Alemania, Finlandia y Hungría, y todos ellos acabaron resolviéndolo a tiros al precio de muchos miles de muertos.

Lo que sí es cierto es que España fue el único país europeo que siguió aquel mismo camino dos décadas después de la gran revolución bolchevique de 1917. Y el motivo fue la inaudita violencia, de palabra y obra, de unos dirigentes izquierdistas que no se cansaron de sembrar el odio, de apelar a la violencia, de predicar venganzas, de organizar revoluciones, de anunciar exterminios, de promover asesinatos, de desear guerras civiles. Eso sí, una vez derramada la gasolina y prendida la mecha, todos ellos, sin excepción, pusieron pies en polvorosa y traspasaron a los españoles las consecuencias de su incendio. Es fácil constatarlo: échese un vistazo a la prensa izquierdista de la época y compárese con lo que se publicaba en la derechista. No hay mejor método para comprender lo que sucedió en 1936, ese 1936 que la izquierda de hoy, sobre todo desde el infausto ZP, ansía resucitar ante la bobalicona parálisis de los gobernantes supuestamente derechistas.

Pero aquél no fue el único caso de siembra de odio en la historia reciente de España. ¿Por qué surgió el terrorismo etarra? ¿Porque las muy industrializadas y prósperas provincias vascas sufrían un paro inaguantable, a diferencia del resto de España, donde todo el mundo trabajaba? ¿Porque los muy acomodados vascos se morían de hambre, a diferencia del resto de España, donde todos reventaban de colesterol? ¿Porque sufrían una opresión política inhumana, a diferencia del resto de España, donde disfrutaban de un régimen político distinto? No, el motivo fue que muchos vascos prestaron oídos a quienes, siguiendo la estela de aquel gran mentecato de Sabino Arana, se inventaron soberanías originarias, invasiones visigóticas, hidalguías universales, invasiones castellanas, fueros inmemoriales, invasiones españolas, paraísos democráticos, invasiones franquistas y mil patrañas más. Y como los creadores de esas patrañas exigían odio mortal al eterno enemigo español, muchos ignorantes fanáticos les hicieron caso y empezaron a asesinar.

Lo mismo ha sucedido en Cataluña, la acaudalada Cataluña, la próspera Cataluña, la protegida locomotora industrial de España, la mimada por el desarrollismo franquista, la privilegiada por el régimen del 78. Pues desde aquel gran odiador inaugural que fue Prat de la Riba, el catalanismo lleva un siglo sembrando el odio a España y los españoles con constancia digna de mejor causa. Que si el Cid, que si Olivares, que si la invasión española de 1714, que si Franco, que si España nos roba…, el catálogo de imposturas para lavar el cerebro y envenenar los corazones de los catalanes no tiene fin. Y el resultado es el que forzosamente tenía que ser dada la ausencia de contestación vigorosa por parte de quienes tenían que haberla dado: cientos de miles de catalanes odian su condición de españoles y se la quieren quitar de encima.

Olvídense de interpretaciones marxistas: no se trata de problemas económicos, ni de enfrentamiento de clases, ni de conflictos coloniales, ni de opresiones nacionales, ni de ninguna de las mentiras con las que se intenta tapar la realidad. Los culpables de los graves problemas de España desde hace un siglo tienen nombres y apellidos.

Origen: Libertad Digital

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