Amando de Miguel – La democracia degradada – Libertad Digital

Después de 40 años de una exitosa transición a la democracia, el destino parece obligar a los españoles a replantearse la forma que han de dar a nuestro régimen de partidos y libertades. No es fácil. Da la impresión de que han declinado definitivamente los dos grandes bloques fundacionales, la derecha y la izquierda. Se ha producido una cierta sucesión generacional en otros dos partidos nuevos, pero de momento no han conseguido la capacidad requerida para poder gobernar.

Se habla mucho de redactar una nueva Constitución. Habrá que definir previamente los términos. De momento, ya nos ha enseñado el mandamás del PSOE que “la nación es un sentimiento”. Supongo que el buen hombre pensará que la democracia es un estado de ánimo. Pues no. La democracia es un método muy útil para asegurar la sucesión pacífica en el poder con un mínimo de libertad e igualdad.

A través de su etimología observamos que la democracia se compone de dos partes: demos (el pueblo) y cracia (el poder). Normalmente se estudia la democracia desde el estricto punto de vista del poder. Por ejemplo, profesores y analistas se entretienen mucho con el sistema electoral. Pero hay otro aspecto más interesante: explicar la democracia como producto de ciertas condiciones económicas, culturales, históricas. Por ejemplo, la actual democracia española acumula algunos retrasos en la consecución de la libertad y la igualdad. A primera vista no lo parece, pero pensemos: ¿cuántas personas de más de 70 años son diputados o senadores en las Cortes Españolas? Nadie habla de una discriminación tan flagrante. Hay otras.

La democracia no es una cuestión dicotómica, la que dice que existe o no existe. Antes bien, se trata de una gradación. Habrá distintos niveles de democracia según se consiga más o menos libertad e igualdad y todo conduzca a una sucesión pacífica en el poder.

No solo son grados, hay también varios modelos de democracia según sean las tradiciones culturales. Por ejemplo, la democracia estadounidense (ellos dicen “americana”) se basa en una sistemática desconfianza del Estado. Lo que ocurre es que, al mismo tiempo, se apoya en el principio de confianza en todo lo demás. Para empezar, “In God we trust” (el lema que recogen las monedas y billetes de los Estados Unidos; es decir, “confiamos en Dios”). En inglés, trust es un grupo industrial; suele indicar algo positivo. Incorporado al español, el trust tiene un sentido despectivo, es poco menos que una banda de ladrones. En la tradición europea, y desde luego en la española, la democracia se apoya en una confianza absoluta en el Estado. Hemos dado en divinizar el “Estado de Bienestar”, una especie de Providencia secularizada. En las encuestas, los “problemas de los españoles” son los que el Estado puede y debe resolver. Nuestro sistema conduce inevitablemente a una sistemática elevación de los impuestos, tasas y similares.

Destaca una gran paradoja. La mayor parte de los Estados del mundo pretenden ser democracias, pero el grado que consiguen objetivamente resulta bastante pobre. Pueden incluso conseguir una cierta transmisión pacífica del poder, pero con escasas libertades y una mínima eficacia.

Seamos realistas (de realidad, no de realeza). La actual democracia española aparece sumamente degradada para los estándares europeos. La prueba es que admite un exceso de corrupción política y la amenaza constante de los secesionismos. Son dos tachas que también se dan en otros países europeos, pero eso no supone un gran consuelo. La corrupción política no es solo quedarse con una parte del dinero del erario, sino que la política constituye una amplia avenida para enriquecerse, aunque sea legalmente. El secesionismo es más bien una amenaza (“la espada de Demóstenes”, que dijo el otro), y por ese lado no parece tan grave. Sin embargo, ese mismo hecho supone una acumulación de privilegios para las regiones donde se habla otra lengua aparte de la común. Es decir, se descubre aquí un grave déficit de igualdad.

En definitiva, necesitamos un nuevo texto constitucional. Ojalá que no sean solo juristas sus redactores. Pero sobre todo lo que se impone es reconstituir la sociedad. Ahí le duele, amigos. Hace más de un siglo lo llamaban “regeneración”. Se sigue utilizando el término, a falta de otro más imaginativo.

Origen: Amando de Miguel – La democracia degradada – Libertad Digital

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