La democracia solo es el instrumento perfecto para que funcione bien el negocio de los partidos políticos – Alerta Digital

 

Por José L. Román.- A nadie debe sorprender, cuando se cumplen cuarenta años de las primeras elecciones de esta democracia, que estamos regidos por una dictadura democrática liberal que no es otra cosa que el instrumento perfecto para que funcione el negocio de los partidos políticos subvencionados por el Estado, que constituyen el cauce a través del cual puede llegar a la presidencia del gobierno cualquier iletrado e incapaz, o a obtener acta de diputado hasta un terrorista convicto.

Los partidos son máquinas electorales fabricadas para la conquista del voto a cualquier precio. Si los votos consiguen el poder y los votos se consiguen con dinero, cualquier tipo de financiación vale: la que se obtiene de los presupuestos del Estado, sin respeto a la conciencia y al bolsillo del contribuyente; la que se recibe del exterior; y la que se obtiene por vía deshonesta como hemos podido comprobar con los múltiples casos de corrupción para la financiación de los mismos.

Los dirigentes de Podemos han hecho de la política un lucrativo medio de vida.

Los partidos se transforman, pasan de ser núcleos ideológicos a centros de interés. De Pablo Iglesias (1850-1925) a Felipe González media un abismo. De José María Gil Robles (1898-1980) a José María Aznar tres cuartos de lo mismo. Pablo Iglesias no habría afirmado nunca que el capitalismo es el menos malo de los sistemas económicos, y José María Gil Robles no habría jamás afirmado que mantendría vigente la “ley del aborto”.

El PSOE de Andalucía ha creado una de las principales redes clientelares de Europa. En la imagen, Griñán y Chávez, dos de sus exlíderes

Los partidos que no obtienen mayorías absolutas acuden al pacto sistemático, y para ello, abdican de lo que sea preciso. El socialismo español, por ejemplo, ha pactado repetidamente con la derecha conservadora separatista, y viceversa, con el resultado final que todos conocemos.

Esos partidos que dicen representar al pueblo, y de un modo especial sus cuadros dirigentes, cuando tienen en sus manos los resortes del poder, olvidan a ese pueblo y se ponen al servicio de las fuerzas internacionales o de los grupos de presión, como ocurrió por ejemplo con la entrada sin cautelas en el Mercado Común Europeo primero, y en la Unión Europea y la moneda única, para lo que hubo que sacrificar nuestra industria pesada, naval, textil, del curtido y del juguete, asumir sanciones por la producción de leche, permanecer con las manos atadas para negociar los tratados de pesca, y hasta la obligación de arrancar vides y olivos, piezas claves de nuestra riqueza nacional.

Los partidos son entes artificiales, y en ocasiones “contra natura”; su desprestigio lo ponen de relieve, no solo la abstención abrumadora en los comicios, sino la oleada de indignación que provocan cuando en periodos de crisis, sus representantes sentados en las instituciones han sido los únicos intocables a la hora de los recortes. No es de extrañar por tanto, que una parte mayoritaria del pueblo, sobre todo la que no lastra favores de ningún partido ni vive de la política, y que se mantiene únicamente de su trabajo diario, sea la que ha visto en los partidos el fraude de la libertad por autoerigirse como medios de lucha a los que se debe idolatrar.

Albert Rivera, o cómo pasar de ser un “don nadie” a participar en las reuniones de Bilderberg.

Si la libertad se concibe únicamente como un fin, como un absoluto, que ha de girar como una veleta que mueven los vendavales de la pasión o del capricho, entonces, el hombre enloquece y la sociedad se torna anárquica. La libertad, en ese caso, deja de serlo, tal y como ocurre en las democracias liberales, y acaban convertidas en democracias liberticidas.

Hecha la reflexión, sobre la prostitución de la democracia, el régimen de partidos o fraude de la libertad, y los grupos de presión como el Nuevo Orden Mundial (NOM), llegamos a la conclusión de que como españoles debemos pensar en nuestras responsabilidades y en nuestros propósitos. Las advertencias de muchos de nuestros mayores, por lo que tienen de proféticas, han de ser repasadas y escuchadas con atención y respeto, para dotarnos de fortaleza y prepararnos para lo que se avecina.

Es necesario que actuemos dentro de la sociedad, no como masa amorfa sin personalidad, frágil e irresponsable dirigida por los partidos y sus medios informativos, sino como fuerza de unas instituciones naturales básicas como la familia, el municipio y los grupos profesionales, que canalicen la representación popular y se constituyan en colaboradoras esenciales e imprescindibles del quehacer político. Ahí está, la clave de la restauración nacional y del orden nuevo para España, tan distinto del Nuevo Orden Mundial del que somos testigos y víctimas a un tiempo.

No caigamos nuevamente en la trampa tendida por los cobardes y traidores del Partido Popular, y de los que siguen viviendo de ese instrumento político más que amortizado llamado “antifranquismo” ¡Basta ya! Ellos saben que antes de instalarse con el negocio de los partidos, la democracia y las autonomías políticas, las heridas de la guerra estaban prácticamente cicatrizadas, la reconciliación nacional lograda, se industrializó el país, se remozó la agricultura, se terminó con el paro y el analfabetismo, surgió una clase media ejemplar, y adquirimos ante el mundo el prestigio que obligó a los embajadores a regresar a España, después de un bloqueo político y económico injusto.

Francisco Correa (2º izda) junto a ‘El Bigotes’ en la boda de la hija de Aznar.

Recuperar los principios, los valores y las constantes históricas que han configurado a España y que la identifican como nación, ha de ser el magno propósito de los buenos españoles. Si los tecnócratas enfriaron la política, si el socialismo ha enfriado la economía, si el secularismo ha enfriado la conciencia, y estamos a punto de morir colectivamente por congelación, no hay otro remedio que caldear los corazones y poner en las almas un fuego contagioso que sacuda el cansancio o la dispersión de los buenos, que despierte a los adormilados, que ilumine a los ciegos del mal menor y el voto útil, que margine, en fin, a aquellos “asesinos de España”, que nos han condenado al exterminio.

Ha llegado el momento de comprometerse a sacar la nación del abismo, a hacer del “¡Arriba España!” no sólo un grito volátil y efímero, sino una consigna que debe cumplirse.

 

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