Tiembla el mandarinato socialdemócrata. -Hermann Tertsch/ABC-

Mandarinato

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Final de ciclo. -Luis del Pino/LD-

Como casi siempre en política, lo importante no es lo que se ve. De hecho, aquello que nos presentan suele tener como objetivo ocultar lo que realmente es importante.

Lo importante no es que el Parlamento catalán o un juez en Alemania hagan tal o cual cosa. Lo importante son las conversaciones discretas que mantienen desde hace mucho tiempo las supuestas fuerzas constitucionalistas con los partidos golpistas, para tratar de normalizar la situación.

Lo importante no es el máster de Cifuentes, ni siquiera su previsible dimisión, sino las conversaciones discretas para decidir quién debe suceder a Cifuentes y a Gabilondo al frente del PP y el PSOE madrileños.

PP y PSOE se enfrentan al final de un ciclo, final que amenaza con llevárselos por delante. A ambos. Alguien con dos dedos de frente se habría dado cuenta hace mucho de que la situación no da para más, pero nuestros dos grandes partidos no tienen ya entre sus filas a gente especialmente brillante y, además, la inercia es demasiada como para no caer en la tentación de intentar resistir.

Y buscan desesperadamente recomponer el statu quo, volviendo en Cataluña al estado de cosas anterior al 1 de octubre, y cerrando el paso a la emergencia de nuevos partidos. Y no me refiero solo a Ciudadanos.

No se dan cuenta (o aun se resisten a creerlo) que estamos como estamos porque todos los frankenstein que desencadenaron han cobrado vida propia. Y están fuera de control. Soltaron al monstruo separatista con el doble objetivo de distraer la atención de la crisis económica y pavimentar el camino hacia un régimen confederal. Necesitaban la tensión centrífuga para pastorear a los españoles. Pero el monstruo del separatismo se les fue de la manos y mutó en golpe de estado. Y sucedió lo que no habían previsto: el pueblo español reaccionó. Y de repente España se llenó, en sus balcones, de esas banderas que tantas décadas de ingeniería social había costado desterrar al baúl de los recuerdos.

De no ser por esa reacción de españolismo, volver a la situación de antes del 1 de octubre no sería tanto problema. La garantía de impunidad presente y futura bastaría para pactar un nuevo acuerdo con los golpistas. Pero quien no aceptaría eso es el pueblo español. Y no saben cómo hacer que arríe sus banderas.

También soltaron al monstruo del populismo podemita para canalizar la indignación social del 15-M hacia la nada. Y el monstruo les resultó útil para dirigir el voto del miedo hacia Rajoy, por dos veces sucesivas, manteniendo así el equilibrio básico de poderes. La jugada implicaba debilitar a un PSOE ya demasiado desgarrado por luchas intestinas, pero se consideró que en su momento podía desactivarse al monstruo y que los votos volverían a su refugio natural y controlado. Pero no ha sido así: el desinflarse del populismo podemita no ha reforzado a un PSOE que perdió los votos para no recuperarlos jamás.

Y no hay dos sin tres: el tercero de los monstruos, creado para recoger el voto del desencanto de forma que no supusiera un peligro para el sistema, también se ha ido de las manos. Ciudadanos ha crecido mas allá de lo previsto. Y el inicialmente concebido como partido escoba, como cómoda bisagra para el bipartidismo, encabeza de repente las encuestas, hundiendo al PP y al PSOE aún más en el fango. Y de repente se descubre con horror, que los dos otrora grandes partidos de España ni siquiera contarían ya con los escaños suficientes para formar un gobierno de concentración.

A perro flaco, todo son pulgas. Y mientras los tres monstruos deambulan fuera de control, otros nubarrones descargan ya o amenazan con hacerlo. Y algunos jueces se empeñan en hacer justicia. Y algunos monarcas se empecinan en cumplir con su deber constitucional. Y el calendario electoral (¡malditas elecciones europeas!) se confabula para meter a no menos de tres nuevos partidos en la escena política, lo que terminaría de reventar el reparto de papeles pactado en la Transición y, lo que es peor, podría dar cauce al españolismo electoral.

El olor a fin de ciclo es ya insoportable. Y ahora se preguntan, cuando todo se descompone a su alrededor, qué hacer. Y no encuentran la respuesta.

Aun no se han dado cuenta de que ya no pueden hacer nada.

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El Reverendo Rajones y el suicidio colectivo del PP. -F.J.Losantos/LD-

Netflix ha estrenado una serie impresionante, Wild Wild Country, sobre la asombrosa historia de una secta hindú que en los años 80 del siglo pasado estuvo a punto de tomar un condado de Oregón con un discurso de mucha paz, mucho sexo y mucho amor; y, aprovechando los vacíos legales como todo movimiento totalitario, puso en jaque a la sociedad y al Estado. La movilización ciudadana que se produjo ante la parálisis institucional fue un verdadero modelo de patriotismo norteamericano. Podía ser tabarnés.

El reverendo comunista Jones y los mil suicidas

Los 40 habitantes del pueblo de Antelope se movilizaron contra los miles de seguidores de Bagwan que compraron y urbanizaron lujosamente un valle arriscado y pobre con los fondos recaudados en Hollywood y otros oasis orientalistas por el gurú de los 90 Rolls-Royce. Las comarcas vecinas y multimillonarios como el creador de Nike se rebelaron contra lo que veían una amenaza totalitaria y comunista. Y pese a unos medios de comunicación tan amarillos de forma como rojos de fondo -nada nuevo- los oregonianos tuvieron el apoyo de una opinión pública conmocionada tras el suicidio del Reverendo Jones y 900 siervos de su secta “Templo del Pueblo” en Guyana.

Jones, un galés dizque indio, se declaraba comunista y tuvo el apoyo de la izquierda exquisita post-68, como el alcalde de San Francisco y el líder gay Harvey Milk, llevado al cine magistralmente por el siniestro Sean Penn. La crisis a cuenta de Stalin le alejó del Partido Comunista Norteamericano, cuyas figuras más populares eran Angela Davis y los “Soledad Brothers”; y ante una investigación del FBI por blanqueo de dinero y abusos a menores, huyó a Guyana. Allí instaló su paraíso comunista. Pero allí apareció un día Leo Ryan, congresista que, alertado por unos padres, quiso ayudar a huir a los que vivían en un régimen de terror. Un templista apuñaló y mató a Ryan y otros asesinaron a cinco de los que querían huir, obligando a volver al resto. Al día siguiente, según el film Jonestown, envenenó a más de 300 niños con cianuro y ordenó suicidarse al resto de la secta, que, férvidamente, obedeció.

Desde entonces, muchos americanos sospecharon que el orientalismo de los Beatles pasado por California podía acabar en masacre de enajenados, como en Guyana. Y los uniformes bermellón, las milicias armadas de Sheela, -maligna hindú sonriente y soberbia demagoga mediática al modo podemita- y el discurso de tergiversación de las leyes les movieron a una resistencia de varios años, hasta que pasó lo que cuenta la serie y no voy a destripar aquí.

Los faraones sepultados con toda la Corte

¿Qué tiene que ver esto con lo que pasa en el PP? Si no hubiéramos vivido el suicidio de UCD, diríamos que nada. Como lo vivimos, casi todo. Dicen que hay algo peor que una gran religión dirigida por seres minúsculos: una pequeña religión dirigida por líderes mayúsculos, carismáticos y letales. Pues bien, lo más parecido a una secta que trueca la fe por la obediencia es un partido político con nuestra ley electoral, de listas cerradas y bloqueadas. Esa pirámide con el líder que administra el alpiste de los sueldos y los cargos públicos es una forma de despotismo que acaba chocando con una realidad siempre cambiante, tormentosa, abonada al estiaje y a las riadas de opinión. Pero si no se tiene en cuenta ese cambio continuo, llega un momento en el que no hay más salida que quitarse de en medio, desaparecer. A eso va el PP.

Como la opinión pública depende de los medios de comunicación, los políticos del PP están en manos de la ‘Secta del Patíbulo’, o sea, de los medios que utiliza Soraya, con Mariano detrás, para irlos liquidando uno a uno. Pero en las pirámides egipcias el faraón no se va solo al otro mundo, sino que lo acompaña toda la corte: eunucos, generales, joyas y animalillos domésticos. Y aunque El Faraón por excelencia era Aznar (se lo puse yo), como se fue por propia voluntad en 2004, nadie murió. Pero, ay, el faraón que él nombró sucesor decidió en 2008 que el Partido-Corte se enterrara con él. Y diez años después, se ve venir el suicidio colectivo inducido por el reverendo Rajones.

El arma última del suicido en masa es la voluntad de morir. Pero el arma que logra esa obediencia son los medios de comunicación patibularios que destruyen a la persona que hay en cada rival político o ideológico. Y sólo la aplastante mayoría mediática de extrema izquierda forjada por el PP explica –lo hizo ayer Javier Somalo en un brillante artículo– que en la semana del juicio a Griñán en el caso de los ERE, 900 millones de euros robados a los andaluces en paro por la Junta de Andalucía, el debate nacional sea el del máster de Cristina Cifuentes, con Casado de postre. No es que haya dos varas de medir. Aquí no hay más que una vara de medir las costillas de los políticos del PP, la que esgrimen los telechicos de Soraya y sufre el partido de Rajoy.

Rajoy liquida al PP y Rivera lo despista

En su peor actuación política, Albert Rivera y Aguado ‘El Equivocado’ están siendo los fatuos instrumentos de la ‘Ashishina One’ para liquidar el PP de Madrid, que es el último obstáculo para suceder a Rajoy, bien como candidata a la Moncloa, bien, si él se enroca en el aforamiento, en la reserva tradicional de voto del PP que ha sido Madrid desde hace un cuarto de siglo. Dado que la mayor afluencia de nuevos votantes a Ciudadanos viene del PP, es de idiotas aparecer como el verdugo de Cifuentes por un birrimaster mientras se perdonan masacres financieras como las de los ERE andaluces.

¿Qué no es por el birrimaster sino por mentir? ¿Y no ha mentido más Griñán al decir que no recuerda lo que firmó? Esta semana destapó El Mundo dos escándalos, uno de Susana Díaz y la Gürtel del PSPV y Compromís, mucho más graves: documentos falseados y saqueo de fondos públicos en favor del partido y los intermediarios, que son los mismos que con el PP. ¿Es más corrupto el máster legal de Cifuentes -aun si la Universidad lo trucase- que alterar el régimen legal de contratación o financiar campañas electorales de Zapatero, el PSPV y el Bloc comunista-separatista, base de Compromís?

Para el votante de izquierdas, sin duda, ya que la única corrupción es la que sale en La Sexta y demás medios patibularios sorayejos: la del PP. ¿Pero piensa lo mismo el votante del PP de Madrid, al que no hicieron mella tantas campañas cebrianescas, godojulianescas, rourescas y gabilondescas? Lo dudo. Rajoy acumula méritos sobrados para que cualquier español herido en su dignidad por el golpismo catalán y el padrinazgo político alemán deje de votarlo, pero ¿adónde irá su indignación: a Ciudadanos o a Vox? Hasta el follón de Madrid, estaba claro. Si Cs aparece como partido oportunista que apoya a la izquierda en el linchamiento injusto de la derecha, eso cambiará.

La suerte de Rivera -no de Aguado ‘El Equivocado’- es que Rajoy le brinda una oportunidad de oro para sacar la pata que, a mi juicio, ha metido hasta el corvejón. Sus dudas sobre Cifuentes abocan al PP a la guerra civil entre los que prefieren perder el poder y forzar a Cs a retratarse con sociatas y podemitas para cortar la sangría de votos y los que buscan conservar la Autonomía para hacerle hueco electoral a Soraya si Rajoy no la hace faraona. Son bandos irreconciliables. ¿Qué pinta Rivera en esa guerra?

La creación de una sólida alianza nacional

Sucede que casi todos los dirigentes de Cs son provincianos catalanes, ignorantes de la severa y delicada sensibilidad del votante del PP madrileño. Villacís nunca lo ofende, por eso la votarán. Aguado los irrita haciendo los mismos aspavientos que sociatas y podemitas; aunque vote los presupuestos no se lo perdonarán. Lo de Cifuentes, comparado con lo de Errejón y Griñán, es clamorosamente injusto, y lo de Casado es la clásica destrucción personal, después política, de Cebrián y Ferreras que tanto indigna al votante del PP. Rivera debería dar un paso atrás y dejar que sean los verdaderos verdugos de Cifuentes -Soraya y Rajoy- los que muestren su cabeza cortada en la mano.

Lo que está en juego es mucho más que llevar a Rivera a la Moncloa: reconstruir el centro-derecha para hacer frente al separatismo y sus socios de izquierda, lo que no ha hecho Rajoy, obstinado desertor de sus obligaciones. De que Rivera lo entienda depende algo más que el futuro de Cifuentes y el suyo propio. Se trata de llegar al poder con una alianza nacional sólida detrás, y eso sólo es posible uniendo en torno a Cs los restos del PP, VOX y tanta gente que no cree en los partidos, tampoco en el de Rivera, pero sí en España.

Mientras, el Reverendo Rajones y la menuda y satánica Sheela rumian su futuro y pasean en círculos -mala señal- por la Guyana.

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