Papeles para todos. -Luis del Pino/LD-

¿Por qué está en ascenso la ultraderecha en toda Europa? En Austria, Italia o Chequia, ya está en el gobierno. En Dinamarca, es segunda fuerza y forma parte de la mayoría parlamentaria. En Eslovenia fue primera fuerza en las últimas elecciones. En Alemania, ha irrumpido en el parlamento federal como tercera fuerza, con 91 escaños, y las encuestas la muestran ya empatada en el segundo lugar con el declinante partido socialdemócrata. En Suecia, cada vez más sondeos apuntan a la posibilidad de que la ultraderecha gane las elecciones previstas para el 9 de septiembre. En Hungría o Polonia, no solo gobierna la ultraderecha, sino que la izquierda ha desaparecido prácticamente del parlamento. En Holanda o Francia, Geert Wilders o Marine Le Pen mantuvieron en vilo a toda Europa ante las serias posibilidades de que obtuvieran la victoria…

¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué este giro a la derecha populista y ese declive de la izquierda y la derecha tradicionales? Normalmente,se suele apuntar a la explosiva combinación de dos factores: la crisis económica iniciada hace una década y los problemas derivados de una inmigración masiva y mal gestionada, pero déjenme que intente ser algo más preciso.

Permítanme ilustrarlo con algo que me ha sucedido en Twitter hace unos días.

El pasado fin de semana, Pablo Casado manifestó que era imposible la política del “papeles para todos”, siendo inmediatamente objeto de fuertes críticas por parte de Podemos o del PSOE, que tildaban al nuevo líder del PP de racista o xenófobo.

Viendo esas críticas, yo dije en Twitter que me parecían un error, porque la inmensa mayoría de la gente entiende y comparte esa afirmación de Casado. Simplemente, porque es de sentido común: si no hay dinero para acoger a todo el mundo, no podemos abrir las puertas sin más. De modo que esas críticas a Casado, lejos de dañarle electoralmente, le refuerzan.

Y entonces una persona me contestó en Twitter con un mensaje que creo que resume perfectamente el por qué del ascenso de la ultraderecha: “Es una cuestión ética”, me decía esta persona, “hablar de la realidad de tantos seres humanos y hacerlo en profundidad. Muchos discursos pero no parece que habléis de vidas humanas. Esas que tenéis para que limpien vuestras casas, paseen a vuestros padres y recojan las cosechas”.

Esta persona hacía en su mensaje una apelación sentimental con la que estoy de acuerdo: al hablar de inmigración, no debemos olvidar que hablamos de seres humanos. Pero a continuación realizaba una caricatura profundamente errónea, deslizando la idea de que los mismos que se oponen a la inmigración son los que luego tienen criadas inmigrantes para limpiar sus casas o pasear a sus padres.

Esa caricatura es, precisamente, la que está llevando a Europa a una ola de populismo. Porque no es verdad que los que tienen criadas inmigrantes, o trabajadores inmigrantes en sus fincas, sean los que se oponen a la inmigración. Es justo lo contrario: el rechazo a la inmigración en Europa es tanto más fuerte cuanto más desciendes en la escala socioeconómica. En Francia, sin ir más lejos, el Frente Nacional recibe sus votos de obreros y asalariados; las clases ilustradas, los pensionistas y la gente acomodada, votan a Macron.

Y la razón es muy simple: la gente de dinero no tiene necesidad de competir con los inmigrantes. Quienes compiten con los inmigrantes por las ayudas sociales son las personas con menos recursos económicos, no los que no necesitan ayudas sociales. Quienes compiten con los inmigrantes por el uso de los servicios públicos son los que usan esos servicios públicos, no los que tienen dinero para pagarse una sanidad o una educación privadas. Quienes conviven a diario con los inmigrantes son los que habitan en los barrios más degradados, no los que viven en las zonas ricas.

Un pijo con criada y mayordomo como el que ese interlocutor me retrataba en su tuit, no tiene que soportar un piso patera en la planta de abajo de su bloque de viviendas, por la sencilla razón de que lo más probable es que viva en un chalet vallado, situado en algún barrio donde los únicos inmigrantes que entran son, precisamente, los que van a trabajar en el servicio doméstico.

Esa ceguera es la que está haciendo a Europa virar hacia el populismo. Enfrentados al problema de la inmigración descontrolada y al consiguiente malestar social, la izquierda progre y la derecha bienpensante recurren a la caricatura y a la descalificación, pretendiendo equiparar el rechazo a la inmigración con el clasismo conservador, cuando es todo lo contrario: es el antiguo votante de los partidos de izquierda, de nivel socioeconómico bajo, el que está nutriendo con su voto a los partidos populistas. Porque es ese votante, y no el de los partidos conservadores clásicos, el que más sufre los problemas ligados al descontrol de la inmigración.

Cuando el PSOE o Podemos critican a Casado por el tema migratorio, demuestran desconocer los problemas que viven sus propios votantes. Cuando Pedro Sánchez anuncia sanidad gratuita para los sin papeles, demuestra que no le importa ni poco ni mucho cómo va a repercutir eso en la calidad de la atención sanitaria que sus propios votantes reciban.

Y eso es una receta segura para el desastre. Luego, cuando la ultraderecha se impone en cada vez más países, los partidos clásicos, especialmente en la izquierda, culpan al votante: “si Trump gana, es porque el votante americano es idiota”. Cuando lo que deberían decir es: si el populismo gana, es gracias a nuestra ceguera y a que hemos hecho oídos sordos a los problemas de quienes hasta ahora nos votaban.

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