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Ilusos e ilusos. -Hermann Tertsch/ABC-

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«Escándalo democrático» -Luis Ventoso/ABC- 

Lo es, sí, pero en sentido contrario al que ellos dicen

A la vista de indicios palmarios de delito, un juez de Barcelona ordenó ayer a primera hora de la mañana varias redadas para desmantelar la logística del referéndum ilegal que pretende organizar el Gobierno insurrecto de la Generalitat. La Guardia Civil, pues por desgracia parece que los Mossos ya no son fiables a la hora de velar por nuestra legalidad, actuó en consecuencia. Los agentes registraron almacenes en polígonos industriales, hallando en uno de ellos nueve millones de papeletas listas para la consulta. También se personaron en las oficinas de cuatro consejerías del Gobierno catalán, toda vez que desde ellas se estaba tramando la inteligencia y plan de acción del referéndum. En la operación hubo una docena de detenciones, como tantas veces en cualquier país democrático del mundo cuando se está combatiendo un delito grave (o a veces no tan grave).

La reacción del orbe independentista fue iracunda. El tono general de su crítica se resume en una frase de Ada Colau. A su juicio, la actuación del juzgado de Barcelona supone “un escándalo democrático”. No. Lo que sí constituye un escándalo democrático es aprobar dos leyes con métodos golpistas y un procedimiento exprés para establecer una presunta nueva legalidad catalana, que deroga la del Estado, desoyendo además las advertencias de los juristas de la propia Cámara y pateando el Estatuto de Cataluña. Escándalo democrático es utilizar las oficinas del Gobierno catalán, desde donde debe atenderse a todos los catalanes, del primero al último, para ponerlas al servicio de un proyecto separatista que ni si quiera cuenta con el apoyo mayoritario de la población. Escándalo democrático es estafar al pueblo catalán, invocando supuestas normas internacionales que justificarían la autodeterminación, cuando en realidad solo rigen en situaciones coloniales; o fabular asegurando que una Cataluña independiente seguiría en la UE, algo que la organización ha negado hasta el hartazgo; o mentir con la facundia impúdica y reincidente de Junqueras, quien anteayer aseguró que la intervención de las cuentas de la Generalitat había quedado en suspenso por orden del Supremo, falacia que el alto tribunal negó en minutos.

Escándalo democrático es intentar romper un país del primer mundo, donde se disfruta de un régimen de libertades, sin respetar los cauces legales de ese Estado, algo que ni en sus peores sueños se les habría ocurrido a los independentistas quebequeses y escoceses, que actuaron siempre observando escrupulosamente los marcos constitucionales de Canadá y el Reino Unido. Escándalo democrático —y tufo nazi— es señalar a los concejales discrepantes con pasquines con sus fotos, cercar sus hogares, sumir en la angustia a sus hijos y familiares; acosar a directores de instituto y bedeles; o usar el dinero público de todos para comprar a la prensa local.

Por último, escándalo democrático sería que el Estado español se inhibiese y no actuase para defender los derechos y libertades de todos los españoles, poniendo coto de una vez, como se comenzó a hacer ayer, a lo que en realidad no es más que el mayor abuso golpista que ha sufrido este país desde el bochorno de Tejero.

Origen: «Escándalo democrático»

¿Qué tiene en la cabeza un refugiado musulmán? -Burak Bekdil/ElMedio-

(A finales de julio, el número de refugiados y migrantes que esperaban en Grecia a que se les concediera asilo o se les deportara era de 62.407. Las cinco islas del Egeo -Lesbos, Quíos, Samos y Leros- acogen a 15.222 solicitantes de asilo y migrantes).

El otoño de 2015 fue atípico en casi todos los sentidos en la isla griega del norte del Egeo desde la que escribo. Había decenas de miles de migrantes ilegales en ella, cuya población nativa era de apenas 100.000 personas. Los nuevos refugiados llegaban cada día por millares.

Una noche, el cielo azul grisáceo retumbó poco después de ponerse el sol. Las espesas nubes se ennegrecieron y empezó a llover con un rugido. Cuando corría por la resbaladiza acera en dirección al bar de un amigo, oí a un grupo de cinco pobres hombres que hablaban persa con acento turco e iban corriendo por ahí, buscando cobijo bajo los aleros de un edificio.

Un cuarto de hora después me los encontré delante del bar de mi amigo, totalmente empapados. Salí y les pregunté si hablaban inglés; menearon la cabeza. Les pregunté en turco si hablaban turco. Con un brillo en los ojos, tres de ellos exclamaron alegremente: “Evet!” (“sí” en turco). Les dije que entraran al bar si querían. Dudaron, pero declinaron cortésmente la invitación. Les pregunté si necesitaban comida, agua o cigarrillos.

El que mejor hablaba turco dio un paso al frente. Sacó un mazo de billetes del bolsillo y dijo: “Si de verdad quieres ayudar, encuéntranos un hotel. El mejor, si es posible. Tenemos dinero. El dinero no es problema. Encuéntranos un hotel y te pagaremos una comisión”. Me explicó que todos los “malditos” hoteles de la isla estaban llenos (de refugiados) y que necesitaban habitaciones.

Me disculpé y desaparecí en el bar.

Casi dos años después, en una hermosa y fresca mañana de verano conocí a A. en un bar de la misma isla. A., refugiado sirio, suele pasar las noches yendo de bar en bar con sus amigos occidentales. Esos amigos son sobre todo románticos trabajadores sociales europeos que, según he observado varias veces, llevan camisetas, bolsas y ordenadores portátiles decorados con la bandera palestina. Están en la isla para ayudar a los desgraciados refugiados musulmanes que huyen de la guerra en sus países natales.

“Te hablaré estrictamente de musulmán a musulmán”, me dijo A. con un buen inglés tras haberse bebido unos chupitos de whiskey. “Estos [trabajadores sociales europeos] son muy raros. Y no sólo raros. Son también estúpidos. No sé por qué demonios están fascinados con una causa musulmana que incluso algunos musulmanes despreciamos”.

El año pasado, tres afganos se detuvieron delante de mi casa en la misma isla y me pidieron agua. Les di tres botellas y les pregunté si necesitaban algo más. ¿Café? Aceptaron y se sentaron en las sillas del jardín.

Tomando el café, dijeron que se alegraban de que los acogiera, “no un infiel en esta isla infiel”, sino un musulmán. Un joven afgano que iba vestido como un bailarín de un videoclip hiphopero barato de la MTV me dijo: “Un día, nosotros, los buenos musulmanes, conquistaremos sus tierras infieles”. Le pregunté por qué recibía dinero “infiel” para poder vivir. “Es halal [está permitido]”, respondió. “Ellos [los infieles] son demasiado fáciles de engañar”.

M., otro sirio que hablaba inglés con fluidez, me dio una larga charla sobre el maravilloso estilo de gobernar del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. “¡Turquía es el mejor país del mundo!”, me dijo. “Erdogan es el líder de la umma”. Le pregunté por qué había arriesgado su vida para cruzar ilegalmente desde “el mejor país del mundo” a las “pobres tierras infieles”. “Quiero ir a Europa y aumentar su población musulmana”, me respondió. “Quiero formar una familia musulmana allí. Quiero tener un montón de hijos”. Le recordé que Grecia también es un país europeo. No, no lo es, replicó.

Casi todos los migrantes ilegales en esta y otras islas griegas quieren llegar a Alemania, donde, según les han contado amigos y familiares, se les pagará mejor por ser unos “pobres” refugiados. El cliché de esas-pobres-almas-están-huyendo-de-la-guerra-en-su-país-natal se está volviendo menos convincente cada día. Pero ¿por qué, entonces, arriesgan la vida y se apretujan con otras 40 o 50 personas (incluidos ancianos y niños) en botes de goma con capacidad para sólo 12? ¿Por la guerra en Turquía?

No. A pesar de la inestabilidad política y la inseguridad general, técnicamente no hay guerra en Turquía. Es un país musulmán cuyos migrantes -la mayoría de ellos musulmanes- quieren abandonar lo antes posible para irse a la Europa no musulmana.

Llegan a las costas de las islas griegas, que son tan bellas que gente de todo el mundo cruza el mundo en avión para pasar sus vacaciones en ellas. Pero no son lo suficientemente buenas para ellos. Quieren ir a Atenas. ¿Por qué? ¿Porque hay guerra en las islas griegas? No. Es porque Atenas es el punto de partida en la ruta de salida a los Balcanes.

La misma lógica se aplica a Serbia, Hungría y Austria. Como Grecia, ninguno de esos países será lo suficientemente bueno para los refugiados. ¿Por qué no? ¿Porque hay guerra en ellos? ¿O porque “mi primo me dice que donde mejor se paga es en Alemania”?

Los líderes turcos amenazan a menudo a Europa con “abrir las puertas e inundar Europa con millones de refugiados [sirios]”. En vez de eso, deberían preguntarse por qué esos refugiados musulmanes están tan ansiosos por abandonar el “nuevo imperio turco” a la menor oportunidad. ¿Por qué no deciden vivir una vida cómoda en un país musulmán poderoso y pacífico, en vez de ir en masa al Occidente “infiel”?

Erdogan culpa a Occidente de la tragedia. Ha criticado a Occidente por haber aceptado únicamente 250.000 refugiados sirios. En 2016, el entonces primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, dijo que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debían pagar el precio, no los vecinos (musulmanes) de Siria.

Resulta irónico que millones de musulmanes estén intentando, por medios peligrosos, alcanzar las fronteras de una civilización a la que históricamente han culpado de todos los males del mundo, empezando por los de sus propios países. El romántico Occidente no se pregunta por qué millones de musulmanes que lo odian se encaminan hacia él. ¿O es “islamófobo” señalar que no hay guerra en Grecia, Serbia, Hungría o Austria?

© Versión original (en inglés): Begin-Sadat Center for Strategic Studies (BESA)
© Versión en español: Revista El Medio

Origen: ¿Qué tiene en la cabeza un refugiado musulmán?

El día después. -Jesús Laínz/LD-

Quedan sólo dos semanas y los españolitos seguimos sin saber qué sucederá el 1 de octubre. No sabemos si los aguerridos capitanes separatistas mantendrán el ataque o si recularán ante riesgos legales, personales o económicos. No sabemos si el desesperante Rajoy y sus ministros cumplirán su juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico. No sabemos si la pomposa declaración constitucional de que España es un Estado de Derecho será efectiva por una vez o si seguirá siendo una burla. No sabemos si las turbas separatistas verterán su odio por las calles o si escaparán corriendo por las alcantarillas como sus antecesores de 1934. No sabemos si los españoles reaccionarán o si seguirán sentados contemplando por televisión cómo su patria se desguaza por la voluntad de una banda de mediocres separatistas ante la bobalicona inoperancia de una banda de mediocres gobernantes.

Evidentemente, si España fuera un Estado de Derecho no cabría incertidumbre alguna de que lo único que puede pasar es el procesamiento de todos los responsables de la sedición. Pero hasta eso sería excesivo, pues si España fuese de verdad un Estado de Derecho no se habría podido llegar hasta esta situación, ya que los procesos se habrían ido celebrando a lo largo de los últimos cuarenta años contra todos los que, desde sus cargos escolares, funcionariales, mediáticos, policiales y políticos, han cometido todo tipo de delitos: prevaricación (art. 404 del Código Penal), desobediencia (art. 410), malversación (art. 432), obstrucción a la justicia (art. 464), rebelión (arts. 472 y siguientes), usurpación de atribuciones (art. 506), incitación al odio (art. 510.1.a), denegación de la prestación de un servicio público (art. 511), ultrajes a España (art. 543), sedición (arts. 544 y siguientes), resistencia y desobediencia a la autoridad (art. 556). Empezando por el honorable Jordi Pujol, jefe de los golfos apandadores.

Pero de lo que sí podemos estar seguros es de lo que sucederá el día siguiente: la claudicación ideológica ante los separatistas, el premio a los desleales, la disposición a darles la razón, la absolución a los totalitarios, el silenciamiento de las voces discordantes que todavía defienden la nación y el imperio de la ley; la rendición, en fin, ante los enemigos de la nación española. Como en 1978. Exactamente igual que en 1978.

Sobra la argumentación. Basta la simple enumeración de síntomas para sacar conclusiones aplastantes: Sánchez ofreciendo más autogobierno a Cataluña, Iceta defendiendo la inevitabilidad de la reforma federal, Rajoy abriendo la puerta a la comisión propuesta por Sánchez para reformar la Constitución. Y mil más.

Y hasta quienes, por su relieve y prestigio, dan un paso al frente contra la sinrazón separatista lo hacen impregnados de ella. Ahí está por ejemplo el libro escrito al alimón por Josep Borrell, Francesc de Carreras, Juan José López Burniol y Josep Piqué. El exministro socialista, tras reiterar que el presunto agravio fiscal es una “mentira permanente”, insiste en “crear un sistema federal con una distribución racional de gastos”. Como si el Estado de las Autonomías no fuese un modelo más descentralizado que cualquier Estado federal y como si, simplemente por llamarlo así, los gastos fuesen a ser distribuidos más racionalmente. Francesc de Carreras declaró que lo más viable es “construir una España descentralizada políticamente a través de la creación de un Estado federal en armonía con las distintas identidades que lo integran”. Como si España no fuese ya un Estado descentralizadísimo, como si los ciudadanos ansiasen mayor descentralización, como si la descentralización hubiese dado excelentes frutos y como si solamente mediante la federalización de España se pudiera armonizar sus “distintas identidades”. Juan José López Burniol, por su parte, considera que sólo hay dos soluciones para evitar enfrentamientos: “La independencia o un Estado federal en el que se reconozca la singularidad de cada comunidad autónoma y en el que rija una Agencia Tributaria compartida”. Como si la singularidad de cada comunidad autónoma no estuviese ya reconocida hasta el hartazgo, como si el problema separatista fuese un asunto de gestión de tributos y como si no se tratase del odio inoculado precisamente por un sistema descentralizado que ha puesto en manos de los separatistas todos los instrumentos para construir un gobierno totalitario dirigido al lavado de cerebro de las masas.

Además, ¿a qué viene tanto amor por un Estado federal, cuando los separatistas han dicho un millón de veces que no les interesa y que su objetivo es la secesión? ¿Acaso no se han enterado, por ejemplo, de esta declaración de Joan Tardà?

En 2003 hicimos los tripartitos para normalizar el independentismo y fue un éxito. El 2004 hicimos la investidura de Zapatero porque decíamos lo siguiente: como los independentistas sólo somos el 12% y, aunque no nos guste, tenemos que sacrificar una generación, y que no sean dos, vamos a hacer con la izquierda española una parte del viaje hasta la estación federal. Cuando lleguemos al estado federal español la izquierda española bajará del tren y nosotros continuaremos hasta la estación final, que es la república de Cataluña.

Por no hablar de Josep Piqué, que ha declarado que “ha sido un error dejar los medios de comunicación en manos de la Generalitat”. ¡Brillante deducción! Que un pirómano como Piqué, íntimo colaborador de un Aznar experto en bajarse los pantalones ante Pujol, venga ahora de bombero es un insulto a la decencia. Y además considera que habrá elecciones anticipadas y que “será necesario realizar muchos esfuerzos políticos”. Es decir, volver a bajarse los pantalones. ¡Marchando una de vaselina!

¿Cómo es posible que, tras mil evidencias del fracaso descentralizador, haya tantos empeñados en agravarlo aumentando la dosis? ¿Por qué la solución ha de ser siempre moverse en la dirección marcada por los separatistas? ¿Por qué no es posible plantear la construcción de un Estado unitario, eficaz, justo, que impida, por poner un solo ejemplo, el disparate denunciado ayer por unos editores obligados a hacer veinte ediciones diferentes de los libros de texto para adecuarlos a las exigencias de cada taifa?

¿No ha sido suficiente contemplar las instituciones autonómicas en rebelión contra el Estado del que forman parte? ¿No ha sido suficiente la utilización partidista de los medios públicos de comunicación? ¿No ha sido suficiente el derroche en bobadas aldeanistas? ¿No ha sido suficiente la inoperatividad y posible rebelión de la policía autonómica? ¿No ha sido suficiente el repugnante adoctrinamiento de los niños? ¿No ha sido suficiente la movilización totalitaria de las masas? ¿Todavía quieren más?

Hagámonos con una buena provisión de vaselina, queridos compatriotas. Gracias a nuestros políticos y opinadores, nos va a hacer mucha falta tras el 2 de octubre.

¿Por qué 5 millones de personas creyeron que lo mejor era votar a Podemos? -Samuel Vázquez/ESdiario-

El autor sostiene que el auge de Podemos, a costa del PSOE, tuvo que ver con el estímulo que a sus líderes se les dio en miles de horas de televisión… en una emisora rescatada por el PP.

 

Corría el año 2011 cuando las calles españolas se llenaron de indignados.

Crisis económica brutal, corrupción política, líderes mediocres… y el consiguiente hartazgo de la gente que deja de quejarse en los bares, y decide salir a las plazas.

Lo hemos visto mil veces en la historia.

Y es la propia historia la que nos alecciona sobre la peligrosidad de esos momentos en donde se manejan tantas emociones incontroladas.

Cuando la gente deja de pensar individualmente, y pasan a pensar como colectivo, como “rebaño”,  es sólo cuestión de tiempo que aparezca un pastor; alguien que les diga lo que quieren oír, y les guía en este mundo de tinieblas.

Ha sido siempre así, no hemos inventado nada.

Total, que a finales de ese mismo año, y ya con el cambio de Gobierno y con Mariano Rajoy de Presidente, sucede algo que provoca como poco cierta sorpresa e incredulidad.

El rescate inesperado

La Sexta —una cadena de televisión con un perfil claramente de izquierdas, y muy crítica con el partido que ahora empezaba a mandar— está al borde de la quiebra. Si el Gobierno se hubiera limitado a no hacer nada, la cadena habría desaparecido, y con ella el 75% de la munición mediática contra el PP.

Sin embargo, la Jefa de Operaciones del Partido Popular: Soraya Sáenz de Santamaría decide contra todo pronóstico llamar a uno de los apoyos en la sombra más fuertes de su formación, el líder de uno de los dos grandes grupos de comunicación en España: José Manuel Lara.

La conversación bien podría haber sido así:

SSS: José Manuel…te necesitamos…

JML: Usted dirá Sra. Vicepresidenta.

SSS: Necesitamos que nos compres un tele.

JML: ¿Otra?

SSS: Sí… otra… necesitamos que rescates a La Sexta, está al borde del cierre.

JML: Vale, pero luego habrá que cambiar toda la línea editorial, y para eso hay que echar a mucha gente, Ferreras, Wyoming… puede volverse contra vosotros.

SSS: Tranquilo, no hay que echar a nadie. Están empezando a colar un producto nuevo, chavales de izquierda radical… hay que darles vía libre, que aparezcan mañana, tarde y noche.

JML: No entiendo nada.

El acaudalado empresario que fuera hijo de un Capitán de la Legión, no entendía cómo la Vicepresidenta quería rescatar una cadena que estaba a punto de echar el candado, para dársela a sus contrincantes ideológicos.

Quizá el Presidente del Grupo Planeta no pensaba en clave política, no tenía a su alrededor decenas de asesores generando cascadas de ideas para retorcerlo todo con el único propósito de alcanzar, o en su caso mantener el poder.

El bipartidismo, tocado

Soraya sí sabía bien lo que hacía. Las últimas elecciones, aunque muy propicias para su partido, habían significado un toque de atención al bipartidismo.

El PSOE había perdido nada menos que cuatro millones de votos, cosechando el peor resultado de su historia, era un animal herido… y la vicepresidenta quería matarlo.

Parte de esos votos se habían ido a un nuevo partido presidido por una ex socialista, Rosa Díez, que había logrado formar grupo propio al obtener cinco diputados: UPYD.

Este partido comenzó a denunciar algunos de los casos de corrupción política que han estallado en los últimos años, y a proponer leyes incómodas para la coyuntura política que antepone apoyos para conservar el sillón a la dignidad, leyes como la ilegalización de los partidos pro-etarras, o la obligatoria utilización del castellano en las instituciones del estado, y el derecho de todos los españoles de ser atendidos en esa lengua.

Era un partido no radical, que en un momento dado también podía llevarse a potenciales votantes de derechas hartos de tanta corrupción.

En el PP entendieron que lo que le había pasado al PSOE era una simple cuestión de coyuntura política: les había tocado gestionar la crisis más brutal de las últimas décadas; y que por tanto, era algo que en un momento dado, también les podía suceder a ellos.

Si ese momento llegaba, no era bueno tener una tercera vía moderada y fresca a la que también pudieran ir en masa sectores liberales y centristas del PP.

Tercera vía… radical

Si el partido volvía a ser sólo la casa de conservadores puros, retrocedería a las cifras de votos de los tiempos de Alianza Popular… y eso no era nada bueno.

Podemos, en su asamblea fundacional de 2014

Así que llegaron a la conclusión de que ni por la derecha ni por el centro podía aparecer una tercera vía beligerante que pusiera en peligro su hegemonía. Si había una tercera vía, ésta debía ser una opción radical de izquierdas que cumpliera dos objetivos:

1- Dividir aún más a la izquierda, debilitando así al PSOE.

2- Generar el miedo suficiente entre los votantes de centro-derecha para que los que dudaban en abandonar el redil… no lo hicieran.

Todo esto se traducía en el plano político de una forma sencilla: había que acabar con UPYD, y apoyar cualquier atisbo de nueva formación radical de izquierdas.

Tanto el PP como el PSOE tenían y tienen sus servicios de información, sus cloacas del estado para advertirles con antelación de nuevos movimientos y nuevas corrientes de opinión.

A rebufo del 15M

Así que Soraya ya sabía por aquel entonces que un grupo de jóvenes fanáticos, nostálgicos de uno de los regímenes más sangrientos de la historia: el comunismo, se estaban organizando aprovechando la base de descontento que había supuesto el 15M.

La idea original era asaltar IU, partido al que todos estos jóvenes radicales de la Complutense estaban ligados de una manera u otra,  pero al no conseguirlo, decidieron ir por libre.

Es imposible entender el fenómeno Podemos sin las miles de horas de televisión que en los dos siguientes años les brindarían en una cadena que, de no haber sido por la ayuda del PP, habría quebrado.

Sólo con La Tuerka (programa que los jóvenes marxistas emitían por internet) y Fort Apache, tertulia que habían logrado colar en la televisión pública iraní HispanTV gracias a la mediación de su adorado Hugo Chávez (amigo y socio del entonces presidente de Irán Ahmadineyad), jamás habrían llegado a entrar en el Congreso.

Podemos existe, porque así lo quiso el PP.

Miedo, pero menos

Pero ningún plan es perfecto, y entonces surgió el primer problema con la llegada desde Cataluña de Ciudadanos al panorama nacional, que supo ser más listo que UPYD y atraer a aquellos descontentos con el PP que no querían seguir votando a la formación por mucho miedo que diera Podemos; y también con la Comisión Nacional de la Competencia que veía que con esta operación (compra de la Sexta por Atresmedia) el panorama mediático quedaba reducido a un duopolio Mediaset/Atresmedia.

El Gobierno volvió a maniobrar en la sombra, y la Jefa de Operaciones Santamaría logró rebajar las condiciones impuestas por Competencia para que la estrategia saliera adelante.

El 01/10/2012 se consumó la operación. El Gobierno del PP salvaba la vida a La Sexta, e iba a ser en esta cadena donde la gente pasaría a conocer la “nueva política” a la hora del desayuno, de la comida y de la cena, non stop.

Un plan perfecto

El PP no tuvo que hacer nada, sólo dejar que siguieran trabajando con libertad los primeros espadas del canal: Ferreras, Évole, Wyoming, etc.

Era el plan perfecto para convertir en los siguientes dos años a cinco millones de rojos… en morados.

Divide et impera (divide y vencerás).

 

Origen: ¿Por qué 5 millones de personas creyeron que lo mejor era votar a Podemos? – ESdiario

La Independencia del 3%

 

Muchos votantes tradicionales de la ya desaparecida CiU se siguen preguntando cómo un partido sostén de las clases medias, los sectores más acomodados y de mayor renta, defensora del orden social, las tradiciones –siempre catalanas, esto sí– y de un modo de vida conservador –aquel ideario de Macià de que el mundo ideal de todo catalán era aspirar a la «caseta i l’hortet»– podía embarcarse en un desafío tan descomunal contra el Estado y las instituciones democráticas españolas. Es uno de los grandes enigmas del «proceso», que sobrepasa al argumento siempre aducido por el partido fundado por Jordi Pujol: todo empezó con la sentencia del Constitución de junio de 2010 sobre algunos artículos del nuevo Estatuto. De aquellas reivindicaciones de una mejora del sistema de financiación hace tiempo que se dejó de hablar; ni siquiera estaba en la filosofía política del catalanismo el concierto económico a la vasca (Pujol lo rechazó en 1980: no quería estrenarse recaudando impuestos) y, más recientemente, en octubre de 2013, CiU despreció una nueva financiación económica porque se trataba de un «cambio de cromos» para desactivar la consulta soberanista. El caso es que ahora, aquel partido moderado dispuesto a pactar con el PP o el PSOE está aliado con una agrupación anticapitalista y antisistema de diez diputados dispuestos a todo –y todo es todo– con tal de conseguir la independencia de Cataluña en dos días a partir del próximo 1 de octubre. En el tiempo, este desafío ha coincidido con el hundimiento de CiU por dos razones: sus errores políticos y una corrupción que carcomía las estructuras del partido; aquel célebre 3% que Maragall denunció –a buenas horas– en 2005. Hay que partir del hecho abundantemente recogido en las hemerotecas de que cada vez que se han investigado las cuentas de Convergència o ha habido un sentencia en firme la reacción ha sido la misma: sólo se trataba de una campaña del Estado, ni siquiera contra el partido, sino contra Cataluña. No tardará mucho en salir la sentencia en firme del «caso Palau», que destapó el sistema de financiación ilegal de Convergència a través de un desfalco generalizado de las arcas del Palau de la Música –señera institución de la mítica burguesía barcelonesa de hace un siglo– y del cobro de comisiones ilegales, lo que ha supuesto del desvío de 6,6 millones de euros, todo ello con el silencio o complicidad de la clase dirigente nacionalista. Ese mismo partido que se puso al frente con el entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas, de un choque frontal contra nuestra democracia y que ha fracturado en dos a la sociedad catalana, es el que tiene embargadas 15 de sus sedes y se vio obligada a vender la central. Esa organización que ejercía un poder absoluto prefirió cambiar de nombre y mutar en PDeCAT antes de asumir sus responsabilidades. Y si algún decepcionado ponía en duda su honradez, siempre podía ofrecer a cambio su intachable historial nacionalista y estar dispuesto a llevarse por delante la Constitución, el Estatuto y las leyes que hiciesen falta con tal de demostrar su patriotismo. En el centro de todo este entramado patriótico-financiero está Artur Mas, un político que ha sido un verdadero desastre para su partido y, sobre todo, para Cataluña. El partido de Jordi Pujol no ha sido un buen ejemplo, empezando por su fundador, y sólo ha demostrado un sistema político amasado con un patriotismo clientelar en el que hasta las sentencias judiciales se ponen en duda. Mas deberá responder de estos desmanes políticos y financieros. Pasará a los anales de Cataluña haber ocultado sus desastres financieros atacando frontalmente a nuestro sistema democrático.

Origen: La Independencia del 3%

Juncker,el faraón suicida. -Hermann Tertsch/ABC-

Está en marcha la rebelión contra su despotismo europeísta

SI no nos tuviera acostumbrados a verle besar la calva a sus interlocutores, tirar de la corbata a dignatarios extranjeros o regañar a camareros porque se olvidan de su copa, habría cundido el pánico ante los planes de reforma de la UE expuestos hace unos días por el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. Porque es todo un arrebato de «soluciones imaginativas», como llamaba Javier Pradera a las ocurrencias suicidas. Parece un plan para convocar una larga cola de países candidatos del EXIT que sigan al Reino Unido. En descargo del viejo presidente hay que recordar que vive en un mundo especial del privilegio público y privado. Juncker es un europeista en una burbuja que nada tiene ya que ver con Europa. Sino con una inmensa oficina de empleados privilegiados, sobrevalorados e hiperremunerados, cuyo máximo celo y vocación están en preservar y aumentar esa oficina que preside Juncker y que financian todos los pobres europeos cada vez menos europeístas.

En realidad es un escándalo pero a nadie puede extrañar que entre las propuestas de Juncker una de las primeras fuera pedir más dinero de los países miembros para el aparato de la Unión Europea, con su comisión, su parlamento y su ingente, desbordante, insaciable y expansiva burocracia. Es una fábrica de injerencias en las naciones y los individuos y ha creado un monstruo regulatorio y controlador que hace cada vez menos libres y más pobres a los europeos que pagan. Pero Juncker quiere más. Como no fue suficiente el desastre de mantener a Grecia dentro del euro y la crónica precariedad resultante que solo disimula un BCE con la máquina de trucos de Mario Draghi, Juncker propone la ampliación del euro a todos los 27 países miembros de la UE. A compartir todos las miserias de todos, incluidas economías como las de Rumanía y Bulgaria. Con el endeudamiento de tantos. Además quiere un ministro de finanzas para que no le molesten intereses nacionales.

También quiere expandir el espacio de Schengen a los 27 para que desaparezcan los pocos controles que hay cuando realmente comienza la lucha contra el islamismo radical en todo el continente. Juncker quiere más dinero y más poder para la Comisión. Quiere más dinero para la UE pero también para el Estado de bienestar de los miembros y, ¡por supuesto! para la inmigración porque debemos ser generosos. E imponer por la fuerza a países que se resisten dicha inmigración para transformar sus sociedades nacionales en su composición étnica, cultural y religiosa. Todo el que no apruebe sus propuestas, será tachado por Juncker de antieuropeo y sospechoso de ultraderechismo. Prietas las filas, nos dice. Que ya llegará él a montar un cambalache con Alemania y Francia para perpetuar el engaño. Pero el engañado es él, Juncker. Está en marcha la rebelión contra ese europeísmo del despotismo menos ilustrado que cínico que representa hoy el presidente de la Comisión con sus faraónicos planes de hundir Europa brindando con champán.

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¿Referendum o no referendum? Esa no es la cuestión. -Daniel Ari-

El referendum catalán se va a celebrar. No tendrá las más mínimas garantías (lo dice hasta el propio Urkullu) y, por tanto, no tendrá validez legal, pero se celebrará. Se celebrará en algunos pueblos perdidos, en algunos locales de las grandes ciudades (en sedes de partidos separatistas, en recintos feriales, en puticlubs de carretera o donde se pueda, y con papeletas de verdad, hechas en casa o en notas post-it compradas a último minuto), pero se celebrará.

Y Mariano saldrá por segunda vez a decirnos que no hubo referendum. En sí mismo, el hecho de que se celebre esta performance con olor a sobaco y perfume de “voluntad popular” no reviste ninguna importancia. Pero es gravísimo en su contexto. Porque tanto el referendum como las leyes de sedición aprobadas de forma torticera en el Parlamento Catalán son actos testimoniales. Son los building blocks de los que se dotan los separatistas para legitimar su discurso de fait accompli, de hecho consumado.

Todo esto está ocurriendo en una región de España de la que el Estado se ha ausentado voluntariamente durante décadas, en la que el gobierno español ha dejado que los separatistas se enseñoreen e impongan sus políticas de exclusión social, de persecusión de los castellanohablantes, de adoctrinamiento en el odio a España a través de medios y escuelas pagados con los impuestos de todos los españoles. No nos están quitando Cataluña los separatistas catalanes;nos la llevan quitando durante décadas gobiernos corruptos dispuestos a dejar que se fragmente España con tal de aferrarse al poder.

Y, por desgracia, no se trata únicamente del País Vasco y Cataluña. El cáncer se extiende por toda España a velocidad de vértigo.Se extiende el cáncer con la ayuda del Estado, con la acción decidida de las taifas (da igual si están en manos del PSOE que del PP o algún partido nacionalista y comunista), a las que el Estado ha ido fortaleciendo porque forman parte del mismo negocio,y con la participaciópn activa o la cobardía de una población que prefiere mirar para otro lado o adherirse activamente a la religion del perroflautismo, predominante en España. Entre todos la hemos matado y ella sola se ha muerto.

No, la performance del referéndum del 1-O no es lo más grave. Lo más grave es cómo se van a rifar los jirones de la nación a partir del 2-O. No os quepe la menor duda de que se la comerán a dentelladas entre todos los actores de esta enorme farsa.

Es el epílogo inevitable de un proceso de demolición de lo que hace mucho que ya no es España, sino el Estado de las Autonomías. FIN

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