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Consenso para estafar. -Cristina Losada/LD-

Hace mucho que no se veía en el Congreso un consenso tan amplio y tan plural. Desde el PP hasta Podemos, pasando por el PSOE, desde el nacionalismo canario hasta el separatismo catalán, ha sido un todos a una, Fuenteovejuna, a favor de la ley que actualiza el cupo vasco. Todos a una menos uno: el grupo parlamentario de Ciudadanos. Y los dos diputados de Compromís. Pero si no se veía hace tiempo un acuerdo de tanta amplitud y heterogeneidad es simplemente porque no se renovaba el cupo desde 2011. Estamos ante uno de esos raros asuntos en los que suele haber una armonía y conformidad desusadas. El cupo, digamos, es un asunto de Estado. Y el cálculo del cupo, un secreto de Estado.

“Prácticamente no hay números, y los que hay no se sabe muy bien de dónde salen”, decía al respecto Ángel de la Fuente, uno de nuestros mejores expertos en financiación autonómica, al diario El Mundo. Su hipótesis, tanto para esta ley como para las anteriores, es que quienes negocian se ponen de acuerdo en la cantidad y después pergeñan el armazón técnico que la justifique. Mikel Buesa ha constatado que cada renovación del cupo coincide con instantes en que el Gobierno de España necesita los votos de los diputados del PNV. Una regla que se confirma en esta ocasión, igual que se confirma esta otra: el cálculo infravalora lo que tendrían que pagar al Estado las diputaciones vascas.

El Partido Popular lleva días tuiteando a diestra y siniestra que el sistema fiscal del País Vasco no es mejor, sino diferente. Pero resulta que es las dos cosas. Gracias a los apaños que se hacen a la hora de calcular el cupo, la comunidad autónoma vasca dispone del doble de recursos por habitante que el promedio de las de régimen común. Una bicoca. Y una que no se puede atribuir, como algunos atribuyen, a razones históricas. Una cosa es que las guerras carlistas y el Abrazo de Vergara nos dejaran como legado el Concierto Económico y otra bien distinta es hacer trampas en el cálculo. La estafa contable no está incluida entre los Derechos Históricos que reconoce la famosa disposición adicional que incrustó el Concierto en la Constitución.

Es llamativo que una estafa contable concite tanto entusiasmo consensual. No es novedad, ciertamente, en el PP y en el PSOE, que se han turnado en la negociación del amaño para lograr el respaldo del PNV. Es en ellos habitual, y responsabilidad de ambos. De hecho, al inicio de esta legislatura, los socialistas instaron a Rajoy a buscar el apoyo del nacionalismo vasco a fin de tener los votos suficientes para formar Gobierno. Pero no lo hacen tanto por la gobernabilidad de España como por ellos mismos. Lo hacen también por su cuota electoral en el País Vasco.

Tristemente, el partido que cuestione un procedimiento que redunda en ventajas para una comunidad autónoma y en perjuicios para el resto de los españoles será castigado por muchos de los que disfrutan del privilegio. Y no son PP ni PSOE los únicos que no desean verse afectados por esos ramalazos de egoísmo. Ahí tenemos a los podemitas, que se han sumado a las prácticas habituales, seguramente imbuidos del temor a los efectos de oponerse al privilegio. No sabíamos que se llamaban Ahora Podemos Unidos por el Cupo. Ya lo sabemos. Como sabemos que su hostilidad hacia la Constitución del 78 tiene límites precisos: limita al norte con el pufo fiscal. Ese candado por nada del mundo quiere romperlo Iglesias.

Ya que hablamos de hostilidades, son significativas las que desató la sesión parlamentaria. Porque el consenso sobre la estafa contable, tan armónico él, se mostró enormemente agresivo con Ciudadanos. Lógico: el único partido que se opuso dejó en evidencia a los concertados para el tongo. No bastaba con aprobar el pufo, había que machacar a quien levantara la voz en contra.

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La Izquierda “chic” contra la bandera española. -F.J.Losantos/LD-

Por una vez, la Izquierda llegó a tiempo. En la primera y asombrosa manifestación contra el separatismo en Barcelona, ya el melifluo Borrell increpó a la muchedumbre que, enarbolando banderas españolas, pedía el cumplimiento de la Ley (“Puigdemont, a prisión”). “Sssst! –chitó- ¡Esto no es un circo romano”. Él, tan finústico, preferirá Le Cirque du Soleil. De ahí el repelús ante tanto pueblo español con su bandera al viento y no a cuestas.

Aquel “Sssttt” a lo Rotemmeyer del alquitarado socialista, súbito abogado de la Generalidad separatista, pudo provocar que cualquiera de las fieras de la arena o del público sediento de sangre, que eso es un circo romano, viendo que Borrell proclamaba mártir a Puigdemont, le hubiera mordido la clámide. Pero las fieras eran tan pastueñas, llevaban tan orgullosa y festivamente su bandera recién estrenada en público, porque lleva décadas tan prohibida en la calle como el español en las aulas, que no quisieron estropear el acto mandando a tomar viento de Abengoa al embajador del rojerío chic, recién llegado de muy, muy afuera.

El socialismo domador de españoles

Pero el déspota a medio ilustrar se quedó satisfecho. Había hecho lo que se espera de un intelectual y político de izquierdas: marcar distancias con la horda española, buena para votar, no para ser atendida y respetada. Al cabo, Borrell es uno de los domadores –por eso se le escapó lo del circo- de la fiera española, arrinconada en los alrededores de la Ciudad de los Prodigios Transversales, uno de los caporales que la han herrado con las cuatro barras de la ganadería catalana, donde los maestros instilan el odio a su lengua y su nación a los niños, hijos de padres españoles a los que deben marginar, y los adiestran para que voten a la Izquierda y aplaudan al Barça.

En la segunda manifestación, un modelo de apropiación indebida por los partidos políticos y en especial por el PSC, que no quiso ir a la primera, Borrell salió al Coliseo dispuesto a echarle un tasajo de carne a la apaleada fiera. En la anterior opuso con la cursilería liricoide típica del progre añejo, la bandera separatista estrellada y la de la Unión Europea, con las estrellas de Eurovisión. Hubo algún comentario sobre el gesto anterior de apostrofar a la fiera y despreciar su bandera, así que esta vez cogió la española, pero el viento, sin subvencionar, deslució el esfuerzo. Quedó como era: falsísimo.

Francesc Frutos contra Manolo Escobar

En esa segunda manifestación, el que se subió a la chepa del millón de españoles fue el dirigente comunista Francesc Frutos, que se hace llamar Paco ahora, no cuando mandaba en Izquierda Unida y atacaba al PP por el delito de poner en duda los beneficios sociales de la inmersión lingüística. Francesc, alias Paco, no cayó en el error de reprocharles la bandera, que con tanta gente repitiendo era suicida, ni les llamó fieras o público de circo romano. Pero tenía que reprocharles algo, no fueran a confundirlo con un político de derechas, así que criticó que cantasen demasiado el “¡Que viva España!”. Podía haber hecho la glosa del “Resistiré”, segundo himno de la rebelión española en Barcelona, pero también era un recién llegado, como Borrell, y dijo echar en falta a otros cantantes que pusieron música a otros poetas, todos de izquierdas, como Antonio Machado y Miguel Hernández.

El tono no fue despótico, como el de Borrell, sino peor: paternalista y condescendiente. No recuerdo que en sus años en el PSUC, el PCE y CCOO, (allí Comissió Obrera Nacional de Catalunya, Vieja Guardia Roja de Pujol y Maragall durante cuarenta años) defendiera España, el español o pusiera en los mítines canciones emocio-nacionales de Paco Ibáñez, que anda ahora etasuno. Tal vez “A galopar”, (hasta enterrarlos en el Mar del Tinell y el Trespercent). Frutos podía haber censurado que Serrat censurase “Mediterráneo” a los manifestantes, mientras renueva a Messi, que es lo único de Cataluña, para la progresía apolítica Barçaluña, sobre lo que se ha atrevido a escribir. Pero no: al que censuró Frutos fue a Manolo Escobar, no fueran a confundirlo con la caspa española a él, calvo de Checa y Gulag. Como Borrell, también se negó a firmar el manifiesto de Libres e Iguales contra el primer referéndum separatista de Artur Mas. Música, sí; letra, no.

En ‘El Español’ contra la bandera española

La última bronca contra los españoles de Cataluña que, empeñados en reivindicar su condición cívica y denunciar la opresión separatista, han sacado a la calle cientos de miles de banderas españolas, se la ha propinado Gregorio Morán en El Español. Está recién llegado tras varias décadas de acomodada intransigencia en La Vanguardia, pero corre el peligro ante el rojerío chic, nieto del de Bocaccio, de que puedan confundirlo con Cristian Campos (por la prosa, difícil, por la ideología, imposible) y ha publicado este sábado un pliego de descargos para evitar que lo confundan con algo distinto a la izquierda de Lenin, en guerra eterna con la España de Franco. El título es muy propio del recio rojerío que lamenta la débil Transición: “¡Banderas, al armario!”. Y a Borrell y Frutos les habrá encantado, seguro. Esta es la explicación de la orden de Morán al millón de patanes españoles:

La recomposición de la vida ciudadana en Cataluña pasa por devolver las banderas a los armarios. Y por lo que puede haber afectado más allá del Ebro, animar a retirarlas todas y de todas partes. Basta conservarlas en los lugares de poder, en las instituciones, como paga y señal de quienes las inventaron y las conservan para bien de sus intereses. ¿Qué sería de un patán sin bandera? Estaría desnudo. El trapo consensuado le sirve como taparrabos y acaba convirtiéndose en el reducto donde atesora, o eso cree él, las raíces patrióticas. Mientras la gente no se manifieste en silencio y sin emblemas no podremos decir que constituimos una sociedad de gentes iguales en derechos y compromisos.

Por insultar que no quede. Pero cualquiera que haya visto las dos manifestaciones españolas habrá comprobado su carácter pacífico y festivo, tan distinto de los alardes del separatismo catalán glosados por la marabunta que puebla el diario donde ha escrito Morán muchos años, tantos que llegué a creerlo primo de Godó. Pero compartir periódico con Rahola y compañía tiene consecuencias. Al despotismo del chequista, que insulta ritualmente a la plebe embanderada, se añade la calumnia que proyecta en los demás lo disimulado o reprimido. Diríase que insulta a todas las banderas, pero no a todos los que las llevan.

Aparece el antifascismo redentor

En lo único que hemos cambiado es en la exhibición de trapos no en el significado del gesto. Cataluña se ha llenado de banderas esteladas solo salpicadas de alguna señera cuatribarrada, otras rojo y gualda, e insólitas tricolores de la II República española que en los tiempos que corren deberían llevar un lema explicativo para ayudar a los nuevos banderizos a entender que el levantamiento contra aquel régimen fue obra del fascismo de verdad y que los presos y las torturas no necesitaban de actrices que simularan la realidad.

Es asombroso el sectarismo, raíz del odio a lo nacional español, de estos nostálgicos del “antifascismo”, bandera propagandística de Stalin en la que bordan la nostalgia falsaria de la II República. Habrá que explicar, como dice Morán, por qué la izquierda sigue inventándose una República que no existió y ocultando que los que se alzaron cuatro veces contra la II República antes que Franco fueron los anarquistas, tres veces y los socialistas y separatistas catalanes en 1934, porque no toleraban que los “fascistas” (!) Lerroux y Gil Robles les hubieran ganado las elecciones.

Claro que su golpe era para instalar una democracia a lo Stalin, y, además ellos nunca llevaban banderas. Nunca abrumaron a la gente con la tricolor, que nunca fue la nacional española, ni con la roja de la hoz y el martillo, ni con la roja y negra de la CNT-FAI, que en vez de combatir el alzamiento de Franco se alzó en Cataluña contra los restos de la República e instauró un régimen de terror que asesinó a 3.000 católicos en quince días.

Pero ante todo hay que posar, evitar que lo confundan con la chusma española. Y Morán se hace el tonto: dice que no entiende las banderas:

Nunca entendí el significado de las banderas y debo reconocer que no recuerdo haber tenido una, ni menos enarbolarla. Aseguran que están hechas de sentimientos, como las postales o la pasión futbolera, y me pregunto qué naturaleza sentimental habrá que depositar dentro de uno mismo para amar a un equipo de fútbol o a una tela. Porque en definitiva las banderas no son más que trapos consensuados.

Yo creo que miente, que entiende lo que significa la bandera norteamericana encima de un féretro o la francesa en el Arco de Triunfo, que ocupa gracias a esos americanos y sus trapos. Lo que le fastidia a Morán, que por cierto, luce en la foto trapos de mendigo consensuados, muy a la moda, es la bandera española. Tal vez hasta en los féretros de los soldados y muchas víctimas de la ETA.

He llegado a oír de determinada gente que es capaz de matar en defensa de su bandera. A mí la primera reacción que me produce una bandera es de rechazo. En algunos casos auténtico desprecio teñido de odio por lo que ha significado en la historia, porque esos trapos consensuados exigen adhesiones nada sentimentales sino más bien ofenden, achican o insultan al que no comparte esos sentimientos de menor cuantía que se jalean con el flamear de las banderas.

Pero todo lo que significa en la historia la bandera roja de la hoz y el martillo no le ha movido a Morán a regurgitar ese odio, tan leninista. Le puede el desprecio, el sectarismo cultivado, el guerracivilismo irredento, la nostalgia de la tricolor, la roja y el poder supremo sobre vidas y haciendas que eso fue la guerra civil que buscó la izquierda y finalmente perdió. No lamenta la guerra que empezó la izquierda sino su derrota. Y lo paga la gente que con su bandera a cuestas se siente y se sabe española, a pesar de la gentuza de izquierda y separatista que, al cabo, también nació aquí.

El experto en alfalfa y otros piensos

El cáncer político de España en estos cuarenta años de democracia es la superioridad moral, la bandera invisible pero cegadora de la izquierda que odia a la bandera de España, por ser, dice, la de Franco. ¡Y la de Galdós! Lo que de verdad no acepta la izquierda pija, en Barcelona chic, es que resucite un símbolo que conjura su poder sobre la conciencia de los ciudadanos. Y ese símbolo es la bandera nacional, ante la que se horroriza como Drácula ante el crucifijo de plata y la españolísima ristra de ajos. La frase que escoge El Español para resaltar el artículo de Morán es ésta:

Detesto las banderas. Todas. Son un señuelo del poder hacia quien no lo tiene. Un alimento para estómagos acostumbrados a la alfalfa.

Yo no creo que Morán haya detestado siempre la bandera de la hoz y el martillo. Ni ahora. Pero barrunto que este perito en piensos empieza a echar en falta el abanderado pesebre del Conde de Godó.

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Un desembarco argelino. -Hermann Tertsch/ABC-

Lo que más asusta es la calma con la que algunos se lo toman. Televisiones, radios y medios escritos informaban ayer como de un vulgar suceso de lo que es, por desgracia, mucho más que eso. En 24 horas habían llegado ayer a la costa murciana al menos 44 pateras con cerca de quinientos inmigrantes ilegales, en su inmensa mayoría jóvenes varones árabes. Con un dato muy especial a tener en cuenta: procedían de Argelia. Que es sin duda el punto de origen más temido por quienes observan la situación de la seguridad en el Mediterráneo y las fronteras europeas a medio plazo. Argelia ha cuadruplicado su población en medio siglo y es con más de 40 millones de habitantes ya el país más poblado y más joven del Magreb.

El comienzo de una presión migratoria ilegal argelina tolerada o no reprimida por sus autoridades es una de las pesadillas más consistentes para los responsables de la seguridad del flanco meridional europeo. La costa mediterránea española podría convertirse rápidamente pronto en un escenario dantesco, como los que se han ofrecido en ciudades portuarias italianas en el pasado año. De repente, el viernes las pantallas de vigilancia de la costa en Cartagena comenzaron a detectar movimientos en lo que pronto parecía toda una invasión, obviamente organizada y sincronizada, de pequeñas embarcaciones. Buques de Salvamento Marítimo salieron a interceptarlas y todos los inmigrantes ilegales fueron traídos a suelo español. El único que realmente parecía ayer ser consciente del gravísimo momento era el delegado del Gobierno en Murcia, Francisco Bernabé. Calificaba sin ambages esta oleada de pateras como «un ataque coordinado contra nuestras fronteras y, por tanto, contra las fronteras de la UE». E intentaba subrayar la necesidad de que estos inmigrantes fueran expulsados. No lo decía tan claramente, porque no sería delegado de este gobierno si lo hiciera. Decía que había que controlar antes, lo que se sobreentiende, si hay algún caso que pudiera ser aceptado como refugiado político. Lo más seguro es que no lo haya. Lo casi seguro es que al final todos se queden deambulando por España o prosigan hacia el norte de Europa.

Los traficantes parecen haber cambiado su ruta después de los Balcanes e Italia a España. Pronto podríamos estar con decenas de barcos de ONG e instituciones oficiales creando un flujo constante de inmigrantes ilegales desde Argelia a España, como se ha hecho en la costa libia con Italia. Las consecuencias para la seguridad de España y toda Europa son incalculables, pero en todo caso aterradoras. Nadie se atreverá en España a proponer como han hecho políticos en otros países europeos que el salvamento debe consistir en rescatar a los náufragos y devolverlos a la costa de origen. Pedir un discurso y una política sólidos en defensa de la inmigración legal y por tanto de guerra a la ilegal es algo que exige sentido común, valentía política y ganas de decir la verdad.

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Contra las elecciones. -Jesús laínz/LD-

Francamente, me importa un bledo quién gane o deje de ganar las elecciones autonómicas catalanas del mes que viene. Porque, aunque su celebración se presente como una victoria del régimen democrático español sobre el golpismo separatista, en realidad se trata de un grave atentado contra la democracia.

Porque si en algo consiste la democracia es en la igualdad de oportunidades para todas las opciones políticas que se presentan a unas elecciones. Igualdad de oportunidades que ha de reflejarse en la plena libertad de expresión, en el libre acceso a los medios de comunicación y en la ausencia de violencia. Y no sólo en lo que se refiere al cortísimo plazo de la duración de la campaña electoral, puesto que también hay que exigir esa misma libertad y esa misma igualdad de derechos para todas las opciones políticas en todos los ámbitos de la sociedad durante las semanas, meses, años y lustros previos a cualquier votación.

Pero esto no se ha dado ni se da ni se dará. Y para demostrarlo ahí está el gobierno español renunciando a intervenir la educación totalitaria y los medios de comunicación totalitarios que han envenenado a dos generaciones de catalanes. Su primera obligación era, naturalmente, impedir el golpe de Estado perpetrado por Puigdemont y los demás. Pero la segunda era garantizar la neutralidad de la escuela y los medios de comunicación. Aceptemos que lo de la escuela es asunto complejo y de efectos a largo plazo, pero lo de los medios de comunicación es urgente e inexcusable con una campaña electoral a la vuelta de la esquina. Es un escándalo que la televisión y la radio públicas, pagadas por todos los españoles, sigan en manos de quienes las utilizan, con mentalidad y modos ortodoxamente totalitarios, para destruir el Estado que les paga sus sueldos.

Pero ya que en los últimos meses hemos presenciado una patológica presencia de lo jurídico en el debate político, centrémonos un momento en ello. Pues las votaciones no son otra cosa que la renovación periódica del contrato social que permite la convivencia y organización de las modernas sociedades civilizadas.

Pues, tras todos los intentos disparatados de justificar la secesión en lenguas, invasiones, colonizaciones y autodeterminaciones, al final todo queda reducido a una cuestión de voluntad. Los catalanes tenemos derecho a la independencia porque queremos la independencia. Y punto. Igual que un divorcio es la ruptura del vínculo matrimonial, la independencia es la ruptura del vínculo nacional. ¡Como si una pareja fuera equiparable a una nación!

He aquí la roussoniana clave. Si no hay contrato social no hay nación. Parece impecable. Pero si la voluntad hace el contrato, una voluntad viciada lo anula. Y los tres modos de viciar la voluntad del contratante son la violencia, la intimidación y el dolo. No hay mejor modo de explicar lo que ha sucedido en la sociedad catalana en las últimas cuatro décadas. La violencia del terrorismo nacionalista vasco, y en mucha menor medida del catalán, ha acallado con tremenda eficacia muchas voces que, de haber habido completa libertad, habrían podido dar una respuesta al adoctrinamiento de masas que ha desembocado en el predominio, tanto en el País Vasco como en Cataluña, de las opciones políticas que, por ser hermanas ideológicas de los asesinos, han tenido el campo libre para su actividad. Así lo recordó Josu Zabarte, más conocido como Carnicero de Mondragón, al declarar, una vez salido de la cárcel, que Jordi Pujol se había beneficiado enormemente del terrorismo etarra.

Pero la monopolización de los foros políticos y sociales no ha sido solamente consecuencia del asesinato de un millar de personas, sino también, y sobre todo, de la intimidación de muchísimos más que han preferido callar, ceder, resignarse o marcharse de su tierra para evitar mil problemas, incluida la muerte. Sin la violencia etarra el Título VIII de la Constitución y los estatutos de autonomía surgidos de ella habrían sido otros, como explicó a menudo Gabriel Cisneros, protagonista privilegiado de los hechos por haber sido uno de los siete padres de la Constitución.

Y sin la continua intimidación y la creciente violencia sufridas también en Cataluña por quienes han osado oponerse a la dictadura nacionalista, no se habría implantado el pensamiento único en una sociedad hoy uniformizada hasta extremos propios de otras épocas. Finalmente, sin la actitud escandalosamente dolosa de unos gobiernos nacionalistas que han utilizado sus competencias educativas y los medios de comunicación públicos para sembrar incontables mentiras con el fin de envenenar a los catalanes, tantos cientos de miles de ellos no desearían la secesión.

Bajo la violencia, la intimidación y el engaño no hay forma de contrastar pareceres con libertad, de reflexionar con mesura y de tomar decisiones sensatas. Admitir que en estas circunstancias, inalteradas por la permanente parálisis de los inquilinos de La Moncloa, se pueda dar por bueno el resultado de unas elecciones significa bendecir el régimen totalitario separatista que el artículo 155 ha dejado ileso.

Mientras no se desmonte dicho régimen totalitario para garantizar la libertad y la igualdad de derechos de todos los ciudadanos y todas las opciones políticas, cualquier votación en Cataluña es una farsa, una tomadura de pelo, un insulto a los oprimidos, un atentado contra la esencia misma de la democracia. Igual que lo fueron todas las elecciones vascas mientras ETA seguía asesinando a cientos de los opositores al eje PNV-HB.

Ésta es la gravísima tara de la democracia española. Y a la vista están sus nefastas consecuencias.

 

Acatar el 155. -Antonio Burgos/El Recuadro-ABC-

Lo de Carmen Forcadell con su promesa de “ni un paso atrás” me ha recordado lo que contaba el novelista Manuel Barrios sobre el agregado cultural de la embajada de un país musulmán al que entrevistaban en RNE en Sevilla. Llegó ya puestecito y durante el programa se puso más ciego todavía de coñac. Tanto, que Barrios se atrevió a preguntarle:

— Perdone, señor agregado, ¿pero el Corán no les prohibe a ustedes el alcohol?

Y el tajarina de nuestra “tradicional amistad con los países árabes” contestó sin inmutarse:

— Eso es sobre el alcohol. Pero sobre el coñac el Corán no dice ni una sola palabra.

Carmen Forcadell, lo mismo. No ha mentido, como el borrachín agregado cultural cumplía con el Corán. Dijo que “ni un paso atrás” con la DUI. Pero de tres o cuatro pasos, o cinco, no dijo absolutamente nada, como acatar el 155 de la Constitución, aclarar que la DUI era “simbólica” e incluso creo que terminó cantando el “Que viva España” de Manolo Escobar. Tenía Forcadell una atenuante que no viene en los códigos, pero que lo justifica todo: el canguelo, la jindama, el miedo a la trena. Todo por la Patria Catalana… y por librarse de la prisión incondicional.

Hasta aquí, perfectamente de acuerdo con que la golpista presidenta del Parlamento autónomo de la comunidad de Cataluña acate el artículo 155 de la Constitución para no acabar como Junqueras. Pero me queda una duda. Ella sí que lo acata, ¿no lo va a acatar, porque si no lo acata le espera la prisión de Los Yordis? La duda me entra con quien no es la Forcadell. Con Rajoy, con Soraya y con Zoido. ¿Acata Rajoy el 155? Si lo acata, ¿por qué permite que TV3 siga haciendo propaganda separatista por tierra, mar y aire y mañana, noche, tarde y madrugada y se note tan poco que lo está aplicando en la manipulación de las escuelas? ¿Acata Soraya el 155? Si lo acata, ¿cómo consiente que se le siga largando dinero a los separatistas catalanes para tratar de ganárselos y callarles la boca de momento? ¿Acata Zoido el 155? Si lo acata, ¿por qué entonces mejoró a Trapero ordenando la pasividad de los Mozos de Escuadra ante los sabotajes de la mal llamada huelga? Ah, ya, todo es por la Prensa internacional, por los telediarios de la BBC y de la CNN, por los gobiernos extranjeros, por la Unión Europea. Con tanta “proporcionalidad”, parece que el PP gobierna y aplica el 155 de la Constitución para el “Financial Times” y para el “New York Times”, para la BBC y la CBS, no para sus votantes. Mi hijo Fernando, que vive en Alemania y que está suscrito a la prensa salmón internacional, me dice:

— No veas lo bien que ponen a Rajoy y al Gobierno en el “Financial Times”.

Y le hago considerar:

— Sí, pero el “Financial Times” no vota en España.

Han preferido que los niñatos de los sabotajes dejaran en tierra a 150.000 pasajeros de la Renfe y que cortaran todas las autopistas que les placieren, antes que en un telediario extranjero saliera un policía nacional, un guardia civil o un mozo de escuadra aplicando sencillamente la ley contra los sediciosos. Ni un solo detenido. ¿Qué están haciendo en Cataluña con el 155 los que tanto alardearon de aplicarlo? ¿Sirve para algo? Que se lo pregunten al viajero del Ave que se quedó en tierra en Sants. Cuando los jornaleros del SAT ocuparon las vías del Ave en Sevilla, a la Policía Nacional les duraron dos minutos, y los trenes salieron a su hora. Claro, no había 155 por medio y no había que ponerse de perfil, como está haciendo el Gobierno en Cataluña, sin cambiar nada. Pues que se acuerden de sus votantes y no se olviden de Lorca y de Antoñito el Camborio. El PP pueden acabar en Cataluña y en España como El Camborio: “Y se murió de perfil”. Ante el cabreo de su electorado, 155 son los votos de sus leales que a este paso le van a quedar para las próximas generales.

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