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Contra la hispanofobia. -Hermann Tertsch/ABC-

Contra_la_hispanofobia

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Zapatero, cayado de Maduro -Emilio Campmany/LD-

Se supone que el español José Luis Rodríguez Zapatero está en América tratando de lograr un acuerdo entre el Gobierno venezolano y la oposición. Tan difícil gestión no podía haberse encargado a nadie más incompetente. De forma que no es de extrañar que su misión sea un rotundo fracaso. Y, sin embargo, la falta de pericia en el dialogante exmandatario español no es ni mucho menos lo peor. La carta enviada por él a la delegación de la oposición venezolana en la República Dominicana, donde se han llevado a cabo las negociaciones bajo el arbitraje de Zapatero, es una inequívoca prueba de cargo. La misiva hace que las sospechas de falta de parcialidad que pesaban sobre quien fue durante siete años nuestro presidente del Gobierno se confirmen más allá de toda duda razonable.

La carta contiene un primer párrafo larguísimo, que no se puede leer en voz alta sin ahogarse, donde cuenta que se ha redactado un documento que supuestamente da cumplida respuesta a las exigencias de ambas partes, pero que es descrito de una forma vaga, sin ofrecer una sola garantía que pueda mínimamente tranquilizar a la oposición. Luego, el solemne confiesa:

De manera inesperada para mí, el documento no fue suscrito por la representación de la oposición. No valoro las circunstancias y los motivos, pero mi deber es defender la verdad y mi compromiso es no dar por perdido el lograr un compromiso histórico entre venezolanos.

O sea, que lo que hizo el ínclito es acordar con Maduro lo que iba a pasar a la firma a la oposición y, tras rechazar ésta el trágala, Zapatero hace pública la carta en que la regaña por no haber aceptado lo que Maduro graciosamente concedió. No sólo, sino que, en el último párrafo, conmina a la oposición a firmar el acuerdo con el irrefutable argumento de que Maduro ya lo ha suscrito. Es imposible que Zapatero no supiera que los términos de lo que él llama acuerdo no habían sido aceptados por la oposición y que, en consecuencia, carecía de sentido pasarlo a la firma, y resultaba ultrajante proferir una velada amenaza pública por no haberlo aceptado. El que tanto México como Chile, los países elegidos por la oposición como observadores, hayan abandonado la mesa de diálogo da idea de la clase de conversaciones de las que Zapatero era árbitro.

Por menguadas que sean las capacidades intelectuales de nuestro compatriota, no puede estar inadvertidamente obrando por cuenta de uno de los interlocutores en perjuicio del otro cuando se supone que lo que debería hacer es mediar entre ellos. ¿Qué espera recibir a cambio de tan parcial arbitraje? La respuesta a esta pregunta, ahora que ya no es, gracias a Dios, presidente, no es importante. La pregunta importante es: ¿por qué el Gobierno de España, presidido por Rajoy, sigue consintiendo que Zapatero nos deje a la altura del betún fingiendo una mediación que no tiene otro objeto que sostener a Maduro como dictador de Venezuela? Cualquier respuesta que tenga esta pregunta es letal para España y su imagen en el mundo.

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El mito de la España violenta. -Amando de Miguel/LD-

Aunque no se reconozca, el hecho es que los españoles de hoy son poco violentos. Entiendo por violencia ocasionar un mal injustificable a personas, animales o cosas. Ahora se nos ha metido en la cabeza colectiva que odiar o despreciar es también una forma de violencia, pero me parece una presunción equivocada. Se acepta con naturalidad el delito de odio (a las mujeres, los homosexuales, los judíos, los musulmanes, etc.), pero entiendo que se trata de una aberración. El delito es una acción que daña injustamente; no basta con expresar un sentimiento.

Cierto es que algunos casos de violencia extrema (terrorismo, parricidio, estragos, etc.) se airean mucho en los medios, pero eso no indica que sean más frecuentes, que vayan a más. Por ejemplo, la llamada “violencia de género” (se entiende, contra el género femenino) en España acusa una incidencia menor que en la mayoría de los países europeos. No solo eso; los casos de violencia extrema sobre las mujeres son cada vez más raros; desde luego, son mucho menos frecuentes que los fallecidos en accidentes de circulación. Se suele ocultar un dato significativo, a saber: en los sucesos de uxoricidio (que es el término preciso para lo que se llama “violencia de género” o “violencia machista”), una alta proporción de los asesinos son extranjeros.

Pero, entonces, ¿por qué la opinión pública está convencida de que el uxoricidio es un suceso más frecuente que en los países vecinos o que en épocas anteriores? Muy sencillo. Hay fuertes intereses ideológicos en juego para sacar algún beneficio de ese error de percepción. El cual se magnifica todavía más al extenderse la creencia de que el Estado puede erradicar esa lacra. Como si eso fuera posible. Pero se firma nada menos que un pacto de Estado para tal fin. Que consiste básicamente en canalizar una ingente cantidad de dinero público hacia los colectivos feministas o equivalentes, siempre de izquierdas. Hay que descubrirse ante una maniobra política tan sagaz.

Hay otras formas de violencia a las que no se les concede mucha atención pública. Por ejemplo, a la que se ejerce contra los viejos dependientes o discapacitados (ahora se dice “personas mayores con capacidades diferentes”) por parte incluso de los familiares. A veces la causa es tan sórdida como acelerar el tránsito por este mundo para cobrar la herencia. Naturalmente, sobre ese particular no existen estadísticas ni nada que se le parezca. Es un triste hecho que sobre los asuntos de especial interés para la población no se suelen levantar estadísticas. En cambio, se nos comunica con la mayor precisión cuánto ha variado este trimestre el PIB (el valor de la producción), un dato más falso que Judas.

En contra del estereotipo, ¿por qué es tan escasa la violencia en España? Quizá porque estamos vacunados contra ella después de la última guerra civil, sus antecedentes y consecuencias. Eso sí que es memoria histórica. Por cierto, la famosa memoria histórica de los textos oficiales consiste en ensalzar la violencia de los de un bando político y ocultar la del otro bando. En donde se demuestra que a lo mejor hemos dejado de ser violentos, pero nos hemos hecho cada vez más hipócritas.

La tradición violenta no desaparece; se transforma. Los pacíficos españoles del montón se solazan con series, películas y juegos electrónicos extremadamente crueles. Los más ilustrados lo hacen con las magníficas novelas de Arturo Pérez Reverte. A través de esas proyecciones se satisface un poco el reprimido espíritu de Caín que los españoles llevamos en los genes.

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Marcando paquete. -Gabriela Bustelo/CuartoPoder-

Conforme se nos escapa el 2017 entre los dedos, el ciclo informativo se ha acelerado tan agresivamente que las noticias españolas parecen devorarse unas a otras como pirañas, compitiendo a vida o muerte en una actualidad cada vez más líquida. En este contexto virulento, por momentos grotesco, el papel del curador de información ―periodista o gurú mediático― que hace de intermediario entre la noticia y el público es hoy tan crucial como traicionero. En el río revuelto de la sobreinformación, los ‘expertos’ echan sus redes temprano, atrapan la noticia y la revenden ya etiquetada, es decir, clasificada por el feroz sistema binario que discrimina toda nuestra vida ideológicamente. En España este binarismo dogmático que ordena todo pensamiento o acto es una guerra civil posmoderna que dispara palabras como balas de AK-47. Al entrar en las redes cada mañana los mercaderes mediáticos nos venden su ‘pescaíto informativo’ ―la piraña es comestible, por cierto― con técnicas variadas que van desde la simpatía individual tipo tendero de barrio hasta la presión teledirigida de cientos de miles de escuderos mediáticos.

No hay nada inocente en esta feroz manipulación de la actualidad desde el instante mismo en que sucede. Sin esperar a que la historia la escriban los vencedores, el siglo XXI adapta a Orwell al mundo global posbélico, demostrando que hoy los vencedores son los que antes logran codificar la realidad, convirtiéndola en ‘historia’ desde el minuto uno. Como nos avisaba Roland Barthes, esta apropiación de la realidad sitúa el discurso histórico y el literario en el mismo plano, pues ambos se manifiestan en un formato narrativo y emplean técnicas comunes. Lo que hace el historiador con el dato es, denuncia Barthes, un acto poético casi idéntico al de la prosa literaria, que aplica una serie de teorías plausibles para explicar “lo que de verdad pasó”. La historia que nos enseñan en el colegio es por tanto una colección de versiones del pasado, que a su vez ha pasado por un proceso subjetivo de selección y discriminación institucional antes de llegar a nuestras sufridas entendederas. Del mismo modo, el curador de información del siglo XXI ―periodista o gurú mediático― pretende validar una hipótesis elegida a priori y que coincide con su particular visión del mundo.

Cuando el ciudadano occidental entra en las redes para informarse, a menudo creyéndose astuto por ahorrarse el precio de un periódico tradicional, se encuentra con una realidad ya tratada o producida donde todo ―desde el resultado de unas elecciones hasta un partido de fútbol, el estreno de una película o el tiempo soleado en la costa cantábrica― lleva una etiqueta política. En vez de informarse, el incauto individuo se da un chute de ideología que es, a fin de cuentas, una deformación de la realidad y, en última instancia, una deformación del pensamiento. Esta desfiguración de la realidad impone un esquema binario artificial, donde se incrustan todos los temas de la actualidad política, económica, social, cultural, deportiva e incluso meteorológica. Las redes sociales ―la “prensa” del siglo XXI, admitámoslo― engullen los temas y los vomitan en forma binaria, para que el público receptor multiplique por miles y por millones sus consignas prefabricadas y enfrentadas. Millones de usuarios creen estar pensando y tomando decisiones cuando, de hecho, sufren un ‘efecto contagio’ idéntico al vivido en un estadio de fútbol.

Pensar ha dejado de ser necesario, porque los curadores de información ―periodistas y gurús mediáticos― se encargan de machacar a diario lo que uno debe asumir. Al pretender acoplar los elementos arbitrarios de este universo binario, los políticos patinan. José Luis Rodríguez Zapatero nos contaba en 2004 que “la igualdad entre sexos es más efectiva contra el terrorismo que la fuerza militar”. El pospartidista Emmanuel Macron caía en el binarismo hace unos meses al pregonar que “para acabar con el terrorismo hay que acabar con el cambio climático”. Entre tanto, el ciudadano elige su equipo ideológico basándose en variables con frecuencia alejadas de los programas de los partidos políticos y, a menudo, sin saber bien por qué defiende violentamente las ideas del bando que se ha visto casi obligado a elegir. En noviembre de 2016 la muerte de Fidel Castro se revendió en Twitter España como una comparación con Franco y degeneró en un tema falsamente binario, igualando a ambos dictadores. Los ejemplos son infinitos. En España prácticamente no hay noticia que se salve. El desafío intelectual es desmontar esta mentalidad futbolística que consiste en elegir un bando ideológico y aceptar obligatoriamente la imposición doctrinal ―o caja respectiva de ideas― que conlleva. El gran reto para el 2018 es romper con esta dictadura binaria y empezar a pensar fuera de la caja. Y sobre todo rebasar la obligación de los paquetes de ideas etiquetadas arbitrariamente como ‘de izquierdas’ o ‘de derechas’. Occidente es la admirable creación conjunta de la izquierda y la derecha, que no pueden existir la una sin la otra.

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La masacre de los Inocentes. -(Recopilatorio de cuadros)-

Serie de 14 cuadros de diferentes autores relacionados con “La masacre de los Inocentes”.

Matteo di Giovanni: Massacre of the Innocents

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William Holman Hunt: The Triumph of the Innocents.

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Tintoretto: Massacre of the Innocents

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Nicolas Poussin: The Massacre of the Innocents

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-Daniele da Volterra: Massacre of the Innocents

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Domenico Ghirlandaio: Slaughter of the Innocents

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Carl Heinrich Bloch: The Slaughter of the Innocents

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Giotto di Bondone: Massacre of the Innocents

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Peter Paul Rubens: Massacre of the Innocents

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Peter Paul Rubens: Massacre of the Innocents

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Guido Reni:  Massacre of the Innocents

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Francesco de Rosa: The Massacre of the Innocents

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James Tissot: Le Massacre des innocentes

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Hendrick Goltzius: Massacre of the Innocents

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