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Sembradores de odio. -Jesús Laínz/LD-

Hace veinte años conocí a un francés, ya entrado en la cincuentena e hijo de republicanos españoles exiliados, con quien tuve frecuentes conversaciones sobre la Guerra Civil, epicentro de su interés por la historia de España por evidentes motivos paternales. De previsible formación izquierdista, se aferraba al esquema habitual de una república democrática asaltada por la barbarie fascista. Además, para un nacido en Francia, la república representaba, lógicamente, el orden, la ley, el ejército, la patria, la grandeur, por lo que mis intentos por explicarle que a la Segunda República española le faltó todo eso y le sobró revolución, caos, crimen y disgregación nacional se estrellaron una y otra vez contra los prejuicios mamados desde su republicana cuna.

Hasta que un día algún conocido, igualmente izquierdista pero en versión hispánica, le prestó unos viejos volúmenes encuadernados de El Socialista y Renovación, órganos del PSOE y de las Juventudes Socialistas. Aquel fue su camino de Damasco, pues pudo tocar con sus manos y comprobar con sus ojos, en la fuente original, la zafiedad ideológica, la verborrea furiosa, la violencia, los insultos, las amenazas, el odio desatado en que consistía la izquierda española de hace ochenta años. Y comprendió de golpe que aquello no tenía nada que ver con el republicanismo francés y que servidor no debía de andar muy desencaminado cuando intentaba explicarle que la Segunda República española no había sido otra cosa que una revolución bolchevique fracasada.

La interpretación marxista de aquel régimen consiste en justificar la radicalización de los partidos de izquierda porque las circunstancias sociales de la España de aquellos días eran de una pobreza, una desigualdad y una opresión inaguantables. Todo ello habría llevado a los izquierdistas a procurar la liberación de los parias de la tierra y a los marqueses, obispos y fascistas a pedir socorro a los militares para reinstaurar la opresión.

Pero los hechos desmienten el esquema marxista: España no era, ni mucho menos, el país más pobre de Europa; aquella época no fue, ni de lejos, la de mayor pobreza de la historia de España; la desigualdad social en España no se alejaba mucho de la existente en muchos otros países europeos; los españoles, salvo algunas excepciones en las zonas rurales de las provincias del sur, no sufrían de ninguna opresión equiparable, por ejemplo, a la sufrida por el campesinado ruso en los años inmediatos a 1917; y el sistema político español anterior a 1931, aun con todos sus defectos, no destacó, entre los demás países europeos, ni por su injusticia ni por su carácter liberticida. Por no hablar del resto del mundo, evidentemente, a años luz de Europa.

Y sin embargo, España, entre desórdenes, injusticias, desmanes, atentados, huelgas, revoluciones y crímenes políticos, acabó desembocando en el caos que prendió la chispa de la guerra civil. ¿Por qué no sucedió en otros países europeos o incluso en otros países de otros continentes? En primer lugar, no es cierto que no sucediera en otros países, pues a punto de sucumbir a la revolución comunista, como prolongación de la rusa, estuvieron Alemania, Finlandia y Hungría, y todos ellos acabaron resolviéndolo a tiros al precio de muchos miles de muertos.

Lo que sí es cierto es que España fue el único país europeo que siguió aquel mismo camino dos décadas después de la gran revolución bolchevique de 1917. Y el motivo fue la inaudita violencia, de palabra y obra, de unos dirigentes izquierdistas que no se cansaron de sembrar el odio, de apelar a la violencia, de predicar venganzas, de organizar revoluciones, de anunciar exterminios, de promover asesinatos, de desear guerras civiles. Eso sí, una vez derramada la gasolina y prendida la mecha, todos ellos, sin excepción, pusieron pies en polvorosa y traspasaron a los españoles las consecuencias de su incendio. Es fácil constatarlo: échese un vistazo a la prensa izquierdista de la época y compárese con lo que se publicaba en la derechista. No hay mejor método para comprender lo que sucedió en 1936, ese 1936 que la izquierda de hoy, sobre todo desde el infausto ZP, ansía resucitar ante la bobalicona parálisis de los gobernantes supuestamente derechistas.

Pero aquél no fue el único caso de siembra de odio en la historia reciente de España. ¿Por qué surgió el terrorismo etarra? ¿Porque las muy industrializadas y prósperas provincias vascas sufrían un paro inaguantable, a diferencia del resto de España, donde todo el mundo trabajaba? ¿Porque los muy acomodados vascos se morían de hambre, a diferencia del resto de España, donde todos reventaban de colesterol? ¿Porque sufrían una opresión política inhumana, a diferencia del resto de España, donde disfrutaban de un régimen político distinto? No, el motivo fue que muchos vascos prestaron oídos a quienes, siguiendo la estela de aquel gran mentecato de Sabino Arana, se inventaron soberanías originarias, invasiones visigóticas, hidalguías universales, invasiones castellanas, fueros inmemoriales, invasiones españolas, paraísos democráticos, invasiones franquistas y mil patrañas más. Y como los creadores de esas patrañas exigían odio mortal al eterno enemigo español, muchos ignorantes fanáticos les hicieron caso y empezaron a asesinar.

Lo mismo ha sucedido en Cataluña, la acaudalada Cataluña, la próspera Cataluña, la protegida locomotora industrial de España, la mimada por el desarrollismo franquista, la privilegiada por el régimen del 78. Pues desde aquel gran odiador inaugural que fue Prat de la Riba, el catalanismo lleva un siglo sembrando el odio a España y los españoles con constancia digna de mejor causa. Que si el Cid, que si Olivares, que si la invasión española de 1714, que si Franco, que si España nos roba…, el catálogo de imposturas para lavar el cerebro y envenenar los corazones de los catalanes no tiene fin. Y el resultado es el que forzosamente tenía que ser dada la ausencia de contestación vigorosa por parte de quienes tenían que haberla dado: cientos de miles de catalanes odian su condición de españoles y se la quieren quitar de encima.

Olvídense de interpretaciones marxistas: no se trata de problemas económicos, ni de enfrentamiento de clases, ni de conflictos coloniales, ni de opresiones nacionales, ni de ninguna de las mentiras con las que se intenta tapar la realidad. Los culpables de los graves problemas de España desde hace un siglo tienen nombres y apellidos.

Origen: Libertad Digital

Acción, inacción, moción.  -F.J.Losantos/El Mundo-

Hoy ha convocado el presidente golpista de la Generalidad catalana a los tres partidos golpistas (los dos de Godó -Pujolistas y ERC- y la CUP, no se sabe si El Colp sí que es pot) que han liquidado el Parlamento de Cataluña al privarle del poder de votar y vetar cualquier ley del Ejecutivo, y pueden proclamar en 48 horas la República Catalana. Por supuesto, sin la menor legitimidad parlamentaria y sin consulta popular, ya que sólo puede convocar legalmente -lo hace mucho- elecciones autonómicas. Pero eso no le da amparo legal del Estatuto ni de la Constitución, a los que ha abolido.

Añádasele al fervor antiparlamentario un plan -La Ley de Transitoriedad Definitiva (sic)- para imponer una dictadura que expropia juzgados y medios de comunicación hostiles al golpe, y declara fuera de la ley a los catalanes molestos y a todos los ciudadanos españoles, rebelándose contra el Estado de la UE del que forma parte, que es España. Otra cosa se le podrá negar al separatismo, pero no acción. Desde el cine mudo no se ve venir tan aceleradamente un trompazo.

Frente a la acción acelerada del golpismo, Rajoy acelera su inacción. En una vibrante comparecencia ante los héroes del empresariado catalán, cuya defensa de las libertades los hace dignos hijos del que vendió el tambor al Tambor del Bruch, y mientras éste le daba al parche llamando a la fiel defensa de España contra Napoleón, huyo a Perpiñán con la pasta. Se encontraron el hambre y las ganas de comer, digo la dieta y la anorexia. Va Mariano y dice que ya no cabe la equidistancia. Y van los héroes y le dicen que vale, que consulte con Soraya. Y van todos y se van, y adiós.

Curiosamente -coincido con Iván Redondo- la acción de unos y la inacción del otro le dan a la moción podemita -y a Rivera- una oportunidad de oro. En un régimen democrático normal, los golpistas estarían en la cárcel y un Gobierno de Unidad Nacional habría votado una serie de leyes para reforzar las garantías constitucionales contra toda discriminación lingüística, fiscal o legal, privaría de asiento parlamentario al terrorismo separatista y avisaría a los recogenueces. Pero la moción de Podemos no es contra Rajoy sino contra el PSOE y Snchz quiere refundirlo en icetismo oblongo y asimétrico, en 17 PSC’s. Pablenín dirá no es no a Rajoy, sí es sí al referéndum y los hundirá.

Origen: ELMUNDO

Si, es un golpe de estado en Cataluña | Periodista Digital

 

Perpetrado ante la indiferencia cómplice de las instituciones democráticas

AL fin el ministro Portavoz ha tenido el valor de llamarlo por su nombre: golpe de Estado.

Eso es exactamente lo que se fragua en Cataluña por parte del gobierno de la Generalitat y las fuerzas que lo sostienen en el parlamento autonómico.

Un golpe de Estado cuyo propósito es no solo subvertir el orden constitucional, sino dinamitar la indisoluble unidad de la Nación española que sirve de fundamento a esa Carta Magna.

En otras palabras; destruir el principio de soberanía nacional que da sentido y razón de ser a nuestro modelo de convivencia y llevarse por delante a España.

Íñigo Méndez de Vigo ha pronunciado las palabras fatídicas y el propio Mariano Rajoy ha confesado estar ante el acontecimiento más grave de cuantos ha conocido en su vida política.

Un plan meticulosamente urdido que contempla celebrar un referéndum de autodeterminación en este otoño o, en su defecto, proclamar unilateralmente la independencia y en ese mismo momento activar una ley de ruptura, ya redactada, cuya finalidad es someter a la Justicia, las Fuerzas de Seguridad, la Hacienda y hasta los medios de comunicación al control directo del ejecutivo de esa nueva «república catalana» hija de la sedición.

Una hoja de ruta conocida merced a una filtración periodística, que concuerda a la perfección con todo lo dicho y hecho por los golpistas en estos años, mientras algunos de sus correligionarios compatibilizaban la «patria» con el saqueo de las arcas públicas.

De modo que tenemos al presidente de la Generalitat, máximo representante del Estado en Cataluña, participando (presuntamente) en una conspiración encaminada a cometer un gravísimo delito y anunciando además públicamente su determinación de perpetrarlo desde un salón facilitado por el ayuntamiento podemita de Madrid. Tenemos a un parlamento autonómico elaborando secretamente leyes encaminadas a quebrar el ordenamiento jurídico vigente.

Tenemos a un ministro portavoz reconociendo en Bruselas, capital de la Unión Europea, que en nuestro país está en marcha un intento de golpe de Estado. Y tenemos a un presidente del Gobierno alarmado hasta el punto de expresar en voz alta su preocupación ante el acontecimiento más grave de cuantos ha vivido en su trayectoria política.

Tenemos también a un fiscal general, José Manuel Maza, de visita oficial en Cataluña, pero no con la misión de instruir a algún representante local del Ministerio Público para que ordene la detención inmediata del presunto golpista, sino en aras de honrar la cortesía institucional.

Y a juzgar por las sonrisas que exhiben tanto él como Puigdemont en las fotografías del encuentro, sin la menor tirantez derivada de la circunstancia.

Tenemos un Fondo de Liquidez Autonómico que ha proporcionado más de 66.000 millones a la quebrada administración catalana, ayuna de solvencia y de crédito internacional, gracias a la solidaridad de esos españoles que, según los separatistas, les robamos.

Los últimos 3.000 millones hace apenas unos meses, pese a las constantes ofensas lanzadas por los receptores del auxilio. Tenemos una vicepresidenta con despacho abierto en Barcelona que no se cansa de tender la mano y poner la cara, suya y nuestra, para ver cómo nos la parten.

Tenemos un Congreso que asiste impávido a este esperpento mientras el grupo de Pablo Iglesias prepara una moción de censura apoyada por los golpistas y no sabemos (confiemos en que no sea así) por el PSOE de Sánchez.

Y es que sí, lo que está urdiéndose en Cataluña es un golpe de Estado en toda regla, perpetrado ante la indiferencia cómplice de las instituciones democráticas obligadas a impedirlo. Una farsa patética.

Origen: Si, es un golpe de estado en Cataluña | Periodista Digital

La irresponsabilidad de una vicepresidenta que España no se merece

La intentona golpista de las autoridades nacionalistas catalanas va cumpliendo etapas a través de una política de hechos consumados, que tendrá en el nuevo referéndum separatista un hito fundamental. A pesar de que el Gobierno oponga a esta consulta los dictámenes y autos del Tribunal Constitucional y su resultado carezca de cualquier validez legal, lo cierto es que la mera celebración de un acto de estas características y los planes, ya muy avanzados, para proclamar la secesión abocan a España a una etapa de inestabilidad que socavará en gran medida -ya lo ha hecho- las propias estructuras del Estado.

En estas circunstancias, el Gobierno de España no puede caer en la frivolidad de hacer invitaciones a los que amenazan con destruir el orden constitucional. Por el contrario, es obligación fundamental del Ejecutivo acabar de raíz con esta operación política y castigar convenientemente a los culpables. Y sin embargo, una de las principales figuras del Gobierno, Soraya Sáez de Santamaría, ha hecho saltar por los aires el ya magro prestigio del Ejecutivo como garante de nuestro sistema democrático, al rogar al presidente catalán y cerebro -es un decir- de la intentona golpista a explicar sus planes en el Congreso de los Diputados.

Para mayor afrenta personal de la vicepresidenta, Puigdemont ha rechazado su invitación y, como era de esperar, ha elevado el tono de sus amenazas al asegurar que solo negociará la fecha del referéndum ilegal, dando por hecho que se celebrará. El nacionalismo catalán interpreta así -correctamente- las cesiones del Gobierno como un signo de debilidad y actúa en consecuencia, algo que era de esperar.

Pero es que ningún país serio invita a los delincuentes a impartir lecciones de ética política en los parlamentos. No hay noticia, tampoco, de que el órgano representativo de la soberanía de cualquier nación abra sus puertas y ceda su tribuna a aquellos que niegan la existencia de esa representatividad para proclamar la secesión. Solo Soraya Sáez de Santamaría, con el apoyo de Mariano Rajoy, se ha atrevido a poner la nación española a los pies de los separatistas, al invitar a su principal dirigente a una sesión extraordinaria del parlamento para que explique cómo piensa destruir la legalidad representada en esas mismas Cortes Generales.

La falta de escrúpulos de la vicepresidenta llega al extremo de poner en riesgo la propia supervivencia de nuestra nación, como está haciendo con decisiones como la reciente invitación cursada al presidente catalán. Semejante alarde de irresponsabilidad solo puede entenderse como un paso más en la carrera personal de Soraya Sáez de Santamaría para convertirse, en un futuro cada vez más próximo, en la máxima referencia -en realidad, la única- del Partido Popular.

Origen: Libertad Digital

¿Realidad o mito de Cataluña? -Jesús Laínz/LD-

ace algunos días tuve conocimiento de un cartel editado por la Asamblea Nacional Catalana en el que se incluía una cita del célebre discurso que el violonchelista Pau Casals pronunció en la ONU el 24 de octubre de 1971:

Yo soy catalán. Cataluña es hoy una provincia de España. Pero ¿qué fue Cataluña? Cataluña fue la nación más grande del mundo. Les explicaré por qué. Cataluña tuvo el primer parlamento, mucho antes que Inglaterra. En Cataluña estuvo el comienzo de las Naciones Unidas. En el siglo XI todas las autoridades de Cataluña se reunieron en una ciudad de Francia, que entonces era Cataluña, para hablar de paz. ¡En el siglo XI! Paz en el mundo, y contra, contra, contra las guerras, contra la inhumanidad de las guerras. Esto era Cataluña.

El casi centenario Casals –que, por cierto, siempre se declaró catalanista “pero jamás separatista”– contribuyó con estas palabras a alimentar un poco más la puerilidad que caracteriza al catalanismo desde sus orígenes. Su afirmación, por ejemplo, de que “Cataluña fue la nación más grande del mundo” es casi gemela de las más recientes palabras del camarada Cucurull afirmando que el Imperio romano no fue nada hasta que llegaron las catalanes para hacerle grande.

Por lo que se refiere a lo del primer parlamento, aparte del grave anacronismo de equiparar las instituciones medievales con los parlamentos democráticos modernos, bastaría con recordar que la Unesco ha reconocido como “el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo” a las Cortes de León de 1188, efectivamente un cuarto de siglo anteriores a la Magna Carta inglesa. Y a ningún leonés se le ha ocurrido ir a la ONU a decir cursilerías.

Lo de que en Cataluña estuvo el comienzo de las Naciones Unidas, mejor lo pasaremos por alto por su excesiva ridiculez. Y en cuanto al antibelicismo congénito de los catalanes, baste con mencionar a Pedro II el de las Navas, a Jaime I el Conquistador, la Venganza Catalana, Lepanto, el Bruch y el sitio de Gerona para no perder el tiempo en explicaciones.

Pero, aparte del significativo uso de las insostenibles palabras de Casals para avivar el nacional-narcisismo de las atribuladas huestes separatistas, todo ello me trajo a la memoria el debate mantenido sobre este tipo de asuntos hace ahora exactamente medio siglo entre Julián Marías, Maurici Serrahima y Gonzalo Fernández de la Mora. Porque el primero editó en 1966 su Consideración de Cataluña, breve pero enjundioso ensayo en el que defendió la indudable personalidad cultural, histórica y lingüística de Cataluña como algo imposible de comprender, tanto en su pasado como en su futuro, fuera del conjunto de España.

Pocos meses después aparecía una respuesta al libro de Marías. Se trataba de Realidad de Cataluña, de Maurici Serrahima, militante de Unión Democrática de Cataluña en los años republicanos que llegaría a senador por designación real en 1977. Serrahima defendió que Cataluña era un caso único dentro de España por varios motivos históricos: su profunda romanización, sólo igualada por la de Andalucía; el escaso tiempo pasado bajo dominio musulmán; la repoblación efectuada por los francos; el iurisconstitucionalismo de Cataluña, “país de hombres libres” a diferencia del resto de Europa; su prontitud en incorporarse a las transformaciones sociales decimonónicas en comparación con las demás regiones españolas; y, finalmente, la existencia de la lengua catalana, cuya ignorancia reprochaba a los demás españoles. Y, por supuesto, en la arraigada tradición romántica del catalanismo, Serrahima deducía que de todo ello habrían de derivar consecuencias políticas, dogma que, dos siglos después de su proclamación, sigue sin ser explicado.

Gonzalo Fernández de la Mora analizó las tesis de Serrahima en un largo artículo (ABC, 29 junio 1967) en el que rebatió los argumentos del catalanista. La romanización no distingue a Cataluña del resto de España. La escasa islamización tampoco, pues otras partes de la península, como la cornisa cantábrica, quedaron totalmente al margen, y grandes zonas de Cataluña, como Lérida y Tarragona, estuvieron cuatro siglos bajo dominio musulmán. La repoblación franca no fue exclusiva de Cataluña, pues alcanzó territorios navarros, aragoneses y castellanos. En cuanto al constitucionalismo catalán, aparte de lo arriba mencionado sobre las Cortes leonesas de 1188, Cataluña se distinguió precisamente por ser el único territorio español en el que arraigó el feudalismo, y “con una brutalidad aterradora” según el eminente historiador Josep Fontana. Por lo que se refiere al desarrollo industrial, lo mismo podría decirse de otros lugares como Vizcaya, además de que el desequilibrio económico entre regiones es común a todos los países de Europa, tanto en el siglo XIX como hoy. Finalmente, De la Mora no compartía el criterio de la igualdad entre lenguas al considerar que en este terreno no funciona el principio de reciprocidad sino el de eficacia, que lleva a los hablantes de lenguas de ámbito reducido a necesitar conocer una lengua de ámbito nacional e internacional, lo que en sentido contrario no se da. Pero no sólo en España entre catalanohablantes y castellanohablantes, sino en cualquier otro lugar. Por ejemplo, mientras que todos los galeses hablan inglés, pocos ingleses tendrán interés en aprender galés, pues no lo necesitan.

De todo ello dedujo que lo decisivo del hecho diferencial catalán no es ni una peculiaridad intrínseca ni un condicionamiento histórico, sino una actitud, una voluntad. No una fatalidad, sino un programa. Efectivamente, el catalanismo no es la consecuencia de un conflicto, sino su causa. El problema es que ninguno de nuestros políticos ha conseguido comprenderlo.

De ahí que el debate sea tan difícil, pues la decisión separatista está tomada de antemano y ningún argumento, por contundente que sea, sirve para nada. Por eso el prologuista de la reedición del libro de Serrahima en 2002, Herrero de Miñón, perejil de todas las salsas nacionalistas, señaló acertadamente que “si alguna cosa queda clara a la hora de reeditar la obra de Serrahima es la esterilidad del debate establecido con Marías”.

De la Mora concluyó su argumentación con este esperanzado párrafo de lejanas resonancias joseantonianas:

Espero que los catalanes jóvenes aspiren a afirmar su personalidad realizando, no valores locales, sino universales, ya sean económicos, estéticos o científicos. El progreso nunca ha brotado de un contingente tipismo –el hongo, la barretina, el turbante o la boina–, sino de la común razón: así la lógica o el cálculo infinitesimal. Instalémonos en ese nivel”.

Vana esperanza la del ministro franquista. Pues los hechos han demostrado con creces que los catalanes del siglo XXI no han sido cautivados por la razón, sino por el mito nacionalista. De ahí que sigan contemplando ensimismados la putrefacción de los hongos de la aldea.

Arrimadas y Albiol, desaparecidos. -Pablo Planas/LD-

Mucho facha suelto, parece: eso es lo que debieron de pensar la jefa de la oposición en Cataluña y el cabecilla del PPC.

Sociedad Civil Catalana (SCC) es a la Assemblea Nacional Catalana (ANC) lo que el Mirandés al Barça. Está SCC a años luz en presupuestos, medios y sustentos de la ANC, cuyo único parangón en términos volumétricos y de guarismos sería la FET y de las JONS en la posguerra. Son tantísimos los socios que dicen que tiene la entidad, que el Barça será más un club, pero no deja de ser una cosa despreciable al lado de la imponente ANC, cuya tradicional quedada del Onze de Setembre amenaza cada año con desviar el eje del planeta, de tantos millones de cívicos, pacíficos y festivos ciudadanos que congrega. Una cosa de no creer, como la Feria de Abril de Barcelona o las carreras de autos en Montmeló.

Frente a semejante mastodonte, cuya presencia mediática es abrumadora, SCC viene a ser un pequeño y clandestino hatajo de hormigas disidentes y disolventes, desertoras de la marabunta, que es la ANC, y en trance de ser aplastadas por la suela del zapato de Junqueras. Las diferencias entre SCC y la ANC son abismales, pero a veces ocurre que a Goliat se le va la pinza y se come una pedrada en toda la closca.

Este pasado domingo, sin ir más lejos, los formícidos contrarios a la república catalana salieron del hormiguero a pasear la oriflama roja y gualda. Por primera vez en la historia, la Guardia Urbana de Barcelona tachó cientos para poner miles de manifestantes en número de seis y mil quinientos.

Ese es el dato oficial, la cifra más alta de raros refractarios al proceso concentrados en una misma rave matinal por el centro de Barcelona, que no es territorio comanche sino de los siguientes, los apaches chiricahuas. Poca broma. Si la Guardia Urbana (los “pitufos” en la jerga de Colau y colegas) dice que seis mil quinientos, por lo menos había diez mil “fascistas”, según la definición del portavoz adjunto de ERC en el Congreso y páginas centrales de Vanity Fair Gabriel Rufián.

Mucho facha suelto parece, y eso es lo que debieron de pensar la jefa de la oposición en Cataluña, Inés Arrimadas, presidenta del grupo parlamentario autonómico de Ciudadanos, y el coordinador general del PP catalán, jefe de la bancada regional y presidente territorial in pectore del partido, Xavier García Albiol. Mientras miles de personas enarbolaban banderas de España en la plaza de Sant Jaume, que es como soltarse el pelo en la Plaza Jomeini de Teherán, ambos dos estaban en ineludibles compromisos a fin y efecto de demostrar que no tienen nada que ver con SCC, qué ordinariez; a diferencia de Cocomocho, Cocoliso, Junqueras, el Astuto, Garganté y TV3 respecto a la ANC.

Arrimadas estuvo por la mañana en Cádiz, de portavoz naranja, y por la tarde en Barna, nada menos que en el Gran Teatro del Liceo, donde se representaba una escogida selección de canciones de carnaval de las chirigotas de la misma Cádiz, que hay que ver lo pequeño que es el mundo y hasta dónde han llegado los cuchufleteros y el templo de la ópera. Albiol, por su parte, en el apasionante derbi de la canasta entre el Joventut de Badalona y el Barcelona de la Ciudad Condal. En el pabellón coincidió con Pablo Iglesias y Artur Mas, que dan su apoyo al equipo verdinegro en trance de desaparecer. Igual que España en Cataluña. Albiol se disculpó y dijo que cualquier forofo sabe de qué estamos hablando. Arrimadas no dijo nada.

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El catalanismo y la España líquida. -Jorge Vílches/Vozpópuli-

La anémica sentencia de Artur Mas, embarcado en un golpe de Estado, en una violación de la legalidad, enseña cómo se encuentra el país. El episodio es una muestra de la desvertebración, no en el sentido melifluo de Ortega, sino de la inanidad en la que se encuentra la sociedad española. Frente a la tormenta del catalanismo ideológico, instrumentalizado por una oligarquía extractiva, no hay nada más que ruido.

El catalanismo ideológico

El problema se originó cuando el catalanismo se convirtió en una ideología. Dejó de ser el movimiento cultural de Víctor Balaguer, la Renaixença, los Jocs Florals de Barcelona, del grupo de profesores y literatos que exaltaban el paisaje y la tradición, a un movimiento político. Recrearon un nacionalismo esencialista y tardío para obtener un régimen a la medida de las necesidades de lo que antes fue una élite cultural. La llamada a identidades emocionales, aferradas a un patrioterismo biologicista y a una historia inventada, trufada de mártires y gloria impostada, presentó una vía de escape a la crisis española.

Construyeron una ideología; es decir, un conjunto de dogmas interpretativos encaminados a la consecución de la Ciudad Perfecta, de la Nueva Sociedad. Esto sucedió porque el discurso de la oligarquía catalanista movilizaba a las masas y, por tanto, era rentable en las urnas. El cambio se produjo con el surgimiento de la Lliga Regionalista de Cambó y la Mancomunidad catalana: era el momento de traducir un movimiento cultural en una estrategia para la toma del poder.

La oligarquía nacionalista

La utilidad de esos instrumentos, aderezados con el victimismo propio de la invención nacionalista –aquí y en todo el mundo–, y el principio de las nacionalidades extendido por el malhadado presidente Wilson desde 1919, hicieron el resto. Lo que eran organizaciones se convirtieron en un movimiento nacional, que confluyó en Esquerra Republicana de Catalunya. La línea entre cultura, orden político y estructura social se completó en 1931 y con el Estatuto de 1932. El nacionalismo no es saciable porque conserva el objetivo final de la independencia. Esa es su fuerza: la conversión del catalanismo en una ideología que lo ha impregnado todo, incluso otros partidos.

El Estado de las Autonomías, una forma fallida a todas luces, no hizo más que alimentar ese movimiento. La oligarquía catalanista ha fabricado desde las instituciones y los medios un sistema de creencias, en el sentido de Foucault, que les permite dirigir, alterar o tranquilizar a la masa a discreción. La forma oligárquica de gobierno es la negación de la democracia, sobre todo cuando el oligarca pone una urna plebiscitaria para darle un falso envoltorio democrático a una decisión previamente adoptada.

El apogeo del catalanismo ideológico nos muestra la deriva occidental hacia comunidades sin libertad, pero satisfechas del nuevo amo, de la esclavitud concedida, a cambio de la llegada futura de la Ciudad Perfecta. En otras regiones europeas, como Holanda, Francia o Gran Bretaña, el fenómeno responde a una rebelión contra la oligarquía, que quizá se traduzca en lo que Pareto llamaba una “circulación de élites”. Pero en Cataluña no hay esa circulación, sino que se trata de la culminación de la ideología catalanista.

La España líquida

Frente a este ataque a lo que queda de libertad, nos encontramos una España líquida, que diría el antiliberal Zygmunt Bauman. Los gobiernos de la nación, tanto los socialistas como los populares, han instado a la gente a ser flexible en sus creencias y comportamiento, confundiendo democracia con pensamiento débil y consenso político con unanimidad. ¿Cuál es la propuesta de todos los partidos, los viejos y los nuevos, ante cualquier problema? El diálogo, sin más. No hay nada cierto, ni sólido, ya sea idea, pensamiento o costumbre que sea digna de mantenerse en esta España líquida.

Una ideología se manifiesta como una religión laica: con su patrística, libros sagrados, clero, dogmas de fe, milagros, mártires y promesa de Paraíso, y, cómo no, su dosis de violencia. Ante eso, una sociedad líquida no tiene nada que hacer. Ya escribió Daniel Bell que el maridaje del capitalismo con el orden político y la cultura –subvención a cambio de reproducción de un único modo de interpretar la existencia del hombre– contenía una contradicción que acabaría explotando. Lo que no aventuró es que traería de vuelta el colectivismo nacionalista y el socialista, como hace cien años.

Esa apuesta por la España líquida que han hecho nuestros políticos ha tenido un efecto devastador sobre la identidad nacional. Solo los gobiernos autonómicos regionalistas e independentistas han trabajado en sentido contrario: crear un sentimiento identitario propio. A esto hay que añadir la construcción institucional, no solo en España, de las microidentidades; esas supuestas minorías basadas en el género o la raza, representadas artificialmente en un único lobby, que sirven para crear nuevos conflictos que –oh, sorpresa–, resuelve la oligarquía con su consenso.

La cofradía

Que no se asuste la cofradía del Santo Reproche, esa misma que siempre está dispuesta a crucificar la opinión del que no sigue al rebaño. Queda un catalanismo cultural, que se manifestará en Barcelona este 19 de marzo: el de aquellos que están cómodos sintiéndose catalanes pero no hacen bandera excluyente de ello, ni defienden un supremacismo biológico-cultural, ni hacen el juego al independentismo, sino que están preocupados por su libertad y la de todos. Porque, amigos cofrades, no hay una sola forma de ser o de sentirse catalán. La lacra es el catalanismo ideológico.

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Corrupción aparte (ejem). -El Blog de J.Mendizabal/Vózpopuli-

Neuronaliberal

Corrupción aparte (ejem), transcurridos 3 meses desde la investidura de Rajoy, la situación se está tornando insostenible. Los hechos demuestran que no hay prácticamente proyecto que salga adelante, excepto, curiosamente –o no tan curiosamente– los que afectan al reparto de cargos entre ellos del TS, CGPJ y la subida de impuestos a las empresas (entes a esquilmar) y el salario mínimo (grave error que traerá consecuencias en el empleo). También parece haber cierto consenso en aumentar el empleo público, es decir, más gasto y no reducir (al revés) el gasto del Estado, las CCAA y Ayuntamientos. Esto marcha, compañeros. Perfecto consenso socialdemócrata. Y la deuda parece el muñequito de Duracell: sube, sube y sube.

Pero la debilidad parlamentaria del Gobierno es brutal y pierde prácticamente todas las votaciones a las que se enfrenta. Estamos en marzo y no están presentados los presupuestos generales.

La deriva independentista en CAT –ya es un auténtico golpe…

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«¡Dónde está el gobierno!»

El fortalecimiento del coraje cívico para la defensa de España no interesa a nuestros políticos en activo

El lunes, mientras declaraba ante el Supremo Francesc Homs, acusado de desobedecer al Constitucional y organizar un referéndum ilegal desde la Consejería de Presidencia de la Generalitat de Cataluña, Mariano Gomá, presidente de la plataforma cívica Sociedad Civil Catalana, desgranaba en un auditorio madrileño el rosario de agravios y abusos padecido por quienes allí rehúsan suscribir sin rechistar los dogmas del nacionalismo gobernante. Homs lanzaba a jueces e informadores la piedra de la amenaza, augurando el apocalipsis del Estado español si el tribunal osa condenarlo, al tiempo que escondía la mano, cobarde, al fingir desconocer las consecuencias penales inherentes a sus actos. Gomá, arquitecto de profesión, se mostraba decidido a “seguir construyendo España“, pese a ser consciente de haberse “metido en un lío” al asumir el liderazgo de una asociación tan herética como para abrazar la Constitución. Un “lío” capaz de romper grupos de amigos y familias, además de quitarte el pan. Un “lío” que los vascos reacios a tragar ruedas de molino oficiales conocemos bien desde antiguo.

El lunes, mientras la Audiencia de Barcelona se preparaba para abrir juicio oral en el caso Palau y uno de los imputados pactaba con la Fiscalía “cantar la gallina” de las comisiones desviadas al partido de Mas y Puigdemont, a cambio de benevolencia para su hija implicada en la misma causa, el presidente de “Empresaris de Catalunya”, Josep Bou, daba lectura en el auditorio antes citado a ciertas cartas intimidatorias que recibe desde que declaró públicamente su preferencia por una Cataluña unida a la Nación española, saliendo del armario de silencio impuesto por el poder autonómico a los catalanes ajenos al “prusés”. “Todos los hombres de Pujol han sido juzgados y muchos de ellos condenados” –recordó Bou–. “¿Por sus ideas? No. Por chorizos“.

El lunes, mientras en la Ciudad Condal se inauguraba a bombo y platillo el Mobile World Congress, con el respaldo de las más altas instituciones del Estado, una humilde directora de instituto de Hospitalet de Llobregat lanzaba con voz serena, desde la capital del reino, una petición desesperada de auxilio: “No nos dejen solos, por favor, no se harten del problema catalán“. Dolores Ajenjo fue la única responsable del sistema público de enseñanza que se negó a entregar las llaves de su colegio a los “voluntarios” del 9-N y exigió que se le cursara la orden por escrito. Lo está pagando con su inclusión en “todas las listas negras” de la consejería a la que pertenece, aunque piensa que acaso su gesto valiente de entonces consiga impulsar el comienzo de algún cambio. Esos catalanes perseguidos aún conservan la esperanza. Muchos vascos, como yo, la perdimos hace años.

Ajenjo, Bou y Gomá habían sido reunidos por las fundaciones Villacisneros y Valores y Sociedad, junto a otros resistentes venidos del País Vasco y Baleares, en el contexto de unas jornadas destinadas a reflexionar sobre “el fortalecimiento del coraje cívico para la defensa de España“. Una causa que no parece merecer el interés de nuestros políticos en activo, toda vez que la única presente entre el público era Esperanza Aguirre, acompañando a los cesantes Jaime Mayor Oreja y María San Gil. Tras concluir el relato de lo que viven en soledad quienes luchan en primera línea contra la corriente sediciosa, la directora de instituto exclamó angustiada: “¡¿Dónde está el Gobierno?!” El Gobierno, representado por su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, estaba en ese mismo momento en Barcelona, compartiendo sonrisas y carantoñas con Oriol Junqueras, portaestandarte del separatismo.

Cada oveja, con su pareja.

Origen: «¡Dónde está el gobierno!»