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La investigadora Cristina Martín Jiménez desvela que el Club Bilderberg ha decidido que España sea un estado federal (VIDEO)

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Contra las elecciones. -Jesús laínz/LD-

Francamente, me importa un bledo quién gane o deje de ganar las elecciones autonómicas catalanas del mes que viene. Porque, aunque su celebración se presente como una victoria del régimen democrático español sobre el golpismo separatista, en realidad se trata de un grave atentado contra la democracia.

Porque si en algo consiste la democracia es en la igualdad de oportunidades para todas las opciones políticas que se presentan a unas elecciones. Igualdad de oportunidades que ha de reflejarse en la plena libertad de expresión, en el libre acceso a los medios de comunicación y en la ausencia de violencia. Y no sólo en lo que se refiere al cortísimo plazo de la duración de la campaña electoral, puesto que también hay que exigir esa misma libertad y esa misma igualdad de derechos para todas las opciones políticas en todos los ámbitos de la sociedad durante las semanas, meses, años y lustros previos a cualquier votación.

Pero esto no se ha dado ni se da ni se dará. Y para demostrarlo ahí está el gobierno español renunciando a intervenir la educación totalitaria y los medios de comunicación totalitarios que han envenenado a dos generaciones de catalanes. Su primera obligación era, naturalmente, impedir el golpe de Estado perpetrado por Puigdemont y los demás. Pero la segunda era garantizar la neutralidad de la escuela y los medios de comunicación. Aceptemos que lo de la escuela es asunto complejo y de efectos a largo plazo, pero lo de los medios de comunicación es urgente e inexcusable con una campaña electoral a la vuelta de la esquina. Es un escándalo que la televisión y la radio públicas, pagadas por todos los españoles, sigan en manos de quienes las utilizan, con mentalidad y modos ortodoxamente totalitarios, para destruir el Estado que les paga sus sueldos.

Pero ya que en los últimos meses hemos presenciado una patológica presencia de lo jurídico en el debate político, centrémonos un momento en ello. Pues las votaciones no son otra cosa que la renovación periódica del contrato social que permite la convivencia y organización de las modernas sociedades civilizadas.

Pues, tras todos los intentos disparatados de justificar la secesión en lenguas, invasiones, colonizaciones y autodeterminaciones, al final todo queda reducido a una cuestión de voluntad. Los catalanes tenemos derecho a la independencia porque queremos la independencia. Y punto. Igual que un divorcio es la ruptura del vínculo matrimonial, la independencia es la ruptura del vínculo nacional. ¡Como si una pareja fuera equiparable a una nación!

He aquí la roussoniana clave. Si no hay contrato social no hay nación. Parece impecable. Pero si la voluntad hace el contrato, una voluntad viciada lo anula. Y los tres modos de viciar la voluntad del contratante son la violencia, la intimidación y el dolo. No hay mejor modo de explicar lo que ha sucedido en la sociedad catalana en las últimas cuatro décadas. La violencia del terrorismo nacionalista vasco, y en mucha menor medida del catalán, ha acallado con tremenda eficacia muchas voces que, de haber habido completa libertad, habrían podido dar una respuesta al adoctrinamiento de masas que ha desembocado en el predominio, tanto en el País Vasco como en Cataluña, de las opciones políticas que, por ser hermanas ideológicas de los asesinos, han tenido el campo libre para su actividad. Así lo recordó Josu Zabarte, más conocido como Carnicero de Mondragón, al declarar, una vez salido de la cárcel, que Jordi Pujol se había beneficiado enormemente del terrorismo etarra.

Pero la monopolización de los foros políticos y sociales no ha sido solamente consecuencia del asesinato de un millar de personas, sino también, y sobre todo, de la intimidación de muchísimos más que han preferido callar, ceder, resignarse o marcharse de su tierra para evitar mil problemas, incluida la muerte. Sin la violencia etarra el Título VIII de la Constitución y los estatutos de autonomía surgidos de ella habrían sido otros, como explicó a menudo Gabriel Cisneros, protagonista privilegiado de los hechos por haber sido uno de los siete padres de la Constitución.

Y sin la continua intimidación y la creciente violencia sufridas también en Cataluña por quienes han osado oponerse a la dictadura nacionalista, no se habría implantado el pensamiento único en una sociedad hoy uniformizada hasta extremos propios de otras épocas. Finalmente, sin la actitud escandalosamente dolosa de unos gobiernos nacionalistas que han utilizado sus competencias educativas y los medios de comunicación públicos para sembrar incontables mentiras con el fin de envenenar a los catalanes, tantos cientos de miles de ellos no desearían la secesión.

Bajo la violencia, la intimidación y el engaño no hay forma de contrastar pareceres con libertad, de reflexionar con mesura y de tomar decisiones sensatas. Admitir que en estas circunstancias, inalteradas por la permanente parálisis de los inquilinos de La Moncloa, se pueda dar por bueno el resultado de unas elecciones significa bendecir el régimen totalitario separatista que el artículo 155 ha dejado ileso.

Mientras no se desmonte dicho régimen totalitario para garantizar la libertad y la igualdad de derechos de todos los ciudadanos y todas las opciones políticas, cualquier votación en Cataluña es una farsa, una tomadura de pelo, un insulto a los oprimidos, un atentado contra la esencia misma de la democracia. Igual que lo fueron todas las elecciones vascas mientras ETA seguía asesinando a cientos de los opositores al eje PNV-HB.

Ésta es la gravísima tara de la democracia española. Y a la vista están sus nefastas consecuencias.

 

Acatar el 155. -Antonio Burgos/El Recuadro-ABC-

Lo de Carmen Forcadell con su promesa de “ni un paso atrás” me ha recordado lo que contaba el novelista Manuel Barrios sobre el agregado cultural de la embajada de un país musulmán al que entrevistaban en RNE en Sevilla. Llegó ya puestecito y durante el programa se puso más ciego todavía de coñac. Tanto, que Barrios se atrevió a preguntarle:

— Perdone, señor agregado, ¿pero el Corán no les prohibe a ustedes el alcohol?

Y el tajarina de nuestra “tradicional amistad con los países árabes” contestó sin inmutarse:

— Eso es sobre el alcohol. Pero sobre el coñac el Corán no dice ni una sola palabra.

Carmen Forcadell, lo mismo. No ha mentido, como el borrachín agregado cultural cumplía con el Corán. Dijo que “ni un paso atrás” con la DUI. Pero de tres o cuatro pasos, o cinco, no dijo absolutamente nada, como acatar el 155 de la Constitución, aclarar que la DUI era “simbólica” e incluso creo que terminó cantando el “Que viva España” de Manolo Escobar. Tenía Forcadell una atenuante que no viene en los códigos, pero que lo justifica todo: el canguelo, la jindama, el miedo a la trena. Todo por la Patria Catalana… y por librarse de la prisión incondicional.

Hasta aquí, perfectamente de acuerdo con que la golpista presidenta del Parlamento autónomo de la comunidad de Cataluña acate el artículo 155 de la Constitución para no acabar como Junqueras. Pero me queda una duda. Ella sí que lo acata, ¿no lo va a acatar, porque si no lo acata le espera la prisión de Los Yordis? La duda me entra con quien no es la Forcadell. Con Rajoy, con Soraya y con Zoido. ¿Acata Rajoy el 155? Si lo acata, ¿por qué permite que TV3 siga haciendo propaganda separatista por tierra, mar y aire y mañana, noche, tarde y madrugada y se note tan poco que lo está aplicando en la manipulación de las escuelas? ¿Acata Soraya el 155? Si lo acata, ¿cómo consiente que se le siga largando dinero a los separatistas catalanes para tratar de ganárselos y callarles la boca de momento? ¿Acata Zoido el 155? Si lo acata, ¿por qué entonces mejoró a Trapero ordenando la pasividad de los Mozos de Escuadra ante los sabotajes de la mal llamada huelga? Ah, ya, todo es por la Prensa internacional, por los telediarios de la BBC y de la CNN, por los gobiernos extranjeros, por la Unión Europea. Con tanta “proporcionalidad”, parece que el PP gobierna y aplica el 155 de la Constitución para el “Financial Times” y para el “New York Times”, para la BBC y la CBS, no para sus votantes. Mi hijo Fernando, que vive en Alemania y que está suscrito a la prensa salmón internacional, me dice:

— No veas lo bien que ponen a Rajoy y al Gobierno en el “Financial Times”.

Y le hago considerar:

— Sí, pero el “Financial Times” no vota en España.

Han preferido que los niñatos de los sabotajes dejaran en tierra a 150.000 pasajeros de la Renfe y que cortaran todas las autopistas que les placieren, antes que en un telediario extranjero saliera un policía nacional, un guardia civil o un mozo de escuadra aplicando sencillamente la ley contra los sediciosos. Ni un solo detenido. ¿Qué están haciendo en Cataluña con el 155 los que tanto alardearon de aplicarlo? ¿Sirve para algo? Que se lo pregunten al viajero del Ave que se quedó en tierra en Sants. Cuando los jornaleros del SAT ocuparon las vías del Ave en Sevilla, a la Policía Nacional les duraron dos minutos, y los trenes salieron a su hora. Claro, no había 155 por medio y no había que ponerse de perfil, como está haciendo el Gobierno en Cataluña, sin cambiar nada. Pues que se acuerden de sus votantes y no se olviden de Lorca y de Antoñito el Camborio. El PP pueden acabar en Cataluña y en España como El Camborio: “Y se murió de perfil”. Ante el cabreo de su electorado, 155 son los votos de sus leales que a este paso le van a quedar para las próximas generales.

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España se rinde. -Enrique Navarro/LD-

No es un eslogan político, ni siquiera una metáfora. Mis queridos conciudadanos de un país grande como pocos, con una cultura, lengua, economía e historia ambicionada por todos los países reales y aspirantes, el gobierno de Mariano Rajoy nos ha rendido, y lo peor no es que haya sido sin luchar, sino que lo ha hecho por convicción. La buena noticia, aunque según como se mire también es mala, es que el separatismo también se ha rendido, ya lo vimos el 10 de octubre, después con la fuga de Puigdemont y ahora con el arrepentimiento espontáneo y sincero de Forcadell, la musa del separatismo.

Ya puede el papá llevarse a los niños del asfalto, no hay necesidad de exponerlos para esta pandilla de caganers, que como ya intuíamos inventaron el proces para mantener y acrecentar patrimonio, y que ante la alternativa de visitar la sierra madrileña por un tiempo, han dicho que todo era una broma. Catalanes que fuisteis al Parlament a apoyar la independencia, ¡que era una broma, que no os habéis enterado! Queridos Mossos empeñados en ser de todo menos policías al servicio de la ley, ¡que os han tomado el pelo y habéis quedado como Cagancho en Almagro!

Pero todo este esperpento no puede ocultar una realidad, que ésta no es espontánea ni súbita, sino manipulada y construida por una izquierda radical que aspira a la destrucción de España y de Cataluña, a sembrar el caos y el desorden permanente, para dejarnos a todos en manos de bolivarianos, anarquistas y terroristas callejeros y llevarnos a un régimen totalitario. La amenaza de España no es el nacionalismo, es el totalitarismo.

Después del asalto de la huelga general a los derechos y a la seguridad, ¿hay alguien que no considere, no que estamos ante un delito de rebelión, sino ante un alzamiento violento contra el estado? No nos engañemos, las instituciones separatistas catalanas han declarado la guerra a España utilizando y violentando las instituciones. ¿Hay acaso un crimen más execrable que utilizar los mecanismos de la autoridad para someter al estado y al pueblo? La huelga general consentida y soportada por una parte de los Mossos y alentada por el gobierno supuestamente intervenido, más allá de las implicaciones electorales que pueda tener, constituye un alzamiento violento contra la democracia, que justificaría más que el artículo 155 el artículo 63 de la Constitución, sino fuera porque todo era una broma, de mal gusto eso sí; pero que nos va a llevar a un conflicto inevitable, porque todo esto no ha hecho más que empezar.

Winston Churchill que entendía mucho de principios y de cómo debían ser defendidos afirmó que:

” Si uno no quiere luchar por el bien cuando puede ganar fácilmente, sin derramamiento de sangre, si no quiere luchar cuando la victoria es casi segura y no supone demasiado esfuerzo, es posible que llegue el momento en el que se vea obligado a luchar cuando se tiene todas las de perder y una posibilidad precaria de supervivencia. Incluso puede pasar una cosa peor: que uno tenga que luchar cuando no tiene ninguna esperanza de ganar.”

Y este es el escenario al que nos encaminamos ante la radicalización que se va a producir en el conflicto, que ya no será un problema de declaraciones parlamentarias ni de independencia, creo que de esto ya han quedado bastante vacunados los catalanes para toda una generación; el conflicto vendrá de la insumisión permanente, de la algarada callejera y de la alianza radical nacionalista que tomará el poder el Cataluña después del 21 de diciembre. El día que deje de aplicarse el 155 echaremos de menos no tener de contraparte a Puigdemont y Forcadell.

Vistos todos los acontecimientos acontecidos en estos últimos meses, hoy podríamos decirle al gobierno de la nación las mismas palabras que Churchill le dirigió a Chamberlain al regreso de Munich.

” Se te ofreció poder elegir entre la deshonra y la guerra, elegiste la deshonra y tendrás la guerra.”

El gobierno de España y no digamos este aborto de gobierno catalán que tiene a parte en el exilio, a otra parte en la sombra y a otra en fuga, han optado por deshonrar a Cataluña y a España. Han preferido una acción de algodón de azúcar para no molestar, con el fin de que nada cambie. El 155 es, como diría el Príncipe De Salina, lo que tiene que cambiar para que nada cambie.

Con la deshonra ha venido la rendición, incondicional; incluso antes de hacer las levas, ya nos hemos rendido. Hemos deshonrado a nuestra nación para intentar calmar las ambiciones totalitarias de una minoría. Cuando el gobierno decidió abdicar de sus funciones para transferirlas a los jueces, no era para que fueran tan duros sino para que, como los del Supremo, no actuarán con tanto rigor. Nos da tanto cague defender España que no queremos hacer ni presos en este conflicto. Pero el gobierno optando por la deshonra para evitar el conflicto, ha sembrado el germen de la destrucción nacional. Forcadell y Puigdemont deshonrando al pueblo catalán que creyó en sus mentiras, han sido tremendamente peores, porque no han actuado para evitar el conflicto, sino para salvar su culo, al menos en eso Rajoy ha tenido más altura de miras.

Pudimos haberlo evitado hace ya años, pero faltó la visión y el liderazgo, y ahora ante la incapacidad de luchar, España se rinde. Ya pueden ir quitando todas sus banderas de los balcones. Nunca tantos españoles pusieron a un gobierno en la oportunidad de terminar con problemas históricos y nunca se recibió tanta ignominia. ¡Cuánto más fuertes somos como nación, más débiles son nuestros gobernantes¡, y ese es el drama histórico de nuestro país.

¿Pero acaso no tenemos razón? ¿Es que nos vamos a creer todas las mentiras del separatismo? ¿Es que no estamos dispuestos a luchar por nuestros derechos y nuestra gran nación? ¿Vamos a tirar por la borda tanto acervo común, porque nos tiemblan las canillas? Un pueblo que olvida sus raíces, que incluso las desprecia; que está dispuesto a fracturarse sin la mayor vergüenza, no puede ser el español. No podemos reconocernos en esta pusilanimidad infinita.

No podemos dejar que una minoría nos amedrente, nos haga sentir ciudadanos de segunda; que nos hunda en la miseria moral simplemente porque recelamos de nuestros valores y no estamos dispuestos a tomar la vanguardia de la defensa de la igualdad entre todos los españoles, de la ley y la historia.

España se rinde, saquen las sabanas a los balcones para que no suframos las represalias del separatismo radical, para que no vengan a amenazarnos a nuestras casas por querer ser lo que somos españoles. Saquen banderas blancas y guarden las banderas nacionales en sus corazones, que ya es el único lugar en el que podemos sentirnos español; casi en la intimidad.

Catalanes, guardad las esteladas, y también sacad banderas blancas, aunque en Cataluña corréis el riesgo de que los que vengan gracias a estas elecciones, os obliguen a poner la estelada con el escudo del POUM y si no os harán el matarile, experiencia traumática que ya conoció Cataluña en los años de la Guerra Civil

Pero el conflicto es inevitable. Las bases que lo sustentan permanecen intactas y el nacionalradicalismo que tomará el poder en el nuevo gobierno catalán será infinitamente peor, porque serán los comités de la defensa de la república anarquista los que salgan a las calles para continuar con la amenaza y la extorsión. Todos los procesos revolucionarios siguen el mismo patrón; los pequeños y medios burgueses quieren un cambio y creen que dominarán en su supuesta supremacía intelectual a las masas enfervorecidas; y éstas en cuanto pueden, asestan un zarpazo mortal y ya no hay marcha atrás. Lo de la Declaración de Independencia va a ser un aspecto menor comparado con el ambiente que se está generando en Cataluña por esta nueva mayoría.

Cada día que pasa Junqueras en la celda, cimenta, como otros tantos revolucionarios totalitarios, la presidencia de la república catalana, y ante este inevitable conflicto, no nos van a servir paños calientes ni ministros blandiblú. Entonces habrá que echar a Chamberlain y llamar a Winston para ganar, porque dentro de generaciones se dirá que ésta era el conflicto que España tenía que ganar o que haber ganado.

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Las 40 mentiras del independentismo catalán. -Cristian Campos/El Español-

Han mentido a sus votantes, tergiversado el recto significado de las palabras y camuflado sus autoengaños bajo una espesa capa de propaganda populista y un nacionalismo identitario propio de otras épocas. Estas son sus 40 mentiras más obvias.

1. Lo han llamado la revolución de las sonrisas. Pero han empujado a los catalanes al borde del enfrentamiento civil.

2. Se creen pacíficos. Pero durante cuarenta años han acallado al 50% de los ciudadanos de la comunidad.

3. Dicen ser demócratas. Pero el partido con mayor intención de voto entre los suyos ostenta en su currículum dos golpes de Estado (1934 y 2017), miles de asesinados, torturados y represaliados por Lluís Companys y una guerra civil.

4. Les prometieron a sus votantes una potencia económica mundial. Pero sólo han logrado expulsar a las empresas, a los turistas, a los inversores, a los ahorradores y, ahora, a los trabajadores.

5. Dicen defender la verdadera separación de poderes. Pero exigen que el poder político anule las decisiones del judicial y que el judicial no aplique las leyes promulgadas por el legislativo. Incluidas las que fueron votadas por ellos.

6. Creen ser buena gente. Pero opinan que las masas están por encima de la ley y que el procés es un rodillo que aplastará a aquellos que rechacen significarse como amigos o como enemigos.

7. Alardean de europeístas. Pero cuando Europa les dio la espalda la acusaron de corrupta, totalitaria y represora de los derechos de los pueblos.

8. Dicen luchar por la dignidad de Cataluña. Pero su procés ha derivado en un grotesco esperpento rematado con la fuga del que dice ser el legítimo presidente de la recién nacida república catalana. Hasta las autoridades belgas le han recordado a Puigdemont que los líderes que declaran independencias unilaterales deben permanecer junto a su pueblo en vez de huir al extranjero.

9. Planearon el hundimiento de la economía española y el alza de la prima de riesgo. Pero acabaron sacando 160 € del cajero y pagando una comisión de 2 € por hacerlo.

10. Fantasearon con la quiebra del consenso en torno a la Constitución del 78. Pero sólo han logrado la división y el hundimiento electoral de Podemos.

11. Hablan de respeto a la legalidad catalana. Pero han votado una declaración de independencia ilegal por mayoría simple y con la mitad de su Parlamento vacío.

12. Pontifican sobre la corrupción del Estado. Pero Cataluña es la comunidad española con un mayor número de corruptos encausados por los tribunales de justicia.

13. Presumen de la vitalidad de su sociedad civil. Pero todas las organizaciones civiles nacionalistas catalanas han sido generosamente regadas con presupuesto público.

14. Presumen de la ecuanimidad de su prensa regional. Pero una inmensa mayoría de los medios de prensa catalanes recibe subvenciones directas del Gobierno de la Generalidad.

15. Apelan al corazón de los demócratas. Pero sus exdiputados siguen fantaseando con una violencia que vaya más allá de “las manifestaciones y las caceroladas”.

16. Hablan de justicia social. Pero están siendo investigados por el presunto desvío de fondos de la Consejería de Asuntos Sociales hacia las empresas tecnológicas que debían gestionar la construcción de las llamadas “estructuras de Estado”.

17. Presumen de una cultura democrática superior a la española. Pero invitan a Otegi y se fotografían con él.

18. Dicen ser demócratas de raza. Pero creen que los delitos se convierten en legales cuando son incluidos en un programa electoral y votados por una minoría de los ciudadanos.

19. Se atribuyen la representación de todos los catalanes. Pero sólo representan a una minoría de ellos.

20. Dicen ser encarcelados por sus ideas. Pero miles de catalanes, incluidos varios diputados del Congreso, tienen esas mismas ideas y nadie ha pedido su ingreso en prisión ni ha intentado acallarles jamás.

21. Presumen de una ética del trabajo alemana. Pero han sido incapaces de construir una sola estructura de Estado durante los dos últimos años o de planear siquiera las 24 horas posteriores a la declaración de independencia.

22. Presumen de unidad de acción. Pero no sabían nada de la huida de Carles Puigdemont a Bélgica y ya califican a Santi Vila de botifler (traidor).

23. Dicen que la república catalana ya está en marcha. Pero se presentan a unas elecciones autonómicas convocadas por Mariano Rajoy al amparo del artículo 155 de la Constitución española y con el antiguo Gobierno de la Generalidad en prisión.

24. Dicen hablarle con sinceridad a los catalanes. Pero hablan de presos políticos, de un Gobierno republicano legítimo y del pueblo de Cataluña.

25. Hablan de represión. Pero fue Joaquim Forn, el jefe de los mossos, el que amenazó el pasado 11 de octubre con lanzar a la policía autonómica contra la nacional con la frase “si hay buena voluntad y se acepta la nueva realidad política [en referencia a una independencia de facto] no habrá ninguna colisión entre policías”.

26. Aluden a un fantasmal Gobierno democrático legítimo. Pero se refieren al mismo Gobierno que aplastó los derechos de la oposición los días 6 y 7 de septiembre violando su propio Estatuto de Autonomía.

27. Hablan de una supuesta legitimidad preexistente superior a la legalidad del ordenamiento jurídico actual. Pero cuál es esa legitimidad y cuáles sus consecuencias en la práctica lo deciden ellos en función de sus intereses políticos coyunturales.

28. Su talante democrático dice ser exquisitamente británico. Pero Núria de Gispert, expresidenta del Parlamento, llamó el jueves pasado “canalla de extrema derecha” a la juez Carmen Lamela. No fue la única.

29. Han presumido de contarle la verdad a los catalanes. Pero mintieron respecto a la viabilidad económica de una hipotética Cataluña independiente y cuando ninguna de sus otras fantasías se hizo realidad recurrieron a vídeos melodramáticos, escenificaciones hiperventiladas frente a las cámaras de televisión y un desacomplejado uso de la cursilería.

30. Especularon con un cataclismo político en España que condujera al país a una segunda Transición. Pero han logrado la unidad de una amplia mayoría de los españoles en torno a la Constitución del 78 y la recuperación de la bandera española como símbolo de democracia, respeto a la ley y europeísmo.

31. Defienden indignados la imparcialidad de TV3. Pero el jueves pasado el programa humorístico Polònia fue suspendido porque sus responsables “no tenían ganas de reír ni de bromear con gente que está en la cárcel”.

32. Dicen que su causa es internacional y defiende derechos universales. Pero no han recibido el apoyo de un solo gobierno, de un solo organismo internacional o de una sola personalidad relevante a lo largo de los últimos años. Y eso a pesar de las cantidades ingentes de dinero público invertido en ello.

33. Presumen del uso de las más avanzadas técnicas de comunicación política. Pero usan los términos habituales del más rancio populismo fascista. “Pueblo”, “humillación”, “lucha”, “destino”, “dignidad”.

34. Son un movimiento transversal e inclusivo. Pero han clasificado como franquistas a Serrat, Sabina, Frutos, Llamazares, la UE, Borrell, los catalanes no nacionalistas, el PP, el PSOE, Ciudadanos e incluso Ada Colau (en días alternos y dependiendo de a quién quiera complacer ese día la alcaldesa de Barcelona).

35. Se rieron de Aznar cuando dijo que antes se rompería Cataluña que España. Pero Aznar acertó y ellos se equivocaron.

36. Lo fiaron todo a una hipotética masa de cientos de miles de ciudadanos catalanes desobedeciendo masivamente. Pero sus concentraciones, incluso las que se convocan en días señalados, cada vez cuentan con menos asistentes y la vida en Cataluña sigue inalterada salvo por las ya rutinarias molestias provocadas por unos cuantos cientos de universitarios con pocas ganas de estudiar.

37. Dicen rebelarse contra el poder. Pero todas sus manifestaciones, huelgas y concentraciones han sido diseñadas, organizadas y financiadas por el régimen que ha gobernado en Cataluña durante cuarenta años ininterrumpidos.

38. Presumen de inteligencia política. Pero cuando Puigdemont decidió el pasado 26 de octubre convocar elecciones para evitar la aplicación del 155, el extremismo independentista le calificó en las redes sociales de traidor y le obligó a retractarse. Si Puigdemont, ese Napoleón de mercería gerundense, no hubiera hecho caso de esas pocas docenas de fanáticos tuiteros, hoy ningún exmiembro del Gobierno catalán dormiría en la cárcel.

39. Presumen de haber cambiado la historia de este país. Y sólo han repetido la del catalanismo político de los últimos cien años. Huida por las alcantarillas incluida en su versión 2.0.

40. Están convencidos de que España les odia. Y ni siquiera eso (convertir esa disonancia cognitiva en una profecía autocumplida) han logrado.

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Se busca Pujolet 2.0 -F.J.Losantos/El Mundo-

Siguen lloviendo encuestas y anubarrándose evidencias. En Cataluña podríamos pasar de la República de los delincuentes a la República de los Equidistantes, presidida por Colau y regentada por Iceta, o al revés, pero siempre telepresidida o teledirigida por Junqueras y sus cómplices. Al menos es lo que dice Godopress, agencia que tras enriquecerse con Franco, medrar con UCD, prosperar con el PSC, forrarse con Pujol y saltar la banca con Juntos por el Sí y por la CUP y por la editorial Dignidad de Cataluña, anda ahora a la busca de un Pujolet 2.0. y tiene convencido al Gobierno de que esa es la solución menos mala: que el liberado con cargos Santi Vila encabece la nueva Convergencia y vuelva Durán i Millo a encabezar Unió. De hecho, Millo, que le llevaba la bolsa a Durán y ahora el bolso a Soraya, sería algo así como el rehén del Gobierno en la construcción de un nuevo Pujol, un nuevo Roca, un nuevo Arturo Mas, antes de rebautizarse Artur.

Lo peor de esa canción es que viene siendo un éxito desde 1977. Y a un grupo de personas sin mucho talento y sin ningún escrúpulo, como el Gobierno actual, y no digamos la oposición socialista, igual pero peor, es lo que le gustaría que se hiciera realidad. ¿No podríamos fletar, se dicen los agradaores de Moncloa y de Ferraz, los julianas del parte único editorial, un nuevo Pujol, separatista pero sin que se note mucho, para pactar con él la famosa Reforma Constitucional, o sea, la Desconstitución de España?

«¡Eso, nos hace falta un Pujolet!», dicen Arriola y el joven Arenas. «Mejor un Pujol 2.0.», matiza Andrea Levy, al ritmo de garaje de su rock tirando a transversal. «Dejádmelo en Pujolet Dospuntocero, ¡pero lo quiero para ayer!», ruge Soraya, y le echa un poco de leche en el platillo a Millo.

Sin duda, Santi Vila es el que mejor da el perfil del Pujolet 2.0. Era un separatista desorejado que hace dos meses, megáfono en mano, se decía dispuesto a perder la vida, la libertad, el patrimonio y lo que fuera por la independencia de Catalun-¡ya! Y ahí lo tienes ahora: pagando su fianza tan formal, saludando con una sonrisa a los guardias de la puerta de la cárcel, con la barba recortadita, casado ¡y además gay! Era tan nacionalista como el marido de Inés y le robaría votos del armario al PSC. Sólo falta que se deje Cocomocho; y que el novio se haga del PP.

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Las talegas de Méndez de Vigo (o como remunerar a los golpistas). -Pedro J. Ramirez/El Español-

Al día siguiente de que Puigdemont, Junqueras y los suyos consumaran su golpe de Estado proclamando la República Catalana, el ministro portavoz Iñigo Méndez de Vigo realzó ante la BBC la singular respuesta del Gobierno de Rajoy: aplicar el artículo 155 en Cataluña –destituyendo naturalmente a los golpistas- pero a los solos efectos de convocar y celebrar elecciones autonómicas el 21 de diciembre. O sea en el plazo mínimo permitido por la ley.

Y la forma de sacar pecho de Méndez de Vigo fue subrayar la consecuencia más llamativa de esa solución. El Gobierno “recibiría con agrado” que Puigdemont se presentara a esas elecciones. O sea que intentara recuperar a través de las urnas, en cuestión de cincuenta y cinco días, el puesto del que acababa de ser cesado por el BOE, en castigo de su perfidia.

“Si Puigdemont quiere continuar en política está en su derecho”, aseguró, omitiendo toda referencia a sus flagrantes delitos de sedición y/o rebelión que implican largas penas de cárcel e inhabilitación. Como el presidente del autodenominado “gobierno legítimo de Cataluña” aun no se había fugado, Méndez de Vigo perdió la oportunidad de precisar que nuestro sistema es tan garantista que hasta podría ser candidato estando en prisión preventiva, como ocurre ya con Junqueras, siete de sus consellers y los Jordis.

Pero Méndez de Vigo iba más de cheerleader que de jurista, añadiendo el típico “creo que debería prepararse para las próximas elecciones” con que se jalea a un púgil el día que se señala la fecha de un combate decisivo. Y cual torero que remata la faena con una revolera, concluyó con un “sería bueno, porque es una manera de que los catalanes juzguen sobre sus políticas”. Fue, de hecho, el único “juicio” al que se refirió: al de las urnas.

Todos entendimos lo que pretendía transmitirnos: fíjense, propios y extraños, qué inteligente y audaz ha sido Rajoy al vincular el acto de autoridad que supone fulminar a estos señores de sus cargos, con una convocatoria electoral que les coge a ellos con el pie cambiado, vacía su discurso victimista y restablece la legalidad, recurriendo a un cauce inobjetable para cualquier demócrata. ¡Oh, proteico y grande Rajoy! ¡Qué listo has resultado una vez más, al ofrecer a tus adversarios esa golosina, envenenada por el sometimiento al orden constitucional, que no van a poder rechazar!

Ciudadanos y el PSC ya estaban aplaudiendo la fórmula pues no en vano era la modalidad de 155 que venían reclamando, desde la tranquilidad de no corresponderles a ellos ni la responsabilidad intransferible de aplicarlo, ni el mérito o culpa de lo que pueda suceder. Hasta Pablo Iglesias se bajó diez minutos del estribo del convoy insurreccional para aceptar, “por una vez”, la solución elegida.

Todos parecían de acuerdo en aparcar las vicisitudes propias del ámbito penal, en el bien entendido de que el tiempo y la maña política podrían diluirlas en función de la salida que propicien las urnas.

O sea que las elecciones se convocaban como si no existiera el Código Penal, como si no funcionara la Fiscalía, como si no hubiera jueces dispuestos a cumplir con su obligación, como si no fuera poco menos que inevitable que la plana mayor delseparatismo tuviera que presentarse y hacer campaña desde la cárcel. Por eso a nadie parecía inquietarle la tesis que, tal y como estaba cantado, ha hecho suya Puigdemont, desde el exilio belga: el 21-D será un “plebiscito”, destinado a legitimar políticamente y blanquear penalmente, ante el mundo entero, la proclamación de la República Catalana.

***

A mí, en cambio, en cuanto escuché a Méndez de Vigo esbozar lo que en realidad no es a la vez sino una vía de salida y una segunda oportunidad, en circunstancias bastante propicias, para los golpistas, me vino a la memoria el desenlace de otro Consejo de Ministros extraordinario. Se celebró el sábado 13 de agosto de 1836 y catapultó a una nada lucida notoriedad histórica a un antepasado del actual ministro portavoz.

El gabinete, que se reunía con carácter de urgencia, estaba presidido por Istúriz e incluía a próceres del liberalismo moderado, de los que ya me ocupé sobradamente en mi libro sobre el Trienio, como Alcalá Galiano o el Duque de Rivas. Tenían que responder a las dramáticas noticias llegadas de madrugada desde el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso.

Un grupo de sargentos había sublevado a las unidades de la Guardia Real que prestaban allí servicio y tenía como rehenes a la propia Reina Gobernadora María Cristina de Nápoles y a sus hijas, las princesas Isabel y Luisa Fernanda. Exigían, entre otras medidas, la derogación del Estatuto Real que, a modo de carta otorgada, servía de marco legal tras la muerte de Fernando VII, y el restablecimiento de la Constitución de 1812.

¿Qué hacer? El impulsivo Quesada, capitán general de Madrid, se ofreció a marchar al frente de la mitad de los cuatro mil hombres de su guarnición e imponer la fuerza de las armas. Pero la mayoría del Gobierno estaba “aterrada” y oscilaba, según la certera percepción de Andrés Borrego, fundador y director de El Español, entre la “prudencia” y la “pusilanimidad”. Invocando la seguridad de las Reales Personas, pero temiendo en realidad más por la propia, pues Madrid también había entrado en convulsión y les asustaba dividir el contingente adicto, los ministros optaron por una alternativa más creativa.

Alcalá Galiano relató en sus memorias lo acordado: “Apelóse, al fin, al triste recurso de que pasase a San Ildefonso el ministro de la Guerra, portador de una razonable suma de dinero, para que con las armas de la persuasión, ayudadas con dádivas, pusiese en la obediencia a los que seducidos y cohechados habían cometido un delito sin mira política alguna”.

Aquel ministro de la Guerra era Santiago Méndez de Vigo y su “razonable suma de dinero”, tres sacas o talegas repletas de monedas de oro. Apenas llegó a La Granja combinó la prosaica exhibición de su contenido con las más nobles exhortaciones. Las consecuencias fueron tan dispares en sus inicios como confluyentes en sus culminaciones. Hubo quienes cogieron el dinero -siempre se ha dicho que el célebre sargento Gómez se quedó con ocho onzas- y quienes lo rechazaron, pero todos convirtieron aquel intento de soborno en cauce y estímulo para mantener y extremar sus exigencias.

El resultado fue que, al cabo de un cierto tira y afloja, Méndez de Vigo volvió a Madrid con María Cristina y sus hijas, pero también con los sargentos y una serie de decretos que incluían el restablecimiento de la Pepa. Según la crónica de El Español, María Cristina vestía un “sencillo traje verde”, el color de los constitucionales desde las Cortes de Cádiz. Según Miñano, “fue conducida a Madrid como un trofeo conseguido por los exaltados”.

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Las “talegas de Méndez de Vigo” han quedado desde entonces como un símbolo de lo perniciosa que puede resultar la suma de la cobardía y la incompetencia ministerial. Como ha escrito Jesús Sanz Fernández en su documentada monografía sobre los sucesos de La Granja, “resulta que es el Gobierno quien soborna y, para colmo, sin ningún resultado práctico, porque la insurrección continuó”.

Ese va a ser, en mi opinión -está siendo ya de hecho-, el efecto de la improvisada convocatoria electoral del 21 de diciembre, con la que se pretende seducir y sobornar, para reintegrarlos en el juego constitucional, a unos sediciosos que, habiendo declarado ya la independencia, deberían haber quedado exclusivamente o, al menos, antes que nada, a expensas de los tribunales.

El circo con tres pistas -Cataluña, Bruselas, las cárceles madrileñas- que está poniéndose en marcha era perfectamente previsible. Nada hay tan esperpéntico como solapar los tiempos de la Justicia con los de las urnas, de modo que los alegatos de las defensas se hagan en los mítines, las estrategias de campaña en las comparecencias judiciales y puedan llegar a confundirse las votaciones con los recursos de apelación y el escrutinio con la sentencia firme.

Lo lógico habría sido castigar penalmente la sedición y/o rebelión con la máxima urgencia, dando pie a las correspondientes inhabilitaciones. Y una vez cribadas así las listas electorales y serenadas las conciencias tras la destrucción del principio de impunidad, convocar las elecciones, dentro de seis meses o un año, manteniendo entre tanto la administración catalana bajo la interinidad del artículo 155.

Este parecía ser, de hecho, el plan de Rajoy y por eso rechazó la condición del PSOE, filtrada por Carmen Calvo, de que hubiera elecciones en tres meses. ¿Qué le llevó a cambiar de caballo cuando estaba atravesando el río? Pues lo mismo que impulsó al gobierno de Istúriz a enviar a La Granja a un general con talegas en lugar de a un general con soldados. Su extrema debilidad. El vértigo ante el deber. La súbita conciencia de no ser capaz de hacer lo conveniente para la Nación.

No era sólo un problema de lasitud moral -que también-, sino sobre todo de incompetencia política. De la misma manera que, entre junio y septiembre, quedó claro que el Gobierno carecía de plan alguno para impedir la convocatoria y celebración del referéndum ilegal; y de la misma manera que el 1 de octubre quedó claro que el Gobierno había sido incapaz de evitar la votación y enmascaró a porrazos su frustración, ahora lo que ha aflorado es que tampoco se atreve a nombrar -o peor aún, no sabe cómo hacerlo- a un ejecutivo catalán que aplique el 155 desde Cataluña durante tanto tiempo como sea necesario para restablecer la lealtad institucional, al margen de mayorías y minorías electorales.

Ese planteamiento -aplicado durante la Segunda República- hubiera permitido que alguien como Santi Vila se hubiera erigido en líder del nacionalismo moderado, que Pablo Iglesias hubiera seguido notando el desgaste por su raudo alineamiento contodo aquel que trate de hacer daño a la España constitucional, e incluso que alguno de los líderes golpistas hubiera pedido perdón, en pos de un indulto que le permitiera seguir en la política.

Pero en lugar de con la firmeza de una actuación consistente, sostenida en el tiempo, se ha respondido a la proclamación de la República Catalana, ofreciendo a sus artífices las talegas de una segunda vuelta en las urnas, a modo de Jordán en el que lavar sus pecados. Y al igual que hicieron los sargentos insurrectos de La Granja, los golpistas ya han anunciado que cogerán las talegas, o sea las bien remuneradas actas, sin escrúpulo alguno, pero a modo de cauce, instrumento y estímulo para seguir adelante con la destrucción de España.

Al disparate se le añade la recurrente chapuza. ¿Cómo es posible que aquel Méndez de Vigo fuera tan torpe como para no darse cuenta de lo que ocurriría en La Granja en cuanto empezara a exhibir sus talegas? ¿Cómo es posible que este Méndez de Vigo y sus compañeros hayan sido tan torpes como para no haber previsto e impedido la fuga de Puigdemont y no haber calibrado el efecto interno y externo de celebrar unas elecciones con el favorito a ganarlas entre rejas? ¿Qué hemos hecho para merecer a estos?

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La Sargentada de La Granja sólo tuvo un efecto beneficioso: la caída del gobierno de Istúriz y su sustitución por uno encabezado por mi admirado Calatrava que, a modo de postrera salida de don Quijote, rindió su último gran servicio a España promoviendo una reforma constitucional por consenso. De esa manera tanto las utopías de la Pepa, como la cortedad de miras del Estatuto Real, quedaron superadas por la Constitución de 1837 -auténtico antecedente de la de 1978-; y, abierto de nuevo el “segundo sobre”, el reloj de la Nación reanudó su marcha. Eso es lo que ocurrirá, antes o después, cuando lleguemos a la conclusión de que cuanto sucede en Cataluña no es sino el síntoma más agudo de la falta de un proyecto regenerador para España.

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La profecía fallida del separatismo. -Cristina Losada/LD-

Desde la fuga de Puigdemont no paro de pensar en uno de los experimentos sociológicos más sensacionales que conozco. Lo hizo el psicólogo social Leon Festinger y lo describió –junto a otros– en el libro When Prophecy Fails (“Cuando falla la profecía”), de 1956. Interesados por un pequeño culto ufólogo que había en Chicago, Festinger y sus colaboradores infiltraron a varias personas en él. El grupo, que estaba dirigido por una mujer, creía que el fin del mundo iba a tener lugar el 21 de diciembre de 1954; pero lo más importante, al menos para ellos, es que estaban convencidos de que horas antes del apocalipsis una nave extraterrestre iría a recogerlos para salvarlos y conducirlos al planeta Clarion.

Sí, era una marcianada total. El experimento permitió observar cómo los creyentes en una marcianada reaccionan al fallo de la profecía.

La noche antes del fin del mundo, el grupo de elegidos estuvo horas reunido esperando a los extraterrestres, sin que los de Clarion se dignaran aparecer. Por fin, después de un silencio sepulcral y del llanto desconsolado de la profeta, la divinidad tuvo a bien comunicarse con ella. Le dijo que gracias a la intensa vigilia del grupo había decidido darle más tiempo al mundo antes de destruirlo. Los creyentes no sólo se fueron contentos a casa. Además, redoblaron sus esfuerzos para tratar de extender su mensaje y convencer a más gente de la veracidad de aquello que se acababa de demostrar falso.

Esta reacción era la que habían previsto los investigadores. La hipótesis confirmada era que, al producirse un fallo evidente de la profecía, los creyentes iban a hacer lo posible por aferrarse a ella. Sobre todo cuanto mayor fuera su inversión en la creencia, cuantas más cosas hubieran hecho que fueran difíciles de revertir, como lo eran, en aquel caso, dejar trabajo, estudios y familia, o entregar dinero y posesiones. Para esas personas, la manera de lidiar con el trauma de la profecía fallida era conseguir alistar a más gente. Cuanto más apoyo social tuviera la marcianada después de muerta, más podían convencerse de que a pesar de todo era verdad.

Quítenle a esto el fin del mundo, los extraterrestres y el bonito planeta Clarion. Pongan en su lugar la creencia en que la independencia se haría realidad desde el instante de su proclamación, en que el reconocimiento y los apoyos exteriores iban a llegar enseguida para salvarla y en que la flamante república catalana sería el paraíso terrenal. Ahora pongámonos en el lugar del creyente cuando lo esencial de todo eso se viene abajo. ¿Va a dejar de creer ya mismo?

No. Lo que hará primero será tratar de integrar lo sucedido en su sistema de creencias. Para facilitarlo, ya circulan marcianadas como que las elecciones del 21-D han sido impuestas por Europa a modo de un (nuevo) plebiscito. Si lo ganan, dice el bulo, Europa obligará a España a hacer un referéndum legal o a reconocer la independencia sin más. Es el equivalente al mensaje divino transmitido por la visionaria: la profecía no se incumple, se posterga.

Por más que hayan quedado al descubierto las mentiras separatistas, no hay que esperar caídas del caballo en masa entre los fieles. Digerir lo sucedido les va a llevar un rato largo. No aceptarán la realidad ni reconocerán que han creído en mentiras de la noche a la mañana. Esto no es una buena noticia de cara a las elecciones autonómicas. Pero se puede compensar. Porque no todo el voto separatista es cien por cien creyente y junto a los que han hecho una inversión emocional en el procés están los que han hecho un cálculo: algo se sacará de este lío, y en cualquier caso no tendrá costes.

Ahora, los costes económicos y sociales han quedado tan claros como la inviabilidad de imponer la ruptura por encima de la ley y la democracia, y en contra de la mitad de la población catalana. Al tiempo, los costes para los dirigentes del delirio empiezan a estar a la vista. Esto es particularmente importante por una razón: fue una revolución impulsada de arriba abajo, no de abajo arriba. Si los que han llevado la batuta han de responder ante la justicia, si no hay tratos de favor –ni amnistías como la que ya proponen los comunes, cada vez más abrazados al partido de los Pujol–, serán menos temerarios.

Por volver al culto ufólogo de Chicago: éste no se hundió por el fracaso de la profecía, pero sí por la fuga de la profeta ante la posibilidad de ser detenida e internada en una institución psiquiátrica. No estoy dando ideas. Pero, sí, también huyó.

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