Archivo de la categoría: Europa

Juncker,el faraón suicida. -Hermann Tertsch/ABC-

Está en marcha la rebelión contra su despotismo europeísta

SI no nos tuviera acostumbrados a verle besar la calva a sus interlocutores, tirar de la corbata a dignatarios extranjeros o regañar a camareros porque se olvidan de su copa, habría cundido el pánico ante los planes de reforma de la UE expuestos hace unos días por el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. Porque es todo un arrebato de «soluciones imaginativas», como llamaba Javier Pradera a las ocurrencias suicidas. Parece un plan para convocar una larga cola de países candidatos del EXIT que sigan al Reino Unido. En descargo del viejo presidente hay que recordar que vive en un mundo especial del privilegio público y privado. Juncker es un europeista en una burbuja que nada tiene ya que ver con Europa. Sino con una inmensa oficina de empleados privilegiados, sobrevalorados e hiperremunerados, cuyo máximo celo y vocación están en preservar y aumentar esa oficina que preside Juncker y que financian todos los pobres europeos cada vez menos europeístas.

En realidad es un escándalo pero a nadie puede extrañar que entre las propuestas de Juncker una de las primeras fuera pedir más dinero de los países miembros para el aparato de la Unión Europea, con su comisión, su parlamento y su ingente, desbordante, insaciable y expansiva burocracia. Es una fábrica de injerencias en las naciones y los individuos y ha creado un monstruo regulatorio y controlador que hace cada vez menos libres y más pobres a los europeos que pagan. Pero Juncker quiere más. Como no fue suficiente el desastre de mantener a Grecia dentro del euro y la crónica precariedad resultante que solo disimula un BCE con la máquina de trucos de Mario Draghi, Juncker propone la ampliación del euro a todos los 27 países miembros de la UE. A compartir todos las miserias de todos, incluidas economías como las de Rumanía y Bulgaria. Con el endeudamiento de tantos. Además quiere un ministro de finanzas para que no le molesten intereses nacionales.

También quiere expandir el espacio de Schengen a los 27 para que desaparezcan los pocos controles que hay cuando realmente comienza la lucha contra el islamismo radical en todo el continente. Juncker quiere más dinero y más poder para la Comisión. Quiere más dinero para la UE pero también para el Estado de bienestar de los miembros y, ¡por supuesto! para la inmigración porque debemos ser generosos. E imponer por la fuerza a países que se resisten dicha inmigración para transformar sus sociedades nacionales en su composición étnica, cultural y religiosa. Todo el que no apruebe sus propuestas, será tachado por Juncker de antieuropeo y sospechoso de ultraderechismo. Prietas las filas, nos dice. Que ya llegará él a montar un cambalache con Alemania y Francia para perpetuar el engaño. Pero el engañado es él, Juncker. Está en marcha la rebelión contra ese europeísmo del despotismo menos ilustrado que cínico que representa hoy el presidente de la Comisión con sus faraónicos planes de hundir Europa brindando con champán.

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¿Democrática la #UE ? Hilo twittero de Antonio Camuñas. –

Francia.Crisis de identidad. -José María Marco/LD-

El triunfo de Macron y la facilidad con la que ha instaurado su dominio sobre la vida política francesa parecen corroborar esa convicción, tan propiamente española, según la cual Francia es la nación de verdad, por excelencia. En realidad, entender la victoria de Macron requiere tener en cuenta la profunda crisis de identidad que ha atravesado Francia. No sabemos si el nuevo presidente, con lo que se prevé una muy holgada mayoría parlamentaria, conseguirá ponerle fin.

Hay una palabra que sigue fascinando a muchos españoles, casi sinónima de Francia y de nación francesa. Es República; “la République”, habría que decir, porque sólo en francés alcanza el término todo su significado. Uno de los ejes que la definen es la directa relación entre el ciudadano y el Estado. En la République, cualquier otra forma de identidad que no sea la republicana debe quedar anulada. En una república sólo hay ciudadanos, definidos como tales por los derechos, los deberes y las virtudes simbolizados por el ideal republicano. El laicismo se convierte así, mucho más que en una simple abstención del Estado en materia religiosa, en una de las formas de definición del republicanismo. Lo ha puesto en entredicho la presencia en el país de un buen número de musulmanes que, como ha analizado Pierre Manent en Situation de la France, no están dispuestos a dejar de lado la religión, que es la base de su propia identidad, para seguir siendo franceses. Esta nueva situación evidencia la crisis del modelo de integración republicano, que consistía en crear ciudadanos, y se agudiza a causa del terrorismo y los recelos y malentendidos que inevitablemente suscita.

Houellebecq, heredero cínico de la tradición antimoderna francesa, ha sabido recrear en Sumisión este estado de ánimo deprimente que lleva a una sociedad a no saber cómo defender unos principios y unas virtudes por los que siente el apego de lo propio. La República parece así funcionar en el vacío. Ha habido momentos en que ni siquiera se podía enunciar el problema, como cuando se habla de inmigrados, siendo así que hace mucho tiempo que no hay inmigración en Francia (L’immigration en France, de El Mouhoud Mouhoud) y que la raíz del problema se sitúa en los ciudadanos franceses que no lo son al modo en que la República ha definido la ciudadanía. Sobre todo en los últimos cincuenta años, cuando el laicismo se ha empeñado en hacer desaparecer la religión de la vida pública –confundida esta con la vida política–. Es este un motivo central de la crisis de identidad francesa. La crítica al multiculturalismo (por ejemplo, Le multiculturalisme comme religion politique, de Mathieu Bock-Côté) convive con la decadencia del modelo republicano de integración (Décomposition française, de Malika Sorel-Sutter) o directamente con la crítica de la identidad francesa (hecha en primera persona en J’aurais voulu être français, de Guy Sorman).

La crisis también ha afectado al modelo de nación, que es la base de la convivencia –el vivre ensemble o vivir juntos– y de la idea que los franceses se hacen de sí mismos. Aquí se superponen las contradicciones que, de funcionar el conjunto razonablemente, no son problemáticas, pero que se agudizan cuando el modelo se avería. La nación francesa presupone el apego simultáneo a lo propio, aquello que pertenece únicamente a la cultura francesa, y al tiempo su proyección a lo universal. La nación francesa es la nación por excelencia, una realidad atractiva, incluso modélica, más allá de las fronteras del país… hasta que, al dejar de serlo, entra en crisis la idea misma de nación. No es cuestión de orgullo, ni de vanidad, ni de narcisismo. Es que la “excepcionalidad” francesa (somos universales porque franceses, y a la inversa) ha dejado de ser inteligible y la dialéctica entre particularismo y universalidad. La nación fundadora de la futura Unión Europea rechaza la Constitución Europea pero no puede dejar de tener un papel de primera fila en esa misma Unión ni consigue entender que el resto del mundo haya dejado de tenerla como referencia. ¿Cómo nos defendemos, por tanto, de una globalización que sin embargo es en parte la consecuencia de los principios en los que se basa la nación? La inmersión en un debate sobre la identidad que data de la Presidencia de Sarkozy es el signo seguro de que la vivencia de lo francés se ha problematizado. Estamos en lo que Alain Finkielkraut llamó La identidad desdichada, y no es el único libro que habla de la infelicidad francesa. Ahí está el excelente Comprendre le malheur français, conversaciones de Marcel Gauchet. La inesperada coalición de los optimistas que ha respaldado a Macron contrasta con el insondable pesimismo con el que los franceses han venido encarando el presente y el futuro, como si la realidad, dijo el editorialista de Le Monde, hubiera dejado de tener sentido

Finalmente, la crisis ha dejado malparado al instrumento político que está en la base de la República y la Nación, que es el Estado. El Estado, sobredimensionado, deja de funcionar ante las peticiones sin límite surgidas de una cierta idea de los derechos humanos, según la cual ese mismo Estado tiene la obligación de responder a cualquier demanda que le haga la ciudadanía, definida por ser titular de estos derechos. Es la base del análisis de Marcel Gauchet en sus estudios sobre la evolución de la democracia, que además realiza una crítica de la actitud que lleva a anteponer los derechos a cualquier otra cuestión, lo que acaba anulando la esfera de lo propiamente político. Los franceses, que consideran los derechos como si fueran algo propio, se cuentan ahora entre los más críticos de esos mismos derechos. También aquí se inscribe la revisión de la herencia del 68, iniciada con André Glucksmann y su Mai 68 expliqué a Nicolas Sarkozy y continuada luego, en tono más polémico y panfletario, por Éric Zemmour y su Suicide français. La preguntas básica es por qué el Estado francés, a diferencia de lo ocurrido en otros muchos países europeos (incluida España), se muestra incapaz de promover las reformas que todo el mundo sabe que son necesarias. En las respuestas, sin embargo, se va mucho más allá de la política.

Falla una sociedad que parece haber olvidado su auténtica naturaleza. Falla el equilibrio entre el pueblo y las elites republicanas, sin capacidad de liderazgo aunque tan elocuentes como siempre. Falla también esa dialéctica tan propiamente francesa que conjugaba el espíritu frondeur –el eterno rezongar y protestar– con el respeto absoluto, de orden casi sagrado, a la autoridad. Así se mantenía la paradoja, también irreductiblemente francesa, según la cual los derechos humanos y los cambios sólo son aplicables desde un Estado omnipotente: el país de la liberté y l’égalité es también de los más amantes de las figuras de índole caudillista. Tampoco se ha conseguido imaginar un modelo que sustituya la perpetua imbricación de lo público con lo privado tan propia de la sociedad y la política francesas y que ahora, muy recientemente, ha empezado a ser vista como corrupción: así hemos llegado al proyecto de moralización de la vida pública (en Francia, la regeneración es palabra tabú desde que la aplicaron los jacobinos durante su dictadura). Y tampoco está clara la organización interna de un Estado en el que tradicionalmente un poder central en apariencia omnipotente negociaba sin parar con las instancias locales, otro equilibrio arruinado en los últimos años. Así es como ha quedado perturbada la representación política y se han creado las condiciones para el cambio de estas últimas semanas.

Ahora queda por ver cómo Emmanuel Macron encauza todo esto. La identidad francesa fue uno de los temas dominantes de la campaña electoral presidencial y la respuesta de los franceses ha sido darle al nuevo presidente un poder extraordinario.

– Seguir leyendo: https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2017-06-15/jose-maria-marco-francia-crisis-de-identidad-82473/

Origen: Club de Libertad Digital

Nacho no huyó — La Verdad Ofende/LTPV- 

Se llama Sadiq Khan, y es el alcalde que los londinenses eligieron democráticamente para dirigir su ciudad y destinos. Un destino que se me antoja muy incierto, ciertamente, salvo por el ejemplo de un español, Nacho, un ser humano ejemplar de los de antes.

 

“Corre, escóndete, avisa” son los consejos que el alcalde musulmán de Londres dio a sus ciudadanos ante los excesos del islam, esa religión que profesa y bajo la que en cumplimiento de sus mandatos se realizan los asesinatos terroristas, cuyos códigos de justicia (sharia) o suras violentas no condena. Los londinenses han de acostumbrarse a sufrir el terrorismo musulmán, con un par.

 

“Corre, escóndete, avisa” es el mensaje que envió a los londinenses utilizando nada menos que la cuenta oficial de la policía en Twitter. Unas órdenes que pretenden parecer de seguridad y civismo, pero que son de cobardía y rendicionismo ante el musulmán violento, mientras te sugieren que corras, en tu propia casa, ante quienes llegaron ayer, ¡quizás tus invitados!

 

En la perversión del orden natural de las cosas, debes huir de tu casa, debes aceptar culturas invasoras e intolerantes que oprimen la libertad en la mujer y al homosexual, mientras exigen respetes su derecho a preservar sus costumbres. Una cultura que rechazó unilateralmente y unánimemente la Carta de los Derechos Humanos de la ONU (derechos que ellos violan, pero que te exigen respetes con ellos) suscrita por todas las naciones.. menos las musulmanas: la Carta contraviene la sharia.

 

“Los ataques terroristas son parte de la cotidianidad de vivir en una gran ciudad”, afirma el alcalde de Londres. Nacho no hizo ni puñetero caso a esos consejos rendicionistas del alcalde Sadiq Khan, el musulmán. Sus armas, un simple monopatín, un par de bemoles y una educación occidental sólida, que seguro salvo vidas inglesas, cuya policía patrulla desarmada.

 

El día en que Europa deje el “Imagine” de John Lennon, los hashtags en Twitter (donde la censura a cuentas que proclaman esta realidad es un hecho) y los inútiles minutos de silencio como arma ante la intolerancia del islam, quizá los islamistas empiecen a respetar la tierra que les acoge, nuestras costumbres y si es preciso a temernos… al menos en nuestra casa.

 

Desde hace décadas nuestros políticos ofrecen de modo irresponsable a personas intolerantes derechos y estatuto de ciudadanía (los terroristas islámicos eran británicos) que no respetan e ingentes millonadas en ayudas sociales que no integran. Les protegen nuestros derechos humanos que exigen para ellos, pero que no respetan para nosotros, piden se nos aplique la sharia.

 

Una montaña de absurdos complejos que la izquierda fomenta y cosecha rompiendo nuestra unidad, junto a unas leyes que nos dimos en paz para tiempos de paz, son utilizados en su guerra contra nuestra civilización, mientras la parálisis de los políticos deja de facto a los europeos indefensos, desarmados, vendidos.

Anuncian que recuperarán Al-Andalus y, por supuesto, Israel. En los vídeos de musulmanes en Londres ves como insultan a Occidente mientras se ríen impunemente de su desarmada policía. El viernes dieron con Nacho armado con su monopatin. Su impagable ejemplo quizás despierte conciencias en Europa y la gente reaccione. Como con los comunistas de ETA, de nada sirvió acobardarse. El apaciguamiento es el único modo de dar alas al criminal.

 

Aún queda esperanza mientras alguien se revuelva y se enfrente a esta canalla, aunque solo sea con un patinete. Un abrazo, Nacho.

Origen: Nacho no huyó — La Tribuna del País Vasco

La traición del alcalde de Londres -Santiago Navajas/LD- 

Sadiq Kahn no tiene ni la capacidad intelectual ni el talante político necesarios, seguramente tampoco la voluntad religiosa, para plantar cara a los intolerantes.

Hace unos meses me felicitaba en estas misma páginas por la elección de Sadiq Khan como alcalde de Londres. Me parecía una buena noticia que un musulmán llegase a tal cota de poder, tan real como simbólico. Me equivoqué. Khan ha demostrado participar de la doctrina apaciguadora del partido laborista que llevó a Chamberlain a pactar con Hitler, poniendo el valor de la (supuesta) paz por delante de la (real) libertad.

En su caso, el apaciguamiento se lleva a cabo respecto de los musulmanes fanáticos que perpetran ataques terroristas. De las declaraciones de Khan sobre los últimos asesinatos islamistas en Londres sería imposible saber si tras el terrorismo que está arrasando la capital británica, el resto de Europa y el mundo entero se encuentran grupos marxistas-leninistas, anarquistas nihilistas o herederos de los nazis que llevaron a Churchill a espetar a Chamberlain:

Se te ofreció poder elegir entre la deshonra y la guerra y elegiste la deshonra, y también tendrás la guerra.

Ahora al apaciguamiento se le denomina inclusividad, dentro del paradigma multiculturalista que lleva a esconder la cabeza bajo tierra y comerse la lengua para, como el alcalde de Londres y los medios progresistas, jamás relacionar los atentados terroristas con el islam. De manera parecida a cómo Gemma Nierga llamó a dialogar con los etarras que acababan asesinar a Ernest Lluch, bajo el síndrome político de que el grupo de extrema izquierda era de los suyos (descarriados pero de la misma familia socialista). Con la excusa de no propagar la islamofobia, están socavando los principios liberales de las sociedades abiertas occidentales. Kahn, que en una ocasión despreció a los musulmanes moderados tachándolos de ser como el “tío Tom” (es decir, musulmanes que estarían sometidos a los occidentales), debería haber encabezado desde su cargo político la reforma del islam que propone Hirsi Ali para que triunfase la versión más acorde con los valores de la civilización. Al mismo tiempo, debería haber aplicado una tolerancia cero contra las raíces religiosas del terrorismo, que no están en el Vaticano o en el palacio del Dalai Lama sino en las mezquitas, madrazas y demás centros vinculados con la versión más ortodoxa del islam, que es la dominante en el mundo.

Por ejemplo, en Indonesia, el país con más musulmanes y que tiene fama, aunque más bien es una leyenda buenista, de ser cuna de un islam moderado y compatible con la democracia, se han introducido leyes de acuerdo con la sharia que han permitido que se azote a los gais mientras un público entusiasmado aplaude y pide que les golpeen más fuerte. Además, a un candidato cristiano que tenía posibilidades de llegar a ser presidente del país, el gobernador de origen chino de Yakarta, lo han condenado a dos años de cárcel por haber supuestamente blasfemado contra el islam, algo que solo sucedió en la cabeza dictatorial de sus enemigos políticos y en la mente esquizofrénica de los fanáticos islámicos.

La traición de Kahn se explica en esta advertencia de Karl Popper, que había visto cómo las repúblicas de Austria y Alemania eran destruidas desde dentro por no haber querido combatir a los nazis y a los comunistas que pretendían destruirlas:

Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia (…) Debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza (…) Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución.

El triunfo de Trump es el nefasto y lamentable movimiento pendular que respondió a la incapacidad e incompetencia de Barack Obama, apoyado por unos medios que jaleaban su rendición conceptual ante el avance de los intolerantes de extrema izquierda y el fundamentalismo islámico. No necesitamos ni el simplismo xenófobo de Trump, que identifica a los islamistas con los inmigrantes, ni la banalidad multiculturalista de Obama y sus intelectuales, que defienden, como Olivier Roy en Francia, que el islam no tiene nada que ver con los yihadistas occidentales sino con el proceso de deculturación que sufren los pobres chavales cuando pierden la conexión con sus raíces y no se integran en nuestras sociedades. La culpa de que nos maten, según esta perversa lógica progresista, es… ¡nuestra! Porque no hemos puesto suficientes medios (más allá de una educación pública gratuita, una sanidad gratuita y unas subvenciones sociales casi infinitas…) para que estos rebeldes sin identidad se encuentren como en casa.

Sería una farsa si no fuese una tragedia. Por supuesto, no necesitamos a un alcalde de Londres musulmán incapaz de hacer explícitos, combatiéndolos, los fundamentos islámicos del terrorismo que asuela su ciudad, al tiempo que trata de hacer que nos resignemos (¿cristianamente?) a que vivir en una gran ciudad conlleve acostumbrarse a los atentados. Como si fuese igual que te atropelle un conductor borracho que un tipo que se considera un asesino de Alá. Nada que ver con la valentía y honestidad que demostró David Cameron cuando tras un atentado pidió a los musulmanes ingleses que ayudaran a la Policía a combatir a los terroristas, al tiempo que recordó que los musulmanes son las principales víctimas de los musulmanes y que, contra Obama o Roy, es un error (y un crimen de lesa intelectualidad, añado yo) sostener que el integrismo es fruto de nuestros errores o de la pobreza.

Sadiq Kahn no tiene ni la capacidad intelectual ni el talante político necesarios, seguramente tampoco la voluntad religiosa, para plantar cara a los intolerantes. Pero los que somos herederos de la tradición liberal que venció a los totalitarios del siglo XX no nos vamos a resignar, porque tenemos el ejemplo de los que, como Popper, Hayek, Berlin, Camus, Aron o Russell, nos enseñaron que ante la violencia no hay que poner la otra mejilla sino, por el contrario, en primer lugar, llamar a las cosas por su nombre y, en segundo lugar, hacer caer sobre los violentos todo el peso y la firmeza del Estado de Derecho.

Origen: Libertad Digital

Las raíces de Europa. -Enrique Navarro/Libertad digital-

Europa, como Europa, es el cristianismo, al igual que Grecia o Roma

El 13 de mayo de 1917, en un pueblecito de Portugal, la Virgen María comenzó una serie de apariciones a unos pastorcillos mostrándoles un mensaje de alerta ante los males que estaban por acontecer en el siglo XX y mostrando la necesidad de sostener la esperanza en la fe y la necesidad de la conversión como bálsamo para superar las calamidades que procederían de los grandes movimientos nihilistas que estaban por llegar en los años siguientes. Trascurrido un siglo, este acontecimiento no pasa indiferente ante los ojos de millones de personas en toda Europa. Incluso los propios obispos portugueses consideraron que estas apariciones provocaron un movimiento que mantuvo a Portugal lejos de las tentaciones de los movimientos comunistas de la época. Para el mundo europeo, ignorar la trascendencia de lo que supone este acontecimiento, y, en general, de lo que ha supuesto el cristianismo en la construcción europea es una ceguera intelectual que no nos podemos permitir.

Como afirmó Quinto Septimio Severo, “Hay dos clases de ceguera que se combinan fácilmente: la de aquellos que no ven lo que es y la de los que ven lo que no es”; y bajo esta ceguera alimentada por un laicismo excluyente, se ha pretendido negar una evidencia: que no podríamos reconocer a Europa como una comunidad sin el influjo que ha supuesto el cristianismo, la gran religión europea.

Pero en este programa de Asuntos Exteriores no pretendemos analizar las apariciones de la Virgen; tampoco discutir sobre las predicciones que se revelaron en Fátima ni hablar del estado de la religión en el mundo de hoy. Queremos aprovechar esta efeméride de la aparición en Europa, una vez más de la Virgen María, según la tradición católica, para plantearnos un debate sobre la identidad de Europa que no puede ser ajeno al cristianismo como elemento identitario básico de esta comunidad política, cultural y socioeconómica que llamamos Europa por encima de las peculiaridades nacionales y las diferencias políticas o culturales.

La verdad es que llevamos muchos años hablando de una Unión Europea; debatiendo quiénes somos y qué somos los europeos, y aunque en la discusión de la Constitución Europea se debatió en profundidad introducir la raíz cristiana en la definición de Europa como un elemento conformador vital, al final triunfaron las tesis negacionistas de esta realidad.

Pero toda comunidad que pretenda adquirir la naturaleza de entidad política necesariamente debe estar basada en una serie de valores éticos compartidos, y en la conformación de los valores europeos, el cristianismo ha sido absolutamente determinante, junto a otros grandes influjos que asimismo son evidentes, pero que se cuestionan con menor intensidad.

La identidad de Europa a mi juicio se asienta sobre tres colinas, tal como afirmaba Navarro Valls. El Gólgota, donde Jesús, el hijo de Dios, entrega su vida para redimir al mundo de sus pecados y abrirnos la vía del amor y el perdón como fundamento de la creación de un mundo más nuevo, justo y solidario. Pero Jesús no sería nada relevante si san Pablo no hubiera tomado el relevo y transformara una secta en el Medio Oriente en una auténtica religión con un cuerpo normativo y sobre todo con una base social que anhelaba una respuesta a todos sus dramas existenciales, lo que implicaba una racionalidad y un nivel cultural indispensable para que el cristianismo se convirtiera en la religión que ha sido a lo largo de todos estos siglos.

Esta herencia común que incluye estos valores éticos concluyeron en la creación de una comunidad de derechos básicos sobre la que se asienta Europa: el estado social y democrático de derecho, el respeto a la dignidad humana, la protección de la libertad, la tolerancia, el deseo de igualdad, el imperio de la ley, la representación democrática, la separación de poderes, la propiedad privada, la solidaridad; todos estos valores se encuentran anclados en una tradición que nace de una pequeña villa alrededor de una Acrópolis hace menos de tres mil años, y que ha acabado por imponerse incluso a la propia religión que ha terminado reconociendo el supremo valor de la razón, incluso para las propias religiones. Pero como afirmaba T. S. Eliot “La fuerza dominante en la creación de una cultura común es la religión. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero buena parte de lo que dice, cree y hace, surge de su herencia cultural cristiana y adquiere significado con relación a esa herencia”.

La segunda colina, la Acrópolis, que es donde, a mi juicio nace el cristianismo. La religión conformadora de la identidad europea, nació en Europa y ancla sus raíces en el racionalismo griego. En Platón encontramos la idea del alma y de su inmortalidad. El cristianismo sin San Pablo hubiera acabado por ser una secta más dentro del judaísmo que podría haberla llevado a la desaparición. En su discurso a los atenienses en el Aerópago y en sus sucesivos viajes se manifiesta claramente que el cristianismo necesitaba de una base moral y filosófica sólida, y en aquella época estos cimientos se hallaban en Grecia y en Roma

Que el cristianismo es producto de esta racionalidad griega, el propio Papa Ratzinger lo reconoce cuando afirma que existe una razón previa al cristianismo que Francisco Vitoria denominó Ius Gentium, como un catálogo de derechos universales que no proceden de la religión y que ésta debe considerar como propios. A este predominio de la razón sobre la religión alude Benedicto cuando señala que “en la religión hay patologías altamente peligrosas que hacen necesario considerar la luz divina de la razón como una especie de órgano de control por el que la religión debe dejarse purificar y regular una y otra vez.” El propio Ortega, sin duda uno de los europeístas más determinantes del siglo XX, cifra el nacimiento de esta gran entidad en el nacimiento de Sócrates, lo que revela la trascendencia de este matrimonio entre Grecia y el cristianismo.

Y en tercer lugar, el Capitolio romano que supone el tercer pilar de nuestra identidad, al proveernos de la arquitectura jurídica que vertebra nuestra esencia y valores, el derecho romano, pero también en Roma se construye la nueva iglesia cristiana que culmina con el edicto de Constantino que creó el imperio cristiano generando una vinculación entre la religión y el poder que durante siglos sirvió como elemento identitario de una Europa cristiana.

La Ilustración con Rousseau, Voltaire y Locke nos devuelve a ese estado primario de derechos individuales y a la primacía de la libertad y la razón sobre lo sobrenatural o lo no terrenal. Incluso los movimientos marxistas encuentran en el judaísmo y en Grecia la base moral y filosófica que requieren, porque sin duda una base tan dispar y compleja ha dado píe a numerosas muy diferentes interpretaciones. También participa en la construcción europea el mundo del “nuevo régimen”, nacido de la Revolución Francesa, que cristaliza con la laicidad. La Revolución Francesa proclama la libertad, la igualdad y la fraternidad, y aprobó la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano contra el parecer de la Iglesia, que no se reconocía en este nuevo mundo de poder soberano del pueblo y de la primacía de la ciencia sobre el misticismo, y que tardó más de un siglo en asimilar.

Pero también es verdad que la narrativa de Europa quedaría incompleta si no se incluyera al judaísmo. El mundo judío que conocemos en Europa es también una religión europea que adopta los principios grecolatinos como una parte esencial de su modo de vida. La esencia y la creación de la Europa moderna no hubiera sido posible sin los judíos que adoptaron a pesar de su continua segregación, un papel determinante en el desarrollo se la identidad europea. Europa no sería lo que es sin Mahler, Freud, Marx, Einstein y tantos otros grandes creadores judíos de la identidad europea. De Toledo a Salónica, de Otranto a Varsovia, los hebreos han jugado un papel determinante en la identidad de Europa.

Tampoco podemos negar el influjo del Islam, que en el caso español es absolutamente determinante de nuestro carácter. Si bien fue una parte de ese mundo islámico que habitaba alrededor de Damasco el que nos trasvasó el conocimiento griego; el Islam no se ha imbuido todavía hoy de la racionalidad grecolatina y sigue anclado en los postulados primitivos que el judaísmo y el cristianismo ya abandonaron hace mucho tiempo. No podemos negar que el Islam ha sido parte consustancial de muchas naciones de Europa y que su influencia es notable en la ciencia, en la cultura, en los ritos y en la filosofía. Puede que no aceptemos muchos de sus postulados, pero negar que Europa hubiera sido muy diferente si el Islam no hubiera sido una fuente fundamental de su creación y desarrollo, es otro tipo de ceguera que no nos debemos permitir.

Por último, el fenómeno de las migraciones sin duda afecta de forma determinante a la identidad europea actual y sobre todo de futuro. Nadie emigra sin que medie el reclamo de alguna promesa, ha escrito H. M. Enzensberger, aunque en nuestro caso más que la aspiración a una ciudadanía predomina el deseo de acceder a un estado de bienestar que le está negado a una gran parte de la población mundial. El problema es una inmigración que adquiere su derecho a estar pero que se niega a integrarse en la cultura europea frente a una sociedad europea que manifiesta tendencias muy intolerantes generando un desencuentro que lleva a incidir en las diferencias y que podría concluir en un gran conflicto que debemos evitar por encima de cualquier circunstancia. Los casi treinta millones de musulmanes que viven en el Viejo Continente y que mantienen sus tradiciones y formas de vida, demuestran que Europa ya es una inevitable realidad política multicultural.

Hoy son otras las circunstancias apremiantes que nos obligan a plantearnos la cuestión de la identidad europea. La principal, la creciente diversidad; la confluencia de diversas sensibilidades e incluso culturas, así como el constante cambio que se produce cada día en una búsqueda de lo efímero como ambición personal y colectiva. Pareciera que los europeos no saben dormir tranquilos y aspiran a un constante conflicto consigo mismos sin saber si dicho enfrentamiento nos conduce al orden o al desorden; a la fe o a la duda; a la religión o a la razón.

La convivencia entre tan diferentes culturas plantea dos retos de cara al futuro: ¿puede la cultura europea, con su pretensión de universalidad, convivir con otras culturas, renunciando al imperialismo cultural? y ¿Es el multiculturalismo una idea capaz de fundamentar un nuevo modelo de convivencia política?

Europa, como decían los griegos, fluye constantemente, pero tiene un nacimiento determinado que no podemos negar; el cristianismo es Europa como Europa es el cristianismo, al igual que Grecia o Roma. La gran amenaza es la tentación de abandonar los valores para salvar a los europeos, cuando sin ellos no habría nada que rescatar.

Origen: Libertad Digital