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Francia.Crisis de identidad. -José María Marco/LD-

El triunfo de Macron y la facilidad con la que ha instaurado su dominio sobre la vida política francesa parecen corroborar esa convicción, tan propiamente española, según la cual Francia es la nación de verdad, por excelencia. En realidad, entender la victoria de Macron requiere tener en cuenta la profunda crisis de identidad que ha atravesado Francia. No sabemos si el nuevo presidente, con lo que se prevé una muy holgada mayoría parlamentaria, conseguirá ponerle fin.

Hay una palabra que sigue fascinando a muchos españoles, casi sinónima de Francia y de nación francesa. Es República; “la République”, habría que decir, porque sólo en francés alcanza el término todo su significado. Uno de los ejes que la definen es la directa relación entre el ciudadano y el Estado. En la République, cualquier otra forma de identidad que no sea la republicana debe quedar anulada. En una república sólo hay ciudadanos, definidos como tales por los derechos, los deberes y las virtudes simbolizados por el ideal republicano. El laicismo se convierte así, mucho más que en una simple abstención del Estado en materia religiosa, en una de las formas de definición del republicanismo. Lo ha puesto en entredicho la presencia en el país de un buen número de musulmanes que, como ha analizado Pierre Manent en Situation de la France, no están dispuestos a dejar de lado la religión, que es la base de su propia identidad, para seguir siendo franceses. Esta nueva situación evidencia la crisis del modelo de integración republicano, que consistía en crear ciudadanos, y se agudiza a causa del terrorismo y los recelos y malentendidos que inevitablemente suscita.

Houellebecq, heredero cínico de la tradición antimoderna francesa, ha sabido recrear en Sumisión este estado de ánimo deprimente que lleva a una sociedad a no saber cómo defender unos principios y unas virtudes por los que siente el apego de lo propio. La República parece así funcionar en el vacío. Ha habido momentos en que ni siquiera se podía enunciar el problema, como cuando se habla de inmigrados, siendo así que hace mucho tiempo que no hay inmigración en Francia (L’immigration en France, de El Mouhoud Mouhoud) y que la raíz del problema se sitúa en los ciudadanos franceses que no lo son al modo en que la República ha definido la ciudadanía. Sobre todo en los últimos cincuenta años, cuando el laicismo se ha empeñado en hacer desaparecer la religión de la vida pública –confundida esta con la vida política–. Es este un motivo central de la crisis de identidad francesa. La crítica al multiculturalismo (por ejemplo, Le multiculturalisme comme religion politique, de Mathieu Bock-Côté) convive con la decadencia del modelo republicano de integración (Décomposition française, de Malika Sorel-Sutter) o directamente con la crítica de la identidad francesa (hecha en primera persona en J’aurais voulu être français, de Guy Sorman).

La crisis también ha afectado al modelo de nación, que es la base de la convivencia –el vivre ensemble o vivir juntos– y de la idea que los franceses se hacen de sí mismos. Aquí se superponen las contradicciones que, de funcionar el conjunto razonablemente, no son problemáticas, pero que se agudizan cuando el modelo se avería. La nación francesa presupone el apego simultáneo a lo propio, aquello que pertenece únicamente a la cultura francesa, y al tiempo su proyección a lo universal. La nación francesa es la nación por excelencia, una realidad atractiva, incluso modélica, más allá de las fronteras del país… hasta que, al dejar de serlo, entra en crisis la idea misma de nación. No es cuestión de orgullo, ni de vanidad, ni de narcisismo. Es que la “excepcionalidad” francesa (somos universales porque franceses, y a la inversa) ha dejado de ser inteligible y la dialéctica entre particularismo y universalidad. La nación fundadora de la futura Unión Europea rechaza la Constitución Europea pero no puede dejar de tener un papel de primera fila en esa misma Unión ni consigue entender que el resto del mundo haya dejado de tenerla como referencia. ¿Cómo nos defendemos, por tanto, de una globalización que sin embargo es en parte la consecuencia de los principios en los que se basa la nación? La inmersión en un debate sobre la identidad que data de la Presidencia de Sarkozy es el signo seguro de que la vivencia de lo francés se ha problematizado. Estamos en lo que Alain Finkielkraut llamó La identidad desdichada, y no es el único libro que habla de la infelicidad francesa. Ahí está el excelente Comprendre le malheur français, conversaciones de Marcel Gauchet. La inesperada coalición de los optimistas que ha respaldado a Macron contrasta con el insondable pesimismo con el que los franceses han venido encarando el presente y el futuro, como si la realidad, dijo el editorialista de Le Monde, hubiera dejado de tener sentido

Finalmente, la crisis ha dejado malparado al instrumento político que está en la base de la República y la Nación, que es el Estado. El Estado, sobredimensionado, deja de funcionar ante las peticiones sin límite surgidas de una cierta idea de los derechos humanos, según la cual ese mismo Estado tiene la obligación de responder a cualquier demanda que le haga la ciudadanía, definida por ser titular de estos derechos. Es la base del análisis de Marcel Gauchet en sus estudios sobre la evolución de la democracia, que además realiza una crítica de la actitud que lleva a anteponer los derechos a cualquier otra cuestión, lo que acaba anulando la esfera de lo propiamente político. Los franceses, que consideran los derechos como si fueran algo propio, se cuentan ahora entre los más críticos de esos mismos derechos. También aquí se inscribe la revisión de la herencia del 68, iniciada con André Glucksmann y su Mai 68 expliqué a Nicolas Sarkozy y continuada luego, en tono más polémico y panfletario, por Éric Zemmour y su Suicide français. La preguntas básica es por qué el Estado francés, a diferencia de lo ocurrido en otros muchos países europeos (incluida España), se muestra incapaz de promover las reformas que todo el mundo sabe que son necesarias. En las respuestas, sin embargo, se va mucho más allá de la política.

Falla una sociedad que parece haber olvidado su auténtica naturaleza. Falla el equilibrio entre el pueblo y las elites republicanas, sin capacidad de liderazgo aunque tan elocuentes como siempre. Falla también esa dialéctica tan propiamente francesa que conjugaba el espíritu frondeur –el eterno rezongar y protestar– con el respeto absoluto, de orden casi sagrado, a la autoridad. Así se mantenía la paradoja, también irreductiblemente francesa, según la cual los derechos humanos y los cambios sólo son aplicables desde un Estado omnipotente: el país de la liberté y l’égalité es también de los más amantes de las figuras de índole caudillista. Tampoco se ha conseguido imaginar un modelo que sustituya la perpetua imbricación de lo público con lo privado tan propia de la sociedad y la política francesas y que ahora, muy recientemente, ha empezado a ser vista como corrupción: así hemos llegado al proyecto de moralización de la vida pública (en Francia, la regeneración es palabra tabú desde que la aplicaron los jacobinos durante su dictadura). Y tampoco está clara la organización interna de un Estado en el que tradicionalmente un poder central en apariencia omnipotente negociaba sin parar con las instancias locales, otro equilibrio arruinado en los últimos años. Así es como ha quedado perturbada la representación política y se han creado las condiciones para el cambio de estas últimas semanas.

Ahora queda por ver cómo Emmanuel Macron encauza todo esto. La identidad francesa fue uno de los temas dominantes de la campaña electoral presidencial y la respuesta de los franceses ha sido darle al nuevo presidente un poder extraordinario.

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Origen: Club de Libertad Digital

Nacho no huyó — La Verdad Ofende/LTPV- 

Se llama Sadiq Khan, y es el alcalde que los londinenses eligieron democráticamente para dirigir su ciudad y destinos. Un destino que se me antoja muy incierto, ciertamente, salvo por el ejemplo de un español, Nacho, un ser humano ejemplar de los de antes.

 

“Corre, escóndete, avisa” son los consejos que el alcalde musulmán de Londres dio a sus ciudadanos ante los excesos del islam, esa religión que profesa y bajo la que en cumplimiento de sus mandatos se realizan los asesinatos terroristas, cuyos códigos de justicia (sharia) o suras violentas no condena. Los londinenses han de acostumbrarse a sufrir el terrorismo musulmán, con un par.

 

“Corre, escóndete, avisa” es el mensaje que envió a los londinenses utilizando nada menos que la cuenta oficial de la policía en Twitter. Unas órdenes que pretenden parecer de seguridad y civismo, pero que son de cobardía y rendicionismo ante el musulmán violento, mientras te sugieren que corras, en tu propia casa, ante quienes llegaron ayer, ¡quizás tus invitados!

 

En la perversión del orden natural de las cosas, debes huir de tu casa, debes aceptar culturas invasoras e intolerantes que oprimen la libertad en la mujer y al homosexual, mientras exigen respetes su derecho a preservar sus costumbres. Una cultura que rechazó unilateralmente y unánimemente la Carta de los Derechos Humanos de la ONU (derechos que ellos violan, pero que te exigen respetes con ellos) suscrita por todas las naciones.. menos las musulmanas: la Carta contraviene la sharia.

 

“Los ataques terroristas son parte de la cotidianidad de vivir en una gran ciudad”, afirma el alcalde de Londres. Nacho no hizo ni puñetero caso a esos consejos rendicionistas del alcalde Sadiq Khan, el musulmán. Sus armas, un simple monopatín, un par de bemoles y una educación occidental sólida, que seguro salvo vidas inglesas, cuya policía patrulla desarmada.

 

El día en que Europa deje el “Imagine” de John Lennon, los hashtags en Twitter (donde la censura a cuentas que proclaman esta realidad es un hecho) y los inútiles minutos de silencio como arma ante la intolerancia del islam, quizá los islamistas empiecen a respetar la tierra que les acoge, nuestras costumbres y si es preciso a temernos… al menos en nuestra casa.

 

Desde hace décadas nuestros políticos ofrecen de modo irresponsable a personas intolerantes derechos y estatuto de ciudadanía (los terroristas islámicos eran británicos) que no respetan e ingentes millonadas en ayudas sociales que no integran. Les protegen nuestros derechos humanos que exigen para ellos, pero que no respetan para nosotros, piden se nos aplique la sharia.

 

Una montaña de absurdos complejos que la izquierda fomenta y cosecha rompiendo nuestra unidad, junto a unas leyes que nos dimos en paz para tiempos de paz, son utilizados en su guerra contra nuestra civilización, mientras la parálisis de los políticos deja de facto a los europeos indefensos, desarmados, vendidos.

Anuncian que recuperarán Al-Andalus y, por supuesto, Israel. En los vídeos de musulmanes en Londres ves como insultan a Occidente mientras se ríen impunemente de su desarmada policía. El viernes dieron con Nacho armado con su monopatin. Su impagable ejemplo quizás despierte conciencias en Europa y la gente reaccione. Como con los comunistas de ETA, de nada sirvió acobardarse. El apaciguamiento es el único modo de dar alas al criminal.

 

Aún queda esperanza mientras alguien se revuelva y se enfrente a esta canalla, aunque solo sea con un patinete. Un abrazo, Nacho.

Origen: Nacho no huyó — La Tribuna del País Vasco

La traición del alcalde de Londres -Santiago Navajas/LD- 

Sadiq Kahn no tiene ni la capacidad intelectual ni el talante político necesarios, seguramente tampoco la voluntad religiosa, para plantar cara a los intolerantes.

Hace unos meses me felicitaba en estas misma páginas por la elección de Sadiq Khan como alcalde de Londres. Me parecía una buena noticia que un musulmán llegase a tal cota de poder, tan real como simbólico. Me equivoqué. Khan ha demostrado participar de la doctrina apaciguadora del partido laborista que llevó a Chamberlain a pactar con Hitler, poniendo el valor de la (supuesta) paz por delante de la (real) libertad.

En su caso, el apaciguamiento se lleva a cabo respecto de los musulmanes fanáticos que perpetran ataques terroristas. De las declaraciones de Khan sobre los últimos asesinatos islamistas en Londres sería imposible saber si tras el terrorismo que está arrasando la capital británica, el resto de Europa y el mundo entero se encuentran grupos marxistas-leninistas, anarquistas nihilistas o herederos de los nazis que llevaron a Churchill a espetar a Chamberlain:

Se te ofreció poder elegir entre la deshonra y la guerra y elegiste la deshonra, y también tendrás la guerra.

Ahora al apaciguamiento se le denomina inclusividad, dentro del paradigma multiculturalista que lleva a esconder la cabeza bajo tierra y comerse la lengua para, como el alcalde de Londres y los medios progresistas, jamás relacionar los atentados terroristas con el islam. De manera parecida a cómo Gemma Nierga llamó a dialogar con los etarras que acababan asesinar a Ernest Lluch, bajo el síndrome político de que el grupo de extrema izquierda era de los suyos (descarriados pero de la misma familia socialista). Con la excusa de no propagar la islamofobia, están socavando los principios liberales de las sociedades abiertas occidentales. Kahn, que en una ocasión despreció a los musulmanes moderados tachándolos de ser como el “tío Tom” (es decir, musulmanes que estarían sometidos a los occidentales), debería haber encabezado desde su cargo político la reforma del islam que propone Hirsi Ali para que triunfase la versión más acorde con los valores de la civilización. Al mismo tiempo, debería haber aplicado una tolerancia cero contra las raíces religiosas del terrorismo, que no están en el Vaticano o en el palacio del Dalai Lama sino en las mezquitas, madrazas y demás centros vinculados con la versión más ortodoxa del islam, que es la dominante en el mundo.

Por ejemplo, en Indonesia, el país con más musulmanes y que tiene fama, aunque más bien es una leyenda buenista, de ser cuna de un islam moderado y compatible con la democracia, se han introducido leyes de acuerdo con la sharia que han permitido que se azote a los gais mientras un público entusiasmado aplaude y pide que les golpeen más fuerte. Además, a un candidato cristiano que tenía posibilidades de llegar a ser presidente del país, el gobernador de origen chino de Yakarta, lo han condenado a dos años de cárcel por haber supuestamente blasfemado contra el islam, algo que solo sucedió en la cabeza dictatorial de sus enemigos políticos y en la mente esquizofrénica de los fanáticos islámicos.

La traición de Kahn se explica en esta advertencia de Karl Popper, que había visto cómo las repúblicas de Austria y Alemania eran destruidas desde dentro por no haber querido combatir a los nazis y a los comunistas que pretendían destruirlas:

Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia (…) Debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza (…) Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución.

El triunfo de Trump es el nefasto y lamentable movimiento pendular que respondió a la incapacidad e incompetencia de Barack Obama, apoyado por unos medios que jaleaban su rendición conceptual ante el avance de los intolerantes de extrema izquierda y el fundamentalismo islámico. No necesitamos ni el simplismo xenófobo de Trump, que identifica a los islamistas con los inmigrantes, ni la banalidad multiculturalista de Obama y sus intelectuales, que defienden, como Olivier Roy en Francia, que el islam no tiene nada que ver con los yihadistas occidentales sino con el proceso de deculturación que sufren los pobres chavales cuando pierden la conexión con sus raíces y no se integran en nuestras sociedades. La culpa de que nos maten, según esta perversa lógica progresista, es… ¡nuestra! Porque no hemos puesto suficientes medios (más allá de una educación pública gratuita, una sanidad gratuita y unas subvenciones sociales casi infinitas…) para que estos rebeldes sin identidad se encuentren como en casa.

Sería una farsa si no fuese una tragedia. Por supuesto, no necesitamos a un alcalde de Londres musulmán incapaz de hacer explícitos, combatiéndolos, los fundamentos islámicos del terrorismo que asuela su ciudad, al tiempo que trata de hacer que nos resignemos (¿cristianamente?) a que vivir en una gran ciudad conlleve acostumbrarse a los atentados. Como si fuese igual que te atropelle un conductor borracho que un tipo que se considera un asesino de Alá. Nada que ver con la valentía y honestidad que demostró David Cameron cuando tras un atentado pidió a los musulmanes ingleses que ayudaran a la Policía a combatir a los terroristas, al tiempo que recordó que los musulmanes son las principales víctimas de los musulmanes y que, contra Obama o Roy, es un error (y un crimen de lesa intelectualidad, añado yo) sostener que el integrismo es fruto de nuestros errores o de la pobreza.

Sadiq Kahn no tiene ni la capacidad intelectual ni el talante político necesarios, seguramente tampoco la voluntad religiosa, para plantar cara a los intolerantes. Pero los que somos herederos de la tradición liberal que venció a los totalitarios del siglo XX no nos vamos a resignar, porque tenemos el ejemplo de los que, como Popper, Hayek, Berlin, Camus, Aron o Russell, nos enseñaron que ante la violencia no hay que poner la otra mejilla sino, por el contrario, en primer lugar, llamar a las cosas por su nombre y, en segundo lugar, hacer caer sobre los violentos todo el peso y la firmeza del Estado de Derecho.

Origen: Libertad Digital

Las raíces de Europa. -Enrique Navarro/Libertad digital-

Europa, como Europa, es el cristianismo, al igual que Grecia o Roma

El 13 de mayo de 1917, en un pueblecito de Portugal, la Virgen María comenzó una serie de apariciones a unos pastorcillos mostrándoles un mensaje de alerta ante los males que estaban por acontecer en el siglo XX y mostrando la necesidad de sostener la esperanza en la fe y la necesidad de la conversión como bálsamo para superar las calamidades que procederían de los grandes movimientos nihilistas que estaban por llegar en los años siguientes. Trascurrido un siglo, este acontecimiento no pasa indiferente ante los ojos de millones de personas en toda Europa. Incluso los propios obispos portugueses consideraron que estas apariciones provocaron un movimiento que mantuvo a Portugal lejos de las tentaciones de los movimientos comunistas de la época. Para el mundo europeo, ignorar la trascendencia de lo que supone este acontecimiento, y, en general, de lo que ha supuesto el cristianismo en la construcción europea es una ceguera intelectual que no nos podemos permitir.

Como afirmó Quinto Septimio Severo, “Hay dos clases de ceguera que se combinan fácilmente: la de aquellos que no ven lo que es y la de los que ven lo que no es”; y bajo esta ceguera alimentada por un laicismo excluyente, se ha pretendido negar una evidencia: que no podríamos reconocer a Europa como una comunidad sin el influjo que ha supuesto el cristianismo, la gran religión europea.

Pero en este programa de Asuntos Exteriores no pretendemos analizar las apariciones de la Virgen; tampoco discutir sobre las predicciones que se revelaron en Fátima ni hablar del estado de la religión en el mundo de hoy. Queremos aprovechar esta efeméride de la aparición en Europa, una vez más de la Virgen María, según la tradición católica, para plantearnos un debate sobre la identidad de Europa que no puede ser ajeno al cristianismo como elemento identitario básico de esta comunidad política, cultural y socioeconómica que llamamos Europa por encima de las peculiaridades nacionales y las diferencias políticas o culturales.

La verdad es que llevamos muchos años hablando de una Unión Europea; debatiendo quiénes somos y qué somos los europeos, y aunque en la discusión de la Constitución Europea se debatió en profundidad introducir la raíz cristiana en la definición de Europa como un elemento conformador vital, al final triunfaron las tesis negacionistas de esta realidad.

Pero toda comunidad que pretenda adquirir la naturaleza de entidad política necesariamente debe estar basada en una serie de valores éticos compartidos, y en la conformación de los valores europeos, el cristianismo ha sido absolutamente determinante, junto a otros grandes influjos que asimismo son evidentes, pero que se cuestionan con menor intensidad.

La identidad de Europa a mi juicio se asienta sobre tres colinas, tal como afirmaba Navarro Valls. El Gólgota, donde Jesús, el hijo de Dios, entrega su vida para redimir al mundo de sus pecados y abrirnos la vía del amor y el perdón como fundamento de la creación de un mundo más nuevo, justo y solidario. Pero Jesús no sería nada relevante si san Pablo no hubiera tomado el relevo y transformara una secta en el Medio Oriente en una auténtica religión con un cuerpo normativo y sobre todo con una base social que anhelaba una respuesta a todos sus dramas existenciales, lo que implicaba una racionalidad y un nivel cultural indispensable para que el cristianismo se convirtiera en la religión que ha sido a lo largo de todos estos siglos.

Esta herencia común que incluye estos valores éticos concluyeron en la creación de una comunidad de derechos básicos sobre la que se asienta Europa: el estado social y democrático de derecho, el respeto a la dignidad humana, la protección de la libertad, la tolerancia, el deseo de igualdad, el imperio de la ley, la representación democrática, la separación de poderes, la propiedad privada, la solidaridad; todos estos valores se encuentran anclados en una tradición que nace de una pequeña villa alrededor de una Acrópolis hace menos de tres mil años, y que ha acabado por imponerse incluso a la propia religión que ha terminado reconociendo el supremo valor de la razón, incluso para las propias religiones. Pero como afirmaba T. S. Eliot “La fuerza dominante en la creación de una cultura común es la religión. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero buena parte de lo que dice, cree y hace, surge de su herencia cultural cristiana y adquiere significado con relación a esa herencia”.

La segunda colina, la Acrópolis, que es donde, a mi juicio nace el cristianismo. La religión conformadora de la identidad europea, nació en Europa y ancla sus raíces en el racionalismo griego. En Platón encontramos la idea del alma y de su inmortalidad. El cristianismo sin San Pablo hubiera acabado por ser una secta más dentro del judaísmo que podría haberla llevado a la desaparición. En su discurso a los atenienses en el Aerópago y en sus sucesivos viajes se manifiesta claramente que el cristianismo necesitaba de una base moral y filosófica sólida, y en aquella época estos cimientos se hallaban en Grecia y en Roma

Que el cristianismo es producto de esta racionalidad griega, el propio Papa Ratzinger lo reconoce cuando afirma que existe una razón previa al cristianismo que Francisco Vitoria denominó Ius Gentium, como un catálogo de derechos universales que no proceden de la religión y que ésta debe considerar como propios. A este predominio de la razón sobre la religión alude Benedicto cuando señala que “en la religión hay patologías altamente peligrosas que hacen necesario considerar la luz divina de la razón como una especie de órgano de control por el que la religión debe dejarse purificar y regular una y otra vez.” El propio Ortega, sin duda uno de los europeístas más determinantes del siglo XX, cifra el nacimiento de esta gran entidad en el nacimiento de Sócrates, lo que revela la trascendencia de este matrimonio entre Grecia y el cristianismo.

Y en tercer lugar, el Capitolio romano que supone el tercer pilar de nuestra identidad, al proveernos de la arquitectura jurídica que vertebra nuestra esencia y valores, el derecho romano, pero también en Roma se construye la nueva iglesia cristiana que culmina con el edicto de Constantino que creó el imperio cristiano generando una vinculación entre la religión y el poder que durante siglos sirvió como elemento identitario de una Europa cristiana.

La Ilustración con Rousseau, Voltaire y Locke nos devuelve a ese estado primario de derechos individuales y a la primacía de la libertad y la razón sobre lo sobrenatural o lo no terrenal. Incluso los movimientos marxistas encuentran en el judaísmo y en Grecia la base moral y filosófica que requieren, porque sin duda una base tan dispar y compleja ha dado píe a numerosas muy diferentes interpretaciones. También participa en la construcción europea el mundo del “nuevo régimen”, nacido de la Revolución Francesa, que cristaliza con la laicidad. La Revolución Francesa proclama la libertad, la igualdad y la fraternidad, y aprobó la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano contra el parecer de la Iglesia, que no se reconocía en este nuevo mundo de poder soberano del pueblo y de la primacía de la ciencia sobre el misticismo, y que tardó más de un siglo en asimilar.

Pero también es verdad que la narrativa de Europa quedaría incompleta si no se incluyera al judaísmo. El mundo judío que conocemos en Europa es también una religión europea que adopta los principios grecolatinos como una parte esencial de su modo de vida. La esencia y la creación de la Europa moderna no hubiera sido posible sin los judíos que adoptaron a pesar de su continua segregación, un papel determinante en el desarrollo se la identidad europea. Europa no sería lo que es sin Mahler, Freud, Marx, Einstein y tantos otros grandes creadores judíos de la identidad europea. De Toledo a Salónica, de Otranto a Varsovia, los hebreos han jugado un papel determinante en la identidad de Europa.

Tampoco podemos negar el influjo del Islam, que en el caso español es absolutamente determinante de nuestro carácter. Si bien fue una parte de ese mundo islámico que habitaba alrededor de Damasco el que nos trasvasó el conocimiento griego; el Islam no se ha imbuido todavía hoy de la racionalidad grecolatina y sigue anclado en los postulados primitivos que el judaísmo y el cristianismo ya abandonaron hace mucho tiempo. No podemos negar que el Islam ha sido parte consustancial de muchas naciones de Europa y que su influencia es notable en la ciencia, en la cultura, en los ritos y en la filosofía. Puede que no aceptemos muchos de sus postulados, pero negar que Europa hubiera sido muy diferente si el Islam no hubiera sido una fuente fundamental de su creación y desarrollo, es otro tipo de ceguera que no nos debemos permitir.

Por último, el fenómeno de las migraciones sin duda afecta de forma determinante a la identidad europea actual y sobre todo de futuro. Nadie emigra sin que medie el reclamo de alguna promesa, ha escrito H. M. Enzensberger, aunque en nuestro caso más que la aspiración a una ciudadanía predomina el deseo de acceder a un estado de bienestar que le está negado a una gran parte de la población mundial. El problema es una inmigración que adquiere su derecho a estar pero que se niega a integrarse en la cultura europea frente a una sociedad europea que manifiesta tendencias muy intolerantes generando un desencuentro que lleva a incidir en las diferencias y que podría concluir en un gran conflicto que debemos evitar por encima de cualquier circunstancia. Los casi treinta millones de musulmanes que viven en el Viejo Continente y que mantienen sus tradiciones y formas de vida, demuestran que Europa ya es una inevitable realidad política multicultural.

Hoy son otras las circunstancias apremiantes que nos obligan a plantearnos la cuestión de la identidad europea. La principal, la creciente diversidad; la confluencia de diversas sensibilidades e incluso culturas, así como el constante cambio que se produce cada día en una búsqueda de lo efímero como ambición personal y colectiva. Pareciera que los europeos no saben dormir tranquilos y aspiran a un constante conflicto consigo mismos sin saber si dicho enfrentamiento nos conduce al orden o al desorden; a la fe o a la duda; a la religión o a la razón.

La convivencia entre tan diferentes culturas plantea dos retos de cara al futuro: ¿puede la cultura europea, con su pretensión de universalidad, convivir con otras culturas, renunciando al imperialismo cultural? y ¿Es el multiculturalismo una idea capaz de fundamentar un nuevo modelo de convivencia política?

Europa, como decían los griegos, fluye constantemente, pero tiene un nacimiento determinado que no podemos negar; el cristianismo es Europa como Europa es el cristianismo, al igual que Grecia o Roma. La gran amenaza es la tentación de abandonar los valores para salvar a los europeos, cuando sin ellos no habría nada que rescatar.

Origen: Libertad Digital

El multiculturalismo es el discurso de la clase dominante – YOLANDA COUCEIRO MORÍN

El multiculturalismo es una filosofía política dominante en los medios de comunicación, las universidades y en muchas instituciones públicas determinantes. Dicho de otra manera: el multiculturalismo controla el discurso público, aunque su capacidad de intimidación ante las personas comunes es menor que años atrás. En respuesta a ese retroceso que experimenta la aceptación de esta ideología, ante el rechazo de ese quimérico modelo de sociedad, los multiculturalistas optan por radicalizarse. Diabolizan a sus adversarios a la menor contestación de sus planteamientos. El multiculturalismo está cayendo poco a poco, pero ningún régimen cae sin defenderse.

Pero no estamos ni de lejos ante el fin de la política de las minorías, simplemente porque la mutación demográfica de las sociedades occidentales está ya tan avanzada que no cabe pensar que eso no tendrá consecuencias políticas. La inmigración masiva de las últimas décadas transformará (ya ha transformado) profundamente nuestras sociedades, y hace falta una buena dosis de ingenuidad o de ceguera ideológica para pensar que será para bien. La realidad diaria está aquí para desmentir todo optimismo en lo concerniente a una imposible convivencia pacífica y provechosa con esta marea humana cada día más conflictiva y amenazante.

Los gobiernos se separan mentalmente de la nación. Asistimos a la multiplicación de los comunitarismos que justifican sus reivindicaciones en nombre de los derechos humanos. La asimilación, es decir la integración sustancial a la sociedad de acogida, es una necesidad ineludible. Pero eso se ha vuelto imposible con el multiculturalismo, ya que en nombre de un concepto desviado de “lucha contra las discriminaciones” se han roto los mecanismos que permitían tradicionalmente integrarse a la sociedad de acogida.

El multiculturalisno no sólo es la ideología oficial de la izquierda mundana, sino también de la derecha financiera. La primera siente menguar su poder, aunque sin duda seguirá teniendo por mucho tiempo todavía una verdadera capacidad de intimidación ideológica. El discurso mediático dominante delimita los contornos de lo posible y lo pensable, y sigue formateado por lo políticamente correcto. De ese lado no tenemos que alimentar vanas esperanzas a corto plazo: no estamos en vísperas de ver a los periodistas y los presentadores de televisión de los grandes medios plantear preguntas serias sobre cuestiones candentes que demandan unas respuestas valientes y sinceras.

El tratamiento sistemático de la cuestión de la inmigración y otras “crisis de refugiados” en clave “humanitaria” y sentimental nos deja ver claramente cuán alejados estamos de un vuelco en la actual hegemonía ideológica y mediática. Por otra parte la suma de las reivindicaciones minoritarias en una perspectiva de deconstrucción de las naciones occidentales sigue estando en el corazón de la izquierda multiculturalista, y no vemos que vaya a cambiar.

Las minorías viven en la fantasía (artificialmente creada ex profeso para su consumo) del reino del “macho blanco heterosexual”, opresor, misógino, homófobo y racista, por supuesto. En los próximos años, la izquierda inmigracionista, diversitaria, multiculturalista, seguirá con su tarea de destrucción de todas las normas históricas y antropológicas que constituyen nuestra civilización.

Contrariamente a lo que piensan algunos optimistas, que creen que hemos tocado fondo, todavía queda mucho por deconstruir. El bando inmigracionista se ha embarcado en una lógica de erradicación: el “viejo mundo” debe morir para que el mundo soñado nazca. Su guerra contra los “malos” mezcla fanatismo y nihilismo, y nos envía un mensaje claro: lo que algunos quieren conservar del “mundo de ayer” está envenenado por el odio, los estereotipos y los prejuicios. Por lo tanto hay que partir desde cero. El progresismo permanece aferrado a la fantasía de la “tabla rasa”.

Los defensores del multiculturalismo están embarcados en un proyecto de destrucción. Pretenden arrasar la sociedad actual para reemplazarla por un conglomerado de etnias y razas, que han de vivir cada cual por su lado, encerradas cada cual en su propio gueto. Esa es la sociedad con la que sueñan: la división en lugar de la unión, la separación en lugar de la unidad, la segregación en lugar de la integración. Cada grupo por su lado, enfrentados todos contra todos en la defensa de sus intereses divergentes, sin ninguna fusión cultural, económica ni social. En este panorama, los distintos grupos étnicos, religiosos y culturales pretenden conservar celosamente sus usos y costumbres aunque estos vayan en contra de las leyes y los valores de los países de acogida.

En las sociedades occidentales, la democracia reconoce el derecho de las minorías, pero también impone una ley común para todos. Ninguna minoría puede pretender que se le otorgue el privilegio de transgredir los derechos duramente ganados a lo largo de décadas y siglos de conquistas sociales. Ninguna minoría puede pretender poner a toda la sociedad de rodillas ante unas reivindicaciones que exigen nada menos que desandar el largo camino de progreso logrado y volver a un pasado de discriminaciones, desigualdad entre hombres y mujeres y oscurantismo religioso y cultural.

Es tiempo de que los hombres y las mujeres de Europa tomen consciencia de los peligros actuales, hagan oír su voz y se enfrenten a esos grupos minoritarios (pero muy poderosos) que quieren transformar nuestros países en unas sociedades medievales y arcaicas.

Origen: El multiculturalismo es el discurso de la clase dominante – YOLANDA COUCEIRO MORÍN

La guerra de Erdogan contra Occidente. -Burak Bekdil/Gatestone Institute-

En 2005, el entonces el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, junto con su homólogo español, José Luis Rodríguez Zapatero, se convirtieron en copresidentes de la iniciativa global auspiciada por Naciones Unidas que llevaba el sofisticado nombre de Alianza de Civilizaciones. Doce años después, Zapatero es un político retirado, el mundo occidental se enfrenta a una pluralidad de amenazas islamistas y yihadistas y Erdogan está en guerra contra la civilización occidental.

Erdogan, que ha sido calificado como el líder más virulentamente antiisraelí de todo el mundo, comparó una vez las operaciones de Israel en Gaza con las de Hitler (“Esos que condenan a Hitler por el día y por la noche superan sus barbaridades”). Hace poco, Erdogan dijo que las prácticas alemanas en curso –presumiblemente, la de prohibir que políticos turcos den mítines en Alemania en defensa de Erdogan con motivo del referéndum que se va a celebrar en Turquía– no son diferentes de “las prácticas nazis del pasado”. En otro discurso se quejó de que el nazismo “sigue vivo en Occidente”. Para Erdogan, los holandeses son “débiles e innobles” y “vestigios del pasado nazi y los fascistas”; y Holanda, país que perdió más de 200.000 ciudadanos durante la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, una “república bananera”.

A la Unión Europea, a la que en teoría aspira a unirse Turquía, le ha dicho: “Si hay algún nazi, sois vosotros”.

Irónicamente, la ira turca contra Occidente, en un conflicto reciente entre varias capitales europeas y Ankara (por la pretensión de Erdogan de celebrar mítines políticos en toda Europa para dirigirse a millones de turcos expatriados), revela un inconfundible y profundamente arraigado antisemitismo entre los seguidores de Erdogan. En la ciudad portuaria holandesa de Róterdam cientos de manifestantes turcos lanzaron piedras a la policía y gritaron “Alá Akbar” (“Alá es el más grande”, en árabe). Después, algunos de ellos, en una manifestación que estaba exclusivamente relacionada con una disputa entre Turquía y los Países Bajos, clamaron que “los judíos son un cáncer”.

“Volvemos a ver que las palabras judío y homo son insultos para estos grupos”, declaró Esther Voet, directora del Nieuw Israelietisch Weekblad.

Alguien tuiteó un bochornoso insulto contra François Hollande, el presidente francés, confundiendo su apellido con su nacionalidad.

Un gánster que disparó en un club nocturno se defendió diciendo que en realidad quería disparar contra el edificio del consulado holandés.

Por ver el lado más benigno de la ira turca: en otra protesta en Holanda, los seguidores de Erdogan sajaron, machacaron y exprimieron naranjas (el naranja es el color de la Familia Real holandesa). La Asociación Turca de Productores de Carne Roja mandó 40 vacas holandesas Holstein de vuelta a Holanda. Similarmente, un miembro de un consejo de distrito de Estambul dijo que iba a sacrificar una vaca procedente de los Países Bajos en venganza contra los holandeses.

Uno podría simplemente reírse e ignorar la forma en que los turcos expresan su enfado con los holandeses, que deportaron a un autoinvitado ministro turco que tenía la intención de dar un discurso a la comunidad turca de los Países Bajos.

La retórica oficial en Ankara, sin embargo, pone de manifiesto la irreversible incompatibilidad entre las culturas democráticas de Europa y Turquía. Para Erdogan, “el espíritu del fascismo campa a sus anchas” en Europa. Según su ministro de Exteriores, Mevlut Cavusoglu, Europa “se dirige hacia el abismo”. Y no se trata de mera retórica.

Sin saber muy bien hacia dónde dirigir su campaña antioccidental, Turquía bloqueó algunos ejercicios militares y otros trabajos con países aliados en la OTAN, obstaculizando así el programa de la Alianza Atlántica de cooperación con países no pertenecientes a la UE. “Esto es puerilmente hostil”, dijo un diplomático de la OTAN en Ankara.

En lugar de abrazarla como aliada y futura socia, Turquía parece pensar que puede dominar Europa mediante el chantaje. Erdogan amenazó con anular un controvertido acuerdo con la UE rubricado en marzo de 2016 para canalizar el flujo de decenas de miles de refugiados de Turquía a Europa a cambio de ayuda financiera y de la exención de visado para los turcos. La UE podía “olvidarse del acuerdo”, declaró Erdogan hace medio año. Secundando sus amenazas, su ministro del Interior, Suleyman Soylu, advirtió a la UE afirmando que entraría en “shock” si Ankara enviara “15.000 refugiados al mes”. Soylu dijo que iba a hacer que a los líderes de la UE “les explotara la cabeza” con una nueva crisis de refugiados.

Parte de esta incendiaria y chantajista retórica antioccidental puede tener el objetivo de atraer a una base electoral cada vez más aislada y nacionalista de cara al crítico referéndum del 16 de abril, por el cual se ampliarían significativamente las competencias presidenciales de Erdogan. Pero también tiene que ver con que Erdogan se ve y se presenta a sí mismo como defensor global de una opaca “causa musulmana” bajo una especie liderazgo turco [léase de Erdogan] de tipo califal contra el “hostil” Occidente. Como los islamistas saben que no pueden derrotar a Occidente utilizando el poder duro, tiran de la yihad blanda.

No fue casualidad que el ministro de Exteriores turco, Cavusoglu, no hablara de “disputa” o “crisis diplomática”, o de “negociar una solución”. Habló de “guerras religiosas”.

“Pronto estallarán guerras religiosas en Europa”, dijo. “Así están las cosas”. Pero ¿cómo creen los islamistas turcos (y otros) que pueden ganar las futuras guerras religiosas? ¿Cómo creen que va a funcionar su principal arma de guerra –el poder blando– a la hora de lograr una victoria islámica definitiva frente a una civilización “infiel”?

Erdogan tiene la respuesta: exhortó a los musulmanes de toda Europa a tener familias numerosas para “combatir las injusticias de Occidente”. No sólo eso. También dijo:

Id a vivir a los mejores vecindarios. Conducid los mejores coches. Vivid en las mejores casas. No tengáis tres hijos, tened cinco. Porque sois el futuro de Europa. Esa será la mejor respuesta a las injusticias que se cometen contra vosotros.

Los islamistas como Erdogan no sueñan con conquistar territorio infiel con aviones de combate, tanques y bombas. En esta “guerra religiosa”, su principal armamento es el cambio demográfico a favor de los musulmanes.

Es hora de recordar el poema que recitó Erdogan en un mitin allá en 1999:

Las mezquitas son nuestros cuarteles,
nuestros domos son nuestros cascos,
los minaretes son nuestras bayonetas
y los creyentes nuestros soldados.

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¿Nunca nos derrotarán? -Javier Somalo/LD-

El diario El País entrevistaba este viernes a Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea. Socialdemócrata holandés, “políglota” y con “el despacho lleno de libros y fotografía moderna”, según observación de El País, esta autoridad europea dice, pocas horas después del atentado en Londres, que “si reaccionamos al terrorismo como España en 2004 nunca nos derrotarán“. Cuánto peligro encierra esta frase.

Una cosa fue la reacción de urgente solidaridad con los heridos, encomiable, muy española y bien distinta a los asedios posteriores a las sedes del PP que achacaron los muertos no al terrorismo –”vuestras guerras, nuestro muertos”– sino al Gobierno. Y la otra, la más grave a fin de cuentas, es cómo se reaccionó políticamente al 11-M: admitiendo que era consecuencia de la guerra contra Sadam Hussein –en la que no disparamos una bala– y pidiendo perdón al atacante retirando nuestras tropas del terreno: estímulo-respuesta, atentado-cambio de política, matan por estar en Irak-nos vamos de Irak. En definitiva, un castigo merecido con acto de contrición y propósito de enmienda. Así, tan sacramental como miserablemente, asumimos la lógica del terrorista, haciéndole caso, convirtiéndonos en parte de su justificación y colocándonos ideológicamente más cerca del asesino que del asesinado.

Además, con dicha lógica, quedaba zanjado que el 11-M era un atentado yihadista, así que miel sobre hojuelas. “Nunca nos derrotarán”… si pagamos el precio. Aunque la derrota es el precio.

Dice Timmermans a su entrevistadora:

En mi país impresionó mucho la reacción de España a los atentados de Madrid en 2004, tan serena, sin rebelarse contra una comunidad o religión. Aprenderemos a lidiar con ello. Los terroristas son criminales que odian nuestro sistema de vida. Si reaccionamos como España, nunca nos derrotarán. Si empezamos a culpar una religión o una comunidad, ya han ganado a medias.

Le pregunta El País si ha “fracasado Europa en la integración de colectivos”. Responde el holandés:

Sí, cuando hay jóvenes que aparentemente no se sienten de esta sociedad y que están dispuestos a matar.

O sea que si se sintieran integrados no matarían, lo hacen porque no se ven como parte de la sociedad. ¿Y no será que matan porque nos negamos –cada vez menos, eso sí– a integrarnos nosotros en su modelo, impuesto en cualquier parte del mundo y convertido casi en patrimonio inmaterial de la Humanidad digno de ser preservado por la víctima, por nosotros?

Timmermans y tantos otros nos dicen que no conviene extrapolar o generalizar, que son minorías que ensucian el nombre de una mayoría y una fe, que es posible la convivencia porque ya lo fue antes –me pregunto cuándo o a qué llaman convivencia– y que nuestra respuesta no ha de ser en clave de enfrentamiento. El caso es que la única tendencia política visible, la más natural porque no resulta “fóbica” es la dirigida por Occidente contra el propio Occidente, contra el cristianismo como raíz de la sociedad democrática, se practique alguna de sus confesiones o no. El holandés y los suyos, que son legión, han localizado el problema: nuestro dolor, el daño que se nos inflige es culpa nuestra porque hemos “fracasado en la integración de colectivos” y la solución es la democracia como demostró España en 2004. Todo lo que se salga de ese esquema será intolerancia o islamofobia y eso sí que hay que combatirlo si reparar en formas.

Lo dicho por Frans Timmermans es enormemente peligroso. Por muy políglota que sea y muchos lomos de libros que exhiba en su despacho si no está preparado para el gobierno de Europa alguien debería decírselo. ¿Habrá algún libro en la biblioteca de Timmermans que le pueda ayudar a comprender lo peligroso de su actitud?

El neoyorkino residente en Europa Bruce Bawer no hace ascos a la versión oficial de nuestro 11-M –quizá cambie de opinión con el documental de Cyrill Martin– pero llega a una conclusión muy distinta sobre la reacción de un país ante un ataque terrorista. Su libro Mientras Europa duerme. De cómo el islamismo radical está destruyendo Occidente desde dentro no es lo más recomendable para los que no nos sorprendimos con el documental del anarquista francés. Asumiendo –quizá para no desviar su tesis general– la vía yihadista de nuestros atentados, sin embargo es brillante al analizar la manipulación política que nos llevó horas después a las urnas tras una agitación intolerable contra el Gobierno saliente. Más allá de la autoría del 11-M, sí encontramos muchos pasajes útiles para las lecturas de Timmermans, si es que acostumbra a leer los volúmenes de su pequeña Alejandría que tanto impresionó a la cronista de El País que lo entrevistó.

Holanda es buen laboratorio de estudio y si no que se lo digan a Ayaan Hirsi Ali o al difunto Theo Van Gogh. Bawer cita como premisa del desastre la sencilla ecuación de la laborista holandesa Fatima Elati:

En Holanda la actitud es la siguiente: siempre y cuando no me molestes, no me importa que estés aquí. Es una suerte de desatención.

El autor matiza a renglón seguido que eso quizá era correcto y hasta posible entre católicos, protestantes y laicistas holandeses. Pero añade:

Lo que ahora resulta obvio es que añadir a los musulmanes fundamentalistas a esta mezcla era un problema que no se supo prever. ¿Por qué? Porque el libertarianismo de principios de los holandeses (“Vive tu vida a tu manera y deja que yo viva la mía a mi manera”) choca dramáticamente con la esencia misma del islam fundamentalista, que dicta con todo detalle cómo debe vivir la gente y cuyos partidarios se sienten tremendamente incómodos viviendo entre personas cuya “manera de vivir” es dramáticamente diferente de la suya.

Pues así en Holanda como en cualquier parte del mundo. Pero Bawer tiene en su libro, publicado hace más de una década, una respuesta casi directa a reciente la sentencia de Timmermans sobre el ejemplo de la política española tras los atentados de marzo de 2004.

No se pueden cruzar los dedos para que el enemigo desaparezca, ni convencerle de que lo haga mediante el diálogo. Lo que está en juego no es la soberanía de dos o tres naciones sino toda la civilización democrática moderna. La mañana después de las elecciones nacionales en España pocos periodistas de Europa occidental veían las cosas de esta manera. Un diario tras otro adoptaba la perspectiva de que, por el mero hecho de ir a las urnas, el pueblo español había asestado un duro golpe al terrorismo.

Tras citar titulares y editoriales de diarios de Noruega, Suecia, Reino Unido u Holanda en los que la coincidencia es casi literal: que España reaccionó al 11-M votando en masa, añade Bawer:

“¡Sí!” –grite yo frente a la pantalla del ordenador. Para votar por el candidato de los terroristas.

Cierra su asombro citando una frase del diario noruego VG que decía: “El mensaje es claro” a la que el autor responde:

Y tanto. ¡Nos rendimos!

Lo dicho: estímulo-respuesta y castigo merecido. Tras la masacre del 11-S en los Estados Unidos, España protagonizó precisamente el peor mensaje contra el terrorismo, venga de donde venga: que un ataque provoca cambios que debilitan la lucha contra el Terror.

Lo siguiente es afanarse en buscar razones para ocultar la evidencia. Después de un atentado, muchos se preguntan –así ha ocurrido tras el último de Londres y lo hace también el holandés Timmermans– “por qué se radicalizan” aquellos que primero estudian y luego asesinan, como si no fuera esa la meta de su existencia, como si no quisiéramos verlo. Nadie se pregunta si se radicalizan porque así es como evangeliza el Islam. Luego habrá musulmanes menos ortodoxos que no quieran llevar a término y hasta condenen con sinceridad el asesinato, pero ya es hora de comprender que esos son los versos libres, no los otros. Lo único cierto que tampoco se dice jamás es que el cristianismo y el judaísmo aplicaron reformas a lo largo de su historia, evolucionaron. El islam, no. Pero Occidente seguirá criticando a la Santa Inquisición mientas vuelve a caer Bizancio.

No lo queremos ver como no veíamos a los nazis preparar su industria para bombardear Gran Bretaña. No tenían aviones capaces, no llegarían a las islas. Y la Solución Final era un cuento administrativo y no había campos de exterminio. Lo escondemos como escondían los socialistas franceses la realidad criminal de los bolcheviques del 17 que llega hasta hoy, no sólo por el centenario, y que seguirá mañana. Siempre hay alguien denunciando, pidiendo auxilio y demostrando que alguien está matando a ritmo industrial y siempre habrá otros negándoselo a sabiendas de que llevan razón. No es simple apaciguamiento. Es la prevaricación más dolosa de la Historia pues arrastra a generaciones y se hace responsable de millones de crímenes. Porque se sabe pero se oculta, se niega y se termina fomentando. Pasó con el nazismo, con el comunismo y pasa con el islamismo.

Europa, Occidente se disuelven periódicamente con tal de no reconocer a un enemigo que se esfuerza a diario en darnos todas las razones para hacerlo, en justificar su misión con todo detalle, sin ambages, de frente y con orgullo. Lo sabemos pero lo negamos. Así, desde luego, por mucho que diga Timmermans, el políglota europeísta de las bibliotecas admirador de la España que se fue de Irak tras un atentado, nos derrotarán.

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Holanda y una euforia injustificada. -Cristina Losada/LD-

Todo son parabienes. El temor a que las encuestas volvieran a fallar y se colara otro gobernante populista, el Trump holandés, como le llaman, explica que se esté celebrando por todo lo alto el resultado de las elecciones en los Países Bajos. Los Gobiernos de otros países europeos, algunos asediados por populistas del mismo pelaje que Wilders, han abierto el champán, y parte de la prensa ha pasado de profetizar el apocalipsis a proclamar que la vida es bella gracias a que Holanda ha derrotado al populismo. Igual que los inesperados triunfos del Brexit y Trump alimentaron la expectativa de una victoria de Wilders, su retroceso nutre ahora la esperanza en que todos los Wilders de Europa van a ser derrotados. Bueno, pues ni lo uno ni lo otro.

Los optimistas se fijan en que Wilders no logró superar su resultado de 2010, y se ha quedado con un mísero 13 por ciento de los votos. Pero se fijan menos en que supera sus resultados de 2012, gana cinco escaños y se convierte en el segundo partido del parlamento debido al cataclismo socialdemócrata. Sí, el centroizquierda se ha venido abajo: de 38 escaños pasa a 9, nada menos. Aunque el centroderecha del vencedor Mark Rutte tampoco ha salido indemne: pierde ocho escaños. La subida en votos de los socioliberales y los Verdes viene a cubrir el vacío en el centroizquierda, y el ascenso de los demócrata-cristianos, el hueco en el centroderecha. Por lo demás, un 13 por ciento no es tan poca cosa cuando el partido más votado tiene el 21.

Los holandeses no se han unido para derrotar al populismo. La prueba es que continúa la fragmentación del voto. En los ochenta, los tres principales partidos congregaban el 85 por ciento del voto; en 2003 aún reunieron el 74 por ciento; en esta ocasión, el 45. La fórmula de gobierno volverá a ser una coalición, ahora con más partidos. Y si bien Wilders no va a ser primer ministro, lo cual no es noticia post electoral, pues nadie iba a pactar con él, la coalición que tendrá que pergeñarse le dejará en una posición envidiable: tendrá el monopolio de la oposición. Y el Gobierno al que se opondrá estará formado por partidos con más diferencias que puntos en común.

Hay otro chorro de agua fría para templar la euforia. ¿Cómo dar por hecha la derrota del populismo de Wilders cuando los partidos moderados han asumido parte de su discurso? Cuando Rutte, al que ahora se celebra como salvador, ha jugado tanto en el campo populista que dice que “hemos parado al populismo equivocado”, tal como si hubiera uno acertado, que sería el suyo. Cuando la agenda populista, con su obsesión por la identidad, la integración y la inmigración, dominó la campaña. Cierto, Wilders no estará en persona en el Gobierno, pero sus ideas sí. Han impregnando la política del país y no desaparecerán de un día para el otro.

Las elites políticas europeas pueden celebrar con champán el frenazo al populismo en Holanda y dejarse llevar por un triunfalismo propagandístico. Pero eso no las dota de un proyecto político para afrontar los problemas que están en la base del auge populista. Menos aún, si la manera de hacer frente al populismo consiste en imitarlo.

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