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Sembradores de odio. -Jesús Laínz/LD-

Hace veinte años conocí a un francés, ya entrado en la cincuentena e hijo de republicanos españoles exiliados, con quien tuve frecuentes conversaciones sobre la Guerra Civil, epicentro de su interés por la historia de España por evidentes motivos paternales. De previsible formación izquierdista, se aferraba al esquema habitual de una república democrática asaltada por la barbarie fascista. Además, para un nacido en Francia, la república representaba, lógicamente, el orden, la ley, el ejército, la patria, la grandeur, por lo que mis intentos por explicarle que a la Segunda República española le faltó todo eso y le sobró revolución, caos, crimen y disgregación nacional se estrellaron una y otra vez contra los prejuicios mamados desde su republicana cuna.

Hasta que un día algún conocido, igualmente izquierdista pero en versión hispánica, le prestó unos viejos volúmenes encuadernados de El Socialista y Renovación, órganos del PSOE y de las Juventudes Socialistas. Aquel fue su camino de Damasco, pues pudo tocar con sus manos y comprobar con sus ojos, en la fuente original, la zafiedad ideológica, la verborrea furiosa, la violencia, los insultos, las amenazas, el odio desatado en que consistía la izquierda española de hace ochenta años. Y comprendió de golpe que aquello no tenía nada que ver con el republicanismo francés y que servidor no debía de andar muy desencaminado cuando intentaba explicarle que la Segunda República española no había sido otra cosa que una revolución bolchevique fracasada.

La interpretación marxista de aquel régimen consiste en justificar la radicalización de los partidos de izquierda porque las circunstancias sociales de la España de aquellos días eran de una pobreza, una desigualdad y una opresión inaguantables. Todo ello habría llevado a los izquierdistas a procurar la liberación de los parias de la tierra y a los marqueses, obispos y fascistas a pedir socorro a los militares para reinstaurar la opresión.

Pero los hechos desmienten el esquema marxista: España no era, ni mucho menos, el país más pobre de Europa; aquella época no fue, ni de lejos, la de mayor pobreza de la historia de España; la desigualdad social en España no se alejaba mucho de la existente en muchos otros países europeos; los españoles, salvo algunas excepciones en las zonas rurales de las provincias del sur, no sufrían de ninguna opresión equiparable, por ejemplo, a la sufrida por el campesinado ruso en los años inmediatos a 1917; y el sistema político español anterior a 1931, aun con todos sus defectos, no destacó, entre los demás países europeos, ni por su injusticia ni por su carácter liberticida. Por no hablar del resto del mundo, evidentemente, a años luz de Europa.

Y sin embargo, España, entre desórdenes, injusticias, desmanes, atentados, huelgas, revoluciones y crímenes políticos, acabó desembocando en el caos que prendió la chispa de la guerra civil. ¿Por qué no sucedió en otros países europeos o incluso en otros países de otros continentes? En primer lugar, no es cierto que no sucediera en otros países, pues a punto de sucumbir a la revolución comunista, como prolongación de la rusa, estuvieron Alemania, Finlandia y Hungría, y todos ellos acabaron resolviéndolo a tiros al precio de muchos miles de muertos.

Lo que sí es cierto es que España fue el único país europeo que siguió aquel mismo camino dos décadas después de la gran revolución bolchevique de 1917. Y el motivo fue la inaudita violencia, de palabra y obra, de unos dirigentes izquierdistas que no se cansaron de sembrar el odio, de apelar a la violencia, de predicar venganzas, de organizar revoluciones, de anunciar exterminios, de promover asesinatos, de desear guerras civiles. Eso sí, una vez derramada la gasolina y prendida la mecha, todos ellos, sin excepción, pusieron pies en polvorosa y traspasaron a los españoles las consecuencias de su incendio. Es fácil constatarlo: échese un vistazo a la prensa izquierdista de la época y compárese con lo que se publicaba en la derechista. No hay mejor método para comprender lo que sucedió en 1936, ese 1936 que la izquierda de hoy, sobre todo desde el infausto ZP, ansía resucitar ante la bobalicona parálisis de los gobernantes supuestamente derechistas.

Pero aquél no fue el único caso de siembra de odio en la historia reciente de España. ¿Por qué surgió el terrorismo etarra? ¿Porque las muy industrializadas y prósperas provincias vascas sufrían un paro inaguantable, a diferencia del resto de España, donde todo el mundo trabajaba? ¿Porque los muy acomodados vascos se morían de hambre, a diferencia del resto de España, donde todos reventaban de colesterol? ¿Porque sufrían una opresión política inhumana, a diferencia del resto de España, donde disfrutaban de un régimen político distinto? No, el motivo fue que muchos vascos prestaron oídos a quienes, siguiendo la estela de aquel gran mentecato de Sabino Arana, se inventaron soberanías originarias, invasiones visigóticas, hidalguías universales, invasiones castellanas, fueros inmemoriales, invasiones españolas, paraísos democráticos, invasiones franquistas y mil patrañas más. Y como los creadores de esas patrañas exigían odio mortal al eterno enemigo español, muchos ignorantes fanáticos les hicieron caso y empezaron a asesinar.

Lo mismo ha sucedido en Cataluña, la acaudalada Cataluña, la próspera Cataluña, la protegida locomotora industrial de España, la mimada por el desarrollismo franquista, la privilegiada por el régimen del 78. Pues desde aquel gran odiador inaugural que fue Prat de la Riba, el catalanismo lleva un siglo sembrando el odio a España y los españoles con constancia digna de mejor causa. Que si el Cid, que si Olivares, que si la invasión española de 1714, que si Franco, que si España nos roba…, el catálogo de imposturas para lavar el cerebro y envenenar los corazones de los catalanes no tiene fin. Y el resultado es el que forzosamente tenía que ser dada la ausencia de contestación vigorosa por parte de quienes tenían que haberla dado: cientos de miles de catalanes odian su condición de españoles y se la quieren quitar de encima.

Olvídense de interpretaciones marxistas: no se trata de problemas económicos, ni de enfrentamiento de clases, ni de conflictos coloniales, ni de opresiones nacionales, ni de ninguna de las mentiras con las que se intenta tapar la realidad. Los culpables de los graves problemas de España desde hace un siglo tienen nombres y apellidos.

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Las raíces de Europa. -Enrique Navarro/Libertad digital-

Europa, como Europa, es el cristianismo, al igual que Grecia o Roma

El 13 de mayo de 1917, en un pueblecito de Portugal, la Virgen María comenzó una serie de apariciones a unos pastorcillos mostrándoles un mensaje de alerta ante los males que estaban por acontecer en el siglo XX y mostrando la necesidad de sostener la esperanza en la fe y la necesidad de la conversión como bálsamo para superar las calamidades que procederían de los grandes movimientos nihilistas que estaban por llegar en los años siguientes. Trascurrido un siglo, este acontecimiento no pasa indiferente ante los ojos de millones de personas en toda Europa. Incluso los propios obispos portugueses consideraron que estas apariciones provocaron un movimiento que mantuvo a Portugal lejos de las tentaciones de los movimientos comunistas de la época. Para el mundo europeo, ignorar la trascendencia de lo que supone este acontecimiento, y, en general, de lo que ha supuesto el cristianismo en la construcción europea es una ceguera intelectual que no nos podemos permitir.

Como afirmó Quinto Septimio Severo, “Hay dos clases de ceguera que se combinan fácilmente: la de aquellos que no ven lo que es y la de los que ven lo que no es”; y bajo esta ceguera alimentada por un laicismo excluyente, se ha pretendido negar una evidencia: que no podríamos reconocer a Europa como una comunidad sin el influjo que ha supuesto el cristianismo, la gran religión europea.

Pero en este programa de Asuntos Exteriores no pretendemos analizar las apariciones de la Virgen; tampoco discutir sobre las predicciones que se revelaron en Fátima ni hablar del estado de la religión en el mundo de hoy. Queremos aprovechar esta efeméride de la aparición en Europa, una vez más de la Virgen María, según la tradición católica, para plantearnos un debate sobre la identidad de Europa que no puede ser ajeno al cristianismo como elemento identitario básico de esta comunidad política, cultural y socioeconómica que llamamos Europa por encima de las peculiaridades nacionales y las diferencias políticas o culturales.

La verdad es que llevamos muchos años hablando de una Unión Europea; debatiendo quiénes somos y qué somos los europeos, y aunque en la discusión de la Constitución Europea se debatió en profundidad introducir la raíz cristiana en la definición de Europa como un elemento conformador vital, al final triunfaron las tesis negacionistas de esta realidad.

Pero toda comunidad que pretenda adquirir la naturaleza de entidad política necesariamente debe estar basada en una serie de valores éticos compartidos, y en la conformación de los valores europeos, el cristianismo ha sido absolutamente determinante, junto a otros grandes influjos que asimismo son evidentes, pero que se cuestionan con menor intensidad.

La identidad de Europa a mi juicio se asienta sobre tres colinas, tal como afirmaba Navarro Valls. El Gólgota, donde Jesús, el hijo de Dios, entrega su vida para redimir al mundo de sus pecados y abrirnos la vía del amor y el perdón como fundamento de la creación de un mundo más nuevo, justo y solidario. Pero Jesús no sería nada relevante si san Pablo no hubiera tomado el relevo y transformara una secta en el Medio Oriente en una auténtica religión con un cuerpo normativo y sobre todo con una base social que anhelaba una respuesta a todos sus dramas existenciales, lo que implicaba una racionalidad y un nivel cultural indispensable para que el cristianismo se convirtiera en la religión que ha sido a lo largo de todos estos siglos.

Esta herencia común que incluye estos valores éticos concluyeron en la creación de una comunidad de derechos básicos sobre la que se asienta Europa: el estado social y democrático de derecho, el respeto a la dignidad humana, la protección de la libertad, la tolerancia, el deseo de igualdad, el imperio de la ley, la representación democrática, la separación de poderes, la propiedad privada, la solidaridad; todos estos valores se encuentran anclados en una tradición que nace de una pequeña villa alrededor de una Acrópolis hace menos de tres mil años, y que ha acabado por imponerse incluso a la propia religión que ha terminado reconociendo el supremo valor de la razón, incluso para las propias religiones. Pero como afirmaba T. S. Eliot “La fuerza dominante en la creación de una cultura común es la religión. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero buena parte de lo que dice, cree y hace, surge de su herencia cultural cristiana y adquiere significado con relación a esa herencia”.

La segunda colina, la Acrópolis, que es donde, a mi juicio nace el cristianismo. La religión conformadora de la identidad europea, nació en Europa y ancla sus raíces en el racionalismo griego. En Platón encontramos la idea del alma y de su inmortalidad. El cristianismo sin San Pablo hubiera acabado por ser una secta más dentro del judaísmo que podría haberla llevado a la desaparición. En su discurso a los atenienses en el Aerópago y en sus sucesivos viajes se manifiesta claramente que el cristianismo necesitaba de una base moral y filosófica sólida, y en aquella época estos cimientos se hallaban en Grecia y en Roma

Que el cristianismo es producto de esta racionalidad griega, el propio Papa Ratzinger lo reconoce cuando afirma que existe una razón previa al cristianismo que Francisco Vitoria denominó Ius Gentium, como un catálogo de derechos universales que no proceden de la religión y que ésta debe considerar como propios. A este predominio de la razón sobre la religión alude Benedicto cuando señala que “en la religión hay patologías altamente peligrosas que hacen necesario considerar la luz divina de la razón como una especie de órgano de control por el que la religión debe dejarse purificar y regular una y otra vez.” El propio Ortega, sin duda uno de los europeístas más determinantes del siglo XX, cifra el nacimiento de esta gran entidad en el nacimiento de Sócrates, lo que revela la trascendencia de este matrimonio entre Grecia y el cristianismo.

Y en tercer lugar, el Capitolio romano que supone el tercer pilar de nuestra identidad, al proveernos de la arquitectura jurídica que vertebra nuestra esencia y valores, el derecho romano, pero también en Roma se construye la nueva iglesia cristiana que culmina con el edicto de Constantino que creó el imperio cristiano generando una vinculación entre la religión y el poder que durante siglos sirvió como elemento identitario de una Europa cristiana.

La Ilustración con Rousseau, Voltaire y Locke nos devuelve a ese estado primario de derechos individuales y a la primacía de la libertad y la razón sobre lo sobrenatural o lo no terrenal. Incluso los movimientos marxistas encuentran en el judaísmo y en Grecia la base moral y filosófica que requieren, porque sin duda una base tan dispar y compleja ha dado píe a numerosas muy diferentes interpretaciones. También participa en la construcción europea el mundo del “nuevo régimen”, nacido de la Revolución Francesa, que cristaliza con la laicidad. La Revolución Francesa proclama la libertad, la igualdad y la fraternidad, y aprobó la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano contra el parecer de la Iglesia, que no se reconocía en este nuevo mundo de poder soberano del pueblo y de la primacía de la ciencia sobre el misticismo, y que tardó más de un siglo en asimilar.

Pero también es verdad que la narrativa de Europa quedaría incompleta si no se incluyera al judaísmo. El mundo judío que conocemos en Europa es también una religión europea que adopta los principios grecolatinos como una parte esencial de su modo de vida. La esencia y la creación de la Europa moderna no hubiera sido posible sin los judíos que adoptaron a pesar de su continua segregación, un papel determinante en el desarrollo se la identidad europea. Europa no sería lo que es sin Mahler, Freud, Marx, Einstein y tantos otros grandes creadores judíos de la identidad europea. De Toledo a Salónica, de Otranto a Varsovia, los hebreos han jugado un papel determinante en la identidad de Europa.

Tampoco podemos negar el influjo del Islam, que en el caso español es absolutamente determinante de nuestro carácter. Si bien fue una parte de ese mundo islámico que habitaba alrededor de Damasco el que nos trasvasó el conocimiento griego; el Islam no se ha imbuido todavía hoy de la racionalidad grecolatina y sigue anclado en los postulados primitivos que el judaísmo y el cristianismo ya abandonaron hace mucho tiempo. No podemos negar que el Islam ha sido parte consustancial de muchas naciones de Europa y que su influencia es notable en la ciencia, en la cultura, en los ritos y en la filosofía. Puede que no aceptemos muchos de sus postulados, pero negar que Europa hubiera sido muy diferente si el Islam no hubiera sido una fuente fundamental de su creación y desarrollo, es otro tipo de ceguera que no nos debemos permitir.

Por último, el fenómeno de las migraciones sin duda afecta de forma determinante a la identidad europea actual y sobre todo de futuro. Nadie emigra sin que medie el reclamo de alguna promesa, ha escrito H. M. Enzensberger, aunque en nuestro caso más que la aspiración a una ciudadanía predomina el deseo de acceder a un estado de bienestar que le está negado a una gran parte de la población mundial. El problema es una inmigración que adquiere su derecho a estar pero que se niega a integrarse en la cultura europea frente a una sociedad europea que manifiesta tendencias muy intolerantes generando un desencuentro que lleva a incidir en las diferencias y que podría concluir en un gran conflicto que debemos evitar por encima de cualquier circunstancia. Los casi treinta millones de musulmanes que viven en el Viejo Continente y que mantienen sus tradiciones y formas de vida, demuestran que Europa ya es una inevitable realidad política multicultural.

Hoy son otras las circunstancias apremiantes que nos obligan a plantearnos la cuestión de la identidad europea. La principal, la creciente diversidad; la confluencia de diversas sensibilidades e incluso culturas, así como el constante cambio que se produce cada día en una búsqueda de lo efímero como ambición personal y colectiva. Pareciera que los europeos no saben dormir tranquilos y aspiran a un constante conflicto consigo mismos sin saber si dicho enfrentamiento nos conduce al orden o al desorden; a la fe o a la duda; a la religión o a la razón.

La convivencia entre tan diferentes culturas plantea dos retos de cara al futuro: ¿puede la cultura europea, con su pretensión de universalidad, convivir con otras culturas, renunciando al imperialismo cultural? y ¿Es el multiculturalismo una idea capaz de fundamentar un nuevo modelo de convivencia política?

Europa, como decían los griegos, fluye constantemente, pero tiene un nacimiento determinado que no podemos negar; el cristianismo es Europa como Europa es el cristianismo, al igual que Grecia o Roma. La gran amenaza es la tentación de abandonar los valores para salvar a los europeos, cuando sin ellos no habría nada que rescatar.

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Antifranquismo retroactivo. -Fernando Díaz Villanueva/Vozpópuli-

La idea de levantar un monumento a los caídos de la Guerra Civil surgió durante la misma guerra, al menos entre los vencedores, que, tan pronto como dieron cuenta de los últimos objetivos militares, empezaron a buscar un paraje en la sierra de Guadarrama para construir un mausoleo en el que sepultar de manera simbólica a víctimas de los dos bandos.

Franco se involucró personalmente en la tarea de encontrarlo. Se desplazaba con frecuencia hasta la sierra en compañía de otros generales y de los pelotas habituales de Falange, que se olieron desde el principio que aquello iba para largo, que Franco había llegado para quedarse. Durante una de esas excursiones en el invierno de 1940, solo unos meses después de concluida la contienda, dieron con una boscosa hondonada entre El Escorial y el Alto del León. Entre los lugareños se le conocía como Cuelgamuros y tenía la peculiaridad de que en su centro, sobresaliendo de entre el espeso pinar, se levantaba un majestuoso promontorio granítico, el llamado risco de la nava que bien mirado se asemeja a las estampas del Gólgota que nos dejó la pintura renacentista.

Fue amor a primera vista. El Gobierno ordenó la expropiación de la finca y el primero de abril de 1940, un año exacto después del final de la guerra, dieron comienzo las obras. El monumento fue inaugurando dos décadas más tarde, en 1959, con gran trompetería y un Franco en la cima de su poder, visiblemente más viejo, más calvo y más gordo. Cuelgamuros dejó de llamarse así. Desde entonces se le conocería como Valle de los Caídos. Su presencia no iba a pasar desapercibida para nadie porque el arquitecto clavó una imponente cruz de hormigón armado sobre el risco de la nava, visible en varias decenas de kilómetros a la redonda y que desde entonces trae por la calle de la amargura a todos los antifranquistas, especialmente a los retroactivos, es decir, aquellos que lucharon denodadamente contra Franco pero solo después de que éste hubiese estirado la pata.

Era la pirámide del nacionalcatolicismo. Un complejo funerario más parecido al Valle de los Reyes del antiguo Egipto que al vecino monasterio de San Lorenzo de El Escorial que, además de panteón real, fue palacio, residencia de la Corte y centro administrativo. Se concibió como un lugar de peregrinación. Lo tenía todo para pasar un domingo en familia: una basílica subterránea, un monasterio benedictino con su escolanía, una gran explanada para eventos al aire libre, una cafetería, un mirador, una tienda de souvenirs y hasta un funicular. El franquismo tenía una vertiente kitsch nada desdeñable.

En principio no había planes de enterrar a Franco allí. Entre otras cosas porque Franco no era un caído de guerra. La idea de hacerlo fue una zalamería de última hora de Carlos Arias Navarro, último presidente de Gobierno del franquismo y primero de la monarquía. El rey Juan Carlos aceptó encantado y hasta presidió las exequias al pie de la cruz. Aquello acaeció el día 23 de noviembre de 1975 y ahí debió concluir esta historia. De hecho ahí concluyó durante varias décadas, hasta que Zapatero creó una polémica donde nunca había existido. Desde entonces, y de esto hace ya diez años, la cruz de Cuelgamuros ocupa más espacio en los periódicos que en los años 50, cuando la prensa del régimen daba puntual cuenta de los avances en las obras.

Se ha hablado de cerrar el complejo, de reconvertirlo en otra cosa después de vaciar la fosa común excavada bajo el risco, e incluso de dinamitarlo todo y devolver al paraje el virginal aspecto que tenía en 1940, cuando los ojos de Franco se posaron sobre él. Los menos ambiciosos se conforman con sacar al dictador y que sus deudos se lleven los restos a otra parte, al cementerio del Pardo mismamente, donde la familia adquirió una tumba en la que hoy reposa Carmen Polo. Si a ellos les parece bien, adelante. Incluso se les podría invitar a hacerlo para que el Valle de los Caídos hiciese honor a su nombre y sus entrañas solo albergasen caídos. Los benedictinos que custodian la basílica, a quienes se les entregó solemnemente el cuerpo hace 40 años, no tendrán problema alguno en devolverlo. Arias Navarro hace ya mucho que pasó a mejor vida y el rey emérito por la cuenta que le trae no dirá esta boca es mía.

Otra cosa distinta es, como pretende el PSOE, Podemos o Ciudadanos, resignificar el lugar. Eso es simplemente imposible como lo sería resignificar la pirámide de Keops, el Taj Mahal, el mausoleo del primer emperador Qin de China o la tumba de Lenin en la Plaza Roja de Moscú. El Valle de los Caídos es lo que es y se levantó con el objetivo de servir de monumento a un régimen que sus muñidores creyeron eterno pero que duró lo mismo que su fundador. España está llena de construcciones del mismo estilo. Cada una reflejando los valores y obsesiones de su tiempo. ¿Qué es sino San Lorenzo del Escorial, San Isidoro de León, el monasterio de Poblet, la Capilla Real de Granada o el larguísimo etcétera de monumentos repartidos por nuestra geografía alzados a mayor gloria de una persona, una dinastía o la munificencia de un imperio?

Las personas pasan, los Estados también, las piedras permanecen. Por eso los faraones se enterraban en pirámides. Sabían que solo así se mantendrían en la memoria del pueblo durante generaciones. El Estado franquista desapareció hace ya casi medio siglo. No lo hizo, como otras dictaduras, tras una guerra que arruinase su legado físico. El franquismo se extinguió pacíficamente por televisión con Franco entubado en la cama de un hospital de la Seguridad Social. El desmontaje del régimen corrió a cargo de los propios franquistas con la connivencia de los que no lo eran. Nuestros padres, nuestros abuelos, se dieron un abrazo, se perdonaron las ofensas y eso fue todo. En algún momento tendremos que aceptarlo.

El pasado no se puede resignificar. Se debe aprender a convivir con él y extraer las oportunas lecciones. Pero en España no queremos convivir con nuestra propia historia, que es larga y está llena de tropiezos. Le hemos declarado la guerra como si nos avergonzásemos de venir de donde venimos. Esta psicosis colectiva, azuzada desde la política para construir sobre ella una legitimidad nueva, nos terminará pasando factura.

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La Segunda República: de mito a timo. -Jorge Vilches/Vozpópuli-

El mito es una falsedad para sostener un discurso político. En eso han convertido la Segunda República ciertos historiadores, algunos partidos y unos cuantos medios. La distancia y el acercamiento crítico a los hechos nos muestra otra cosa.

Un tribunal ha obligado al alcalde de Cádiz, José María González, más conocido como “Kichi”, a retirar la bandera tricolor de un lugar público. El dirigente podemita alegó que se trataba solamente de una referencia histórica –como hizo el año pasado–, pero es dudoso que, con el mismo ánimo de recordar la Historia, el próximo 18 de Julio ponga la rojigualda con el águila de San Juan. Otro tribunal ha impedido que el gobierno de Navarra, otrora cuna de los requetés que se batían por el “Dios, Patria, Rey”, hiciera lo mismo. Tenemos también al impagable diputado Alberto Garzónhaciendo bolos por todo el país para blanquear el comunismo republicano, como si el PCE, entre su fundación y 1956,  hubiera alguna vez luchado por una República que no fuera soviética.

Todo este esperpento procede de la mitificación de la Segunda República, que aquí se ha pasado a historiar como la “antiEspaña” por los franquistas y posfranquistas, y como la culminación buenista por los izquierdistas. Dejando aparte el teatro dramático de polemistas como Pío Moa y Ángel Viñas –que viven de la bronca, retroalimentándose como si fueran trolls tuiteros o personajes de un talk-show de La Sexta-, lo cierto es que aquel periodo nada tuvo que ver con la democracia, la reforma o la libertad, y sí con la violencia, el exclusivismo y el ajuste de cuentas.

La Segunda República es un mal ejemplo democrático, pero la hegemonía cultural de la izquierda, que ha tomado la educación, las artes y los medios, nos lo han presentado de otra manera. Ahora que se aproxima el 14 de abril, y que veremos recordatorios mediáticos y callejeros, voy a repasar algunas de estas cuestiones.

La bandera republicana

La sustitución de la tricolor por la rojigualda fue por decretazo, con fecha del 27 de abril de 1931, de un Gobierno autoproclamado, provisional, que nadie había elegido. El gran JosepPla, entonces por Madrid, escribió que el 14 de abril, cuando Alfonso XIII ya se había ido, la izaron en el Palacio de Comunicaciones unos funcionarios, quienes, decía, “solo tienen de bandera el sueldo”. Los madrileños la miraban preguntándose qué era aquello. Pla no exageraba porque era el emblema de la Conjunción republicana; esto es, de una parte.

Miguel Maura, que fue ministro de la Gobernación en aquel primer Ejecutivo republicano, dejó escrito que no pensaban cambiar la bandera porque entrañaba “problemas de todo tipo”, pero que se dejaron llevar por el ímpetu de algunas autoridades locales, como la de Barcelona. Luego buscaron un anclaje histórico falso: no era el morado de Castilla ni se creó durante la Primera República (1873).

El general Vicente Rojo, el último defensor del Madrid “republicano”, escribió tras la guerra que la nueva bandera había sido un error: la rojigualda no representaba a la monarquía, como dijeron, sino a la nación, que la hicieron suya los que desde 1808 lucharon por la libertad. La republicana, concluía, no fue una aspiración popular, era partidaria y dividía España.

La imposición trajo muchos problemas porque no fue el resultado de un referéndum, ni de una votación parlamentaria, ni contó con un informe técnico como sí había tenido el cambio del escudo en 1869. El gobierno arrestó a los que portaban la rojigualda o escribían a su favor, y se produjeron quemas de la tricolor como protesta.

La cultura del odio

En la España de la Segunda República se desarrolló lo que Mosse llamó “brutalización de la política”, con una “banalización de la violencia”, tal y como contó Arendt. El socialismo bolchevizado de Largo Caballero, que contó con la complicidad ocasional de Indalecio Prieto, el comunismo y el anarquismo, alimentaron los peores instintos posibles en la incipiente sociedad española de masas: el odio. El aplastamiento del enemigo era una forma de librar al Progreso de un obstáculo para llegar al Paraíso. De ahí la tolerancia hacia la violencia de abajo, y la planificación de violencia desde arriba, como en 1934, así como la más dura represión, como en Casas Viejas. Y es que la violencia partió mayoritariamente del lado izquierdista.

La quema de iglesias, sedes políticas y periódicos –solo 18 entre febrero y julio de 1936-, así como los asesinatos políticos –un total de 2.250-, asaltos y palizas, fueron muy frecuentes. Los anarquistas se levantaron en cuatro ocasiones contra la República gobernada por los socialistas antes de 1934. También contó con el pronunciamiento chusco del general Sanjurjo, las continuas declaraciones del estado de guerra –hasta 18-, y la violencia verbal en las Cortes.

El liberalismo y el parlamentarismo eran fantasmas en aquella España, sustituidos por la cultura del odio, en la que un acto violento era un instrumento político en nombre del pueblo, la patria, la raza o el proletariado.

Más censura que nunca

Desde el primer día. La Ley en Defensa de la República (octubre de 1931) tipificaba como delito la difusión de noticias que el gobierno entendiera que podían perturbar “la paz o el orden público”, que despreciaran “las instituciones u organismos del Estado”, o hicieran “apología del régimen monárquico”. Aquello era un atentado a la libertad, como dijeron algunos diputados, a lo que Azaña contestó que había periodistas que eran “monas epilépticas que por equivocación llevan el nombre de hombres” y que estaba dispuesto a “romper el espinazo al que toque la República”.

La suspensión de periódicos de todo tipo y las multas para forzar su cierre, a pesar de la censura previa, eran más que frecuentes. El gobierno de Azaña prohibió a la prensa que llamara “asesinato” a la muerte del diputado Calvo Sotelo, pero no a la del teniente Castillo. El periódico Ya se saltó la prohibición y fue suspendido. La libertad de prensa y expresión retrocedió en España durante la Segunda República en comparación con la existente durante la Restauración.

El voto y las elecciones

Casi toda la izquierda se opuso a que la mujer votara. No hace falta más que leer a Clara Campoamor frente a la socialista Victoria Kent y la comunista Margarita Nelken. El argumento en contra era que la mujer –como si fuera un sujeto colectivo, muy parecido, por cierto, a cómo lo aborda ahora la perspectiva de género- era prisionera del confesionario, y que votaría lo que dijeran los curas.

Claro, preferían el púlpito de los mítines socialistas o comunistas de sus religiones laicas. Luego se produjo la persecución de Campoamor –recomiendo su obra “El voto femenino y yo. Mi pecado mortal” (1936)- por parte de las izquierdas, con insultos machistas, vejaciones y apartamiento de la política porque la culpaban de la victoria de la derecha en 1933.

A esto añadimos el fraude en los resultados electorales de febrero de 1936. La ola de violencia que rodeó la primera vuelta, el 16 de ese mes, hizo que el presidente Portela dimitiera, y Alcalá Zamora lo sustituyó en pleno proceso electoral por Manuel Azaña, uno de los jefes del Frente Popular. Ante su pasividad –por ser benévolo-, los frentepopulistas asaltaron los colegios electorales, violaron la documentación, tacharon resultados y pusieron otros.

No contentos con esto, y tras una segunda vuelta en la que la derecha, la CEDA en particular, bajó los brazos, la Comisión de Actas quitó por “convicción moral” 50 escaños a sus enemigos y se los atribuyó al Frente Popular con la connivencia de Azaña y Prieto. Así consiguió mayoría absoluta. Esto no justifica el golpe de Estado del dictador Franco y compañía, sino que deja en su sitio antidemocrático a la Segunda República.

El mito

El mito es una falsedad para sostener un discurso político. En eso han convertido la Segunda República ciertos historiadores, algunos partidos y unos cuantos medios. La distancia y el acercamiento crítico a los hechos nos muestra otra cosa. Y eso que, por falta de espacio, no hablo del papel deplorable que tuvieron las élites, tanto de la derecha como de la izquierda –como señaló el sociólogo Juan José Linz–, ni de otros “agentes sociales”. Dejémoslo aquí.

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Apología del comunismo. -Jesús Laínz/LD-

En 1990, exactamente cincuenta años después de los hechos, Mijaíl Gorbachov admitió oficialmente que la NKVD había asesinado en 1940 a los miles de polacos enterrados en las fosas de Katyn, así como en las de Mednoye y Piatykhatky. Y dos años después Borís Yeltsin entregó al presidente polaco Lech Walesa los documentos firmados por Beria y Stalin en los que ordenaron aquella masacre.

Por el camino habían quedado ocultaciones de los gobiernos aliados para no entorpecer el esfuerzo de guerra contra Hitler, acusaciones falsas a los nazis en el juicio de Nuremberg y, sobre todo, confesiones arrancadas mediante tortura y varios oficiales alemanes ahorcados por un crimen que no cometieron.

Una minucia si se compara con el genocidio cometido por Stalin, en tiempo de paz y contra su propio pueblo, para meter en vereda a unos ucranianos que no mostraron todo el entusiasmo que hubieran debido ante el proceso de colectivización. Entre 1932 y 1933 murieron de hambre planificada por el Estado alrededor de tres millones de personas en lo que posteriormente sería bautizado como Holodomor (“matar de hambre” en ucraniano), uno de los episodios más espantosos de toda la historia de la Humanidad y que, sin embargo, casi nadie conoce. Y podríamos continuar con el horror del gulag soviético, con las decenas de millones de muertos a manos de Mao o Pol Pot y con mil y una maravillas más de la ideología política ganadora de la medalla de oro en producción de cadáveres. Pero todo esto no son más que unas breves notas al pie en una historia de los crímenes políticos casi monopolizada por los de los regímenes antagonistas del comunismo, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial.

El eximio historiador francés Emmanuel Le Roy Ladurie, antiguo militante de los partidos comunista y socialista, resumió así este curioso desequilibrio:

Existe una amnesia hacia el pasado del comunismo, mientras que sobre el nazismo y sus secuelas, tanto las reales como las supuestas, lo que domina es la hipermnesia.

¿Cuáles son las causas de este desequilibrio? Le Roy Ladurie señaló que mientras que los campos nazis fueron fotografiados y publicitados por los vencedores de 1945, ningún ejército extranjero llegó a derribar y filmar el gulag soviético. A ello habría que añadir que los crímenes nazis fueron condenados con efectos universales y perdurables en el Juicio de Nuremberg, mientras que los de sus victoriosos enemigos fueron olvidados o al menos justificados. Finalmente, del mismo modo que las películas de John Wayne han hecho más por la consolidación de la nación estadounidense que todos los artículos de su Constitución, Hollywood lleva setenta años sacando jugo a la victoria sobre el nazismo, mientras que Katyn y el Holodomor no han tenido ni un Gerald Green que los novele ni un Stanley Kramer que los juzge ni un Steven Spielberg que los eleve a la cima del Oscar.

Por todos estos motivos el totalitarismo fascista, que cometió el insuperable error de perder la guerra, ha sido condenado a la ignominia eterna mientras que el totalitarismo socialista, que tuvo la suerte de estar en el bando vencedor, sigue gozando de una respetabilidad inmerecida. Y no sólo por sus enormes crímenes, sino también por tratarse de unos regímenes que tuvieron que levantar un muro, no para defenderse de los enemigos exteriores, sino para impedir que el paraíso proletario se les vaciara; y que, finalmente, acabaron derrumbándose por su propia ineficacia e injusticia.

A pesar de todo ello, los últimos restos del naufragio socialista, la estrábica China capitocomunista, la alucinante Corea, la paupérrima Cuba y la esperpéntica Venezuela, siguen cautivando la imaginación de millones de pijos occidentales, españoles sobre todo, de ignorancia sólo superada por su irresponsabilidad.

Lo trágico de este inconmensurable disparate es que la gran mayoría de incautos sólo acabarán dándose cuenta de su error cuando ya no haya curación para los males causados.

El ‘pucherazo’ del 36. -Javier Redondo/El Mundo-

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Acta manipulada a lápiz para atribuir más votos al FP. Aparece en el libro 1936 Fraude y violencia. Procede del archivo de la Diputación de Jaén.

Actas con raspaduras y dígitos cambiados para añadir más votos que los reales a los candidatos del Frente Popular en Jaén, donde hubo urnas con más votos que votantes; recuento adulterado gravemente en La Coruña; fraude en Cáceres, Valencia -con escrutinios a puerta cerrada sin testigos- o Santa Cruz de Tenerife, donde “la victoria oficiosa del centro-derecha se convirtió en un corto triunfo del FP, que se anotó los cuatro escaños de las mayorías; desvíos de votos en Berlanga, Don Benito y Llerena para perjudicar a la CEDA… Al menos el 10% del total de los escaños repartidos (lo que supone más de 50) no fue fruto de una competencia electoral en libertad, sostienen Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, los autores de ‘1936: Fraude y Violencia‘. El libro supone, según el historiador Stanley G. Payne, “el fin del último de los grandes mitos políticos del siglo XX”. “España se ha vuelto Coruña”, dejó escrito Niceto Alcalá-Zamora para referir cómo se generalizó lo ocurrido en La Coruña, que para el ex presidente de la República ejemplificaba “esas póstumas y vergonzosas rectificaciones” acontecidas con las actas electorales. Si a los 240 asientos conseguidos por el Frente Popular se le restan los que fueron fruto del fraude, las izquierdas solas no habrían llegado al Gobierno.

Tras un meticuloso empeño detectivesco, consultar y desempolvar los archivos y actas, una a una, de cada provincia, además de otras fuentes primarias -memorias y prensa-, los prestigiosos historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García han reconstruido, casi minuto a minuto, el relato del recuento de las últimas elecciones generales anteriores a la Guerra Civil. Y publican, por primera vez, tras consultar todas las actas, los resultados oficiales de las elecciones del 16 de febrero de 1936, que pasaron a la historia como las de la gran victoria del Frente Popular y situaron a Manuel Azaña al frente del Gobierno de la II República. No sólo confirman que la derecha se impuso por 700.000 votos en el conjunto de España, sino que explican los casos más escandalosos de fraude.

Vuelcos increíbles y recuentos de papeletas interrumpidas. Papeletas que aparecen a última hora, en bloque y a veces en sobres abiertos, para decantar el resultado en una mesa. Otras con tachaduras, borrones y raspaduras… En La Coruña, Orense, Cáceres, Málaga, Jaén, Santa Cruz de Tenerife, Granada o Cuenca ocurrieron cosas muy raras. Todas influidas por una circunstancia sabida pero que ha pasado relativamente desapercibida: en mitad del recuento -que ocupaba varios días- dimitió el Gobierno de Portela -a quien los autores responsabilizan en gran parte del desaguisado-. El nuevo Gobierno, “sólo de Azaña”, como diría el presidente de la República, Alcalá Zamora, para subrayar que lo integraban figuras secundarias de la Izquierda Republicana y Unión Republicana, condicionó las horas decisivas del escrutinio.

Las elecciones de febrero de 1936 fueron limpias; la campaña, muy sucia. Se cerró, precisan los autores, con 41 muertos y 80 heridos de gravedad. La violencia se instaló en las calles y los comicios adquirieron un carácter plebiscitario en un ambiente viciado, radicalizado, polarizado y caníbal. Fueron unos comicios en pie de guerra en los que parecía ventilarse el futuro de la República.

Ahora el libro de los historiadores y expertos en el periodo Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, que recogen en la obra 1936. Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa), descubre la verdad de lo ocurrido. Se trata de una mastodóntica y absolutamente novedosa investigación que, como subraya el hispanista Stanley Payne, pone fin a uno de los “grandes mitos políticos del siglo XX».

Porque los profesores de la Universidad Rey Juan Carlos (Álvarez imparte allí Historia del Pensamiento Político y Villa, Historia Política) desmontan leyendas construidas en torno a la victoria de las izquierdas. Lo que sucedió durante los días posteriores a la votación no fueron manifestaciones de entusiasmo, celebración y alborozo de simpatizantes del Frente Popular, sino prácticas coactivas y de intimidación organizadas e instigadas por las autoridades interinas provinciales, que aprovecharon el cambio repentino de Gobierno el día 19. Se extendieron por todo el país, generaron un clima de inseguridad jurídica en torno al recuento e influyeron en los resultados finalmente admitidos.

Los autores, además de publicar por vez primera los resultados oficiales de aquellas elecciones, identifican los casos de fraude, falseamiento y manipulación. Detallan caso a caso, vuelcos inexplicables y recuentos interrumpidos; papeletas que aparecen a última hora, en bloque, para decantar el resultado en una mesa y otras con tachaduras, borrones y raspaduras. Demuestran que algo más del 10% del total de escaños de esas nuevas Cortes, más de 50, no fue fruto de una libre competencia electoral.

Nunca hubo un acta única con los resultados oficiales. Las Juntas Provinciales informaban del recuento a la Central, que lo trasladaba al Congreso. El cómputo final debía aparecer en los anuarios estadísticos del año siguiente. No fue así. Hasta el momento, los historiadores hacían proyecciones sobre la base de la relación entre las cifras publicadas en prensa y la asignación final de escaños.

El fraude fue directamente promovido o pasivamente respaldado por las autoridades provinciales interinas del Frente Popular, que obraron con total impunidad y pudieron hacerse con la documentación electoral tras el cambio de Ejecutivo, hecho que propició la dimisión de los gobernadores civiles y presidentes de Diputación o simplemente su expulsión o detención -en algunos casos para preservar “su seguridad”-. Por supuesto, la ola de violencia desatada entre los días 16 y 19 precipitó los acontecimientos. En algunos lugares los alborotadores obligaron a las autoridades de un hospital de leprosos a dejar marchar a los enfermos.

Las elecciones se falsearon fundamentalmente en mesas de Málaga y Santa Cruz de Tenerife, donde hubo de repetirse la votación. Aunque sin la fiscalización y presencia de apoderados de centristas y representantes de las derechas. Fueron, según se desprende del nuevo libro, una auténtica farsa.

El día 20 debían abrirse de nuevo 57 colegios de la capital malacitana. Se disputaban nada menos que 29.000 votos. Los resultados del día 16 favorecieron con holgura al FP. Por eso resulta un misterio que la coalición cambiara de candidato (práctica legal), el socialista Luis Dorado, que tenía que sacar 13.000 votos de diferencia respecto del cedista para asegurar su escaño. Militantes del FP ocuparon en la víspera la sede del Gobierno Civil y sustituyeron al gobernador por un concejal afín. Lo mismo hicieron en el Ayuntamiento y la Diputación. El nuevo gobernador clausuró las sedes de la CEDA y Falange y detuvo a varios afiliados. Finalmente, el cedista Emilio Hermida retiró su candidatura (lo que no impedía que fuera votado). Hubo disturbios y tiroteos, pero votó todo el mundo: unos 29.000 censados. Casi 28.000, al socialista Dorado.

En Santa Cruz de Tenerife el triunfo parecía asegurado para el representante de centro-derecha, que llevaba, según el Gobierno Civil y a falta de abrir los últimos colegios, una ventaja de 11.000 votos. El centrista Félix Benítez de Lugo, dándose por vencedor, pidió el voto por las candidaturas republicanas para frenar a socialistas y comunistas (el sistema electoral era de lista y mayoritario en circunscripciones plurinominales).

El día 19 se produjo un giro inesperado: candidatos del FP invitaron al gobernador a dejar su puesto. La razón era sencilla: no tenía sentido que siguiera en él si su Gobierno había dimitido. Ugetistas, cenetistas y miembros del FP exigieron a Azaña en varias ciudades la apertura de cárceles para liberar a los “presos sociales” y la entrega a las izquierdas de los ayuntamientos, esto último para impedir que la derecha alterase los resultados. El día 20 se declaró el estado de guerra en la ciudad. El candidato radical se retiró. Proclamada una huelga general, las elecciones no se celebraron. No obstante, en ocho de nueve colegios aparecieron las papeletas del FP: 3.700 votos fantasma que contribuyeron, junto con otras manipulaciones de las actas, a dar un vuelco al resultado de la provincia.

También tenían que votar el día 20 los electores del pueblo jienense de Alcaudete. Acudieron a las urnas mientras la Junta Provincial procedía al escrutinio. Total, que las izquierdas se impusieron en ese feudo de tradición conservadora por 599 a 0. En Linares aparecieron urnas sin precintar y en cinco de la provincia había más votos que votantes censados. Asimismo, en Valencia, La Coruña o Cáceres se rompieron o interceptaron urnas.

En Valencia las fuerzas estaban igualadas. El cambio de Gobierno precipitó un aparatoso recuento de 21 municipios: las izquierdas ganaron por 400 votos, los suficientes. La Junta Provincial se negó a un recuento oficial, porque “ya se había hecho a puerta cerrada”.

En La Coruña el cómputo se prolongó hasta el día 24: los resultados de 188 actas no se correspondían con las certificaciones de las mesas. “España se ha vuelto Coruña”, escribió Alcalá Zamora. Allí las autoridades interinas exigieron la presentación inmediata de las actas de 56 colegios y amenazaron con una huelga general si no se encontraba una solución “satisfactoria para las izquierdas”. Los candidatos de las derechas fueron arrestados por un día acusados de fraude.

Y en siete municipios de Cáceres la documentación llegó a la Junta Provincial con el lacrado roto y los sobres abiertos. En cinco mesas desapareció el acta de la votación. Los investigadores ilustran con muchos ejemplos de maniobras similares que el cambio de autoridades modificó el reparto final de escaños. Interrumpieron el recuento donde la contienda estaba más ajustada.

El día 20, cuando se reunían las Juntas Provinciales, el procedimiento para introducir confusión fue parecido en muchos sitios: las izquierdas denunciaban a las derechas por manipulación y fraude, impugnaban los resultados e incluso detenían a sus representantes. Hasta ese momento, la mayoría del FP sólo se daba “por supuesta”.

El propio Portela, cuyo escaño por Pontevedra estaba en el aire, rehusó avanzar resultados antes del día 20. Algunas embajadas adelantaban el día 18 un empate, lo cual convertía en decisiva la segunda vuelta, que a la postre fue irrelevante, a pesar de tener que realizarse en un buen número de provincias. Las izquierdas pusieron en marcha su aparato propagandístico: el FP “no se dejaría arrebatar la victoria”; “¿Tienen el mismo valor, políticamente, el medio millón de sufragios logrados en Madrid y Barcelona que los 50.000 arrancados a los campesinos palentinos por el caciquismo?“. Las consignas del PCE iban dirigidas al nuevo Gobierno, cuyo deber era ajustar las Cortes, “desembarazadas de impurezas”, a las preferencias electorales, que nada tenían que ver con las de “un capitán de industria como March”.

Las izquierdas no estaban dispuestas a admitir un escrutinio que no les otorgara la victoria. Según el estado de opinión que se creó, partiendo con la ventaja adquirida, cualquier vuelco durante el escrutinio era fraudulento. El FP se impondría en número de escaños, pero estaba en juego la mayoría parlamentaria suficiente: 240 asientos.

¡Bingo!, obtuvieron más de 50 escaños de manera dudosa. Los números salieron tras el cambio de Gobierno, pues antes de esa fecha y en los dos primeros días de recuento, los datos de Alcalá Zamora, Azaña y el embajador británico coincidían: entre 216 y 217 diputados para el FP. Si a los 240 asientos conseguidos por el Frente Popular se le restan los que fueron fruto del fraude, las izquierdas solas no habrían llegado al Gobierno. En total había 473 escaños en liza.

El Gobierno de Azaña era legal y legítimo, pues correspondía al presidente disolver y nombrar otro, pero su “inteligencia política” no sale bien parada. Este libro precisa todo lo que ocurre en esos cuatro días. El 19 lo cambió todo. Tras la “huida” de Portela, el FP se hizo con el poder local, hecho decisivo para condicionar el recuento y crear una atmósfera intimidatoria. Los desórdenes no se produjeron como reacción a los rumores de golpe sino para asegurar una mayoría parlamentaria al FP. El Estado de Derecho quedó de facto suspendido.

La tarea que han hecho Tardío y Villa es prodigiosa. Para demostrar el fraude han seguido un escrupuloso método de verificación de los aspectos legales y formales de las elecciones. Después han comparado votos escrutados en las mesas y los resultados proclamados por las juntas -aquí está la madre del cordero del falseamiento-. Y por último, han analizado la justificación de las impugnaciones.

Han sido más de cinco años de investigación. No recurren a documentos secretos. Todos son públicos. Había que expurgarlos, ordenarlos y construir el puzle. La mayoría de los papeles no habían sido consultados antes. Los autores han recorrido España y han escudriñados los archivos del Foreign Office, el Quai d’Orsay y el archivo del Vaticano para contar desde distintos ángulos seis meses decisivos en la historia de España, desde diciembre de 1935 hasta la primavera del 36.

Los autores testan la calidad democrática de la República y sostienen que la CEDA resistió electoralmente. Demuestran que había una sólida base sociológica para construir una República inclusiva. Por desgracia, sostienen en conversación con Crónica, “la estrategia del Frente Popular en la discusión de las actas en el Congreso y el hecho de que la izquierda republicana, con Azaña a la cabeza, no se plantara ante el radicalismo socialista, fue lo que una vez más dinamitó los puentes de diálogo con la oposición conservadora. Eso constituyó un duro golpe para la consolidación de la joven democracia republicana“. En todo caso, no dan pábulo a las tesis revisionistas que proyectan determinados acontecimientos sobre el Golpe del 36. Cuentan hechos desnudos, con máximo rigor y sin prejuicios. Muy pocas veces se puede decir de un libro que es definitivo. 1936. Fraude y Violencia lo es.

-“1936. Fraude y violencia” (Espasa), de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, sale a la venta este martes-

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Descubren una cueva de los Caballeros Templarios. -PD-


Lo que parecía ser una madriguera de conejos común y corriente dentro de una granja en Reino Unido condujo al descubrimiento de un santuario subterráneo que usaban los devotos de una orden religiosa medieval. Pero, ¿es sólo eso o hay algo más?

Según una leyenda local, las Cuevas de Caynton, en el condado de Shropshire (oeste de Inglaterra), eran utilizadas por los Caballeros Templarios en el siglo XVII.

La estructura ubicada a menos de un metro de profundidad parece estar intacta.

El propósito original de ese lugar es un misterio, pero Historic England, un organismo que se encarga de preservar los sitios históricos ingleses, ha descrito la cueva como una “gruta”.

Ese organismo cree que esos sitios fueron probablemente construidos a fines del siglo XVIII o inicios del siglo XIX, cientos de años después de que la Orden del Temple se disolviera.

Según Historic England, pareciera que las cuevas eran usadas para llevar a cabo “rituales de magia negra” por los visitantes.

El fotógrafo Michael Scott, de la ciudad inglesa de Birmingham, fue a retratar el lugar después de ver un video de las cuevas en internet.

“Caminé por un potrero para llegar al lugar, pero si no sabes que está ahí, fácilmente pasas al lado sin darte cuenta”, comentó.

“Considerando el tiempo que ha estado ahí, el sitio está en condiciones maravillosas, es como un templo subterráneo”.

El sitio tiene una red de pasillos y arcos tallados en piedras areniscas.

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También hay una fuente.

Scott dijo que la cueva era “bastante estrecha” y que las personas que miden 1,8 m de altura debenagacharse para poder entrar.

Algunas cámaras son tan pequeñas que los que las exploran tienen que entrar prácticamente gateando.

“Tenía que agacharme para entrar y cuando ya estaba adentro, había un silencio absoluto. Vi unas pocas arañas pero nada más. Como estaba lloviendo, la pendiente para llegar a la cueva estaba llena de lodo, pero adentro estaba seca”, añadió.

Las cuevas habían sido selladas en 2012 en un intento por mantener alejados a los vándalos y a los practicantes de magia negra.

Aunque el rumor de una conexión entre las cuevas y los Templarios parece improbable, según los historiadores, vale la pena recordar cómo era esta orden.

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¿Quiénes eran los Caballeros Templarios?

Los Templarios eran una orden militar católica fundada en el siglo XII para proteger a los peregrinos que se dirigían a Jerusalén por rutas peligrosas.

Sus miembros eran caballeros armados vestidos como monjes, a quienes se les concedían determinados privilegios legales y cuyo estatus era respaldado por la Iglesia.

Tenían la reputación de tener mucho dinero y poder.

En 1095, el Papa Urbano II le prometió a los templarios de Europa que sus pecados quedarían perdonados si se embarcaban en una cruzada para recuperar Jerusalén en el nombre del cristianismo.

Muchos respondieron “tomando la cruz”, gesto que se tradujo en las pequeñas cruces rojas que cosieron en sus túnicas.

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