Archivo de la categoría: Política

Consenso para estafar. -Cristina Losada/LD-

Hace mucho que no se veía en el Congreso un consenso tan amplio y tan plural. Desde el PP hasta Podemos, pasando por el PSOE, desde el nacionalismo canario hasta el separatismo catalán, ha sido un todos a una, Fuenteovejuna, a favor de la ley que actualiza el cupo vasco. Todos a una menos uno: el grupo parlamentario de Ciudadanos. Y los dos diputados de Compromís. Pero si no se veía hace tiempo un acuerdo de tanta amplitud y heterogeneidad es simplemente porque no se renovaba el cupo desde 2011. Estamos ante uno de esos raros asuntos en los que suele haber una armonía y conformidad desusadas. El cupo, digamos, es un asunto de Estado. Y el cálculo del cupo, un secreto de Estado.

“Prácticamente no hay números, y los que hay no se sabe muy bien de dónde salen”, decía al respecto Ángel de la Fuente, uno de nuestros mejores expertos en financiación autonómica, al diario El Mundo. Su hipótesis, tanto para esta ley como para las anteriores, es que quienes negocian se ponen de acuerdo en la cantidad y después pergeñan el armazón técnico que la justifique. Mikel Buesa ha constatado que cada renovación del cupo coincide con instantes en que el Gobierno de España necesita los votos de los diputados del PNV. Una regla que se confirma en esta ocasión, igual que se confirma esta otra: el cálculo infravalora lo que tendrían que pagar al Estado las diputaciones vascas.

El Partido Popular lleva días tuiteando a diestra y siniestra que el sistema fiscal del País Vasco no es mejor, sino diferente. Pero resulta que es las dos cosas. Gracias a los apaños que se hacen a la hora de calcular el cupo, la comunidad autónoma vasca dispone del doble de recursos por habitante que el promedio de las de régimen común. Una bicoca. Y una que no se puede atribuir, como algunos atribuyen, a razones históricas. Una cosa es que las guerras carlistas y el Abrazo de Vergara nos dejaran como legado el Concierto Económico y otra bien distinta es hacer trampas en el cálculo. La estafa contable no está incluida entre los Derechos Históricos que reconoce la famosa disposición adicional que incrustó el Concierto en la Constitución.

Es llamativo que una estafa contable concite tanto entusiasmo consensual. No es novedad, ciertamente, en el PP y en el PSOE, que se han turnado en la negociación del amaño para lograr el respaldo del PNV. Es en ellos habitual, y responsabilidad de ambos. De hecho, al inicio de esta legislatura, los socialistas instaron a Rajoy a buscar el apoyo del nacionalismo vasco a fin de tener los votos suficientes para formar Gobierno. Pero no lo hacen tanto por la gobernabilidad de España como por ellos mismos. Lo hacen también por su cuota electoral en el País Vasco.

Tristemente, el partido que cuestione un procedimiento que redunda en ventajas para una comunidad autónoma y en perjuicios para el resto de los españoles será castigado por muchos de los que disfrutan del privilegio. Y no son PP ni PSOE los únicos que no desean verse afectados por esos ramalazos de egoísmo. Ahí tenemos a los podemitas, que se han sumado a las prácticas habituales, seguramente imbuidos del temor a los efectos de oponerse al privilegio. No sabíamos que se llamaban Ahora Podemos Unidos por el Cupo. Ya lo sabemos. Como sabemos que su hostilidad hacia la Constitución del 78 tiene límites precisos: limita al norte con el pufo fiscal. Ese candado por nada del mundo quiere romperlo Iglesias.

Ya que hablamos de hostilidades, son significativas las que desató la sesión parlamentaria. Porque el consenso sobre la estafa contable, tan armónico él, se mostró enormemente agresivo con Ciudadanos. Lógico: el único partido que se opuso dejó en evidencia a los concertados para el tongo. No bastaba con aprobar el pufo, había que machacar a quien levantara la voz en contra.

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La Izquierda “chic” contra la bandera española. -F.J.Losantos/LD-

Por una vez, la Izquierda llegó a tiempo. En la primera y asombrosa manifestación contra el separatismo en Barcelona, ya el melifluo Borrell increpó a la muchedumbre que, enarbolando banderas españolas, pedía el cumplimiento de la Ley (“Puigdemont, a prisión”). “Sssst! –chitó- ¡Esto no es un circo romano”. Él, tan finústico, preferirá Le Cirque du Soleil. De ahí el repelús ante tanto pueblo español con su bandera al viento y no a cuestas.

Aquel “Sssttt” a lo Rotemmeyer del alquitarado socialista, súbito abogado de la Generalidad separatista, pudo provocar que cualquiera de las fieras de la arena o del público sediento de sangre, que eso es un circo romano, viendo que Borrell proclamaba mártir a Puigdemont, le hubiera mordido la clámide. Pero las fieras eran tan pastueñas, llevaban tan orgullosa y festivamente su bandera recién estrenada en público, porque lleva décadas tan prohibida en la calle como el español en las aulas, que no quisieron estropear el acto mandando a tomar viento de Abengoa al embajador del rojerío chic, recién llegado de muy, muy afuera.

El socialismo domador de españoles

Pero el déspota a medio ilustrar se quedó satisfecho. Había hecho lo que se espera de un intelectual y político de izquierdas: marcar distancias con la horda española, buena para votar, no para ser atendida y respetada. Al cabo, Borrell es uno de los domadores –por eso se le escapó lo del circo- de la fiera española, arrinconada en los alrededores de la Ciudad de los Prodigios Transversales, uno de los caporales que la han herrado con las cuatro barras de la ganadería catalana, donde los maestros instilan el odio a su lengua y su nación a los niños, hijos de padres españoles a los que deben marginar, y los adiestran para que voten a la Izquierda y aplaudan al Barça.

En la segunda manifestación, un modelo de apropiación indebida por los partidos políticos y en especial por el PSC, que no quiso ir a la primera, Borrell salió al Coliseo dispuesto a echarle un tasajo de carne a la apaleada fiera. En la anterior opuso con la cursilería liricoide típica del progre añejo, la bandera separatista estrellada y la de la Unión Europea, con las estrellas de Eurovisión. Hubo algún comentario sobre el gesto anterior de apostrofar a la fiera y despreciar su bandera, así que esta vez cogió la española, pero el viento, sin subvencionar, deslució el esfuerzo. Quedó como era: falsísimo.

Francesc Frutos contra Manolo Escobar

En esa segunda manifestación, el que se subió a la chepa del millón de españoles fue el dirigente comunista Francesc Frutos, que se hace llamar Paco ahora, no cuando mandaba en Izquierda Unida y atacaba al PP por el delito de poner en duda los beneficios sociales de la inmersión lingüística. Francesc, alias Paco, no cayó en el error de reprocharles la bandera, que con tanta gente repitiendo era suicida, ni les llamó fieras o público de circo romano. Pero tenía que reprocharles algo, no fueran a confundirlo con un político de derechas, así que criticó que cantasen demasiado el “¡Que viva España!”. Podía haber hecho la glosa del “Resistiré”, segundo himno de la rebelión española en Barcelona, pero también era un recién llegado, como Borrell, y dijo echar en falta a otros cantantes que pusieron música a otros poetas, todos de izquierdas, como Antonio Machado y Miguel Hernández.

El tono no fue despótico, como el de Borrell, sino peor: paternalista y condescendiente. No recuerdo que en sus años en el PSUC, el PCE y CCOO, (allí Comissió Obrera Nacional de Catalunya, Vieja Guardia Roja de Pujol y Maragall durante cuarenta años) defendiera España, el español o pusiera en los mítines canciones emocio-nacionales de Paco Ibáñez, que anda ahora etasuno. Tal vez “A galopar”, (hasta enterrarlos en el Mar del Tinell y el Trespercent). Frutos podía haber censurado que Serrat censurase “Mediterráneo” a los manifestantes, mientras renueva a Messi, que es lo único de Cataluña, para la progresía apolítica Barçaluña, sobre lo que se ha atrevido a escribir. Pero no: al que censuró Frutos fue a Manolo Escobar, no fueran a confundirlo con la caspa española a él, calvo de Checa y Gulag. Como Borrell, también se negó a firmar el manifiesto de Libres e Iguales contra el primer referéndum separatista de Artur Mas. Música, sí; letra, no.

En ‘El Español’ contra la bandera española

La última bronca contra los españoles de Cataluña que, empeñados en reivindicar su condición cívica y denunciar la opresión separatista, han sacado a la calle cientos de miles de banderas españolas, se la ha propinado Gregorio Morán en El Español. Está recién llegado tras varias décadas de acomodada intransigencia en La Vanguardia, pero corre el peligro ante el rojerío chic, nieto del de Bocaccio, de que puedan confundirlo con Cristian Campos (por la prosa, difícil, por la ideología, imposible) y ha publicado este sábado un pliego de descargos para evitar que lo confundan con algo distinto a la izquierda de Lenin, en guerra eterna con la España de Franco. El título es muy propio del recio rojerío que lamenta la débil Transición: “¡Banderas, al armario!”. Y a Borrell y Frutos les habrá encantado, seguro. Esta es la explicación de la orden de Morán al millón de patanes españoles:

La recomposición de la vida ciudadana en Cataluña pasa por devolver las banderas a los armarios. Y por lo que puede haber afectado más allá del Ebro, animar a retirarlas todas y de todas partes. Basta conservarlas en los lugares de poder, en las instituciones, como paga y señal de quienes las inventaron y las conservan para bien de sus intereses. ¿Qué sería de un patán sin bandera? Estaría desnudo. El trapo consensuado le sirve como taparrabos y acaba convirtiéndose en el reducto donde atesora, o eso cree él, las raíces patrióticas. Mientras la gente no se manifieste en silencio y sin emblemas no podremos decir que constituimos una sociedad de gentes iguales en derechos y compromisos.

Por insultar que no quede. Pero cualquiera que haya visto las dos manifestaciones españolas habrá comprobado su carácter pacífico y festivo, tan distinto de los alardes del separatismo catalán glosados por la marabunta que puebla el diario donde ha escrito Morán muchos años, tantos que llegué a creerlo primo de Godó. Pero compartir periódico con Rahola y compañía tiene consecuencias. Al despotismo del chequista, que insulta ritualmente a la plebe embanderada, se añade la calumnia que proyecta en los demás lo disimulado o reprimido. Diríase que insulta a todas las banderas, pero no a todos los que las llevan.

Aparece el antifascismo redentor

En lo único que hemos cambiado es en la exhibición de trapos no en el significado del gesto. Cataluña se ha llenado de banderas esteladas solo salpicadas de alguna señera cuatribarrada, otras rojo y gualda, e insólitas tricolores de la II República española que en los tiempos que corren deberían llevar un lema explicativo para ayudar a los nuevos banderizos a entender que el levantamiento contra aquel régimen fue obra del fascismo de verdad y que los presos y las torturas no necesitaban de actrices que simularan la realidad.

Es asombroso el sectarismo, raíz del odio a lo nacional español, de estos nostálgicos del “antifascismo”, bandera propagandística de Stalin en la que bordan la nostalgia falsaria de la II República. Habrá que explicar, como dice Morán, por qué la izquierda sigue inventándose una República que no existió y ocultando que los que se alzaron cuatro veces contra la II República antes que Franco fueron los anarquistas, tres veces y los socialistas y separatistas catalanes en 1934, porque no toleraban que los “fascistas” (!) Lerroux y Gil Robles les hubieran ganado las elecciones.

Claro que su golpe era para instalar una democracia a lo Stalin, y, además ellos nunca llevaban banderas. Nunca abrumaron a la gente con la tricolor, que nunca fue la nacional española, ni con la roja de la hoz y el martillo, ni con la roja y negra de la CNT-FAI, que en vez de combatir el alzamiento de Franco se alzó en Cataluña contra los restos de la República e instauró un régimen de terror que asesinó a 3.000 católicos en quince días.

Pero ante todo hay que posar, evitar que lo confundan con la chusma española. Y Morán se hace el tonto: dice que no entiende las banderas:

Nunca entendí el significado de las banderas y debo reconocer que no recuerdo haber tenido una, ni menos enarbolarla. Aseguran que están hechas de sentimientos, como las postales o la pasión futbolera, y me pregunto qué naturaleza sentimental habrá que depositar dentro de uno mismo para amar a un equipo de fútbol o a una tela. Porque en definitiva las banderas no son más que trapos consensuados.

Yo creo que miente, que entiende lo que significa la bandera norteamericana encima de un féretro o la francesa en el Arco de Triunfo, que ocupa gracias a esos americanos y sus trapos. Lo que le fastidia a Morán, que por cierto, luce en la foto trapos de mendigo consensuados, muy a la moda, es la bandera española. Tal vez hasta en los féretros de los soldados y muchas víctimas de la ETA.

He llegado a oír de determinada gente que es capaz de matar en defensa de su bandera. A mí la primera reacción que me produce una bandera es de rechazo. En algunos casos auténtico desprecio teñido de odio por lo que ha significado en la historia, porque esos trapos consensuados exigen adhesiones nada sentimentales sino más bien ofenden, achican o insultan al que no comparte esos sentimientos de menor cuantía que se jalean con el flamear de las banderas.

Pero todo lo que significa en la historia la bandera roja de la hoz y el martillo no le ha movido a Morán a regurgitar ese odio, tan leninista. Le puede el desprecio, el sectarismo cultivado, el guerracivilismo irredento, la nostalgia de la tricolor, la roja y el poder supremo sobre vidas y haciendas que eso fue la guerra civil que buscó la izquierda y finalmente perdió. No lamenta la guerra que empezó la izquierda sino su derrota. Y lo paga la gente que con su bandera a cuestas se siente y se sabe española, a pesar de la gentuza de izquierda y separatista que, al cabo, también nació aquí.

El experto en alfalfa y otros piensos

El cáncer político de España en estos cuarenta años de democracia es la superioridad moral, la bandera invisible pero cegadora de la izquierda que odia a la bandera de España, por ser, dice, la de Franco. ¡Y la de Galdós! Lo que de verdad no acepta la izquierda pija, en Barcelona chic, es que resucite un símbolo que conjura su poder sobre la conciencia de los ciudadanos. Y ese símbolo es la bandera nacional, ante la que se horroriza como Drácula ante el crucifijo de plata y la españolísima ristra de ajos. La frase que escoge El Español para resaltar el artículo de Morán es ésta:

Detesto las banderas. Todas. Son un señuelo del poder hacia quien no lo tiene. Un alimento para estómagos acostumbrados a la alfalfa.

Yo no creo que Morán haya detestado siempre la bandera de la hoz y el martillo. Ni ahora. Pero barrunto que este perito en piensos empieza a echar en falta el abanderado pesebre del Conde de Godó.

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España se rinde. -Enrique Navarro/LD-

No es un eslogan político, ni siquiera una metáfora. Mis queridos conciudadanos de un país grande como pocos, con una cultura, lengua, economía e historia ambicionada por todos los países reales y aspirantes, el gobierno de Mariano Rajoy nos ha rendido, y lo peor no es que haya sido sin luchar, sino que lo ha hecho por convicción. La buena noticia, aunque según como se mire también es mala, es que el separatismo también se ha rendido, ya lo vimos el 10 de octubre, después con la fuga de Puigdemont y ahora con el arrepentimiento espontáneo y sincero de Forcadell, la musa del separatismo.

Ya puede el papá llevarse a los niños del asfalto, no hay necesidad de exponerlos para esta pandilla de caganers, que como ya intuíamos inventaron el proces para mantener y acrecentar patrimonio, y que ante la alternativa de visitar la sierra madrileña por un tiempo, han dicho que todo era una broma. Catalanes que fuisteis al Parlament a apoyar la independencia, ¡que era una broma, que no os habéis enterado! Queridos Mossos empeñados en ser de todo menos policías al servicio de la ley, ¡que os han tomado el pelo y habéis quedado como Cagancho en Almagro!

Pero todo este esperpento no puede ocultar una realidad, que ésta no es espontánea ni súbita, sino manipulada y construida por una izquierda radical que aspira a la destrucción de España y de Cataluña, a sembrar el caos y el desorden permanente, para dejarnos a todos en manos de bolivarianos, anarquistas y terroristas callejeros y llevarnos a un régimen totalitario. La amenaza de España no es el nacionalismo, es el totalitarismo.

Después del asalto de la huelga general a los derechos y a la seguridad, ¿hay alguien que no considere, no que estamos ante un delito de rebelión, sino ante un alzamiento violento contra el estado? No nos engañemos, las instituciones separatistas catalanas han declarado la guerra a España utilizando y violentando las instituciones. ¿Hay acaso un crimen más execrable que utilizar los mecanismos de la autoridad para someter al estado y al pueblo? La huelga general consentida y soportada por una parte de los Mossos y alentada por el gobierno supuestamente intervenido, más allá de las implicaciones electorales que pueda tener, constituye un alzamiento violento contra la democracia, que justificaría más que el artículo 155 el artículo 63 de la Constitución, sino fuera porque todo era una broma, de mal gusto eso sí; pero que nos va a llevar a un conflicto inevitable, porque todo esto no ha hecho más que empezar.

Winston Churchill que entendía mucho de principios y de cómo debían ser defendidos afirmó que:

” Si uno no quiere luchar por el bien cuando puede ganar fácilmente, sin derramamiento de sangre, si no quiere luchar cuando la victoria es casi segura y no supone demasiado esfuerzo, es posible que llegue el momento en el que se vea obligado a luchar cuando se tiene todas las de perder y una posibilidad precaria de supervivencia. Incluso puede pasar una cosa peor: que uno tenga que luchar cuando no tiene ninguna esperanza de ganar.”

Y este es el escenario al que nos encaminamos ante la radicalización que se va a producir en el conflicto, que ya no será un problema de declaraciones parlamentarias ni de independencia, creo que de esto ya han quedado bastante vacunados los catalanes para toda una generación; el conflicto vendrá de la insumisión permanente, de la algarada callejera y de la alianza radical nacionalista que tomará el poder el Cataluña después del 21 de diciembre. El día que deje de aplicarse el 155 echaremos de menos no tener de contraparte a Puigdemont y Forcadell.

Vistos todos los acontecimientos acontecidos en estos últimos meses, hoy podríamos decirle al gobierno de la nación las mismas palabras que Churchill le dirigió a Chamberlain al regreso de Munich.

” Se te ofreció poder elegir entre la deshonra y la guerra, elegiste la deshonra y tendrás la guerra.”

El gobierno de España y no digamos este aborto de gobierno catalán que tiene a parte en el exilio, a otra parte en la sombra y a otra en fuga, han optado por deshonrar a Cataluña y a España. Han preferido una acción de algodón de azúcar para no molestar, con el fin de que nada cambie. El 155 es, como diría el Príncipe De Salina, lo que tiene que cambiar para que nada cambie.

Con la deshonra ha venido la rendición, incondicional; incluso antes de hacer las levas, ya nos hemos rendido. Hemos deshonrado a nuestra nación para intentar calmar las ambiciones totalitarias de una minoría. Cuando el gobierno decidió abdicar de sus funciones para transferirlas a los jueces, no era para que fueran tan duros sino para que, como los del Supremo, no actuarán con tanto rigor. Nos da tanto cague defender España que no queremos hacer ni presos en este conflicto. Pero el gobierno optando por la deshonra para evitar el conflicto, ha sembrado el germen de la destrucción nacional. Forcadell y Puigdemont deshonrando al pueblo catalán que creyó en sus mentiras, han sido tremendamente peores, porque no han actuado para evitar el conflicto, sino para salvar su culo, al menos en eso Rajoy ha tenido más altura de miras.

Pudimos haberlo evitado hace ya años, pero faltó la visión y el liderazgo, y ahora ante la incapacidad de luchar, España se rinde. Ya pueden ir quitando todas sus banderas de los balcones. Nunca tantos españoles pusieron a un gobierno en la oportunidad de terminar con problemas históricos y nunca se recibió tanta ignominia. ¡Cuánto más fuertes somos como nación, más débiles son nuestros gobernantes¡, y ese es el drama histórico de nuestro país.

¿Pero acaso no tenemos razón? ¿Es que nos vamos a creer todas las mentiras del separatismo? ¿Es que no estamos dispuestos a luchar por nuestros derechos y nuestra gran nación? ¿Vamos a tirar por la borda tanto acervo común, porque nos tiemblan las canillas? Un pueblo que olvida sus raíces, que incluso las desprecia; que está dispuesto a fracturarse sin la mayor vergüenza, no puede ser el español. No podemos reconocernos en esta pusilanimidad infinita.

No podemos dejar que una minoría nos amedrente, nos haga sentir ciudadanos de segunda; que nos hunda en la miseria moral simplemente porque recelamos de nuestros valores y no estamos dispuestos a tomar la vanguardia de la defensa de la igualdad entre todos los españoles, de la ley y la historia.

España se rinde, saquen las sabanas a los balcones para que no suframos las represalias del separatismo radical, para que no vengan a amenazarnos a nuestras casas por querer ser lo que somos españoles. Saquen banderas blancas y guarden las banderas nacionales en sus corazones, que ya es el único lugar en el que podemos sentirnos español; casi en la intimidad.

Catalanes, guardad las esteladas, y también sacad banderas blancas, aunque en Cataluña corréis el riesgo de que los que vengan gracias a estas elecciones, os obliguen a poner la estelada con el escudo del POUM y si no os harán el matarile, experiencia traumática que ya conoció Cataluña en los años de la Guerra Civil

Pero el conflicto es inevitable. Las bases que lo sustentan permanecen intactas y el nacionalradicalismo que tomará el poder en el nuevo gobierno catalán será infinitamente peor, porque serán los comités de la defensa de la república anarquista los que salgan a las calles para continuar con la amenaza y la extorsión. Todos los procesos revolucionarios siguen el mismo patrón; los pequeños y medios burgueses quieren un cambio y creen que dominarán en su supuesta supremacía intelectual a las masas enfervorecidas; y éstas en cuanto pueden, asestan un zarpazo mortal y ya no hay marcha atrás. Lo de la Declaración de Independencia va a ser un aspecto menor comparado con el ambiente que se está generando en Cataluña por esta nueva mayoría.

Cada día que pasa Junqueras en la celda, cimenta, como otros tantos revolucionarios totalitarios, la presidencia de la república catalana, y ante este inevitable conflicto, no nos van a servir paños calientes ni ministros blandiblú. Entonces habrá que echar a Chamberlain y llamar a Winston para ganar, porque dentro de generaciones se dirá que ésta era el conflicto que España tenía que ganar o que haber ganado.

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Las talegas de Méndez de Vigo (o como remunerar a los golpistas). -Pedro J. Ramirez/El Español-

Al día siguiente de que Puigdemont, Junqueras y los suyos consumaran su golpe de Estado proclamando la República Catalana, el ministro portavoz Iñigo Méndez de Vigo realzó ante la BBC la singular respuesta del Gobierno de Rajoy: aplicar el artículo 155 en Cataluña –destituyendo naturalmente a los golpistas- pero a los solos efectos de convocar y celebrar elecciones autonómicas el 21 de diciembre. O sea en el plazo mínimo permitido por la ley.

Y la forma de sacar pecho de Méndez de Vigo fue subrayar la consecuencia más llamativa de esa solución. El Gobierno “recibiría con agrado” que Puigdemont se presentara a esas elecciones. O sea que intentara recuperar a través de las urnas, en cuestión de cincuenta y cinco días, el puesto del que acababa de ser cesado por el BOE, en castigo de su perfidia.

“Si Puigdemont quiere continuar en política está en su derecho”, aseguró, omitiendo toda referencia a sus flagrantes delitos de sedición y/o rebelión que implican largas penas de cárcel e inhabilitación. Como el presidente del autodenominado “gobierno legítimo de Cataluña” aun no se había fugado, Méndez de Vigo perdió la oportunidad de precisar que nuestro sistema es tan garantista que hasta podría ser candidato estando en prisión preventiva, como ocurre ya con Junqueras, siete de sus consellers y los Jordis.

Pero Méndez de Vigo iba más de cheerleader que de jurista, añadiendo el típico “creo que debería prepararse para las próximas elecciones” con que se jalea a un púgil el día que se señala la fecha de un combate decisivo. Y cual torero que remata la faena con una revolera, concluyó con un “sería bueno, porque es una manera de que los catalanes juzguen sobre sus políticas”. Fue, de hecho, el único “juicio” al que se refirió: al de las urnas.

Todos entendimos lo que pretendía transmitirnos: fíjense, propios y extraños, qué inteligente y audaz ha sido Rajoy al vincular el acto de autoridad que supone fulminar a estos señores de sus cargos, con una convocatoria electoral que les coge a ellos con el pie cambiado, vacía su discurso victimista y restablece la legalidad, recurriendo a un cauce inobjetable para cualquier demócrata. ¡Oh, proteico y grande Rajoy! ¡Qué listo has resultado una vez más, al ofrecer a tus adversarios esa golosina, envenenada por el sometimiento al orden constitucional, que no van a poder rechazar!

Ciudadanos y el PSC ya estaban aplaudiendo la fórmula pues no en vano era la modalidad de 155 que venían reclamando, desde la tranquilidad de no corresponderles a ellos ni la responsabilidad intransferible de aplicarlo, ni el mérito o culpa de lo que pueda suceder. Hasta Pablo Iglesias se bajó diez minutos del estribo del convoy insurreccional para aceptar, “por una vez”, la solución elegida.

Todos parecían de acuerdo en aparcar las vicisitudes propias del ámbito penal, en el bien entendido de que el tiempo y la maña política podrían diluirlas en función de la salida que propicien las urnas.

O sea que las elecciones se convocaban como si no existiera el Código Penal, como si no funcionara la Fiscalía, como si no hubiera jueces dispuestos a cumplir con su obligación, como si no fuera poco menos que inevitable que la plana mayor delseparatismo tuviera que presentarse y hacer campaña desde la cárcel. Por eso a nadie parecía inquietarle la tesis que, tal y como estaba cantado, ha hecho suya Puigdemont, desde el exilio belga: el 21-D será un “plebiscito”, destinado a legitimar políticamente y blanquear penalmente, ante el mundo entero, la proclamación de la República Catalana.

***

A mí, en cambio, en cuanto escuché a Méndez de Vigo esbozar lo que en realidad no es a la vez sino una vía de salida y una segunda oportunidad, en circunstancias bastante propicias, para los golpistas, me vino a la memoria el desenlace de otro Consejo de Ministros extraordinario. Se celebró el sábado 13 de agosto de 1836 y catapultó a una nada lucida notoriedad histórica a un antepasado del actual ministro portavoz.

El gabinete, que se reunía con carácter de urgencia, estaba presidido por Istúriz e incluía a próceres del liberalismo moderado, de los que ya me ocupé sobradamente en mi libro sobre el Trienio, como Alcalá Galiano o el Duque de Rivas. Tenían que responder a las dramáticas noticias llegadas de madrugada desde el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso.

Un grupo de sargentos había sublevado a las unidades de la Guardia Real que prestaban allí servicio y tenía como rehenes a la propia Reina Gobernadora María Cristina de Nápoles y a sus hijas, las princesas Isabel y Luisa Fernanda. Exigían, entre otras medidas, la derogación del Estatuto Real que, a modo de carta otorgada, servía de marco legal tras la muerte de Fernando VII, y el restablecimiento de la Constitución de 1812.

¿Qué hacer? El impulsivo Quesada, capitán general de Madrid, se ofreció a marchar al frente de la mitad de los cuatro mil hombres de su guarnición e imponer la fuerza de las armas. Pero la mayoría del Gobierno estaba “aterrada” y oscilaba, según la certera percepción de Andrés Borrego, fundador y director de El Español, entre la “prudencia” y la “pusilanimidad”. Invocando la seguridad de las Reales Personas, pero temiendo en realidad más por la propia, pues Madrid también había entrado en convulsión y les asustaba dividir el contingente adicto, los ministros optaron por una alternativa más creativa.

Alcalá Galiano relató en sus memorias lo acordado: “Apelóse, al fin, al triste recurso de que pasase a San Ildefonso el ministro de la Guerra, portador de una razonable suma de dinero, para que con las armas de la persuasión, ayudadas con dádivas, pusiese en la obediencia a los que seducidos y cohechados habían cometido un delito sin mira política alguna”.

Aquel ministro de la Guerra era Santiago Méndez de Vigo y su “razonable suma de dinero”, tres sacas o talegas repletas de monedas de oro. Apenas llegó a La Granja combinó la prosaica exhibición de su contenido con las más nobles exhortaciones. Las consecuencias fueron tan dispares en sus inicios como confluyentes en sus culminaciones. Hubo quienes cogieron el dinero -siempre se ha dicho que el célebre sargento Gómez se quedó con ocho onzas- y quienes lo rechazaron, pero todos convirtieron aquel intento de soborno en cauce y estímulo para mantener y extremar sus exigencias.

El resultado fue que, al cabo de un cierto tira y afloja, Méndez de Vigo volvió a Madrid con María Cristina y sus hijas, pero también con los sargentos y una serie de decretos que incluían el restablecimiento de la Pepa. Según la crónica de El Español, María Cristina vestía un “sencillo traje verde”, el color de los constitucionales desde las Cortes de Cádiz. Según Miñano, “fue conducida a Madrid como un trofeo conseguido por los exaltados”.

***

Las “talegas de Méndez de Vigo” han quedado desde entonces como un símbolo de lo perniciosa que puede resultar la suma de la cobardía y la incompetencia ministerial. Como ha escrito Jesús Sanz Fernández en su documentada monografía sobre los sucesos de La Granja, “resulta que es el Gobierno quien soborna y, para colmo, sin ningún resultado práctico, porque la insurrección continuó”.

Ese va a ser, en mi opinión -está siendo ya de hecho-, el efecto de la improvisada convocatoria electoral del 21 de diciembre, con la que se pretende seducir y sobornar, para reintegrarlos en el juego constitucional, a unos sediciosos que, habiendo declarado ya la independencia, deberían haber quedado exclusivamente o, al menos, antes que nada, a expensas de los tribunales.

El circo con tres pistas -Cataluña, Bruselas, las cárceles madrileñas- que está poniéndose en marcha era perfectamente previsible. Nada hay tan esperpéntico como solapar los tiempos de la Justicia con los de las urnas, de modo que los alegatos de las defensas se hagan en los mítines, las estrategias de campaña en las comparecencias judiciales y puedan llegar a confundirse las votaciones con los recursos de apelación y el escrutinio con la sentencia firme.

Lo lógico habría sido castigar penalmente la sedición y/o rebelión con la máxima urgencia, dando pie a las correspondientes inhabilitaciones. Y una vez cribadas así las listas electorales y serenadas las conciencias tras la destrucción del principio de impunidad, convocar las elecciones, dentro de seis meses o un año, manteniendo entre tanto la administración catalana bajo la interinidad del artículo 155.

Este parecía ser, de hecho, el plan de Rajoy y por eso rechazó la condición del PSOE, filtrada por Carmen Calvo, de que hubiera elecciones en tres meses. ¿Qué le llevó a cambiar de caballo cuando estaba atravesando el río? Pues lo mismo que impulsó al gobierno de Istúriz a enviar a La Granja a un general con talegas en lugar de a un general con soldados. Su extrema debilidad. El vértigo ante el deber. La súbita conciencia de no ser capaz de hacer lo conveniente para la Nación.

No era sólo un problema de lasitud moral -que también-, sino sobre todo de incompetencia política. De la misma manera que, entre junio y septiembre, quedó claro que el Gobierno carecía de plan alguno para impedir la convocatoria y celebración del referéndum ilegal; y de la misma manera que el 1 de octubre quedó claro que el Gobierno había sido incapaz de evitar la votación y enmascaró a porrazos su frustración, ahora lo que ha aflorado es que tampoco se atreve a nombrar -o peor aún, no sabe cómo hacerlo- a un ejecutivo catalán que aplique el 155 desde Cataluña durante tanto tiempo como sea necesario para restablecer la lealtad institucional, al margen de mayorías y minorías electorales.

Ese planteamiento -aplicado durante la Segunda República- hubiera permitido que alguien como Santi Vila se hubiera erigido en líder del nacionalismo moderado, que Pablo Iglesias hubiera seguido notando el desgaste por su raudo alineamiento contodo aquel que trate de hacer daño a la España constitucional, e incluso que alguno de los líderes golpistas hubiera pedido perdón, en pos de un indulto que le permitiera seguir en la política.

Pero en lugar de con la firmeza de una actuación consistente, sostenida en el tiempo, se ha respondido a la proclamación de la República Catalana, ofreciendo a sus artífices las talegas de una segunda vuelta en las urnas, a modo de Jordán en el que lavar sus pecados. Y al igual que hicieron los sargentos insurrectos de La Granja, los golpistas ya han anunciado que cogerán las talegas, o sea las bien remuneradas actas, sin escrúpulo alguno, pero a modo de cauce, instrumento y estímulo para seguir adelante con la destrucción de España.

Al disparate se le añade la recurrente chapuza. ¿Cómo es posible que aquel Méndez de Vigo fuera tan torpe como para no darse cuenta de lo que ocurriría en La Granja en cuanto empezara a exhibir sus talegas? ¿Cómo es posible que este Méndez de Vigo y sus compañeros hayan sido tan torpes como para no haber previsto e impedido la fuga de Puigdemont y no haber calibrado el efecto interno y externo de celebrar unas elecciones con el favorito a ganarlas entre rejas? ¿Qué hemos hecho para merecer a estos?

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La Sargentada de La Granja sólo tuvo un efecto beneficioso: la caída del gobierno de Istúriz y su sustitución por uno encabezado por mi admirado Calatrava que, a modo de postrera salida de don Quijote, rindió su último gran servicio a España promoviendo una reforma constitucional por consenso. De esa manera tanto las utopías de la Pepa, como la cortedad de miras del Estatuto Real, quedaron superadas por la Constitución de 1837 -auténtico antecedente de la de 1978-; y, abierto de nuevo el “segundo sobre”, el reloj de la Nación reanudó su marcha. Eso es lo que ocurrirá, antes o después, cuando lleguemos a la conclusión de que cuanto sucede en Cataluña no es sino el síntoma más agudo de la falta de un proyecto regenerador para España.

Ver artículo original:

Dos golpes por el precio de uno. -F.J. Losantos/LD-

Añadiré un par de cosas al artículo publicado anteanoche en LD, tras oir en esRadio, entre la náusea y la vergüenza, al presidente del Gobierno diciendo que su fórmula para acabar con el golpismo catalán es convocar elecciones autonómicas. La fundamental es que Soraya, que siempre ha representado, y presumido, y paseado, y masajeado, con el nacionalista Millo al bolso, la política de diálogo y soborno con el separatismo catalán, ha sido la elegida por Rajoy como presidenta del Gobierno para Cataluña.

Eso significa que el Gobierno no sólo mantiene la política de Soraya durante los últimos años como personal de Rajoy y del Gobierno del PP, sino que no entiende que haya razón alguna para cambiar de política tras el Golpe de Estado y la proclamación de la república catalana. O lo que es lo mismo: que lo que se establece en Cataluña es lo que estaba establecido y que lo que se ha hecho con los golpistas es lo que se venía haciendo y se piensa hacer en la campaña electoral: regañarles en público pero evitarles en privado las consecuencias judicial y económicamente desagradables de esa costumbre, tan traviesa entrañablemente suya, de ciscarse en las leyes españolas. Lo que se deduce de la ‘parapresidencia sorayina’ es que se ha pactado que los golpistas no vayan a la cárcel si van a las elecciones.

El Gobierno ha pactado y pactará

Dicho de otro modo: ‘Cocomocho‘ no pactó del todo con el Gobierno las elecciones, pero el Gobierno sí pactó con Mas, agente de ‘Cocomocho’. A cambio de una declaración de independencia tan zarrapastrosa que una Justicia ciega y una casta política indecente podría seguir fingiendo que no ha existido del todo, les ahorrará los treinta años de cárcel porque sí existió. Uno comete mal un delito y el otro dice que tanta torpeza lo rebaja a falta. ‘Cocomocho’ y su tribu han dado el golpe que Rajoy les ha permitido, pero como han fracasado bastante, se rebaja el golpe a fallido pronunciamiento.

La doctrina rajoyesca y sorayina es que aquí será impune el delito del que pueda pagarlo o amenazar con que no paga. Hay que ser tan generosos en la victoria que nadie note la derrota. Al que sí hay que perseguir es al autónomo que se olvidó de pagar un mes a Hacienda. Al que da un golpe de estado, no, siempre que el delito lo cometan políticos nacionalistas. A los nacionalistas no se les persigue nunca: se les premia o se les indulta. Ayer dijo Méndez de Vigo que el Gobierno “vería con agrado” que ‘Cocomocho’ se presentara a las elecciones. Podría dejarle el Ministerio de Educación, para asegurarse de que siga sin haber ningún problema educativo en Cataluña. No recuerdo haberme sentido nunca tan insultado por ningún ministro. Palabra de honor.

Del Código Penal al Código Constitucional

Los delitos de rebelión y sedición que contempla el Código Penal no han sido nunca esgrimidos por la Fiscalía, que ha delegado en el Gobierno una forma de castigo dentro de un Código Constitucional, que consagra la impunidad de cualquier delito siempre que se cometa entre políticos. Los ciudadanos no existimos. La Ley, tampoco. Aquí impera una casta política que se entiende entre ella y manipulando los medios de comunicación nos convence de que combate lo que permite y persigue lo que protege. Cuanto más se acerca uno al golpe de Estado catalán ve más aterradoramente claro que el Gobierno siempre estuvo en el golpe, que sigue estándolo, y que si las elecciones le salen relativamente bien, con una mayoría exigua que deje al PSC en condiciones de formar una alianza de Gobierno, el golpe seguirá.

Porque el golpe no es sólo que medio Parlamento haya proclamado la República, aunque por menos fueron treinta años a la cárcel los del 23F, sino todo lo que ha llevado a esa proclamación, desde la negación absoluta a cumplir la Ley a la dictadura mediática, pasando por la tiranía escolar. Y el doctor Rajoy y la comadrona Soraya, con el respaldo de los enfermeros Sánchez y Rivera, están dispuestos a no operar el cáncer de una democracia agonizante mientras puedan cambiar de hospital, si encuentran plaza.

Inmensas ruedas de molino

No es raro que para hacernos comulgar con tan gigantesca rueda de molino se recurra a los magos del 11M, Cebrián y Ferreras. El intelectual orgánico del sorayismo debe convencer al PSOE de que lo que todos, hay que insistir en todos, vamos a hacer en Cataluña es muy de izquierdas y que de no hacerlo resucitaría una Derecha que querría nada menos que acabar con el Estado de las Autonomías, que tan buen resultado nos da. Y su jefe de Informativos en la SER convencerá a Podemos de que después de esto de Cataluña ya vendrá el País Vasco y tendrán su oportunidad como única y legítima oposición -con la ETA- al régimen del 78. O sea, lo pactado en ‘Can Roures’, pero a plazos. Pablo lo entenderá.

Para parar un golpe de Estado sin pararlo, Rajoy ha tenido que darlo sin que parezca que lo da. Tenemos dos golpes por el precio de uno. Y aún habrá gente -viles reaccionarios, casposos nacionalistas españoles- que se quejará de cómo nos tratan los amos. Nos han ahorrado nada menos que la violencia de una intervención militar para restaurar la Ley, a cambio de que la Ley sólo se aplique a los militares que pretendan que se cumpla. Otra vez dos por el precio de uno. Seguiremos siendo europeos si no insistimos en ser españoles, libres e iguales ante la ley, que eso seguirá siendo delito. Pero pronto nos dirán que el golpe de Estado en Cataluña nunca existió, y muchos lo creerán. Hasta el próximo golpe o hasta que perdamos la cuenta.

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El 155 se ahoga en un mar de indecisiones ¿Somos los españoles lo bastante maduros para reaccionar? -Daniel Ari-

¿El anuncio a bombo y platillo de la aplicación del 155 “con todas sus consecuencias”,¿fue una nueva jugarreta de Rajoy para desactivar la ola de patriotismo español que estamos viviendo?¿La endeble imposición de un sector del gobierno (Cospedal y compañía) contra el otro (Soraya y compañía)?¿Un farol para facilitar las cosas a Puigdemont? No lo sabemos. Lo intuímos, nos tememos lo peor, pero no lo sabemos a ciencia cierta.

Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que Mariano jamás ha querido aplicar el 155 (ni ninguna otra medida);que aún a fecha de hoy no quiere aplicar el 155; que Soraya, varios ministros del gobierno y varios altos cargos del PP están rogando de rodillas a Puigdemont que les libre de aplicar el 155, y que los socios del PP (es decir, los principales socios del Chiringuito Autonómico) en esta aventura legal (¡eso es lo que les da miedo!) están por la labor de hacer como si aquí no hubiese pasado nada. Es como si PP + PSOE + C’s se hubiesen metido ellos solos en una ratonera y ahora suplicasen a los golpistas que les saquen de allí. Contemplan el 155 y se sienten ante el abismo.

Decidan lo que decidan, no olvidemos que hasta aquí hemos llegado porque PSOE y C’s se resistían como jabatos a la aplicación del 155, y que Mariano se dejaba querer por ellos.

No olvidemos que ahora mismo, mientras todos los españoles estamos pendientes de qué hace un golpista como Puigdemont, si asiste o no asiste al Senado (después de que el vice presidente del Senado, del PP, haya dicho ayer mismo que “la presencia de Puigdemont honrará al senado”, cágate lorito); mientras la agenda de España entera la marca una banda de sediciosos, una jauría de mindundis a los que los partidos de boquilla “constitucionalistas” y todas las cadenas del Duopolio legitiman las 24 H del día, todos estos delincuentes siguen libres y, lo que es peor, cobrando sus jugosos sueldos y gastándose nuestro dinero en romper España: han creado una división social en Cataluña que necesitará dos o tres generaciones revertir (suponiendo que en el futuro se quiera revertir), están dejando a España a los pies de los caballos ante la prensa internacional (sin la menor oposición del Gobierno) y están jodiendo nuestra económica (la de todos, no solo la de los catalanes). Con el dinero de TODOS. Gracias al PP+PSOE+C’s.

No sabemos qué va a pasar en las próximas horas. Solo sabemos que si se aplica el 155, será contra la voluntad de los que la apliquen, y A PESAR de lo que demandamos los españoles y el Rey.

Si se aplica, será únicamente porque estos partidos han echado cuentas y descubierto que hacer lo contrario no beneficiaría… ni a su cuenta de resultados ni a su expectativa de votos. Para una sociedad madura, lo que estos partidos hagan al final después de pastelear descaradamente con absolutamente todo, empezando por los intereses de los españoles, debería ser irrelevante.

En las próximas horas, harán lo que más les convenga para –creen ellos– no perder votos de la gente a la que han traicionado una y otra vez, hasta la náusea. ¿Somos lo bastante maduros para pasarles la factura por traicionarnos de todas las maneras posibles? Veremos.

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Los separatistas aún pueden ganar  -J.G.Dominguez/LD-

El periódico propiedad del mismo Grande de España en cuya emisora radiofónica se ha informado esta semana pasada a la audiencia de que “diez mil ratas” procedentes de las bodegas del crucero Piolín están recluidas en el puerto de Barcelona, por más señas la antigua Vanguardia Española, publicó el domingo último un editorial con el nada equívoco título de “Saque las urnas, president”. Un título que, acaso por esa costumbre local de cometer editoriales conjuntos, vino a coincidir con el de la pieza que el director de El Periódico de Catalunya, el otro vocero canónico de las fuerzas vivas del país petit, envió a la imprenta el mismo día. Y es que si Napoleón era un loco que se creía Napoleón, ese pobre diablo que ahora mora recluido en la Plaza de San Jaime, Puigdemont, no es más que un simple que se ha llegado a creer que la inmensa red clientelar sobre la que se asienta la ubicua escenografía callejera del golpe es algo que se podría mantener sin el mágico lubricante del dinero público. El problema de nuestro iluminado de comarcas es que ha terminado comprando su propia propaganda. Pero resulta que únicamente él la ha comprado. Él y solo él.

Porque ni el Grande, ni el hijo bienamando del Grande, ni los Carulla, ni los Rodés, ni los Lara ni ninguna de las grandes fortunas locales que llevan décadas jugando a la puta y a la Ramoneta, facilitando la agitación separatista en Barcelona y al mismo tiempo pasando en cazo en Madrid, se creen ese pueril cuento de hadas. Decía un cromañón de la ETA, uno cuyo alias no recuerdo ahora, que aquello, el País Vasco, volvería a ser España en un par de semanas si sus pistolas no siguieran segando vidas. Y aquí, en Cataluña, ocurre algo similar: sin la máquina de lavar cerebros de las madrasas de la Generalitat, sin los medios de comunicación del Movimiento funcionando a toda máquina durante las veinticuatro horas del día, y sin los centenares de chiringuitos insurreccionales financiados con cargo al Erario, esto volvería a parecer un sitio normal de la Europa civilizada en cuestión de meses. Por eso los que dentro de la sala de máquinas de la asonada todavía conservan la cabeza encima de los hombros, el cínico Mas por ejemplo, son tan sabedores de que perder ahora el control de la Generalitat significaría perder la partida.

Y tratar de evitarlo es algo que todavía estará a su alcance, al menos, durante la próxima semana. Así, postrera burla al Estado ingeniada por Mas y su entorno, la idea que ahora mismo estarían tratando –con prisas y a la desesperada– de injertar en la cabeza de chorlito de Puigdemont pasaría por otra ininteligible proclamación cantinflesca de la independencia catalana. Un trabalenguas marca de la casa que diese paso de inmediato al anuncio formal y solemne de unas elecciones “constituyentes” de la República. En la práctica, unos comicios autonómicos vulgares y corrientes que les sirvieran para eludir el 155 en el último segundo, pero rodeados del boato escénico y la charlatanería apocalíptica e iconoclasta necesarios para seguir manteniendo hiperventilada a su base electoral. Si consiguen persuadir finalmente al chalado, lo que van a intentar es eso. Pero si el Estado, después de todo lo ocurrido, les consintiera ese final corte de mangas, entonces sí que podría dar por perdida Cataluña. El efecto de una claudicación semejante resultaría tan demoledor para los cientos de miles de catalanes leales a España, resultaría tan desmovilizador para ellos, que la derrota del constitucionalismo estaría garantizada, ahora sí, desde mucho antes de abrir las urnas. Como diría Talleyrand, sería mucho peor que un crimen: sería un imperdonable error. Veremos.

Origen: Libertad Digital