Archivo de la categoría: Política

Temblor de placas. -Ignacio Camacho/ABC-

Aciertos del adversario. C´s -en periodismo sí vale la abreviatura por economía de espacio- no sube en las encuestas por lo que hace sino porque, precisamente a base de no hacer nada, es el único que no decepciona al electorado. Son los populares los que se desploman mientras los socialistas se estancan, víctimas en ambos casos de sus bloqueos autoinducidos y de su incapacidad para sacudirse el marasmo.

A diferencia del PP, que dispone de una sólida y homogénea implantación territorial y de la maquinaria organizativa más poderosa de España, Ciudadanos es aún una plataforma electoral más que un partido propiamente dicho. Le falta estructura, presencia, militantes, cohesión, esqueleto político. Le sobran en cambio reflejos, pujanza, dinamismo y frescura, todo eso de lo que carece el marianismo, cuyo desgaste proyecta un aire mustio, apagado, envejecido. Pero aun así, para que los naranjas pasen de la cuarta fuerza a la primera, esta tendría que sufrir un cataclismo que sólo se puede producir si continúa en ese estado de colapso crítico, en ese desmadejamiento abúlico que los españoles empiezan a identificar como un liderazgo marchito.

Es muy difícil que el sorpasso demoscópico cuaje en las urnas si el Gobierno con su galbana, no se aboca al suicidio. Lo que sí puede ocurrir con relativa facilidad es que un millón o más de votantes del centro-derecha cambien de partido, y que en el bloque de izquierdas haya un trasvase -de al menos otro medio millón- del declinante Podemos hacia el socialismo. Así, el PP quedaría por debajo de los siete millones, el PSOE por encima de los seis y C´s cerca de los cinco. Ese movimiento telúrico permitiría a Rivera subastar su apoyo, con posibilidad de provocar un vuelco decisivo e incluso, en caso de que llegase a superar a Sánchez, postularse como presidente a sí mismo. Encarnarse en el Macron que sueña ser, el reformador centrista de un sistema desfallecido.

 

Esa sacudida tectónica, u otra similar, se precipitará si Rajoy continúa indiferente y escéptico, ajeno al temblor de placas que precede a los grandes corrimientos. No es el poder lo que tiene en peligro, al menos de momento: es su proyecto, el de la mayoría liberal moderada española, lo que está en juego mientras el presidente cifra su objetivo en completar la legislatura de cualquier modo y a cualquier precio. Le toca decidir cómo perfila su legado; si no adapta el modelo al compás de este tiempo serán los electores los que den paso a otro nuevo.

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Propuesta de reforma constitucional. -Jesús Laínz/LD-

Dicen los sabios que hay que reformar la Constitución. Pero lo curioso del caso es que llevamos cuarenta años sin aplicar muchos de sus más importantes artículos. ¿Por qué tantas prisas por arrojarla a la papelera sin haber comprobado cómo funciona? ¡Qué desperdicio! Además, los principales incumplidores, golpe de Estado incluido, son los que insisten en cambiarla. ¿Les vamos a premiar?

También dicen los sabios que hay que reformarla porque los españoles de menos de cincuenta años no la votaron. Pero en el mundo hay numerosos países cuyas constituciones son muchos años, décadas e incluso siglos más antiguas que la nuestra y a nadie se le ha ocurrido semejante cosa. Debe de ser que sus sabios son menos sabios que los nuestros.

Los sabios neoconstitucionales son de todos los tipos, edades, oficios e ideologías, aunque todos ellos coinciden en que el sentido de la reforma ha de ser centrífugo, lo que se tiene por tan indiscutible como un dogma religioso. Pero ¿dónde está escrito que la reforma no pueda ser centrípeta? ¿Por qué las modificaciones han de estar necesariamente enfocadas a contentar a los separatistas, esos minoritarios enemigos de la nación que, además, nunca se contentarán, pues, como han explicado mil veces, lo único que les interesa es la secesión? ¿Por qué no se pueden enfocar las modificaciones a contentar a la gran mayoría de los españoles leales? ¿No sería mucho más lógico y democrático?

Pero lo más significativo de estos sabios es que casi todos ellos se limitan a proclamar que hay que reformar la Constitución sin explicar el porqué y el para qué, los motivos y los objetivos. Intentaremos aquí llenar esa laguna, con motivos y objetivos muy concretos. Para ser exactos, con un solo objetivo: la reforma radical del Título VIII. Es decir, la eliminación del fracasado Estado de las Autonomías. Vayamos a ello:

1. El Estado de las Autonomías nació, ante el desinterés autonomista de los demás españoles, para incorporar a los separatistas vascos y catalanes al común proyecto nacional español. Desde el muy temprano “Avui paciència, demà independència” quedó claro que no estaban por la labor. Cuarenta años de agravamiento, extensión y afianzamiento de los separatismos han demostrado el error. Y acaba de confirmarse en Cataluña con hechos contundentes. ¿Cabe algo más necio que insistir en la misma dirección?

2. El Estado de las Autonomías nació bajo el chantaje de los crímenes del separatismo vasco. Ahora que han desaparecido, ¿por qué no organizar el Estado en total libertad?

3. El Estado de las Autonomías se diseñó, en plena resaca antifranquista, según el absurdo dogma de que descentralización es sinónimo de democratización. ¿No habrá llegado ya el momento de comenzar a razonar sin dogmas y sin resacas?

4. El Estado de las Autonomías, dada la concepción incesantemente descentralizadora del Título VIII de la Carta Magna, garantiza la perpetua inestabilidad institucional de España.

5. Se alegó que el Estado de las Autonomías era necesario para descentralizar al máximo la Administración con el fin de acercarla al ciudadano, lo que no explica la eficacia de sistemas centralistas como el francés. Además, ¿se justifica la mastodóntica estructura material y humana del Estado autonómico en la era de internet?

6. El Estado de las Autonomías, con sus dieciocho gobiernos, parlamentos y administraciones, ha provocado que en España haya hoy cuatro veces más funcionarios que cuando murió Franco, mientras que la población sólo se ha multiplicado por 1,2. Y la deuda pública, el 7% en 1975, ha alcanzado hoy el 100%. El Estado español es insostenible.

7. El Estado de las Autonomías es una estructura mastodóntica cuyos principales beneficiarios no son los ciudadanos, sino esas agencias de empleo llamadas partidos políticos que han conseguido colocar a sus militantes en mil puestos innecesarios con sustanciosos sueldos a costa de los bolsillos de todos.

8. El Estado de las Autonomías ha provocado la fragmentación jurídica, la desigualdad entre los españoles, los privilegios fiscales, el enfrentamiento y la insolidaridad regional –ejemplos: el agua y la financiación– hasta límites nunca antes conocidos. ¿Profundizamos en este regreso al feudalismo o cumplimos con el principio de igualdad consagrado en la Constitución?

9. El Estado de las Autonomías ha convertido España en una Babel lingüística, legal y administrativa que encarece y entorpece la vida de personas y empresas.

10. El Estado de las Autonomías ha sido la fuente de la mayoría de los casos de corrupción que han desangrado y desprestigiado al Estado. Y de una inmensa cantidad de cacicadas y corruptelas cotidianas que nunca se conocerán.

11. El Estado de las Autonomías adolece de una dimensión identitaria de la que carecen otros países, incluidos los tan envidiados federales, lo que ha provocado enormes despilfarros en neurosis aldeanistas totalmente inútiles y vulneradoras de los derechos de los ciudadanos. El caso más sangrante es el de la imposición de las lenguas regionales mediante las llamadas inmersiones (espléndido sinónimo de ahogamiento) y normalizaciones (espléndida confesión de que los separatistas consideran a los ciudadanos unos anormales que deben ser corregidos).

12. El Estado de las Autonomías ha hecho posible que España sea el único país del mundo en el que, en algunas regiones, no es posible escolarizar a los niños en la lengua mayoritaria y oficial del Estado.

13. El Estado de las Autonomías ha sido utilizado por los separatistas como estación intermedia hacia la secesión, plataforma de promoción de dicha secesión en ámbitos internacionales (selecciones deportivas, embajadas, etc.) y ámbito decisorio sobre el modo de encaje con el resto de España e incluso sobre su continuidad o no en ella.

14. El Estado de las Autonomías ha sido utilizado ilegal, inconstitucional e inmoralmente por los separatistas para construir un régimen totalitario destinado a envenenar a los ciudadanos mediante el monopolio de la educación y los medios de comunicación.

15. El Estado de las Autonomías ha posibilitado la continua vulneración de las normas gubernamentales, legislativas y judiciales del Estado por parte de los gobernantes autonómicos.

16. El Estado de las Autonomías ha dado vida a un sinfín de entidades, generosamente regadas con el dinero de todos los españoles, dedicadas a la organización de la rebelión y la voladura del Estado desde dentro.

17. El Estado de las Autonomías, debido a la perpetua amenaza de fragmentación nacional que incuba en su seno, ha provocado la desconfianza y el desprestigio exterior de España, con consecuencias económicas, diplomáticas y políticas de largo alcance.

18. El Estado de las Autonomías ha hecho posible la existencia de fuerzas armadas enemigas del Estado del que forman parte, poniendo en peligro las vidas y haciendas de todos los ciudadanos españoles, gracias a cuyos impuestos cobran sus sueldos. Fuerzas armadas que siguen sin ser disueltas.

19. Finalmente, el hecho evidentísimo de que el Estado de las Autonomías es la principal causa de autodestrucción de España basta para redactar una nueva Constitución no autonomista.

Antes de meter el bisturí en la Constitución, a los partidos políticos que se supone que están interesados en defender la integridad de la nación quizá les conviniese tantear al pueblo español. ¿Están seguros de que los españoles desean premiar a los separatistas y avanzar en el sentido descentralizador, federalizador y autodeterminista que persiguen junto con sus compañeros de viaje, tanto los malintencionados como los cándidos? ¿O quizá sus preferencias se dirijan hacia el lado contrario?

Se admiten apuestas.

 

Cambalache en peligro. -Hermann Tertsch/ABC-

Puigdemont pasea por Gante. Puigdemont se hace fotos con turistas. Puigdemont arenga a peregrinos de Gerona. Puigdemont pasea a españoles «progresistas». Puigdemont quiere volver. Puigdemont se quiere quedar. Puigdemont invita a Rajoy. Puigdemont desprecia a García Albiol. Los maltratados españoles ahora ya no solo estamos condenados a vivir todo el día pendientes de los malos humores e hipersensibilidades de una de las regiones más ricas y privilegiadas de España. Los españoles ahora hemos sido condenados a convivencia cotidiana en casa, de encender el televisor, con un delincuente mentiroso y charlatán. Todas las cadenas han decidido que es de vital importancia para todos nosotros saber en todo momento todo lo que diga, piense, pasee, respire, coma… Carles Puigdemont, ese ser mediocre enchufado del corrupto régimen, títere suplente de la mafia golpista.

Es difícil alcanzar a entender cuáles son los criterios que llevan a las televisiones a considerar máxima prioridad de sus fines informativos tenernos al tanto de todo lo que haga ese delincuente que hace unas semanas llevó a una región española al borde del enfrentamiento civil. El día 21 de diciembre gracias a las decisiones del gobierno de España entraremos en la siguiente variación del golpe de Estado. Si los españoles en Cataluña y fuera de ella no lo impiden, veremos cómo la derrota de una banda de cobardes y taimados golpistas lograda por unos servidores firmes y dignos de la Justicia española se transforma en la enésima concesión de privilegios a esos mismos golpistas para que restablezcan su poder y se legitimen de cara a los suyos y al exterior.

El culto al delincuente Puigdemont me recuerda a aquel genial ladrón francés, Jacques Mesrine, que con sus atracos, sus fugas y su carácter indomable alcanzó fama y simpatía no solo en Francia. La policía francesa, harta de él, lo cosió a balazos en una escapada en 1979. Mientras estuvo vivo, el público suspiraba por saber de sus comidas y mujeres o sus pasatiempos, dentro y fuera de la cárcel. Como nuestro Puigdemont, que dicen que podría ganarle a ERC, cuyo jefe está aun en Estremera. ERC tiene un problema. Con Marta Rovira, esa pobre mujer más elocuente cuando llora que cuando habla, no se gana ni compasión. Puigdemont, dicen, remonta. Pues lo mismo da. Porque el problema de Cataluña no está en Barcelona ni Bruselas. Sino en Madrid donde se lucha denodadamente por tender puentes y llegar a acuerdos con los golpistas para restablecer a toda costa el relato que, con horror, ven tambalearse: el de la «hegemonía natural» nacionalista en Cataluña. Les daría pavor un resultado que permitiera gobernar a Ciudadanos. Anunciaría el fin del largo pretexto del mal menor en La Moncloa. No se dará. Ya se ocuparon con plazos y fechas de que fuera imposible. Sin embargo, como ha sucedido estos meses, tampoco saldrá nada como esperan quienes no tienen otro interés que seguir donde están. En eso, en el fracaso del cambalache, depositan muchos españoles sus esperanzas.

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Consenso para estafar. -Cristina Losada/LD-

Hace mucho que no se veía en el Congreso un consenso tan amplio y tan plural. Desde el PP hasta Podemos, pasando por el PSOE, desde el nacionalismo canario hasta el separatismo catalán, ha sido un todos a una, Fuenteovejuna, a favor de la ley que actualiza el cupo vasco. Todos a una menos uno: el grupo parlamentario de Ciudadanos. Y los dos diputados de Compromís. Pero si no se veía hace tiempo un acuerdo de tanta amplitud y heterogeneidad es simplemente porque no se renovaba el cupo desde 2011. Estamos ante uno de esos raros asuntos en los que suele haber una armonía y conformidad desusadas. El cupo, digamos, es un asunto de Estado. Y el cálculo del cupo, un secreto de Estado.

“Prácticamente no hay números, y los que hay no se sabe muy bien de dónde salen”, decía al respecto Ángel de la Fuente, uno de nuestros mejores expertos en financiación autonómica, al diario El Mundo. Su hipótesis, tanto para esta ley como para las anteriores, es que quienes negocian se ponen de acuerdo en la cantidad y después pergeñan el armazón técnico que la justifique. Mikel Buesa ha constatado que cada renovación del cupo coincide con instantes en que el Gobierno de España necesita los votos de los diputados del PNV. Una regla que se confirma en esta ocasión, igual que se confirma esta otra: el cálculo infravalora lo que tendrían que pagar al Estado las diputaciones vascas.

El Partido Popular lleva días tuiteando a diestra y siniestra que el sistema fiscal del País Vasco no es mejor, sino diferente. Pero resulta que es las dos cosas. Gracias a los apaños que se hacen a la hora de calcular el cupo, la comunidad autónoma vasca dispone del doble de recursos por habitante que el promedio de las de régimen común. Una bicoca. Y una que no se puede atribuir, como algunos atribuyen, a razones históricas. Una cosa es que las guerras carlistas y el Abrazo de Vergara nos dejaran como legado el Concierto Económico y otra bien distinta es hacer trampas en el cálculo. La estafa contable no está incluida entre los Derechos Históricos que reconoce la famosa disposición adicional que incrustó el Concierto en la Constitución.

Es llamativo que una estafa contable concite tanto entusiasmo consensual. No es novedad, ciertamente, en el PP y en el PSOE, que se han turnado en la negociación del amaño para lograr el respaldo del PNV. Es en ellos habitual, y responsabilidad de ambos. De hecho, al inicio de esta legislatura, los socialistas instaron a Rajoy a buscar el apoyo del nacionalismo vasco a fin de tener los votos suficientes para formar Gobierno. Pero no lo hacen tanto por la gobernabilidad de España como por ellos mismos. Lo hacen también por su cuota electoral en el País Vasco.

Tristemente, el partido que cuestione un procedimiento que redunda en ventajas para una comunidad autónoma y en perjuicios para el resto de los españoles será castigado por muchos de los que disfrutan del privilegio. Y no son PP ni PSOE los únicos que no desean verse afectados por esos ramalazos de egoísmo. Ahí tenemos a los podemitas, que se han sumado a las prácticas habituales, seguramente imbuidos del temor a los efectos de oponerse al privilegio. No sabíamos que se llamaban Ahora Podemos Unidos por el Cupo. Ya lo sabemos. Como sabemos que su hostilidad hacia la Constitución del 78 tiene límites precisos: limita al norte con el pufo fiscal. Ese candado por nada del mundo quiere romperlo Iglesias.

Ya que hablamos de hostilidades, son significativas las que desató la sesión parlamentaria. Porque el consenso sobre la estafa contable, tan armónico él, se mostró enormemente agresivo con Ciudadanos. Lógico: el único partido que se opuso dejó en evidencia a los concertados para el tongo. No bastaba con aprobar el pufo, había que machacar a quien levantara la voz en contra.

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La Izquierda “chic” contra la bandera española. -F.J.Losantos/LD-

Por una vez, la Izquierda llegó a tiempo. En la primera y asombrosa manifestación contra el separatismo en Barcelona, ya el melifluo Borrell increpó a la muchedumbre que, enarbolando banderas españolas, pedía el cumplimiento de la Ley (“Puigdemont, a prisión”). “Sssst! –chitó- ¡Esto no es un circo romano”. Él, tan finústico, preferirá Le Cirque du Soleil. De ahí el repelús ante tanto pueblo español con su bandera al viento y no a cuestas.

Aquel “Sssttt” a lo Rotemmeyer del alquitarado socialista, súbito abogado de la Generalidad separatista, pudo provocar que cualquiera de las fieras de la arena o del público sediento de sangre, que eso es un circo romano, viendo que Borrell proclamaba mártir a Puigdemont, le hubiera mordido la clámide. Pero las fieras eran tan pastueñas, llevaban tan orgullosa y festivamente su bandera recién estrenada en público, porque lleva décadas tan prohibida en la calle como el español en las aulas, que no quisieron estropear el acto mandando a tomar viento de Abengoa al embajador del rojerío chic, recién llegado de muy, muy afuera.

El socialismo domador de españoles

Pero el déspota a medio ilustrar se quedó satisfecho. Había hecho lo que se espera de un intelectual y político de izquierdas: marcar distancias con la horda española, buena para votar, no para ser atendida y respetada. Al cabo, Borrell es uno de los domadores –por eso se le escapó lo del circo- de la fiera española, arrinconada en los alrededores de la Ciudad de los Prodigios Transversales, uno de los caporales que la han herrado con las cuatro barras de la ganadería catalana, donde los maestros instilan el odio a su lengua y su nación a los niños, hijos de padres españoles a los que deben marginar, y los adiestran para que voten a la Izquierda y aplaudan al Barça.

En la segunda manifestación, un modelo de apropiación indebida por los partidos políticos y en especial por el PSC, que no quiso ir a la primera, Borrell salió al Coliseo dispuesto a echarle un tasajo de carne a la apaleada fiera. En la anterior opuso con la cursilería liricoide típica del progre añejo, la bandera separatista estrellada y la de la Unión Europea, con las estrellas de Eurovisión. Hubo algún comentario sobre el gesto anterior de apostrofar a la fiera y despreciar su bandera, así que esta vez cogió la española, pero el viento, sin subvencionar, deslució el esfuerzo. Quedó como era: falsísimo.

Francesc Frutos contra Manolo Escobar

En esa segunda manifestación, el que se subió a la chepa del millón de españoles fue el dirigente comunista Francesc Frutos, que se hace llamar Paco ahora, no cuando mandaba en Izquierda Unida y atacaba al PP por el delito de poner en duda los beneficios sociales de la inmersión lingüística. Francesc, alias Paco, no cayó en el error de reprocharles la bandera, que con tanta gente repitiendo era suicida, ni les llamó fieras o público de circo romano. Pero tenía que reprocharles algo, no fueran a confundirlo con un político de derechas, así que criticó que cantasen demasiado el “¡Que viva España!”. Podía haber hecho la glosa del “Resistiré”, segundo himno de la rebelión española en Barcelona, pero también era un recién llegado, como Borrell, y dijo echar en falta a otros cantantes que pusieron música a otros poetas, todos de izquierdas, como Antonio Machado y Miguel Hernández.

El tono no fue despótico, como el de Borrell, sino peor: paternalista y condescendiente. No recuerdo que en sus años en el PSUC, el PCE y CCOO, (allí Comissió Obrera Nacional de Catalunya, Vieja Guardia Roja de Pujol y Maragall durante cuarenta años) defendiera España, el español o pusiera en los mítines canciones emocio-nacionales de Paco Ibáñez, que anda ahora etasuno. Tal vez “A galopar”, (hasta enterrarlos en el Mar del Tinell y el Trespercent). Frutos podía haber censurado que Serrat censurase “Mediterráneo” a los manifestantes, mientras renueva a Messi, que es lo único de Cataluña, para la progresía apolítica Barçaluña, sobre lo que se ha atrevido a escribir. Pero no: al que censuró Frutos fue a Manolo Escobar, no fueran a confundirlo con la caspa española a él, calvo de Checa y Gulag. Como Borrell, también se negó a firmar el manifiesto de Libres e Iguales contra el primer referéndum separatista de Artur Mas. Música, sí; letra, no.

En ‘El Español’ contra la bandera española

La última bronca contra los españoles de Cataluña que, empeñados en reivindicar su condición cívica y denunciar la opresión separatista, han sacado a la calle cientos de miles de banderas españolas, se la ha propinado Gregorio Morán en El Español. Está recién llegado tras varias décadas de acomodada intransigencia en La Vanguardia, pero corre el peligro ante el rojerío chic, nieto del de Bocaccio, de que puedan confundirlo con Cristian Campos (por la prosa, difícil, por la ideología, imposible) y ha publicado este sábado un pliego de descargos para evitar que lo confundan con algo distinto a la izquierda de Lenin, en guerra eterna con la España de Franco. El título es muy propio del recio rojerío que lamenta la débil Transición: “¡Banderas, al armario!”. Y a Borrell y Frutos les habrá encantado, seguro. Esta es la explicación de la orden de Morán al millón de patanes españoles:

La recomposición de la vida ciudadana en Cataluña pasa por devolver las banderas a los armarios. Y por lo que puede haber afectado más allá del Ebro, animar a retirarlas todas y de todas partes. Basta conservarlas en los lugares de poder, en las instituciones, como paga y señal de quienes las inventaron y las conservan para bien de sus intereses. ¿Qué sería de un patán sin bandera? Estaría desnudo. El trapo consensuado le sirve como taparrabos y acaba convirtiéndose en el reducto donde atesora, o eso cree él, las raíces patrióticas. Mientras la gente no se manifieste en silencio y sin emblemas no podremos decir que constituimos una sociedad de gentes iguales en derechos y compromisos.

Por insultar que no quede. Pero cualquiera que haya visto las dos manifestaciones españolas habrá comprobado su carácter pacífico y festivo, tan distinto de los alardes del separatismo catalán glosados por la marabunta que puebla el diario donde ha escrito Morán muchos años, tantos que llegué a creerlo primo de Godó. Pero compartir periódico con Rahola y compañía tiene consecuencias. Al despotismo del chequista, que insulta ritualmente a la plebe embanderada, se añade la calumnia que proyecta en los demás lo disimulado o reprimido. Diríase que insulta a todas las banderas, pero no a todos los que las llevan.

Aparece el antifascismo redentor

En lo único que hemos cambiado es en la exhibición de trapos no en el significado del gesto. Cataluña se ha llenado de banderas esteladas solo salpicadas de alguna señera cuatribarrada, otras rojo y gualda, e insólitas tricolores de la II República española que en los tiempos que corren deberían llevar un lema explicativo para ayudar a los nuevos banderizos a entender que el levantamiento contra aquel régimen fue obra del fascismo de verdad y que los presos y las torturas no necesitaban de actrices que simularan la realidad.

Es asombroso el sectarismo, raíz del odio a lo nacional español, de estos nostálgicos del “antifascismo”, bandera propagandística de Stalin en la que bordan la nostalgia falsaria de la II República. Habrá que explicar, como dice Morán, por qué la izquierda sigue inventándose una República que no existió y ocultando que los que se alzaron cuatro veces contra la II República antes que Franco fueron los anarquistas, tres veces y los socialistas y separatistas catalanes en 1934, porque no toleraban que los “fascistas” (!) Lerroux y Gil Robles les hubieran ganado las elecciones.

Claro que su golpe era para instalar una democracia a lo Stalin, y, además ellos nunca llevaban banderas. Nunca abrumaron a la gente con la tricolor, que nunca fue la nacional española, ni con la roja de la hoz y el martillo, ni con la roja y negra de la CNT-FAI, que en vez de combatir el alzamiento de Franco se alzó en Cataluña contra los restos de la República e instauró un régimen de terror que asesinó a 3.000 católicos en quince días.

Pero ante todo hay que posar, evitar que lo confundan con la chusma española. Y Morán se hace el tonto: dice que no entiende las banderas:

Nunca entendí el significado de las banderas y debo reconocer que no recuerdo haber tenido una, ni menos enarbolarla. Aseguran que están hechas de sentimientos, como las postales o la pasión futbolera, y me pregunto qué naturaleza sentimental habrá que depositar dentro de uno mismo para amar a un equipo de fútbol o a una tela. Porque en definitiva las banderas no son más que trapos consensuados.

Yo creo que miente, que entiende lo que significa la bandera norteamericana encima de un féretro o la francesa en el Arco de Triunfo, que ocupa gracias a esos americanos y sus trapos. Lo que le fastidia a Morán, que por cierto, luce en la foto trapos de mendigo consensuados, muy a la moda, es la bandera española. Tal vez hasta en los féretros de los soldados y muchas víctimas de la ETA.

He llegado a oír de determinada gente que es capaz de matar en defensa de su bandera. A mí la primera reacción que me produce una bandera es de rechazo. En algunos casos auténtico desprecio teñido de odio por lo que ha significado en la historia, porque esos trapos consensuados exigen adhesiones nada sentimentales sino más bien ofenden, achican o insultan al que no comparte esos sentimientos de menor cuantía que se jalean con el flamear de las banderas.

Pero todo lo que significa en la historia la bandera roja de la hoz y el martillo no le ha movido a Morán a regurgitar ese odio, tan leninista. Le puede el desprecio, el sectarismo cultivado, el guerracivilismo irredento, la nostalgia de la tricolor, la roja y el poder supremo sobre vidas y haciendas que eso fue la guerra civil que buscó la izquierda y finalmente perdió. No lamenta la guerra que empezó la izquierda sino su derrota. Y lo paga la gente que con su bandera a cuestas se siente y se sabe española, a pesar de la gentuza de izquierda y separatista que, al cabo, también nació aquí.

El experto en alfalfa y otros piensos

El cáncer político de España en estos cuarenta años de democracia es la superioridad moral, la bandera invisible pero cegadora de la izquierda que odia a la bandera de España, por ser, dice, la de Franco. ¡Y la de Galdós! Lo que de verdad no acepta la izquierda pija, en Barcelona chic, es que resucite un símbolo que conjura su poder sobre la conciencia de los ciudadanos. Y ese símbolo es la bandera nacional, ante la que se horroriza como Drácula ante el crucifijo de plata y la españolísima ristra de ajos. La frase que escoge El Español para resaltar el artículo de Morán es ésta:

Detesto las banderas. Todas. Son un señuelo del poder hacia quien no lo tiene. Un alimento para estómagos acostumbrados a la alfalfa.

Yo no creo que Morán haya detestado siempre la bandera de la hoz y el martillo. Ni ahora. Pero barrunto que este perito en piensos empieza a echar en falta el abanderado pesebre del Conde de Godó.

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