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El dique está roto -Hermann Tertsch/ABC-

Las cosas ya no son tan fáciles como antes para la jauría mediática de la izquierda en España. Hace muy poco aún podía destruir a cualquier español que les molestara. Con dos medias verdades y un par de programas de burlas en televisión repicadas en radios y comentarios de sus amanuenses en prensa se mataba civilmente a cualquier discrepante incómodo. Se daba un escarmiento y un aviso al mismo tiempo. Nadie debía atreverse a poner en cuestión las verdades básicas de la hegemonía cultural y política izquierdista en España porque nadie podía vivir con tranquilidad en caso de hacerlo. Se destruían reputación personal, prestigio profesional y acceso a la vida civil y social hasta convertirlo en un marginado o paria.

Hay novedades. Ha fracasado en dos días la burda campaña a la cadena SER, seguida por las demás terminales mediáticas izquierdistas, contra un asesor de Santiago Abascal. Lo querían expulsar de la política activa porque hace más de veinte años se vio envuelto en una pelea con comunistas en la Facultad. Como Pablo Iglesias fuera uno de los comunistas creían todo hecho. La jauría se ha tenido que envainar la grotesca pretensión de imponer la muerte civil del político de Vox. Muchos le han agradecido el coraje de hacer frente a comunistas que querían en Chile la dictadura de Cuba. De haberlo logrado hoy Chile sería una mísera mazmorra de terror y hambre como Venezuela o Cuba y no la democracia floreciente que es.

Aquí, jefes de la jauría mediática como García Ferreras anuncian compungidos que han descubierto a un miembro de Vox que fue de ultraderecha hace veinte años y a continuación reciben con veneración a su «maestro» Jorge Vertrynge, que fue un notorio neonazi hiperactivo. Aquí se acosa hasta en sus hogares a policías jubilados que defendieron a los españoles del terrorismo hace medio siglo, pero se celebran homenajes a terroristas que asesinaban hace muy poco. Ferreras celebra los sabios consejos y análisis legales del chileno Gonzalo Boyé, condenado por el secuestro de Emiliano Revilla con ETA y hoy abogado de separatistas. Asesinos del FRAP y el Grapo son héroes del progresismo, pero honrar a José Calvo Sotelo o Ramiro de Maeztu es un grave acto franquista intolerable.

Una buena noticia: esto va a cambiar. La inesperada irrupción en nuestra escena política de unos valientes al grito de Karol Woytila de «No tengáis miedo», ha movido ya, pase lo que pase en las elecciones, montañas enteras en la percepción que tienen millones de españoles de las posibilidades de ejercer su voluntad y su libertad, de articular sus deseos y esperanzas y actuar en consecuencia. Se acabarán las permanentes ofensas impunes. Las pretensiones hegemónicas de la izquierda totalitaria tendrán respuesta. Muchos españoles han perdido el miedo y ya han visto que las cosas sí pueden ser de otra manera. Esto tiene muy confundidos a los profesionales de la intimidación en la izquierda, pero también a los beneficiarios permanentes de la resignación en esos y otros lares. Por eso llegan a los españoles esos preocupados consejos a no hacer lo que desean y lo que les ilusiona. Que les indican que tienen que volver a hacer lo que no quieren hacer, aunque solo sea para evitar después una represalia o «un mal mayor», dicen. Como a los niños y a los animales, se les conmina a reprimir su voluntad para someterse al criterio superior de quienes mandan. Se equivocan quienes apelan al miedo porque el dique está abierto. Los españoles no quieren consejos, no quieren órdenes, no quieren doctrina, quieren representación. Quieren que su voluntad y sus intereses sean representados y defendidos como no lo han sido. Esa es la inmensa nueva.

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Cuentos que se pagan. -Hermann Tertsch/ABC-

Todos saben que es mentira. Que no fueron un puñado de camellos confidentes de la Policía los que cambiaron radicalmente la historia de España el 11 de marzo de 2004. Todos saben que no eran ocho «pirados» marroquíes con unos cuantos desgarramantas de la pequeña delincuencia los que coordinaron en la perfección una cadena de atentados que tenían que helar el corazón y lo hicieron de una nación milenaria como la española. Unos chorizos descerebrados no ejecutan con ese virtuosismo de organización y desarrollo un atentado perfecto en su terrorífica eficacia. Toda España sabe que es mentira. Pero no se dice.

Porque, quince años después, si hay algo firme en España es el tabú oficial que condena radicalmente todo cuestionamiento de la versión más inverosímil sobre el 11-M que es la oficial. Por lo que firme es aun hoy la voluntad de destruir profesional y personalmente a quien diga lo que todos saben: que se quiso cambiar la historia de España con aquella matanza y que se consiguió. Que se quiso hacer volver a España a la senda de la división, la debilidad exterior e interior y el fracaso político y se logró. Que se decidió crear de forma traumática unas condiciones para acabar con el régimen constitucional de la Transición de 1978 y la Reconciliación Nacional y se hizo. Desde entonces todo ha ido en la misma dirección. Mariano Rajoy obtuvo una mayoría absoluta para impedirlo. Pero esa historia de abismal cobardía y fracaso es otro cantar.

Hoy vemos triunfar posiciones políticas y personales de quienes no habrían sido nada ni nadie sin aquello. Vemos el bienestar material de muchos que sin el 11-M habrían sido menos que nada en sus partidos, academias, facultades y garitos diversos. Si Zapatero pierde aquellas elecciones habría acabado probablemente de abogado en el turno de oficio en León y no de agente internacional del narcotirano Nicolás Maduro con gran casoplón ya en Aravaca. Sin Zapatero, Cataluña no habría delirado de la forma en que lo hizo cuando se le dijo que las leyes no importaban. Ternera estaría en la cárcel, ETA no compartiría con el PNV el maná tributario del Concierto y sin las campañas de revancha la guerra civil no habría estallado en tantos corazones y cabezas y el odio no se habría desparramado por las calles de las ciudades españolas. Al menos no tan brutalmente. Sin Zapatero, no habría un partido leninista de 70 diputados, ni Pablo Iglesias tendría mansión en la Navata. Pedro Sánchez estaría, lógicamente, en el paro de larga duración. Los partidos terroristas estarían ilegalizados y no podrían ser socios del gobierno.

Ayer, el ministro del interior, Fernando Grande-Marlaska, felicitaba en la radio, quince años después, a las fuerzas de seguridad por su investigación del atentado del 11-M. Dice que «llegó hasta el fondo». «Sustancialmente se sabe toda la verdad sobre los atentados del 11-M». Quien tenga dudas al respecto es un Villarejo que solo merece desprecio. La inmensa mayoría de los periodistas han asumido esa versión. No están los tiempos para audacias. Políticos y medios toman por imbécil a la ciudadanía. Grande-Marlaska, un juez respetable hasta que entró al gabinete de los horrores, está feliz con la investigación del 11-M. Como el juez Bermúdez en cuanto supo de su propio éxito. Y toda la tropa del consenso aplaude esta inmensa farsa que solo genera falsedad. Porque el 11-M es la otra gran traición de los españoles a su convicción con la mentira antifranquista. Esa que reza que los españoles eran demócratas reprimidos por Franco y tres curas y tres militares. Y la izquierda era la resistencia demócrata y civilizada. Y que la república fue decente y además funcionó. En fin, cuentos que se pagan.

 

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¡Ya está bien! -Hermann Tertsch/ABC-

EL Rey de España, el Jefe del Estado, habla para la Asociación Mundial de Juristas sobre el imperio del derecho. Todos los medios y políticos se hacen eco emocionado. Todos de acuerdo. Saben que la única alternativa a la supremacía incondicional de la ley es el caos primero y después la guerra. Los españoles deberíamos saberlo todos. Deberíamos. Lo cierto es que, mientras Felipe VI defendía el imperio de la ley, los golpistas juzgados se ciscaban en ella y no solo ellos. Porque los familiares y amigos de un anterior jefe del Estado tenían que tomar acciones inauditas para defender la ley. Abogados advertían en burofaxes a funerarias y obreros que de obedecer ciertas órdenes del actual jefe de Gobierno, incurrirían en un grave delito que podría llevarlos a la cárcel para años. Nadie ha confirmado la inminencia de la acción pero sí los preparativos para incumplir la ley, ignorar al Supremo, asaltar una basílica con su extraterritorialidad, atropellar a los monjes titulares del recinto sagrado, profanar la tumba, sacar al cadáver momificado y llevárselo en contra de la voluntad de la familia del muerto y nadie sabe a dónde. Los medios izquierdistas aseguran que Sánchez está dispuesto en campaña a lo que no hacen ni las tribus más bárbaras en guerra. El innoble espectáculo de la profanación oficial de la tumba de Franco debería asquear y avergonzar a todo español de bien.

Tenemos en España un problema serio a afrontar si no queremos destruir la convivencia para mucho tiempo. Porque es una ya insufrible perversión que ciertos españoles se conviertan en ciudadanos inferiores y públicamente vejados por tener recuerdos y opinión sobre el pasado de España que difieren de lo que pregonan las fuerzas que perdieron la guerra civil. En los pasados 40 años se ha permitido, por cobardía, pereza, codicia, indolencia, intereses bastardos y falsedad, que se impusiera como cuasi oficial una versión falsaria, mezquina, sectaria y tramposa de nuestra historia reciente. Y se ha tolerado que todo el que discrepe pase a sufrir represalias aunque defienda no ya opiniones sino hechos irrebatibles. Así se criminaliza a todo el que no acepta la falsaria mitología de comunistas y socialistas del siglo XX. Quienes saben la verdad callan para no crispar a quienes han impuesto la mentira.

Cierto, es la tumba de un jefe de Estado que no era democrático, era un dictador y tenía enemigos. Y ganó guerras y gobernó mucho tiempo e hizo prosperar a los gobernados y murió en la cama con reconocimiento. No, no es Felipe II. No es la cripta del Escorial la que se quiere profanar. De momento. Porque nadie dude de que, si se transige ante el fanatismo de la ignorancia y la revancha, les llegaría su turno. Se pretende tratar a Franco como si fuera un vulgar genocida cuando es el origen incontestable de la legalidad que nos ha dado 40 años de democracia. Y que se funda en un orden tras una guerra civil trágica cuya principal culpa es de todos, pero si de alguien más, de los perdedores. Ya basta de mentiras. Los programas especiales de televisión se harían mejor en Paracuellos que en el Valle de los Caídos. Franco fusiló menos de 4.000 condenados a muerte en 36 años. Habría algún inocente, pero pocos. Y a muchos culpables les conmutó penas y los trató al final con injusta deferencia. Son menos de la mitad de los inocentes fusilados por Lluis Companys. Y menos de la mitad de los inocentes asesinados por PSOE y PCE en Madrid en las semanas del otoño de 1936. Ya está bien de callar para no crispar con la verdad cuando quien está enfrente no hace otra cosa con la mentira.

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Se rompió el corral -Hermann Tertsch/ABC-

Es indudable que sectores de la izquierda han entrado en pánico ante la evidencia de que surge, por primera vez en cuarenta años, una oposición real y firme a su hegemonía cultural y a su pretensión monopolizadora de la interpretación del pasado y de guía ideológica del presente. Pasa ya en otros sitios. Pero en España es especial. Por ello, ya recurren a la violencia, llaman a la «alerta antifascista», a manifestaciones y acosos, agreden a miembros del nuevo partido herético y amenazan de muerte a sus dirigentes. No pasa un día sin agresiones al partido intruso. Si fueran contra otros serían objeto de rotundas condenas. Silencio general. Eso sí, no pasa un día sin que, desde los comunistas venezolanos a los separatistas vascos, pasando por el jefe de Gobierno español, sus socio golpistas o hasta todo un presidente Macron, adviertan sobre el peligro terrible que suponen los diariamente agredidos.

Eso no es nada nuevo. España tiene larga experiencia de la violencia que unos practican y otros critican con la boca pequeña. Algunos se extrañan aun ahora por esta unión de intereses en torno al socialista Pedro Sánchez de comunistas, filoterrroristas de Bildu, simples antiespañoles como el PNV y el popurrí de golpistas catalanes las CUP y CDR filoetarras. La mayoría de estas fuerzas siempre han trabajado más o menos juntas, de una u otra forma, en la destrucción de la España unida y constitucional. La quieren hacer desaparecer porque su propia existencia es un recordatorio permanente de su terrible y sangriento fracaso, allá en las lejanías de la II República a las que siempre se remontan. Y es el resultado feliz de la voluntad de reconciliación de los españoles gracias a la prosperidad, la transformación y estabilidad logradas en el franquismo.

Porque el nuevo régimen de libertades, con todas sus limitaciones e imperfecciones, es una democracia que nada tiene que ver con aquel régimen fracasado y secuestrado por la voluntad totalitaria. Los españoles deben mucho más su libertad al régimen franquista que creó las condiciones para la misma que a quienes mantienen de referente el régimen anterior a la guerra que solo generó miseria, terror y desgracia. Por eso ellos pretenden que España les debe algo por su derrota: su desaparición. El revanchismo de Zapatero que dinamitó la razonable convivencia política es de este siglo. Pero la mentira antifranquista se implantó en la Transición. Y sirvió para imponer, sin oposición por la cobarde y egoísta dejación de quienes debieron ejercerla, esa supremacía ideológica y cultural de la izquierda que llaman consenso y que impone estas leyes ideológicas enemigas de la libertad y del sentido común. Con su colapso cunde el pánico. Veremos cosas curiosas ahora que los guardianes intentan cerrar como sea, intimidación masiva, mentiras, amenazas y violencia incluida, el corral del consenso que se ha roto. Los mercenarios del pastoreo están histéricos. Parte del rebaño está asustado. Pero otros, cada vez más, han perdido el miedo y empiezan a disfrutar con la verdad y la libertad.

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Los muy volubles principios políticos de Ciudadanos -Ramón Pérez-Maura/ABC-

¿Qué tiene que ocurrir para que Albert Rivera exija la inmediata expulsión del PDECat del Grupo ALDE?

Estos días se ha comentado mucho la distante actitud de Ciudadanos en Andalucía, donde quiere hacerse con su cuota de poder sin «mancharse» con el respaldo de los casi 400.000 andaluces que sufragaron por Vox. Este juego de Ciudadanos ya lo hemos visto antes, porque su victoria histórica en Cataluña se tradujo en no molestarse ni en presentar la candidatura de Inés Arrimadas en el Parlamento, ratificando así que la verdadera victoria seguía siendo la de siempre: la de los catalanistas que ahora buscan abiertamente destruir España.

Veo ahora otro ejemplo verdaderamente notorio de la doblez de Ciudadanos, esta vez en el Parlamento Europeo. Ya hemos comentado en esta columna alguna vez la libertad con la que sigue actuando en el grupo liberal europeo el PDECat, a pesar de que en el mismo se sienta también Ciudadanos. Como ocurre con la mayoría de los partidos europeos, éstos tienen dos organizaciones: el partido como tal y el grupo parlamentario en el Parlamento Europeo. Así, hay un Partido de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE) y un Grupo ALDE en el PE. Todos los diputados miembros de partidos del ALDE tienen que sumarse al Grupo ALDE, pero no es necesario ser miembro de una formación integrada en el Partido ALDE para formar parte de su grupo.

Hace cuatro años, Enrique Calvet, eurodiputado superviviente del naufragio de Upyd, y miembro del Grupo ALDE solicitó la expulsión del PDECat del Partido ALDE. Ciudadanos dijo entonces que no era el momento. Ese momento no llegó hasta hace exactamente dos meses, cuando el Partido ALDE se reunió en Madrid y Albert Rivera podía hacerse la foto expulsando al PDECat. Conste, eso sí, que el PDECat no fue expulsado por su racismo, ni por su voluntad de violentar la Constitución Española, ni por su deseo de sacar a Cataluña de la UE -como ocurriría si la independizaran de España. Fueron expulsados por algo mucho más pedestre: sus casos de corrupción.

Veo ahora que Calvet ha tenido que volver a la carga porque ni Ciudadanos ni el propio Partido ALDE ha hecho nada por expulsar al PDECat del Grupo ALDE. lo que sigue otorgando al eurodiputado convergente Ramón Tremosa -pillado ya demasiadas veces en mentiras flagrantes- la condición de coordinador de Economía del Grupo ALDE. Y aliado habitual de los separatistas flamencos.

Cuesta entender qué pretende Ciudadanos con su lenidad ante la presencia en su grupo del Parlamento Europeo del partido creador del mayor problema político de la España de esta hora. ¿Por qué no combaten Rivera y su gente al secesionismo catalán en su grupo parlamentario europeo con el mismo empeño que demuestran en las tribunas españolas? ¿Qué tiene que ocurrir para que Rivera exija la inmediata expulsión del PDECat del Grupo ALDE? ¿Está Albert Rivera esperando a la oportunidad de hacerse otra foto como la del congreso de su partido en Madrid? Pues la realidad es que estamos ya casi en campaña electoral para las elecciones europeas de mayo. Aunque claro, bien pensado, supongo que a Rivera lo que le importa más es hacerse la foto en el último tramo de la campaña sin importarle que el PDECat se haya beneficiado de haber sido miembro del Grupo ALDE durante cinco años. Y créanme si les digo que ser parte de uno de los grandes grupos del Parlamento Europeo es una verdadera sinecura.

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El trauma andaluz -Hermann Tertsch/ABC- –

Es muy comprensible el trauma que tiene cierta izquierda ante lo sucedido en Andalucía. ¡Precisamente en Andalucía les tenía que pasar! En ese cortijo suyo en el que socialistas y comunistas han sido caciques de propiedad no cuestionada. De repente, expropiados. Esto tendría que haber pasado hace décadas. Para que la alternancia política impulsara la movilidad, la renovación y la probidad, el control, el rigor, la competencia honrada, el desarrollo y el bienestar. Pero durante 37 años, un aparato implacable de reclutamiento, compra de voluntades, disciplina y control, pagado con ingentes sumas de dinero llegado de Europa y el resto de España, ha impedido que sucediera.

Quienes aplauden como quienes lloran hoy en Andalucía han de reconocer que este cambio que muchos creían imposible se ha producido por la irrupción en el escenario de un nuevo protagonista que ha cambiado las conductas de todos los demás. Es Vox. En el PP todos celebran ahora que Moreno Bonilla vaya a presidir la Junta de Andalucía. Pero si Pablo Casado no hace de esa campaña su personal prueba de fuego, el mediocre candidato popular impuesto en su día por una vicepresidenta de tenebroso recuerdo se habría quedado en 10 diputados. Entonces Casado estaría políticamente muerto y el PP, otra vez madurito para que alguien como Soraya Sáenz de Santamaría lo convirtiera en partido satélite del Frente Popular, por el bien del consenso. A hacer de Javier Arenas en «el ministerio de la oposición» para siempre. Ya tenía Casado asesores recomendándole dar por perdida Andalucía. A la postre ha sido Vox y el shock de Vista Alegre los que salvan a Casado de dejarse hundir por los suyos.

Casado tuvo instinto. Como Santiago Abascal que, pese a las reticencias de muchos, llevó a Vox a esas elecciones. Los dos detectaron el movimiento en una nación que ha dejado de creer en la política del cambalache consensual y quiere grandes compromisos con la legalidad, con la propia nación y con la realidad que sufre y que niega o manipula la subcultura del eufemismo de la socialdemocracia. Los españoles están mucho más hartos de lo que creen quienes solo consumen alfalfa mediática izquierdista. Y además son cada vez más inmunes a la idiotización de la consigna televisiva. Sí preocupa que Casado a veces parezca asustarse de su propia osadía y se concilie con los enterradores del PP en esta década. Parece haber pasado en el País Vasco. Habrá de decidir si se erige en apuesta de cambio real o se arropa de marotos, semperes y alonsos, y en mayo concluye su dirección del PP como un bonito espejismo que dio pie a una breve esperanza.

Ciudadanos no sacó el resultado que esperaba y quería. Nunca le pasa. Por eso, al margen de la citada soberbia campaña de Casado que impidió el hundimiento de su partido, la revolución andaluza se debe exclusivamente a la irrupción de VOX en el panorama político. Sufrirá sobre todo Ciudadanos, que suple su falta de ideología con una dependencia angustiosa de la patulea mediática izquierdista. No debiera sufrir por ser tachado de aliado de la ultraderecha. En mayo nadie entenderá que deje uno solo de los ayuntamientos en manos de una izquierda radical y filogolpista cuando mayorías con PP y Vox permitan expulsarla. La izquierda española está en pánico porque ya existe un voto nacional transversal que puede hundirla para mucho tiempo. Si Vox no comete errores y no los está cometiendo, puede lograr esa supremacía estable de la derecha que permita el retorno a la vida de los españoles del ejercicio de la libertad de palabra y obra, de justicia y la defensa de la ley, un retorno al sentido común en la vida de los españoles.

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De inevitable a inaplazable -Hermann Tertsch/ABC-

“A estas alturas no hay formas intermedias. La desprogramación de la secta separatista debe hacerse de un modo activo, con un 155”. Estas sabias palabras de Albert Boadella, un catalán que anunció la catástrofe desde que su lucidez vio los preparativos, son una vez más rotundamente ciertas. Pero se queda corto con la receta porque es probable que el 155 ya no sea suficiente para acabar con lo que se debió acabar desde hace lustros ya todos los días. Como todos los días aumenta el coste de una intervención para restablecer la ley.

Quienes hoy pretendan que la vuelta a la legalidad pasa por la negociación con las fuerzas separatistas o no se enteran o creen beneficiarse de la falta de normalidad. O directamente pretende ayudar al golpismo antiespañol como los comunistas de Podemos, para los que todo éxito propio pasa por el desmembramiento de la nación. La cúpula golpista de la Generalidad es irrecuperable para la legalidad. El restablecimiento de la ley en Cataluña es imprescindible para que toda España pueda dedicar sus energías, su tiempo y su dinero a sus grandes objetivos de desarrollo. Tendrá que imponerse con la intervención de la fuerza legítima del Estado ante la abierta rebelión de las autoridades regionales. Esta vez con la contundencia necesaria que no hubo en la fracasada aplicación del 155 por el Gobierno de Mariano Rajoy.

El miedo al conflicto de aquel Gobierno ha tenido efectos catastróficos para España, y no solo en Cataluña. Porque más allá del descrédito del Estado que causó su fallida intervención del pasado año, es corresponsable, por su vergonzosa huida, de todos los daños que genera en la actualidad -aumentan a diario- el Gobierno de talante abiertamente macarra que preside el falso doctor Sánchez. Que lleva a cabo el más inaudito desmantelamiento de las defensas del Estado que pueda concebirse. Si al actual Gobierno lo caracterizan su mala fe y su desprecio a los intereses de los españoles, al anterior se le recordará por su justificada mala conciencia y una cobardía de altísimo coste que lamentablemente no pagan quienes debieran.

Así las cosas y tal como se aceleran los planes de un nuevo intento de insurrección, es muy posible que sea precisamente Sánchez, que gobierna gracias al golpismo y demás implicados en el intento de destrucción del Estado, quien tenga que dar la orden de suspender la autonomía en Cataluña y restablecer la ley y el orden público, ambos hoy inexistentes. O quedar expuesto ya definitivamente como uno más de los enemigos de la España de la monarquía parlamentaria. La intervención contará con el aplauso de la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes, pero también con la feroz y previsiblemente violenta oposición de la secta fanática de que habla Boadella. Sánchez intenta aún proteger y no enfrentarse a sus socios de aventura. Pero toda España, cada vez más alerta y más dispuesta a exteriorizar su voluntad de defensa de la nación, sabe que lo inevitable ya se hace inaplazable.

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El corte de mangas. -Hermann Tertsch/ABC-

El presidente de VOX, Santiago Abascal, que ha sido boicoteado por todas las televisiones y vetado por los gobiernos en los medios públicos desde que su partido existe, se ha puesto de moda últimamente porque la demanda de claridad y firmeza de los españoles ha dinamitado este otoño ya definitivamente todos esos vetos, boicots y ninguneos. Pero cuando la televisión LaSexta ha querido preparar una entrevista con él para el programa estrella de la manipulación izquierdista, con el agitador conocido como «El follonero», Jordi Evole, se ha encontrado con un sonoro corte de mangas. «Después de insultarnos a nosotros y a nuestros votantes, Évole pretendía que colaborásemos con su programa. No tienen vergüenza. Nosotros distinguimos entre la crítica periodística y los mamporreros del poder. ¡Que llame a Otegi!», respondió Abascal a la solicitud.

Es un soberbio precedente. Y la primera vez que se trata en España a esa cadena de agitación y a sus activistas del entramado propagandístico de la ultraizquierda y el separatismo como merecen. Albert Rivera ya dio en este sentido un puñetazo sobre la mesa en la televisión pública TV3 cuando dijo a sus directivos y demás intoxicadores unas cuantas verdades sobre su naturaleza y su vil conducta. Pero a la gran máquina de intoxicación izquierdista, anticonstitucional y antiespañola que es LaSexta nadie se había atrevido a retarla así porque temen su probada capacidad de destruir reputaciones, prestigios, carreras profesionales y personas. Todos temen a los mamporreros, que pueden hundir a un concejal como a un juez, a un periodista como a un político. Y los políticos de todos los partidos han acudido dóciles a sus citas en LaSexta, aunque desde allí se insulte, se difame, se ridiculice y se agreda a sus electores a su partido, a España, al Rey, a las creencias religiosas o a las víctimas el terrorismo.

Hay que recordar vergonzosas entrevistas a políticos constitucionalistas en el peor y más humillante ejercicio de hacerse perdonar allí los valores con los que después mendigan y consiguen sus votos, escaños y cargos. El mensaje hegemónico en todas las televisiones es dictado por esa factoría al servicio de intereses inconfesables con la complicidad vergonzosa de políticos de los grandes partidos. Que solo han fortalecido ese mensaje contra el Estado, la Monarquía y la Nación además de la capacidad de intimidación a todo español opuesto a las imposiciones izquierdistas de la corrección política filocomunista y filoseparatista. Parece llegada la hora de romper con la resignación a que los medios y los periodistas compitan por el premio en la agresión a la legalidad española y en deslealtad a España. Ayer La Vanguardia comparaba con Mahatma Gandhi a los Jordis, en huelga de hambre, cabecillas golpistas que pudieron causar un baño de sangre hace un año y pueden aun conseguirlo. Es hora de que los españoles traten a quienes agreden a la legalidad, a las instituciones y a España, con la firmeza con que lo ha hecho Abascal con ese profesional del odio resentido que es Evole.

 

 

Elecci… ¿qué? -Antonio Burgos/ABC-

Como la presidencia de la Junta de Andalucía está en el Palacio de San Telmo, la antigua Corte Chica de los Montpensier, donde «una dalia cuidaba Sevilla», me he acordado del «Romance de la Reina Mercedes» del poeta Rafael de León, que fue el neopopularismo de la Generación del 27, a la que pertenecía sin que nadie se lo reconociera, hecho copla. El verso de ese «Romance» que he recordado ha sido: «Y lo mismo que una lamparilla/se fue apagando…» No la soberana, sino la soberanía autonómica del pueblo andaluz. Que cada vez, por cierto, dudo más de que exista como tal pueblo. Una cosa es la población de una región y otra muy distinta un pueblo: los «Andaluces, levantaos» del himno parece que hace ya muchos años que se han vuelto a sentar. Lo mismo que una lamparilla se ha ido apagando el sentimiento de los andaluces por su tierra, la ilusión de las manifestaciones del 4 de Diciembre de 1977, cuando, a falta de himno, que aunque existía nadie se lo sabía, cantaban el «Viva mi Andalucía» de José Manuel Moya y Aurelio Verde: «Andalucía, guapa,/mujer morena,/despierta que eres libre/de tus cadenas». Por no salir de la poesía cantada, de la sevillana al bolero, «ya todo aquello pasó,/todo quedó en el olvido», como en el verso de Carmelo Larrea. Como pasó y se apagó como una lamparilla la reivindicación de protagonismo político que supuso el referéndum de iniciativa autonómica del 28 de febrero de 1980, cuando los andaluces, en las urnas, no quisieron ser menos que nadie, que hubiera (como las ha terminado habiendo) nacionalidades de primera y regiones de segunda. Conviene recordar la verdad histórica, memoria que ahora le llaman a la utilización de sólo una mitad fratricida, y decir que aquel referéndum se perdió. Almería quedó descolgada, quería entonces lo que ahora muchos piden: que ni la Enseñanza ni la Sanidad dependieran del nuevo centralismo que se inventó en Sevilla, sino de Madrid, de una única nación española.

Por muchos debates a cuatro de tres al cuarto que haya en la TV y muchas encuestas que saquen con su sorpresa incluida, de 1977 a esta parte no he visto menor interés de los andaluces por sus asuntos como por las elecciones autonómicas del domingo. Muchos ni saben que hay elecciones, a pesar del machaqueo del No-Do del Régimen, de Canal Sur; y a pesar del pleno funcionamiento de la ingente maquinaria de poder y de propaganda en que se ha convertido la mayor empresa de Andalucía, que es la Junta. «Elecci… ¿qué», preguntan muchos. Otros, más cínicos, añaden: «¿Elecciones para qué, si en Andalucía siempre las gana el PSOE?».

Y a eso voy. A pesar del mayor escándalo de corrupción que vieron los siglos, como fue la mangoleta de los ERE; a pesar de la millonada de dinero público hurtada incluso a los parados; a pesar de que haya dos expresidentes, dos, Chaves y Griñán, sentados en el banquillo, la gente está convencida de que el PSOE vuelve a ser el partido más votado. Poco importa que sea el radical PSOE de Sánchez, el ocupa de La Moncloa y del Flacón, o el moderado PSOE de Susana. Para la Andalucía profunda, el voto conservador, el que no quiere aventuras, se llama PSOE. Años les ha costado conseguirlo, y muchos millones de los contribuyentes, pero lo han logrado plenamente, a pesar del farol de cola europeo en paro y en fracaso escolar, entre otros datos que siguen haciendo de Andalucía aquel «Tercer Mundo» al que dediqué un libro cuando no había conciencia ni orgullo de ser de esta tierra privilegiada. Han conseguido que la gente identifique a Andalucía con la Junta, y a la Junta con el PSOE, y al PSOE, con el presidente de turno, haya metido la mano en el perol o no. Igual que saben que cada día se pone el sol, se resignan a que el PSOE una y otra vez sea inevitablemente el partido más votado por su propio Régimen. Y con los candidatos que esta vez tiene Susana frente es que, ay, ni te cuento.

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La vida de los otros. -Hermann Tertsch/ABC-

Muchos se sorprenden en España y Europa continental ante ese soberbio espectáculo de ministros del Reino Unido que dimiten uno tras otro porque las decisiones de su jefa de gobierno no son compatibles con su opinión, con su conciencia o con el voto de su circunscripción electoral que viene a ser lo mismo. En Westminster los diputados defenderán con la palabra y todos los colmillos retóricos la opinión y el interés de sus electores. Y es que eso solo pasa en esas islas y allende el Atlántico, allá donde gobierna el malísimo Donald Trump. El del imperdonable delito de decir todas esas verdades inconvenientes que la hipocresía socialdemócrata no tolera. Como que no se puede sacrificar la vida de los otros en aras de disquisiciones ideológicas. Ni destruir el trabajo ni el precario bienestar de los más pobres en aplicación de los experimentos sociales con seres humanos. Esos experimentos que tanto gustan a políticos de izquierdas, académicos, intelectuales, periodistas y otros privilegiados que pueden protegerse contra los efectos de la política que, con frivolidad, egoísmo y arrogancia, propugnan.

Si el Reino Unido es hoy la patria de la libertad y la responsabilidad, España lo es de la arbitrariedad y el desprecio, en una deriva hacia el desastre cada vez más similar a la previa a la Guerra Civil. ¿Y la UE, dónde está? La Comisión, tan dispuesta siempre a meterse en todo en la vida de las naciones y sus ciudadanos, guarda silencio ante tropelías y abusos de un gobierno que desmantela sin parar las defensas constitucionales y los derechos de los ciudadanos españoles. Callan los siempre dispuestos a difamar, acosar y demandar a gobiernos como los de Hungría o Polonia, que cumplen con la voluntad de sus programas refrendados por amplísimas mayorías absolutas. Nadie se queja de que las hordas de socios del Gobierno asalten la vivienda del juez del Tribunal Supremo que instruye el caso más importante de la historia de la democracia española contra el peor golpe de Estado sufrido desde la guerra civil. El juez acosado desde hace meses carece de protección mientras la Policía protege a responsables de estas acciones propias de camisas pardas nazis y bandas de sicarios comunistas.

Nadie protesta porque socios comunistas de Sánchez acosen a un partido legal como Vox y exijan la muerte y mutilación de los asistentes a un mitin. Y amenacen con una repetición de las matanzas de Paracuellos, con sus miles de muertos inocentes a manos de verdugos de aquel Frente Popular del que el Gobierno se siente heredero. Aplastan la libertad de movimiento de millones en el centro de Madrid por pura arbitrariedad y pisotean los intereses y derechos de todos sus habitantes, agreden a la industria del automóvil y sus cientos de miles de empleados, hunden los patrimonios familiares con su agresión al coche, amenazan a las gasolineras con destruirlas a multas si no se pliegan a un plan ridículo inviable, cierran las nucleares a diez años vista sin plan alternativo. Todo es ideología totalitaria y experimentación social y todo es desprecio a la vida de los otros.

La obscena ocupación de todos los resortes del poder va acompañada del total desprecio al control de la oposición y de los pocos medios no adictos, con casi todos los ministros inhabilitados por criterios aplicados a todo gobierno anterior. Con una brutal descomposición de las instituciones, del orden, la seguridad jurídica y la propia seguridad personal de los españoles. El Gobierno de Sánchez es una amenaza masiva e inminente para la democracia en España y la seguridad económica y física de los españoles. A ver si nos damos cuenta.

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