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La triple alianza. -Hermann Tertsch/ABC-

La triple alianza

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El comunismo en 2017. -Cristian Campos/El Español-

Les voy a explicar cómo funciona esto del comunismo en 2017.

Lo primero que hay que conocer es su hábitat. Es Twitter. Fuera de Twitter, es decir en la vida real, el comunismo es residual. Porque en la vida real, comunista, lo que se dice comunista-comunista, es decir burgués de los que han vivido toda su vida de rentas, sin trabajar, con criada y especulando sobre el obrerismo como quien observa a los ornitorrincos en el zoo y toma apuntes en su Moleskine de piel (es decir como Karl Marx), apenas algún pijo del barrio de Salamanca. Quizá Borja Thyssen y los chicos de la CUP den el perfil.

Lo que sí hay tanto dentro como fuera de Twitter es mucho izquierdismo, que es la enfermedad infantil del comunismo. Esto lo decía Lenin, que como argumento de autoridad es inapelable. En España, izquierdistas hay un 20% aproximadamente. Que Podemos sea el primer partido en intención de voto entre las clases alta y media-alta confirma lo que digo. Esto tampoco me lo invento: lo dicen las encuestas. El voto de izquierdas es un lujo que sólo pueden permitirse los ricos, como saben todos los camareros de España que jamás votarán a Podemos.

Una vez localizado el hábitat del comunismo, sólo hay que poner el cebo en Twitter para saber en qué consiste. El cebo puede ser cualquier cosa. Por ejemplo, una excentricidad facha como: “Hombre, cargarse la primera industria nacional igual no es bueno para el mercado laboral”. Ese tipo de locuras neoliberales, ya saben. Al minuto aparecen las hordas. Por los avatares y la gramática, estudiantes de primer o segundo curso de políticas. O de puericultura. Alguno, sólo alguno, de economía.

Lo primero que te dicen es que tú no tienes ni puta idea de comunismo. Suelen llevar muy a gala lo de “¡A quién has leído tú, eh, venga, dame nombres!”. Ellos han leído tres artículos académicos en primero de carrera, pero aun así quieren chocar los cuernos contigo, medirse las lecturas y tal. Tú les respondes lo que respondes siempre: “Hombre, si lo tuyo es el marxismo, igual Piketty te sirve para situarte en el siglo XXI”. Lo pones fácil. El libro de Piketty se llama El capital en el siglo XXI. EL CAPITAL. Es un bestseller, así que es fácil de encontrar en las librerías. También es ameno y está bien escrito, se lee rápido.

Lo de Piketty no deja de ser irónico porque el francés suele decir en las entrevistas que él no ha leído a Marx. “No le he leído mucho”, dice. Por supuesto, es una boutade. La ironía es obvia hasta para Twitter. Su libro (lo vuelvo a recordar) se llama El capital en el siglo XXI. Y ahí empiezan a repasar los apuntes. “Se va a enterar este tío”. Pasan furiosamente las páginas, no entienden su propia letra. “¡Copón! ¡Puto capitalismo!”, farfullan. En la segunda fase del comunismo, todos los estudiantes de primer curso de políticas tendrán buena letra y entenderán sus propios apuntes.

Y entonces te citan sus lecturas. “Quizá no sepas que Fulanito, Menganito y Zutanito sostienen que…”. Fulanito, Menganito y Zutanito son oscuros teóricos marxistas a los que no conocen ni en su casa a la hora de comer. Siendo generoso, son irrelevantes. Siendo realista, se trata de unos chalados con balcones a la calle. Y tú dices: “A ver, no me suenan, voy a investigar”. Porque eres un tío abierto y, joder, igual ves la luz, sufres una epifanía te arrancas con La Internacional y retrocedes hasta tus dieciocho años. A los dieciocho todos somos comunistas, pero a la primera cuota de autónomos que nos atizan en la cuenta bancaria se nos aparecen Hayek, Friedman y Ludwig von Mises brillando como bombillas de las antiguas, de las que iluminaban de verdad y no como esas cerillitas de luz esmirriada que venden ahora.

Pero el caso es que investigas a esos teóricos marxistas. Y te encuentras con el reparto de La matanza de Texas en pleno. También con una sintaxis que hay que desbrozar con machete: he leído declaraciones de la renta más amenas que los artículos de esos tipos. Y entonces descubres que uno de esos teóricos marxistas ni siquiera es licenciado en economía. Otro es el fundador de una sectita marxista-leninista agro. Algo así como el Verdadero Partido Trotskista Popular del Trotskismo Popular Verdadero de las Islas Aleutianas. Investigas. Cinco afiliados. Otro tiene un blog. Pero no es que tenga un blog y haya publicado catorce libros o sea un referente entre vete tú a saber quién. Es que sólo tiene un blog. Luego, tus comunistas de Twitter escogen alguna cita al azar de Marx o de Engels o de Adorno o de Habermas y te la lanzan a la cabeza como quien te lanza un pollo desplumado. “Ahí lo llevas, pa’que aprendas”. Mientras te quitas el pollo de la cabeza, lees la cita y te sorprendes de que unos dogmas de fe tan mal redactados hayan logrado convencer a tanta gente, hundido en la miseria tantos países y exterminado a tantas decenas de millones de víctimas inocentes.

Y entonces llegan los palmeros. “Uao, nivelón, menudo zasca, fuá todo lo que sabes, lo has dejado seco”. La habitual retórica de macrofarra universitaria, pero con pretensiones de club de debate británico. En realidad, es pura cháchara. Como dice Rafa Latorre, “una jerga puramente comercial”. “Comercial” es la palabra clave. Ni siquiera te están vendiendo (a ti) comunismo. Están comprando (para ellos) autoestima intelectual y legitimidad política. Pero adquirir autoestima intelectual y legitimidad política a través del comunismo es como salir de un cáncer con homeopatía.

Explica el filósofo británico Roger Scruton que Mayo del 68, que él vivió desde su apartamento en el Barrio Latino de París, fue el momento en el que descubrió que era conservador: “Lo que vi en la calle fue a un grupo revoltoso de hooligans autocomplacientes de clase media. Cuando pregunte qué querían, todo lo que obtuve fue un ridículo galimatías marxista. Y entonces pensé que debía de existir la manera de defender la civilización occidental de este tipo de cosas. Y me convertí en conservador. Supe que quería conservar las cosas en vez de destrozarlas“.

Ay, Roger. Si tú supieras.

Origen: El comunismo en 2017

Corrupción o comunismo. -Santiago Navajas/LD-

Tal y como ha demostrado Macron en Francia, hay alternativa liberal a los conservadores fosilizados y a los comunistas populistas.

La puesta en escena de la moción de censura estaba destinada a hacer ver a los españoles que tienen que elegir necesariamente entre un corrupto y un comunista. Empujados ante un dilema diabólico, la gente preferirá al corrupto, claro. Ya puestos, mejor que te roben a que te maten. El corrupto quiere tu cartera; el comunista, tu alma (y tu cartera). Bárcenas, Francisco Granados, Rato, Pedro Antonio Sánchez, Ignacio González… así como multitud de cargos del PP en ayuntamientos están bajo sospecha de corrupción. Y fueron los grandes protagonistas invisibles del debate. El PP se ha convertido en una mafia política (con el PSOE en plan Camorra). Y el Padrino está claro quién es, por activa o por omisión. Podemos, por su parte, es lo más parecido a la KGB en versión postmoderna y con acento venezolano. Chávez, Maduro, Evo Morales, Kirchner… fueron los otros invitados a la moción de censura patrocinada paradójicamente por los partidarios de la censura y el escrache como métodos políticos usuales. Si hay que elegir entre Vito Corleone y Vladimir Ilich Lenin, el pueblo tendrá en cuenta que ninguno de los dos tiene ni idea de lo que es el imperativo categórico kantiano, pero al menos el primero sabe gestionar una empresa. Ahora bien, ¿debemos conformarnos con este dilema, reconvertido en un cuadrado criminal que encierra un círculo vicioso, de corrupción o comunismo?

Mientras escribo estas líneas se cumplen 40 años de las primeras elecciones democráticas, cuando no se sabía muy bien si España acabaría en otra dictadura de derechas o en una república prosoviética. Ganó UCD y de aquellos votos, esta monarquía constitucional tan brillante a pesar de todo. Fraga y Carrillo, los dos autoritarios, fueron sobrepasados por Suárez y González, que venían de tradiciones fascistas y marxistas pero supieron reciclarse y reciclar a sus seguidores dentro del paradigma democrático. Hoy en día, tal y como ha demostrado Macron en Francia, hay alternativa liberal a los conservadores fosilizados y a los comunistas populistas. La propuesta de Ciudadanos y de Albert Rivera, con un pie puesto en el liberalismo y otro en la socialdemocracia, a favor de un Estado limitado, eficiente y compasivo, es una apuesta de futuro que recoge lo mejor tanto de la UCD de Suárez como del PSOE de González y que, como la ola Macron, es la única forma de limpiar los sucios establos de Augías en los que han convertido nuestra democracia la dupla Rajoy-Iglesias, tan lejanos en las formas parlamentarias pero tan cercanos en el fondo de la obsolescencia política. Ya solo queda cortar el nudo gordiano de una democracia que empezó hace cuarenta años con ganas de concordia por la mayor parte de sus actores, salvo por los sectarios nacionalistas y los extremistas marxistas. En algo hemos mejorado: ya no tenemos que temer que la Tigresa nos pegue un tiro, solo que Guardiola nos largue un discurso a favor de Catar.

Origen: Libertad Digital

Apología del comunismo. -Jesús Laínz/LD-

En 1990, exactamente cincuenta años después de los hechos, Mijaíl Gorbachov admitió oficialmente que la NKVD había asesinado en 1940 a los miles de polacos enterrados en las fosas de Katyn, así como en las de Mednoye y Piatykhatky. Y dos años después Borís Yeltsin entregó al presidente polaco Lech Walesa los documentos firmados por Beria y Stalin en los que ordenaron aquella masacre.

Por el camino habían quedado ocultaciones de los gobiernos aliados para no entorpecer el esfuerzo de guerra contra Hitler, acusaciones falsas a los nazis en el juicio de Nuremberg y, sobre todo, confesiones arrancadas mediante tortura y varios oficiales alemanes ahorcados por un crimen que no cometieron.

Una minucia si se compara con el genocidio cometido por Stalin, en tiempo de paz y contra su propio pueblo, para meter en vereda a unos ucranianos que no mostraron todo el entusiasmo que hubieran debido ante el proceso de colectivización. Entre 1932 y 1933 murieron de hambre planificada por el Estado alrededor de tres millones de personas en lo que posteriormente sería bautizado como Holodomor (“matar de hambre” en ucraniano), uno de los episodios más espantosos de toda la historia de la Humanidad y que, sin embargo, casi nadie conoce. Y podríamos continuar con el horror del gulag soviético, con las decenas de millones de muertos a manos de Mao o Pol Pot y con mil y una maravillas más de la ideología política ganadora de la medalla de oro en producción de cadáveres. Pero todo esto no son más que unas breves notas al pie en una historia de los crímenes políticos casi monopolizada por los de los regímenes antagonistas del comunismo, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial.

El eximio historiador francés Emmanuel Le Roy Ladurie, antiguo militante de los partidos comunista y socialista, resumió así este curioso desequilibrio:

Existe una amnesia hacia el pasado del comunismo, mientras que sobre el nazismo y sus secuelas, tanto las reales como las supuestas, lo que domina es la hipermnesia.

¿Cuáles son las causas de este desequilibrio? Le Roy Ladurie señaló que mientras que los campos nazis fueron fotografiados y publicitados por los vencedores de 1945, ningún ejército extranjero llegó a derribar y filmar el gulag soviético. A ello habría que añadir que los crímenes nazis fueron condenados con efectos universales y perdurables en el Juicio de Nuremberg, mientras que los de sus victoriosos enemigos fueron olvidados o al menos justificados. Finalmente, del mismo modo que las películas de John Wayne han hecho más por la consolidación de la nación estadounidense que todos los artículos de su Constitución, Hollywood lleva setenta años sacando jugo a la victoria sobre el nazismo, mientras que Katyn y el Holodomor no han tenido ni un Gerald Green que los novele ni un Stanley Kramer que los juzge ni un Steven Spielberg que los eleve a la cima del Oscar.

Por todos estos motivos el totalitarismo fascista, que cometió el insuperable error de perder la guerra, ha sido condenado a la ignominia eterna mientras que el totalitarismo socialista, que tuvo la suerte de estar en el bando vencedor, sigue gozando de una respetabilidad inmerecida. Y no sólo por sus enormes crímenes, sino también por tratarse de unos regímenes que tuvieron que levantar un muro, no para defenderse de los enemigos exteriores, sino para impedir que el paraíso proletario se les vaciara; y que, finalmente, acabaron derrumbándose por su propia ineficacia e injusticia.

A pesar de todo ello, los últimos restos del naufragio socialista, la estrábica China capitocomunista, la alucinante Corea, la paupérrima Cuba y la esperpéntica Venezuela, siguen cautivando la imaginación de millones de pijos occidentales, españoles sobre todo, de ignorancia sólo superada por su irresponsabilidad.

Lo trágico de este inconmensurable disparate es que la gran mayoría de incautos sólo acabarán dándose cuenta de su error cuando ya no haya curación para los males causados.