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El síndrome del rebaño. -Cristina Losada/LD-

Desde la publicación, con mi firma entre otras, del manifiesto No nacemos víctimas, que se distancia de una corriente “supuestamente feminista que pretende hablar en nombre de todas las mujeres, imponerles su forma de pensar y retratarlas como víctimas de nacimiento de lo que llaman el heteropatriarcado”, he podido ver confirmada la justeza de esa y otras afirmaciones que se hacían en el texto. El carácter coactivo, impositivo, intolerante y contrario a la libertad de ese supuesto feminismo se ha visto corroborado punto por punto en sus ataques a las firmantes del manifiesto que escapaba a su ortodoxia. E igual en sus ataques hacia otras muchas mujeres que no aceptaron sumarse a una huelga feminista que esas dogmáticas sectarias querían de obligado cumplimiento para demostrar que son ellas –y ellos, no olvidemos a los patriarcas masculinos de este secuestrado 8-M– las que nos dominan a todas.

Como firmante del manifiesto me he enterado estos días, leyendo a esas supuestas feministas y feministos –que también hay hombrecitos que nos imparten lecciones de cómo debemos ser las mujeres y qué debemos pensar y que no– de varias cosas que desconocía sobre mi persona. Una de ellas es que he llegado al poder. Eso dijeron de nosotras, de entrada, los que se pusieron rabiosos con el manifiesto. Yo, como comprenderán, al enterarme de que había llegado al poder lo celebré mucho, sobre todo porque no era verdad. Y aún me hizo más gracia que lo dijera un supuesto periodista, totalmente feministo, que está en tertulias estrella a las que a mí no me han llevado nunca, a pesar de mis poderes, aunque también es cierto que en esos programas hay tan poco periodismo y tanta manipulación que es mejor no ir jamás. Eso sí, allí ese menda lerenda cobrará mucho más que una periodista de base. Para terminar con él: anunció que se quedaba con nuestros nombres, ¡qué miedo! Por suerte no vivimos bajo una dictadura, ni la franquista ni la soviética, así que aire.

Luego me enteré, siempre por ser firmante del manifiesto, de que era una mujer de éxito. Albricias. Quién me lo iba a decir. Paren las máquinas, que lo voy a celebrar a lo grande. Todo son buenas noticias, qué importa que no sean verdad. Pero no lo decían en plan bien, sino todo lo contrario. Resulta que, según las supuestas feministas y feministos, las mujeres que tienen éxito “en ámbitos masculinos” –definan, por favor– padecen el síndrome de la abeja reina y no entendemos ni somos bienvenidas en la sororidad de las abejas obreras, machacadas por la desigualdad, la precariedad y el machismo estructural de la sociedad capitalista.

No hace falta que diga quiénes sí están en la lista blanca de las abejas obreras de la sororidad, pero por si acaso. Están, por ejemplo, esas pobres periodistas de éxito, que dirigen o presentan programas de primera línea en cadenas de tele y radio y llamaron sonoramente a la huelga y la hicieron, abandonando sus puestos de dirección o similares. Fruto de su inteligencia política fue que durante la jornada, en no pocos programas de esas cadenas, salieran sólo hombres. Además de sores, unas genias. Algunos programas se suspendieron, lo que privó a las periodistas que sí querían trabajar de un dinero que, tal como están las cosas en el sector, es muy necesario. Pero todo sea por las abejitas obreras y su estafa, pues ni son obreras ni pobres ni sufren brecha salarial ni tienen problemas de conciliación, que con dinero eso se arregla.

Como el manifiesto se publicó en El País, allí mismo, para compensar la heterodoxia, nos han dedicado una pieza, en el suplemento Moda, ¡qué sarcasmo!, donde una periodista que no sé si es abeja obrera o reina por un día pero que trabaja en el primer periódico de España, un lujazo, hacía el análisis del síndrome que padecemos –un poco más y nos destinan al psiquiátrico, como en otro lugar y otros tiempos– y nos acusaba: de ignorar la brecha salarial, de negar la realidad de la violencia machista, de ignorar las desigualdades globales más allá de nuestro “privilegio” y de no tener conciencia de grupo ni de clase. Espero que le paguen bien por poner una tras otra todas esas mentiras. Al menos, que valga la pena por la pasta.

Sólo una cosa era más o menos verdad: que no tenemos, bueno, no tengo yo al menos, conciencia de grupo o de clase. Eso es una mierda comunistoide, para empezar. Y una mierda que ha llevado siempre a lo mismo: a que un pequeño grupo, que se declara portador de la conciencia de clase, quiera imponer su dominio sobre esa clase. Cuando consigue llegar al poder, la esclaviza. Pues no. Frente a esa falacia de la conciencia de clase, frente al intento de imponer una uniformidad de pensamiento y de conducta, yo defiendo el respeto a la individualidad de las mujeres y de los hombres, y acuso al feminismo radical de no defender los intereses de las mujeres, sino los suyos.

La huelga, que fue impulsada desde los grandes medios de comunicación, generó un clima en el que la disidencia era un pecado y resultaba obligatorio unirse a ella si no querías ser señalada o denunciada. Se trataba de crear un rebaño sumiso y obediente a los dogmas del feminismo radical. Y no, yo no soy de unirme a rebaños. Nunca he podido con eso. Ni cuando en España el rebaño estaba callado bajo la dictadura ni ahora. Siempre he valorado mi libertad, y no sólo valorado: es un instinto, algo contra lo que no podría ir aunque quisiera. Someterme, seguir la corriente, apuntarme a carros ganadores, eso no lo aprendí, no lo sé hacer ni puedo hacerlo. Por ese instinto de libertad, rechazo ese supuesto feminismo que quiere imponerse como única manera de ser y pensar de las mujeres. Por eso no estaré de su lado, sino enfrente. Y lo hago perfectamente consciente de que, como siempre ocurre cuando no se entra en el redil, quedarse fuera significa pagar un precio. Seré abeja, pero no seré oveja.

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Consenso para estafar. -Cristina Losada/LD-

Hace mucho que no se veía en el Congreso un consenso tan amplio y tan plural. Desde el PP hasta Podemos, pasando por el PSOE, desde el nacionalismo canario hasta el separatismo catalán, ha sido un todos a una, Fuenteovejuna, a favor de la ley que actualiza el cupo vasco. Todos a una menos uno: el grupo parlamentario de Ciudadanos. Y los dos diputados de Compromís. Pero si no se veía hace tiempo un acuerdo de tanta amplitud y heterogeneidad es simplemente porque no se renovaba el cupo desde 2011. Estamos ante uno de esos raros asuntos en los que suele haber una armonía y conformidad desusadas. El cupo, digamos, es un asunto de Estado. Y el cálculo del cupo, un secreto de Estado.

“Prácticamente no hay números, y los que hay no se sabe muy bien de dónde salen”, decía al respecto Ángel de la Fuente, uno de nuestros mejores expertos en financiación autonómica, al diario El Mundo. Su hipótesis, tanto para esta ley como para las anteriores, es que quienes negocian se ponen de acuerdo en la cantidad y después pergeñan el armazón técnico que la justifique. Mikel Buesa ha constatado que cada renovación del cupo coincide con instantes en que el Gobierno de España necesita los votos de los diputados del PNV. Una regla que se confirma en esta ocasión, igual que se confirma esta otra: el cálculo infravalora lo que tendrían que pagar al Estado las diputaciones vascas.

El Partido Popular lleva días tuiteando a diestra y siniestra que el sistema fiscal del País Vasco no es mejor, sino diferente. Pero resulta que es las dos cosas. Gracias a los apaños que se hacen a la hora de calcular el cupo, la comunidad autónoma vasca dispone del doble de recursos por habitante que el promedio de las de régimen común. Una bicoca. Y una que no se puede atribuir, como algunos atribuyen, a razones históricas. Una cosa es que las guerras carlistas y el Abrazo de Vergara nos dejaran como legado el Concierto Económico y otra bien distinta es hacer trampas en el cálculo. La estafa contable no está incluida entre los Derechos Históricos que reconoce la famosa disposición adicional que incrustó el Concierto en la Constitución.

Es llamativo que una estafa contable concite tanto entusiasmo consensual. No es novedad, ciertamente, en el PP y en el PSOE, que se han turnado en la negociación del amaño para lograr el respaldo del PNV. Es en ellos habitual, y responsabilidad de ambos. De hecho, al inicio de esta legislatura, los socialistas instaron a Rajoy a buscar el apoyo del nacionalismo vasco a fin de tener los votos suficientes para formar Gobierno. Pero no lo hacen tanto por la gobernabilidad de España como por ellos mismos. Lo hacen también por su cuota electoral en el País Vasco.

Tristemente, el partido que cuestione un procedimiento que redunda en ventajas para una comunidad autónoma y en perjuicios para el resto de los españoles será castigado por muchos de los que disfrutan del privilegio. Y no son PP ni PSOE los únicos que no desean verse afectados por esos ramalazos de egoísmo. Ahí tenemos a los podemitas, que se han sumado a las prácticas habituales, seguramente imbuidos del temor a los efectos de oponerse al privilegio. No sabíamos que se llamaban Ahora Podemos Unidos por el Cupo. Ya lo sabemos. Como sabemos que su hostilidad hacia la Constitución del 78 tiene límites precisos: limita al norte con el pufo fiscal. Ese candado por nada del mundo quiere romperlo Iglesias.

Ya que hablamos de hostilidades, son significativas las que desató la sesión parlamentaria. Porque el consenso sobre la estafa contable, tan armónico él, se mostró enormemente agresivo con Ciudadanos. Lógico: el único partido que se opuso dejó en evidencia a los concertados para el tongo. No bastaba con aprobar el pufo, había que machacar a quien levantara la voz en contra.

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La profecía fallida del separatismo. -Cristina Losada/LD-

Desde la fuga de Puigdemont no paro de pensar en uno de los experimentos sociológicos más sensacionales que conozco. Lo hizo el psicólogo social Leon Festinger y lo describió –junto a otros– en el libro When Prophecy Fails (“Cuando falla la profecía”), de 1956. Interesados por un pequeño culto ufólogo que había en Chicago, Festinger y sus colaboradores infiltraron a varias personas en él. El grupo, que estaba dirigido por una mujer, creía que el fin del mundo iba a tener lugar el 21 de diciembre de 1954; pero lo más importante, al menos para ellos, es que estaban convencidos de que horas antes del apocalipsis una nave extraterrestre iría a recogerlos para salvarlos y conducirlos al planeta Clarion.

Sí, era una marcianada total. El experimento permitió observar cómo los creyentes en una marcianada reaccionan al fallo de la profecía.

La noche antes del fin del mundo, el grupo de elegidos estuvo horas reunido esperando a los extraterrestres, sin que los de Clarion se dignaran aparecer. Por fin, después de un silencio sepulcral y del llanto desconsolado de la profeta, la divinidad tuvo a bien comunicarse con ella. Le dijo que gracias a la intensa vigilia del grupo había decidido darle más tiempo al mundo antes de destruirlo. Los creyentes no sólo se fueron contentos a casa. Además, redoblaron sus esfuerzos para tratar de extender su mensaje y convencer a más gente de la veracidad de aquello que se acababa de demostrar falso.

Esta reacción era la que habían previsto los investigadores. La hipótesis confirmada era que, al producirse un fallo evidente de la profecía, los creyentes iban a hacer lo posible por aferrarse a ella. Sobre todo cuanto mayor fuera su inversión en la creencia, cuantas más cosas hubieran hecho que fueran difíciles de revertir, como lo eran, en aquel caso, dejar trabajo, estudios y familia, o entregar dinero y posesiones. Para esas personas, la manera de lidiar con el trauma de la profecía fallida era conseguir alistar a más gente. Cuanto más apoyo social tuviera la marcianada después de muerta, más podían convencerse de que a pesar de todo era verdad.

Quítenle a esto el fin del mundo, los extraterrestres y el bonito planeta Clarion. Pongan en su lugar la creencia en que la independencia se haría realidad desde el instante de su proclamación, en que el reconocimiento y los apoyos exteriores iban a llegar enseguida para salvarla y en que la flamante república catalana sería el paraíso terrenal. Ahora pongámonos en el lugar del creyente cuando lo esencial de todo eso se viene abajo. ¿Va a dejar de creer ya mismo?

No. Lo que hará primero será tratar de integrar lo sucedido en su sistema de creencias. Para facilitarlo, ya circulan marcianadas como que las elecciones del 21-D han sido impuestas por Europa a modo de un (nuevo) plebiscito. Si lo ganan, dice el bulo, Europa obligará a España a hacer un referéndum legal o a reconocer la independencia sin más. Es el equivalente al mensaje divino transmitido por la visionaria: la profecía no se incumple, se posterga.

Por más que hayan quedado al descubierto las mentiras separatistas, no hay que esperar caídas del caballo en masa entre los fieles. Digerir lo sucedido les va a llevar un rato largo. No aceptarán la realidad ni reconocerán que han creído en mentiras de la noche a la mañana. Esto no es una buena noticia de cara a las elecciones autonómicas. Pero se puede compensar. Porque no todo el voto separatista es cien por cien creyente y junto a los que han hecho una inversión emocional en el procés están los que han hecho un cálculo: algo se sacará de este lío, y en cualquier caso no tendrá costes.

Ahora, los costes económicos y sociales han quedado tan claros como la inviabilidad de imponer la ruptura por encima de la ley y la democracia, y en contra de la mitad de la población catalana. Al tiempo, los costes para los dirigentes del delirio empiezan a estar a la vista. Esto es particularmente importante por una razón: fue una revolución impulsada de arriba abajo, no de abajo arriba. Si los que han llevado la batuta han de responder ante la justicia, si no hay tratos de favor –ni amnistías como la que ya proponen los comunes, cada vez más abrazados al partido de los Pujol–, serán menos temerarios.

Por volver al culto ufólogo de Chicago: éste no se hundió por el fracaso de la profecía, pero sí por la fuga de la profeta ante la posibilidad de ser detenida e internada en una institución psiquiátrica. No estoy dando ideas. Pero, sí, también huyó.

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El monopolio del PP (y de la estiba). -Cristina Losada/LD-

Neuronaliberal

Hace unos días, un huracán político estaba a punto de llevarse por delante la legislatura. Era un huracán muy raro. Tanto, que lo provocó el batir de las alas de un problema sectorial que en modo alguno era novedad. Quién nos iba a decir que el rechazo a un decreto para ajustar la estiba a la norma europea podía tener efectos políticos de tal alcance como para disolver las Cortes y convocar elecciones. Nadie lo hubiera dicho. Es más, no lo hubiera dicho nadie de no haberlo insinuado el Gobierno. Al tiempo que cantaba las cuarenta a los “irresponsables” que rechazaron aprobar el decreto, dio a entender que respondería a otra indisciplina con el escarmiento del adelanto electoral. La desproporción entre la causa y los efectos con los que amenazó el Gobierno es tan grande que merece la pena preguntarse por qué los de Rajoy gastan la pólvora en salvas

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Holanda y una euforia injustificada. -Cristina Losada/LD-

Todo son parabienes. El temor a que las encuestas volvieran a fallar y se colara otro gobernante populista, el Trump holandés, como le llaman, explica que se esté celebrando por todo lo alto el resultado de las elecciones en los Países Bajos. Los Gobiernos de otros países europeos, algunos asediados por populistas del mismo pelaje que Wilders, han abierto el champán, y parte de la prensa ha pasado de profetizar el apocalipsis a proclamar que la vida es bella gracias a que Holanda ha derrotado al populismo. Igual que los inesperados triunfos del Brexit y Trump alimentaron la expectativa de una victoria de Wilders, su retroceso nutre ahora la esperanza en que todos los Wilders de Europa van a ser derrotados. Bueno, pues ni lo uno ni lo otro.

Los optimistas se fijan en que Wilders no logró superar su resultado de 2010, y se ha quedado con un mísero 13 por ciento de los votos. Pero se fijan menos en que supera sus resultados de 2012, gana cinco escaños y se convierte en el segundo partido del parlamento debido al cataclismo socialdemócrata. Sí, el centroizquierda se ha venido abajo: de 38 escaños pasa a 9, nada menos. Aunque el centroderecha del vencedor Mark Rutte tampoco ha salido indemne: pierde ocho escaños. La subida en votos de los socioliberales y los Verdes viene a cubrir el vacío en el centroizquierda, y el ascenso de los demócrata-cristianos, el hueco en el centroderecha. Por lo demás, un 13 por ciento no es tan poca cosa cuando el partido más votado tiene el 21.

Los holandeses no se han unido para derrotar al populismo. La prueba es que continúa la fragmentación del voto. En los ochenta, los tres principales partidos congregaban el 85 por ciento del voto; en 2003 aún reunieron el 74 por ciento; en esta ocasión, el 45. La fórmula de gobierno volverá a ser una coalición, ahora con más partidos. Y si bien Wilders no va a ser primer ministro, lo cual no es noticia post electoral, pues nadie iba a pactar con él, la coalición que tendrá que pergeñarse le dejará en una posición envidiable: tendrá el monopolio de la oposición. Y el Gobierno al que se opondrá estará formado por partidos con más diferencias que puntos en común.

Hay otro chorro de agua fría para templar la euforia. ¿Cómo dar por hecha la derrota del populismo de Wilders cuando los partidos moderados han asumido parte de su discurso? Cuando Rutte, al que ahora se celebra como salvador, ha jugado tanto en el campo populista que dice que “hemos parado al populismo equivocado”, tal como si hubiera uno acertado, que sería el suyo. Cuando la agenda populista, con su obsesión por la identidad, la integración y la inmigración, dominó la campaña. Cierto, Wilders no estará en persona en el Gobierno, pero sus ideas sí. Han impregnando la política del país y no desaparecerán de un día para el otro.

Las elites políticas europeas pueden celebrar con champán el frenazo al populismo en Holanda y dejarse llevar por un triunfalismo propagandístico. Pero eso no las dota de un proyecto político para afrontar los problemas que están en la base del auge populista. Menos aún, si la manera de hacer frente al populismo consiste en imitarlo.

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