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Juana Rivas no está en mi casa. -Daniel R. Herrera/LD-

El feminismo moderno es tan descaradamente mentiroso que sus cruzadas deben esconderse bajo la apariencia de defender algo en los que todos estemos de acuerdo.

Tenemos otra campaña feminista en marcha. Naturalmente, no se presenta como tal. El feminismo moderno es tan descaradamente sexista, mentiroso y manipulador que sus cruzadas deben esconderse bajo la apariencia de defender algo en los que todos estemos de acuerdo. Como a una víctima real de malos tratos teniendo que arriesgar su vida y su futuro por el bien de sus hijos. Con un marido italiano ya condenado en 2009, del que tuvo que huir el año pasado por su bien y el de su prole. ¿Cómo no simpatizar con esta compatriota, y no con un extranjero que ni siquiera es presunto? Lo malo es que, por lo que realmente sabemos, igualmente podría tratarse de una aprovechada –por no decir algo más fuerte– que está empleando las injustas leyes españolas para dejar a unos hijos sin padre.

Juana Rivas y Francesco Arcuri llevaban juntos cuatro años y tenían un hijo. En 2009 la granadina sufrió una lesión leve en la mano y lo denunció por ello. Él asegura que fue una pelea y que intentaba evitar que le rompiera sus cosas. Después de aquella condena, sin juicio, por conformidad de un marido aconsejado por un abogado que conocía demasiado bien cómo son las leyes y tribunales de excepción que nos hemos dado, volvieron a vivir juntos y en 2014 tuvieron otro hijo. Ya no vivían en la Granada de ella, sino en la Italia de él. Hasta que en mayo de 2016 se llevó a los niños a pasar unas vacaciones en España que se transformaron en una estancia definitiva. Una vez aquí volvió a denunciarle por maltrato. Él la denunció por secuestro. Ella ha desaparecido con los hijos, protegida por “redes feministas clandestinas”.

Estos datos desnudos pueden encajarse en dos historias completamente distintas. Una, la que se nos ha vendido, es la de una madre coraje que está dispuesta a ir a la cárcel por secuestrar a sus hijos con tal de que no tengan que convivir ni un segundo con un padre violento y maltratador. Otra, la de una mujer que cuando se ha hartado de la convivencia conyugal ha tirado por la calle de en medio, tanto la primera vez, cuando lo denunció para volver con él poco después, como ahora, cuando se ha llevado a sus hijos.

No está en mi mano saber cuál es la historia que mejor refleja lo que ha pasado entre Juana y Francesco durante los últimos doce años. Pero tampoco en la de quienes se han abalanzado sobre el caso para hacer propaganda política, entre ellos el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tan proclive por otra parte a refugiarse en la presunción de inocencia cuando los presuntos delitos caían más cerca de casa. Nadie salvo los implicados sabe cuál es la verdad, y es obvio que ninguno de los dos va a renunciar a sus hijos e ir a la cárcel voluntariamente, así que es posible que nunca la sepamos.

Al final, lo que se persigue con la publicidad que se está dando a este caso es muy evidente. Que un señor al que denuncien por maltrato no pueda volver a ver a sus hijos jamás. “Que no vuelva a ocurrir que un padre condenado en firme por malos tratos pueda tener luego el disfrute de sus hijos en cualquiera de los formatos posibles”, ha dicho Carmen Calvo, exministra y encargada de la cosa feminista en el PSOE. Los adalides de la reinserción han encontrado su kriptonita no en los terroristas o los violadores de niños, sino en un italiano condenado a tres meses que nunca ingresó en prisión. Terminará pasando que cada vez más hombres opten por alejarse del riesgo cada vez mayor que supone tener una familia, como ya está sucediendo en Estados Unidos, y entonces llegará el llanto y el rechinar de dientes. Al menos en la gente normal. El feminismo moderno nunca ha querido otra cosa.

 

Origen: Libertad Digital

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Sí,Montero es la”novia de”. -Daniel R.Herrera/LD- 

Compartir lecho con Pablo Iglesias parece una forma bastante segura de ascender en Podemos.

Ha causado gran escándalo entre el podemismo patrio la referencia de Rafael Hernando al noviazgo entre el secretario general y la portavoz parlamentaria de Podemos. “No voy a decir que Irene Montero estuvo mejor que usted, porque no sé qué provocaría a esa relación”, le dijo a Iglesias. La condena unánime: es machista. ¿Pero por qué? Si ni siquiera ha criticado a la portavoz; al contrario, ha venido a decir que estuvo mejor que su jefe y pareja, que la nombró el Día de San Valentín, sin disimular ni un poquitico.

Hernando no ha llegado siquiera a decir lo que piensa todo el mundo: que Montero está en ese cargo porque había ganado previamente la versión pablista de las primarias de New Hampshire. Porque, oye, que no es la primera: compartir lecho con Pablo Iglesias parece una forma bastante segura de ascender en el partido; y abandonarlo, de ser condenada a las tinieblas exteriores. Que será casualidad, no digo que no, pero si en lugar de un excelso líder de la izquierda más feminista fuese un empresario desalmado quien hiciera exactamente lo mismo –encontrar entre sus subordinadas a su pareja y ascenderla después, mientras a la ex le niega el pan y la sal– no sólo nos llevaríamos las manos a la cabeza, sino que los tribunales tendrían algo que decir al respecto.

Ana Oramas, por su parte, había explicitado antes lo que muchos pensamos de las actitudes públicas y privadas de Pablo Iglesias con las mujeres: que sólo soporta a las que le bailan el agua; y a las que no, les llama la atención por sus abrigos y las azotaría hasta que sangrasen. Que, en definitiva, sólo le gustan las mujeres “sumisas”, lo cual era una indirecta extremadamente directa contra su actual consorte. Pero como Ana Oramas es una mujer y de un partido del que, quieras que no, igual vamos a necesitar apoyo en algún momento, calladitos todos. Para Hernando, que no es precisamente mi modelo soñado de oratoria, pero cuyas palabras son de una gravedad infinitamente menor, todo son palos.

Pero, oye, que Hernando hace el trabajo por el que le contrataron, y que aguante lo suyo, que le entra en el sueldo. Sería de agradecer, eso sí, que hicieran lo mismo los iluminados de la extrema izquierda morada y no nos pusieran perdidos de lágrimas de cocodrilo a la mínima contrariedad. Porque todo esto que critico en la coleta suprema y su reina portavoz no es opinión mía. Es una versión dulce y moderada de lo que el propio Pablo Iglesias decía en 2014 de Ana Botella, entonces alcaldesa de Madrid y mujer de José María Aznar.

“Ana Botella representa todo lo contrario a lo que representan las mujeres valientes en la historia: es la que encarna ser esposa de, nombrada por, sin preparación”, y cuya única fuerza, por si no nos había quedado claro, provenía de “ser esposa de su marido y de los amigos de su marido”. Supongo que si Hernando se hubiera atrevido a insinuar siquiera una mínima parte de lo que Iglesias decía de Botella le habrían linchando ahí mismo, en la tribuna del Congreso, para qué esperar al show de Ferreras. Pero es lo de siempre. Los de izquierdas pueden decir de las mujeres de derechas que “besan a mediodía y muerden de noche” y no se oye ni un susurro de feminista; pero los de derechas no pueden ni siquiera decir lo obvio: que has nombrado portavoz a tu pareja en un acto de nepotismo parlamentario bastante lamentable. Y si Irene Montero no quiere que se lo recordemos cada dos minutos, que no hubiera aceptado el cargo, dadas sus circunstancias sentimentales. Pero decir esto es machista. Como lo es criticar a Colau por enchufar a su pareja en el ayuntamiento. Cara ganan, cruz perdemos.
Origen: Libertad Digital

Los batasunos y los recogenueces de la yihad. -Daniel R.Herrera/LD-

ETA mató mucho y duramente mucho tiempo. Pero aquello estaba lejos de ser el único problema que presentó a la sociedad española. También estaban los aproximadamente 200.000 hijos de puta que elección tras elección votaban al partido de la banda terrorista con cualquiera de los pseudónimos que fue adoptando a lo largo de los años. Eran ellos los que les servían de legitimación, de coartada, de cantera, de promoción, de justificación. No empuñaban las pistolas, pero disparaban el “algo habrá hecho”, el “hay que acabar con la represión”, el “hay que solucionar el conflicto”. Y junto a ellos, los cientos de miles más que recogían las nueces y justificaban que se agitara el árbol. Sin su existencia, ETA habría corrido la misma suerte que el Grapo. Son todos ellos cómplices de sus crímenes. En mayor o menor grado, pero todos lo son. Sin excepción.

Del mismo modo, el islam también tiene sus propios círculos del infierno. En el centro, el más pequeño, el de los terroristas de Al Qaeda, el de los soldados del ISIS o Boko Haram, el de los talibanes. Son los fanáticos que están dispuestos a matar y morir por imponer el islam y esperan encontrarse con sus huríes en el paraíso por ello. Son relativamente pocos, pero, claro, cuando una religión tiene más de mil millones de seguidores, un porcentaje pequeño termina siendo suficiente para montar ejércitos y conquistar cosas, no digamos ya matar a unos cientos de personas al año en Europa. Existe un círculo más numeroso, que son los que quieren imponer la sharia en Occidente, los que se manifiestan en las calles de Londres justificando que al infiel se le corte la cabeza pero no lo hacen personalmente. Los batasunos de la yihad.

El problema está sobre todo en el siguiente círculo, ese que, según las encuestas, es el mayoritario entre los musulmanes con los que convivimos en Occidente, y que ya no podemos llamar ni islamismo ni yihadismo, sino simplemente islam. El que cree que la mujer está por debajo del hombre, que hay que castigar la homosexualidad, que los dibujantes de las viñetas danesas deberían estar en la cárcel, etc. Los PNV y EA del islam, para entendernos. Y como son la mayoría de nuestros musulmanes, y como cada vez hay más en Europa, ha crecido en muchos europeos la conciencia de que deberíamos hacer algo. Y como los partidos de la élite se limitan a enterrar la cabeza en el suelo y descalificar como islamófobos a quienes señalan con el dedo, en los países donde hay suficiente inmigración musulmana y políticos inteligentes han nacido partidos que recogen esa alarma y ese descontento, creciente sobre todo en los pueblos y barrios donde realmente tienen que convivir día a día con esta realidad. Si llamas fascista, racista y xenófobo a todo el que se preocupe por las consecuencias de la inmigración musulmana, al final tendrás a la extrema derecha con millones de votos que hubieran podido ir otro tipo de formaciones políticas.

Desgraciadamente, nos encontramos ante un problema de difícil solución, si es que la tiene. Si la demografía continúa como hasta ahora, quizá vivamos en unas cuantas décadas en una Eurabia donde los derechos y libertades que disfrutamos hoy sean un recuerdo de viejos. Porque la única forma de que esa inmigración no destruya Occidente es asimilando a los musulmanes, logrando que cambien su cultura y combinen su religión con nuestras libertades. Es algo que no hemos hecho nunca, porque el cristianismo evolucionó mano a mano con la sociedad durante siglos y no hizo falta ningún shock cultural repentino. Y si vemos cómo nos ha ido en ese frente hasta ahora en los países con varias décadas de inmigración musulmana no hay mucho motivo a la esperanza.

Parece de sentido común que si no estamos consiguiendo que Europa reforme el islam, al menos no deberíamos agrandar el problema mediante la importación de más musulmanes. Y la reforma nunca llegará si se prohíbe la crítica, ya sea mediante leyes como la que planea Trudeau para Canadá o mediante esas condenas políticas y sociales que enfurecerían a los mismos que las dictan si se aplicaran a quienes no ya critican, sino hacen mofa y befa del cristianismo. Mucho se ha hablado de la fobia que tiene Geert Wilders al islam. Mucho menos que lleva doce años viviendo escondido sin dormir dos noches seguidas en el mismo lugar. Si eso no le hierve la sangre no es usted muy distinto de los recogenueces.

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