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Las 40 mentiras del independentismo catalán. -Cristian Campos/El Español-

Han mentido a sus votantes, tergiversado el recto significado de las palabras y camuflado sus autoengaños bajo una espesa capa de propaganda populista y un nacionalismo identitario propio de otras épocas. Estas son sus 40 mentiras más obvias.

1. Lo han llamado la revolución de las sonrisas. Pero han empujado a los catalanes al borde del enfrentamiento civil.

2. Se creen pacíficos. Pero durante cuarenta años han acallado al 50% de los ciudadanos de la comunidad.

3. Dicen ser demócratas. Pero el partido con mayor intención de voto entre los suyos ostenta en su currículum dos golpes de Estado (1934 y 2017), miles de asesinados, torturados y represaliados por Lluís Companys y una guerra civil.

4. Les prometieron a sus votantes una potencia económica mundial. Pero sólo han logrado expulsar a las empresas, a los turistas, a los inversores, a los ahorradores y, ahora, a los trabajadores.

5. Dicen defender la verdadera separación de poderes. Pero exigen que el poder político anule las decisiones del judicial y que el judicial no aplique las leyes promulgadas por el legislativo. Incluidas las que fueron votadas por ellos.

6. Creen ser buena gente. Pero opinan que las masas están por encima de la ley y que el procés es un rodillo que aplastará a aquellos que rechacen significarse como amigos o como enemigos.

7. Alardean de europeístas. Pero cuando Europa les dio la espalda la acusaron de corrupta, totalitaria y represora de los derechos de los pueblos.

8. Dicen luchar por la dignidad de Cataluña. Pero su procés ha derivado en un grotesco esperpento rematado con la fuga del que dice ser el legítimo presidente de la recién nacida república catalana. Hasta las autoridades belgas le han recordado a Puigdemont que los líderes que declaran independencias unilaterales deben permanecer junto a su pueblo en vez de huir al extranjero.

9. Planearon el hundimiento de la economía española y el alza de la prima de riesgo. Pero acabaron sacando 160 € del cajero y pagando una comisión de 2 € por hacerlo.

10. Fantasearon con la quiebra del consenso en torno a la Constitución del 78. Pero sólo han logrado la división y el hundimiento electoral de Podemos.

11. Hablan de respeto a la legalidad catalana. Pero han votado una declaración de independencia ilegal por mayoría simple y con la mitad de su Parlamento vacío.

12. Pontifican sobre la corrupción del Estado. Pero Cataluña es la comunidad española con un mayor número de corruptos encausados por los tribunales de justicia.

13. Presumen de la vitalidad de su sociedad civil. Pero todas las organizaciones civiles nacionalistas catalanas han sido generosamente regadas con presupuesto público.

14. Presumen de la ecuanimidad de su prensa regional. Pero una inmensa mayoría de los medios de prensa catalanes recibe subvenciones directas del Gobierno de la Generalidad.

15. Apelan al corazón de los demócratas. Pero sus exdiputados siguen fantaseando con una violencia que vaya más allá de “las manifestaciones y las caceroladas”.

16. Hablan de justicia social. Pero están siendo investigados por el presunto desvío de fondos de la Consejería de Asuntos Sociales hacia las empresas tecnológicas que debían gestionar la construcción de las llamadas “estructuras de Estado”.

17. Presumen de una cultura democrática superior a la española. Pero invitan a Otegi y se fotografían con él.

18. Dicen ser demócratas de raza. Pero creen que los delitos se convierten en legales cuando son incluidos en un programa electoral y votados por una minoría de los ciudadanos.

19. Se atribuyen la representación de todos los catalanes. Pero sólo representan a una minoría de ellos.

20. Dicen ser encarcelados por sus ideas. Pero miles de catalanes, incluidos varios diputados del Congreso, tienen esas mismas ideas y nadie ha pedido su ingreso en prisión ni ha intentado acallarles jamás.

21. Presumen de una ética del trabajo alemana. Pero han sido incapaces de construir una sola estructura de Estado durante los dos últimos años o de planear siquiera las 24 horas posteriores a la declaración de independencia.

22. Presumen de unidad de acción. Pero no sabían nada de la huida de Carles Puigdemont a Bélgica y ya califican a Santi Vila de botifler (traidor).

23. Dicen que la república catalana ya está en marcha. Pero se presentan a unas elecciones autonómicas convocadas por Mariano Rajoy al amparo del artículo 155 de la Constitución española y con el antiguo Gobierno de la Generalidad en prisión.

24. Dicen hablarle con sinceridad a los catalanes. Pero hablan de presos políticos, de un Gobierno republicano legítimo y del pueblo de Cataluña.

25. Hablan de represión. Pero fue Joaquim Forn, el jefe de los mossos, el que amenazó el pasado 11 de octubre con lanzar a la policía autonómica contra la nacional con la frase “si hay buena voluntad y se acepta la nueva realidad política [en referencia a una independencia de facto] no habrá ninguna colisión entre policías”.

26. Aluden a un fantasmal Gobierno democrático legítimo. Pero se refieren al mismo Gobierno que aplastó los derechos de la oposición los días 6 y 7 de septiembre violando su propio Estatuto de Autonomía.

27. Hablan de una supuesta legitimidad preexistente superior a la legalidad del ordenamiento jurídico actual. Pero cuál es esa legitimidad y cuáles sus consecuencias en la práctica lo deciden ellos en función de sus intereses políticos coyunturales.

28. Su talante democrático dice ser exquisitamente británico. Pero Núria de Gispert, expresidenta del Parlamento, llamó el jueves pasado “canalla de extrema derecha” a la juez Carmen Lamela. No fue la única.

29. Han presumido de contarle la verdad a los catalanes. Pero mintieron respecto a la viabilidad económica de una hipotética Cataluña independiente y cuando ninguna de sus otras fantasías se hizo realidad recurrieron a vídeos melodramáticos, escenificaciones hiperventiladas frente a las cámaras de televisión y un desacomplejado uso de la cursilería.

30. Especularon con un cataclismo político en España que condujera al país a una segunda Transición. Pero han logrado la unidad de una amplia mayoría de los españoles en torno a la Constitución del 78 y la recuperación de la bandera española como símbolo de democracia, respeto a la ley y europeísmo.

31. Defienden indignados la imparcialidad de TV3. Pero el jueves pasado el programa humorístico Polònia fue suspendido porque sus responsables “no tenían ganas de reír ni de bromear con gente que está en la cárcel”.

32. Dicen que su causa es internacional y defiende derechos universales. Pero no han recibido el apoyo de un solo gobierno, de un solo organismo internacional o de una sola personalidad relevante a lo largo de los últimos años. Y eso a pesar de las cantidades ingentes de dinero público invertido en ello.

33. Presumen del uso de las más avanzadas técnicas de comunicación política. Pero usan los términos habituales del más rancio populismo fascista. “Pueblo”, “humillación”, “lucha”, “destino”, “dignidad”.

34. Son un movimiento transversal e inclusivo. Pero han clasificado como franquistas a Serrat, Sabina, Frutos, Llamazares, la UE, Borrell, los catalanes no nacionalistas, el PP, el PSOE, Ciudadanos e incluso Ada Colau (en días alternos y dependiendo de a quién quiera complacer ese día la alcaldesa de Barcelona).

35. Se rieron de Aznar cuando dijo que antes se rompería Cataluña que España. Pero Aznar acertó y ellos se equivocaron.

36. Lo fiaron todo a una hipotética masa de cientos de miles de ciudadanos catalanes desobedeciendo masivamente. Pero sus concentraciones, incluso las que se convocan en días señalados, cada vez cuentan con menos asistentes y la vida en Cataluña sigue inalterada salvo por las ya rutinarias molestias provocadas por unos cuantos cientos de universitarios con pocas ganas de estudiar.

37. Dicen rebelarse contra el poder. Pero todas sus manifestaciones, huelgas y concentraciones han sido diseñadas, organizadas y financiadas por el régimen que ha gobernado en Cataluña durante cuarenta años ininterrumpidos.

38. Presumen de inteligencia política. Pero cuando Puigdemont decidió el pasado 26 de octubre convocar elecciones para evitar la aplicación del 155, el extremismo independentista le calificó en las redes sociales de traidor y le obligó a retractarse. Si Puigdemont, ese Napoleón de mercería gerundense, no hubiera hecho caso de esas pocas docenas de fanáticos tuiteros, hoy ningún exmiembro del Gobierno catalán dormiría en la cárcel.

39. Presumen de haber cambiado la historia de este país. Y sólo han repetido la del catalanismo político de los últimos cien años. Huida por las alcantarillas incluida en su versión 2.0.

40. Están convencidos de que España les odia. Y ni siquiera eso (convertir esa disonancia cognitiva en una profecía autocumplida) han logrado.

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Las talegas de Méndez de Vigo (o como remunerar a los golpistas). -Pedro J. Ramirez/El Español-

Al día siguiente de que Puigdemont, Junqueras y los suyos consumaran su golpe de Estado proclamando la República Catalana, el ministro portavoz Iñigo Méndez de Vigo realzó ante la BBC la singular respuesta del Gobierno de Rajoy: aplicar el artículo 155 en Cataluña –destituyendo naturalmente a los golpistas- pero a los solos efectos de convocar y celebrar elecciones autonómicas el 21 de diciembre. O sea en el plazo mínimo permitido por la ley.

Y la forma de sacar pecho de Méndez de Vigo fue subrayar la consecuencia más llamativa de esa solución. El Gobierno “recibiría con agrado” que Puigdemont se presentara a esas elecciones. O sea que intentara recuperar a través de las urnas, en cuestión de cincuenta y cinco días, el puesto del que acababa de ser cesado por el BOE, en castigo de su perfidia.

“Si Puigdemont quiere continuar en política está en su derecho”, aseguró, omitiendo toda referencia a sus flagrantes delitos de sedición y/o rebelión que implican largas penas de cárcel e inhabilitación. Como el presidente del autodenominado “gobierno legítimo de Cataluña” aun no se había fugado, Méndez de Vigo perdió la oportunidad de precisar que nuestro sistema es tan garantista que hasta podría ser candidato estando en prisión preventiva, como ocurre ya con Junqueras, siete de sus consellers y los Jordis.

Pero Méndez de Vigo iba más de cheerleader que de jurista, añadiendo el típico “creo que debería prepararse para las próximas elecciones” con que se jalea a un púgil el día que se señala la fecha de un combate decisivo. Y cual torero que remata la faena con una revolera, concluyó con un “sería bueno, porque es una manera de que los catalanes juzguen sobre sus políticas”. Fue, de hecho, el único “juicio” al que se refirió: al de las urnas.

Todos entendimos lo que pretendía transmitirnos: fíjense, propios y extraños, qué inteligente y audaz ha sido Rajoy al vincular el acto de autoridad que supone fulminar a estos señores de sus cargos, con una convocatoria electoral que les coge a ellos con el pie cambiado, vacía su discurso victimista y restablece la legalidad, recurriendo a un cauce inobjetable para cualquier demócrata. ¡Oh, proteico y grande Rajoy! ¡Qué listo has resultado una vez más, al ofrecer a tus adversarios esa golosina, envenenada por el sometimiento al orden constitucional, que no van a poder rechazar!

Ciudadanos y el PSC ya estaban aplaudiendo la fórmula pues no en vano era la modalidad de 155 que venían reclamando, desde la tranquilidad de no corresponderles a ellos ni la responsabilidad intransferible de aplicarlo, ni el mérito o culpa de lo que pueda suceder. Hasta Pablo Iglesias se bajó diez minutos del estribo del convoy insurreccional para aceptar, “por una vez”, la solución elegida.

Todos parecían de acuerdo en aparcar las vicisitudes propias del ámbito penal, en el bien entendido de que el tiempo y la maña política podrían diluirlas en función de la salida que propicien las urnas.

O sea que las elecciones se convocaban como si no existiera el Código Penal, como si no funcionara la Fiscalía, como si no hubiera jueces dispuestos a cumplir con su obligación, como si no fuera poco menos que inevitable que la plana mayor delseparatismo tuviera que presentarse y hacer campaña desde la cárcel. Por eso a nadie parecía inquietarle la tesis que, tal y como estaba cantado, ha hecho suya Puigdemont, desde el exilio belga: el 21-D será un “plebiscito”, destinado a legitimar políticamente y blanquear penalmente, ante el mundo entero, la proclamación de la República Catalana.

***

A mí, en cambio, en cuanto escuché a Méndez de Vigo esbozar lo que en realidad no es a la vez sino una vía de salida y una segunda oportunidad, en circunstancias bastante propicias, para los golpistas, me vino a la memoria el desenlace de otro Consejo de Ministros extraordinario. Se celebró el sábado 13 de agosto de 1836 y catapultó a una nada lucida notoriedad histórica a un antepasado del actual ministro portavoz.

El gabinete, que se reunía con carácter de urgencia, estaba presidido por Istúriz e incluía a próceres del liberalismo moderado, de los que ya me ocupé sobradamente en mi libro sobre el Trienio, como Alcalá Galiano o el Duque de Rivas. Tenían que responder a las dramáticas noticias llegadas de madrugada desde el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso.

Un grupo de sargentos había sublevado a las unidades de la Guardia Real que prestaban allí servicio y tenía como rehenes a la propia Reina Gobernadora María Cristina de Nápoles y a sus hijas, las princesas Isabel y Luisa Fernanda. Exigían, entre otras medidas, la derogación del Estatuto Real que, a modo de carta otorgada, servía de marco legal tras la muerte de Fernando VII, y el restablecimiento de la Constitución de 1812.

¿Qué hacer? El impulsivo Quesada, capitán general de Madrid, se ofreció a marchar al frente de la mitad de los cuatro mil hombres de su guarnición e imponer la fuerza de las armas. Pero la mayoría del Gobierno estaba “aterrada” y oscilaba, según la certera percepción de Andrés Borrego, fundador y director de El Español, entre la “prudencia” y la “pusilanimidad”. Invocando la seguridad de las Reales Personas, pero temiendo en realidad más por la propia, pues Madrid también había entrado en convulsión y les asustaba dividir el contingente adicto, los ministros optaron por una alternativa más creativa.

Alcalá Galiano relató en sus memorias lo acordado: “Apelóse, al fin, al triste recurso de que pasase a San Ildefonso el ministro de la Guerra, portador de una razonable suma de dinero, para que con las armas de la persuasión, ayudadas con dádivas, pusiese en la obediencia a los que seducidos y cohechados habían cometido un delito sin mira política alguna”.

Aquel ministro de la Guerra era Santiago Méndez de Vigo y su “razonable suma de dinero”, tres sacas o talegas repletas de monedas de oro. Apenas llegó a La Granja combinó la prosaica exhibición de su contenido con las más nobles exhortaciones. Las consecuencias fueron tan dispares en sus inicios como confluyentes en sus culminaciones. Hubo quienes cogieron el dinero -siempre se ha dicho que el célebre sargento Gómez se quedó con ocho onzas- y quienes lo rechazaron, pero todos convirtieron aquel intento de soborno en cauce y estímulo para mantener y extremar sus exigencias.

El resultado fue que, al cabo de un cierto tira y afloja, Méndez de Vigo volvió a Madrid con María Cristina y sus hijas, pero también con los sargentos y una serie de decretos que incluían el restablecimiento de la Pepa. Según la crónica de El Español, María Cristina vestía un “sencillo traje verde”, el color de los constitucionales desde las Cortes de Cádiz. Según Miñano, “fue conducida a Madrid como un trofeo conseguido por los exaltados”.

***

Las “talegas de Méndez de Vigo” han quedado desde entonces como un símbolo de lo perniciosa que puede resultar la suma de la cobardía y la incompetencia ministerial. Como ha escrito Jesús Sanz Fernández en su documentada monografía sobre los sucesos de La Granja, “resulta que es el Gobierno quien soborna y, para colmo, sin ningún resultado práctico, porque la insurrección continuó”.

Ese va a ser, en mi opinión -está siendo ya de hecho-, el efecto de la improvisada convocatoria electoral del 21 de diciembre, con la que se pretende seducir y sobornar, para reintegrarlos en el juego constitucional, a unos sediciosos que, habiendo declarado ya la independencia, deberían haber quedado exclusivamente o, al menos, antes que nada, a expensas de los tribunales.

El circo con tres pistas -Cataluña, Bruselas, las cárceles madrileñas- que está poniéndose en marcha era perfectamente previsible. Nada hay tan esperpéntico como solapar los tiempos de la Justicia con los de las urnas, de modo que los alegatos de las defensas se hagan en los mítines, las estrategias de campaña en las comparecencias judiciales y puedan llegar a confundirse las votaciones con los recursos de apelación y el escrutinio con la sentencia firme.

Lo lógico habría sido castigar penalmente la sedición y/o rebelión con la máxima urgencia, dando pie a las correspondientes inhabilitaciones. Y una vez cribadas así las listas electorales y serenadas las conciencias tras la destrucción del principio de impunidad, convocar las elecciones, dentro de seis meses o un año, manteniendo entre tanto la administración catalana bajo la interinidad del artículo 155.

Este parecía ser, de hecho, el plan de Rajoy y por eso rechazó la condición del PSOE, filtrada por Carmen Calvo, de que hubiera elecciones en tres meses. ¿Qué le llevó a cambiar de caballo cuando estaba atravesando el río? Pues lo mismo que impulsó al gobierno de Istúriz a enviar a La Granja a un general con talegas en lugar de a un general con soldados. Su extrema debilidad. El vértigo ante el deber. La súbita conciencia de no ser capaz de hacer lo conveniente para la Nación.

No era sólo un problema de lasitud moral -que también-, sino sobre todo de incompetencia política. De la misma manera que, entre junio y septiembre, quedó claro que el Gobierno carecía de plan alguno para impedir la convocatoria y celebración del referéndum ilegal; y de la misma manera que el 1 de octubre quedó claro que el Gobierno había sido incapaz de evitar la votación y enmascaró a porrazos su frustración, ahora lo que ha aflorado es que tampoco se atreve a nombrar -o peor aún, no sabe cómo hacerlo- a un ejecutivo catalán que aplique el 155 desde Cataluña durante tanto tiempo como sea necesario para restablecer la lealtad institucional, al margen de mayorías y minorías electorales.

Ese planteamiento -aplicado durante la Segunda República- hubiera permitido que alguien como Santi Vila se hubiera erigido en líder del nacionalismo moderado, que Pablo Iglesias hubiera seguido notando el desgaste por su raudo alineamiento contodo aquel que trate de hacer daño a la España constitucional, e incluso que alguno de los líderes golpistas hubiera pedido perdón, en pos de un indulto que le permitiera seguir en la política.

Pero en lugar de con la firmeza de una actuación consistente, sostenida en el tiempo, se ha respondido a la proclamación de la República Catalana, ofreciendo a sus artífices las talegas de una segunda vuelta en las urnas, a modo de Jordán en el que lavar sus pecados. Y al igual que hicieron los sargentos insurrectos de La Granja, los golpistas ya han anunciado que cogerán las talegas, o sea las bien remuneradas actas, sin escrúpulo alguno, pero a modo de cauce, instrumento y estímulo para seguir adelante con la destrucción de España.

Al disparate se le añade la recurrente chapuza. ¿Cómo es posible que aquel Méndez de Vigo fuera tan torpe como para no darse cuenta de lo que ocurriría en La Granja en cuanto empezara a exhibir sus talegas? ¿Cómo es posible que este Méndez de Vigo y sus compañeros hayan sido tan torpes como para no haber previsto e impedido la fuga de Puigdemont y no haber calibrado el efecto interno y externo de celebrar unas elecciones con el favorito a ganarlas entre rejas? ¿Qué hemos hecho para merecer a estos?

***

La Sargentada de La Granja sólo tuvo un efecto beneficioso: la caída del gobierno de Istúriz y su sustitución por uno encabezado por mi admirado Calatrava que, a modo de postrera salida de don Quijote, rindió su último gran servicio a España promoviendo una reforma constitucional por consenso. De esa manera tanto las utopías de la Pepa, como la cortedad de miras del Estatuto Real, quedaron superadas por la Constitución de 1837 -auténtico antecedente de la de 1978-; y, abierto de nuevo el “segundo sobre”, el reloj de la Nación reanudó su marcha. Eso es lo que ocurrirá, antes o después, cuando lleguemos a la conclusión de que cuanto sucede en Cataluña no es sino el síntoma más agudo de la falta de un proyecto regenerador para España.

Ver artículo original:

Por qué Rajoy vivió el 1-O la mayor de sus derrotas -Cristian Campos/El Español-

Veinticinco argumentos en contra de la forma en la que el presidente del Gobierno ha enfocado el problema catalán.

1. Porque Rajoy sigue sin entender que una secta de diez locos es un problema del poder judicial. Una secta de mil, un problema del poder legislativo. Y una secta de dos millones, un problema del poder político.

2. Porque diez mil policías se vieron obligados a hacer en un solo día y en condiciones extremas lo que Rajoy no ha tenido la valentía de hacer en seis años.

3. Porque dijo que no habría referéndum y lo hubo. No a efectos jurídicos, pero desde luego sí propagandísticos. ¿O es que la Alemania nazi jamás invadió Polonia porque la invasión era ilegal?

4. Porque aun dando por válido el mantra de que este domingo no hubo en Cataluña un referéndum legal y legítimo, parece claro que hubo algo y que ese algo es un problema político del presidente.

5. Porque Rajoy, después de remarcar su apego a la ley y a la Constitución, ofreció diálogo, es decir concesiones, a los responsables de lo que a todas luces es un golpe de Estado.

6. Porque Rajoy sigue sin entender que el poder hoy no es sólo ley y procedimiento y BOE sino también la capacidad de generar un relato que mueva masas.

7. Porque qué más da que el gato sea blanco (legal) o negro (legítimo) si caza ratones. El gato es el nacionalismo. Y el ratón, España y los catalanes no nacionalistas.

8. Porque aquellos a los que él llamó “los únicos responsables de lo ocurrido hoy” aparecieron apenas una hora después en TV, y no precisamente esposados, para anunciar una declaración unilateral de independencia.

9. Porque aquello que Rajoy ha esquivado durante seis años, la aplicación del artículo 155 de la Constitución, deberá ser hecho igualmente en setenta y dos horas. Pero tarde, mal y con consecuencias imprevisibles.

10. Porque costó décadas lograr que los europeos abandonaran su querencia romántica por el mito de una España perpetuamente guerracivilista y autoritaria, y Rajoy destrozó todo ese esfuerzo en apenas unas horas.

11. Porque este domingo quedó por fin claro que la estrategia rajoyesca del percebe no es genialidad, ni agudeza, ni sagacidad, ni paciencia, sino la mejor manera de que un problema se pudra hasta resultar venenoso.

12. Porque Rajoy sigue sin tener ningún plan para el día después de que sea aplicado el 155. La educación seguirá en manos del nacionalismo y el Estado, ausente de Cataluña.

13. Porque hace cuarenta y ocho horas sólo tenían miedo en Cataluña los catalanes no nacionalistas. Es decir el 50% de los catalanes. Ahora lo tiene el 100%. Pero a cambio de absolutamente nada.

14. Porque apalear a mujeres, ancianos y adolescentes como si se tratara de borrokas o de okupas (ampliamente tolerados por su Gobierno, por cierto) no parece exquisitamente proporcional.

15. Porque Rajoy, sí, ha cumplido la ley. Mejor dicho, ha ordenado que la cumplan otros. Policías nacionales, fiscales, jueces y guardias civiles. Pero ha roto este país, quién sabe si definitivamente.

16. Porque esto no se olvidará en dos días. Lo de este domingo no ha sido un linchamiento adolescente en Twitter. Ha sido una revuelta apoyada por cientos de miles y tolerada desde hace años por el presidente.

17. Porque el desprecio absoluto de Rajoy por todo aquello que no entiende, es decir el siglo XXI, le ha llevado a dejar el control de la información en manos de la prensa enemiga: TV3 y La Sexta.

18. Porque de un líder se espera que lidere, no que reaccione patosa y peligrosamente a los acontecimientos una vez estos han sobrepasado con creces el punto de no retorno.

19. Porque el panorama en Cataluña sigue siendo el mismo que hace una semana, un año, seis. Ni se respeta más la Constitución, ni a España, ni a las fuerzas de seguridad. El nacionalismo sigue en pie y en buena forma.

20. Porque la desidia, la cobardía y, como dice Hugues en ABC, la falta de “grandeza, talento, sinceridad y energía” no pueden ser jamás un programa de gobierno para un país como España.

21. Porque el abandono de los catalanes no nacionalistas sigue siendo clamoroso, insultante y rayano en el despotismo. Como dice Losantos, “el PP odia a los ciudadanos”. ¡No íbamos a ser nosotros la excepción!

22. Porque no se ha logrado nada. El objetivo de un gobernante no es dejar que todo degenere hasta cargarse de razones para actuar. Es solucionar los problemas antes de que estos alcancen niveles huracanados.

23. Por las portadas de la prensa internacional, copadas casi en su totalidad por fotos de policías nacionales golpeando a manifestantes. La foto de Puigdemont esposado no habría ocupado ni su página 12 hace meses.

24. Porque Rajoy, por una mezcla de azar histórico e incompetencia, ha sido el presidente que ha permitido que España llegue a este punto cercano al guerracivilismo.

25. Porque hoy sólo se habla en Cataluña de una cosa entre los ciudadanos no nacionalistas: de cuándo irse de Cataluña. ¿Dentro de un mes, de dos, de seis? Gracias, presidente Rajoy.

Origen: Por qué Rajoy vivió el 1-O la mayor de sus derrotas

El comunismo en 2017. -Cristian Campos/El Español-

Les voy a explicar cómo funciona esto del comunismo en 2017.

Lo primero que hay que conocer es su hábitat. Es Twitter. Fuera de Twitter, es decir en la vida real, el comunismo es residual. Porque en la vida real, comunista, lo que se dice comunista-comunista, es decir burgués de los que han vivido toda su vida de rentas, sin trabajar, con criada y especulando sobre el obrerismo como quien observa a los ornitorrincos en el zoo y toma apuntes en su Moleskine de piel (es decir como Karl Marx), apenas algún pijo del barrio de Salamanca. Quizá Borja Thyssen y los chicos de la CUP den el perfil.

Lo que sí hay tanto dentro como fuera de Twitter es mucho izquierdismo, que es la enfermedad infantil del comunismo. Esto lo decía Lenin, que como argumento de autoridad es inapelable. En España, izquierdistas hay un 20% aproximadamente. Que Podemos sea el primer partido en intención de voto entre las clases alta y media-alta confirma lo que digo. Esto tampoco me lo invento: lo dicen las encuestas. El voto de izquierdas es un lujo que sólo pueden permitirse los ricos, como saben todos los camareros de España que jamás votarán a Podemos.

Una vez localizado el hábitat del comunismo, sólo hay que poner el cebo en Twitter para saber en qué consiste. El cebo puede ser cualquier cosa. Por ejemplo, una excentricidad facha como: “Hombre, cargarse la primera industria nacional igual no es bueno para el mercado laboral”. Ese tipo de locuras neoliberales, ya saben. Al minuto aparecen las hordas. Por los avatares y la gramática, estudiantes de primer o segundo curso de políticas. O de puericultura. Alguno, sólo alguno, de economía.

Lo primero que te dicen es que tú no tienes ni puta idea de comunismo. Suelen llevar muy a gala lo de “¡A quién has leído tú, eh, venga, dame nombres!”. Ellos han leído tres artículos académicos en primero de carrera, pero aun así quieren chocar los cuernos contigo, medirse las lecturas y tal. Tú les respondes lo que respondes siempre: “Hombre, si lo tuyo es el marxismo, igual Piketty te sirve para situarte en el siglo XXI”. Lo pones fácil. El libro de Piketty se llama El capital en el siglo XXI. EL CAPITAL. Es un bestseller, así que es fácil de encontrar en las librerías. También es ameno y está bien escrito, se lee rápido.

Lo de Piketty no deja de ser irónico porque el francés suele decir en las entrevistas que él no ha leído a Marx. “No le he leído mucho”, dice. Por supuesto, es una boutade. La ironía es obvia hasta para Twitter. Su libro (lo vuelvo a recordar) se llama El capital en el siglo XXI. Y ahí empiezan a repasar los apuntes. “Se va a enterar este tío”. Pasan furiosamente las páginas, no entienden su propia letra. “¡Copón! ¡Puto capitalismo!”, farfullan. En la segunda fase del comunismo, todos los estudiantes de primer curso de políticas tendrán buena letra y entenderán sus propios apuntes.

Y entonces te citan sus lecturas. “Quizá no sepas que Fulanito, Menganito y Zutanito sostienen que…”. Fulanito, Menganito y Zutanito son oscuros teóricos marxistas a los que no conocen ni en su casa a la hora de comer. Siendo generoso, son irrelevantes. Siendo realista, se trata de unos chalados con balcones a la calle. Y tú dices: “A ver, no me suenan, voy a investigar”. Porque eres un tío abierto y, joder, igual ves la luz, sufres una epifanía te arrancas con La Internacional y retrocedes hasta tus dieciocho años. A los dieciocho todos somos comunistas, pero a la primera cuota de autónomos que nos atizan en la cuenta bancaria se nos aparecen Hayek, Friedman y Ludwig von Mises brillando como bombillas de las antiguas, de las que iluminaban de verdad y no como esas cerillitas de luz esmirriada que venden ahora.

Pero el caso es que investigas a esos teóricos marxistas. Y te encuentras con el reparto de La matanza de Texas en pleno. También con una sintaxis que hay que desbrozar con machete: he leído declaraciones de la renta más amenas que los artículos de esos tipos. Y entonces descubres que uno de esos teóricos marxistas ni siquiera es licenciado en economía. Otro es el fundador de una sectita marxista-leninista agro. Algo así como el Verdadero Partido Trotskista Popular del Trotskismo Popular Verdadero de las Islas Aleutianas. Investigas. Cinco afiliados. Otro tiene un blog. Pero no es que tenga un blog y haya publicado catorce libros o sea un referente entre vete tú a saber quién. Es que sólo tiene un blog. Luego, tus comunistas de Twitter escogen alguna cita al azar de Marx o de Engels o de Adorno o de Habermas y te la lanzan a la cabeza como quien te lanza un pollo desplumado. “Ahí lo llevas, pa’que aprendas”. Mientras te quitas el pollo de la cabeza, lees la cita y te sorprendes de que unos dogmas de fe tan mal redactados hayan logrado convencer a tanta gente, hundido en la miseria tantos países y exterminado a tantas decenas de millones de víctimas inocentes.

Y entonces llegan los palmeros. “Uao, nivelón, menudo zasca, fuá todo lo que sabes, lo has dejado seco”. La habitual retórica de macrofarra universitaria, pero con pretensiones de club de debate británico. En realidad, es pura cháchara. Como dice Rafa Latorre, “una jerga puramente comercial”. “Comercial” es la palabra clave. Ni siquiera te están vendiendo (a ti) comunismo. Están comprando (para ellos) autoestima intelectual y legitimidad política. Pero adquirir autoestima intelectual y legitimidad política a través del comunismo es como salir de un cáncer con homeopatía.

Explica el filósofo británico Roger Scruton que Mayo del 68, que él vivió desde su apartamento en el Barrio Latino de París, fue el momento en el que descubrió que era conservador: “Lo que vi en la calle fue a un grupo revoltoso de hooligans autocomplacientes de clase media. Cuando pregunte qué querían, todo lo que obtuve fue un ridículo galimatías marxista. Y entonces pensé que debía de existir la manera de defender la civilización occidental de este tipo de cosas. Y me convertí en conservador. Supe que quería conservar las cosas en vez de destrozarlas“.

Ay, Roger. Si tú supieras.

Origen: El comunismo en 2017

Pensar va siendo cosa de fachas. -Cristian Campos/El Español-

Pongamos que pertenece usted a alguna de las tribus que forman la nación ideológica conocida popularmente como “la derecha”. Da igual si es usted conservador, liberal, libertario, tradicionalista, centrista, plutócrata, aristócrata, warmonger, librepensador, católico de derechas, derechista puro y duro o un poco facha, que de todo tiene que haber en la viña del Señor.

Qué demonios: hasta podría ser usted un poco socialdemócrata, ahora que la chavalada de la izquierda regresiva ha decidido que todo aquello situado a la derecha de los campos de reeducación ideológica, los supermercados desabastecidos, los quirófanos en los que no viviría ni una cabra, la propiedad colectiva de los hijos, las inflaciones inferiores al 500% y la apología de la okupación, del velo, del terrorismo y de los linchadores de Alsasua es casta enemiga del pueblo.

Pongamos, en resumen, que tiene usted más de quince años.

Pues bien. Está usted de enhorabuena. En función de sus neuras y humores matutinos, podrá usted leer a Arcadi Espada, Emilia Landaluce, Félix de Azúa, David Gistau, Jorge Bustos, Berta González de Vega, Arturo Pérez-Reverte, Fray Josepho, Juan Claudio de Ramón, Cristina Losada, María Blanco, Enrique García-Máiquez, Ferrán Caballero, José María Albert de Paco, Cristina Seguí, Ricardo Dudda, Gregorio Luri, Daniel Ari, Juanma del Álamo, Jorge Vilches, Miguel Ángel Quintana Paz, Jordi Bernal, Daniel Rodríguez Herrera, Carlos Rodríguez Braun, José García Domínguez, Hugues o, sin salir de esta misma casa, a José Antonio Montano, Rafael Latorre y David Jiménez Torres. También podrá leer de forma habitual, y sin que haya que darle las sales o abanicarle el cogote después, a gente inteligente como Manuel Jabois, Javier Marías, Juan José Millás, Aurora Nacarino-Brabo e incluso a la gente de Politikon, que ya es decir. Me dejo a docenas.

Es cierto que pocos de ellos aceptarán la etiqueta de “derechista” de buena gana. Si acaso, alguno se dejará colocar la de “socialdemócrata” por aquello del romanticismo pijo de las causas perdidas. Pero no se engañen. Todos ellos son burgueses de ley y orden por desarmarizar, es decir gente de derechas de toda la vida de Dios. También suelen escribir sin faltas de ortografía, lo que parece señal de un leve ramalazo meritocrático. Y lo que es más importante aún. Todos pueden ser leídos sin sentir vergüenza ajena.

Y todo esto sin salir de España. Porque si salimos de ella nos encontramos con Claire Lehmann, Theodore Dalrymple, Roger Scruton, Ayaan Hirsi Ali, Tom Nichols, Grover Norquist, Nassim Nicholas Taleb, Camille Paglia, Thomas Sowell, Jaron Lanier, Ibn Warraq o Yuval Noah Harari. Cito al buen tuntún por no repetir los nombres de siempre.

Y ahora pongamos que es usted de Podemos. Ya sabe. De Podemos.

Se levanta usted por la mañana y su gama de intelectuales y pensadores de cabecera va de Juan Carlos Monedero a Jordi Évole pasando por Ramón Espinar, el Gran Wyoming, Pablo Iglesias, Irene Maestre, Ada Colau, Máximo Pradera, Barbijaputa, Pablo Echenique, el Kichi, el Nega, Facu Díaz y los hermanos Garzón. El único equivalente que se me ocurre en el extremo contrario del espectro político es ese que se fue a Gibraltar a entrevistar a los macacos.

No es de extrañar, por cierto, que varios de ellos sean humoristas. Hay determinadas ideas políticas teóricamente serias que hay que explicar mediante chistes porque si las dices en serio se ríen en tu cara. No deja de ser paradójico.

¡Si al menos leyeran a Miliband (padre), Lukács, Rieff, Adorno, Hobsbawm o Habermas! No digo ya a Owen Jones, que es a Christopher Hitchens lo que el tres en raya al Gran Colisionador de Hadrones. Qué narices: me conformo con el fallero de Žižek o el tuercebotas de Alain Badiou, ambos seres profundamente equivocados pero, al menos, dignos de media vuelta de tuerca. Estoy dispuesto, en un alarde de magnanimidad y de rebaja de las expectativas, a comerme a Chomsky y a Naomi Klein. Miren si lo pongo fácil.

Pero no. Ni siquiera a esos leen.

¿Desde cuándo el antintelectualismo y el desprecio de la inteligencia, la propia y la del prójimo, son de izquierdas?

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