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El Feminismo Corporativo: una verdadera lacra social. -Javier Benegas/Disidentia-

 

En apenas unos años, hemos pasado de disfrutar de una cierta libertad a tener que medir cada una de nuestras palabras, expresiones y actos. Las coacciones que atentan contra nuestra libertad de expresión y de acción, se han multiplicado. Y son las que emanan del bullicioso Feminismo Corporativo (en adelante FC) las que se han vuelto más expeditivas y peligrosas. De hecho, no resulta exagerado afirmar que este nuevo feminismo se ha convertido en la peor y más corrosiva de todas manifestaciones de la Corrección Política.

Censura, censura y más censura

El FC censura por definición cualquier alusión al aspecto físico de la mujer, muy especialmente si ésta se produce en un medio de comunicación. Referirse a la belleza o la fealdad de una fémina —no así de un hombre—, o simplemente aludir a su forma de vestir en un reportaje o noticia, es un acto castigado con el escarnio del profesional que firme la nota, aunque se trate de una sátira o una simple crónica rosa.

Si el protagonista del reportaje es una mujer relevante, estos es, según el lenguaje FC, un “referente”, entonces directamente se califica de atentado. Y el autor (muchas veces autora) es arrojado a la hoguera por hereje.

En Francia piropear o sencillamente silbar a una mujer por la calle supone una multa de 750 euros

El FC también ha elevado el vulgar piropo a la categoría de agresión sexual. Así, en Francia piropear o sencillamente silbar a una mujer por la calle supone una multa de 750 euros. Y si esto sucede en el transporte público el importe de la sanción se duplica; es decir, 1.500 euros. Una medida que pronto podría ser imitada por otros países europeos.

Por si esto no fuera bastante se pretende que este tipo de sanciones se apliquen, además de en la calle, en otros ámbitos, como la prensa. Y que se tipifique como delito en un medio de información cualquier referencia remotamente sexual sobre una mujer.

La falsa cultura de la violación

A pesar de que las violaciones son delitos cometidos por una diminuta minoría de varones, en comparación con la población total, el FC pretende imponer la idea de que en nuestras sociedades existe una “cultura de la violación“. Y para que ninguna interacción entre hombres y mujeres escape a su control, toda acción debe ser fiscalizada y calificada como algún tipo de agresión sexual, desde una simple palabra, pasando por una insinuación, hasta la franca proposición sexual.

El FC pretende además que el supuesto delito sexual deje de depender de los hechos objetivos y pase a estar sujeto a la apreciación subjetiva de una de las partes, es decir, de la mujer. Y que ni siquiera se necesaria una mínima coherencia temporal. Así, la mujer tendrá derecho a arrepentirse al día siguiente de la relación sexual que mantuvo voluntariamente la noche anterior. Y su cambio de parecer podrá ser base suficiente para procesar al varón.

Universidades y tribunales paralelos

En numerosas universidades norteamericanas el FC ha logrado que se pueda denunciar a un estudiante por el hecho de “mirar raro”, algo por otra parte que es imposible de demostrar salvo que la palabra de la mujer se convierta en ley. Así, en los campus norteamericanos proliferan los comités que actúan como tribunales paralelos, suplantando las competencias de los tribunales ordinarios.

En numerosas universidades norteamericanas el Feminismo Corporativo ha logrado que se pueda denunciar a un estudiante por el hecho de “mirar raro”

Cualquier joven puede ver su reputación arruinada irremediablemente por obra y gracia de un malentendido, un despecho o una desavenencia con una compañera. Los comités que le juzgarán, además de estar presionados por la corriente feminista, carecen de la preparación y los medios necesarios para realizar pesquisas mínimamente garantistas. Para colmo de males, están saturados, puesto que todo es susceptible de ser considerado agresión sexual.

Como es lógico, los dictámenes de estos comités suelen acabar en los tribunales ordinarios, donde verdaderos jueces terminan finalmente exonerando al estudiante… pero cuando el daño reputacional es ya irreparable. En la era de Internet, las viejas noticias permanecen en la Red durante largo tiempo y, en muchos casos, también las fotografías de los “ajusticiados”. A estos contenidos se puede acceder desde cualquier parte del planeta. Por lo que la víctima no tiene siquiera la posibilidad de rehacer su vida en otra parte.

Feminismo Corporativo e intereses

El FC ha convertido el Día Internacional de la Mujer en un acto de desagravio en el que se denuncia, entre otras cosas, la falsa “cultura de la violación”. Así, lo que hasta hace tan solo unos años era una jornada de celebración y de estímulo, ha derivado en un ajuste de cuentas generalizado, una interesada guerra de sexos con la que se presiona a los legisladores para que redacten leyes particulares. Y la ley deje de ser igual para todos y se convierta en privilegio.

Como ejemplo inquietante de cómo el FC ha penetrado en unas instituciones que se supone neutrales, basta pasear por delante del Ministerio de Igualdad y contemplar la enorme pancarta con un lazo morado que pende de su fachada. Una imagen que tiene ciertas reminiscencias de la Alemania nazi, en cuyos edificios oficiales pendían grandes estandartes con la esvástica.

Lamentablemente, cuanto más ceden los políticos a la presión, más lobbies feministas florecen en aquellos sectores más prometedores. Para las activistas, todo sector relevante, con posibilidades de promoción, se convierte en un objetivo estratégico. Una característica que revela la existencia de intereses que no son ni mucho menos extensibles a todas las mujeres.

No existe ningún movimiento feminista relevante en los oficios más sufridos, donde la posibilidad de ascender y obtener privilegios es prácticamente inexistente

En efecto, resulta bastante sospechoso que se ponga el foco en determinados sectores profesionales, casualmente aquellos que resultan más cercanos y atractivos a las activistas y, en especial, a sus núcleos duros. Raro es ver movilizaciones similares en actividades que resultan de escaso interés para las activistas. No existe, por ejemplo, ningún movimiento feminista relevante en los oficios más sufridos, donde la posibilidad de ascender y obtener privilegios es prácticamente inexistente.

En cambio, en el mundo de la dirección de empresas, las finanzas, las ciencias sociales, la política o el periodismo la guerra es total. La razón es sencilla, el FC es por definición un movimiento elitista, integrado por mujeres de clase media que aspiran a mejorar su posición por encima de sus méritos. Son personas que buscan en el activismo su ascensor social.

No es feminismo, es elitismo

El FC se asemeja bastante a los nacionalismos supremacistas. Al igual que estos, crea un enemigo exterior: el hombre o, en su defecto, el patriarcado; construye una causa general con la que promete grandes beneficios a todos los que la apoyen, pero luego las ventajas y prebendas recaen en una minoría; establece barreras de entrada similares a la imposición lingüística, en su caso se trata de una serie de preceptos, reglas, códigos de conducta y dogmas cuya definición y certificación queda a discreción de una selecta cúpula; no significa más y mejores oportunidades, sino selección adversa, un proceso donde no ascienden las más capaces sino las más dogmáticas; y, por último, es intrínsecamente elitista: no hay nada que desagrade más a las nuevas feministas que las mujeres esforzadas, esas que, motu proprio, trabajan duro y velan por las personas a las que quieren, en vez de sumarse a su causa.

En definitiva, el Feminismo Corporativo se ha convertido en un grave problema para la convivencia y la sociedad abierta. No representa a todas las mujeres, sino a una clase muy concreta de mujeres que busca la manera de situarse por encima de todos los demás.

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La maraña de las subvenciones ‘feministas’: 9.102 partidas y 93 millones de euros. -D.S.C.-LM-

La polvareda que levantó la manifestación y huelga feminista del 8 de marzo tendrá continuación a nivel presupuestario. Las organizaciones convocantes de la protesta defienden abiertamente la apertura de nuevas dotaciones de dinero público orientadas a promover ‘políticas de mujer’, ‘planes de igualdad’ y medidas similares.

Pero sería un error pensar que eso no está ocurriendo ya. La semana pasada, Libre Mercado hablaba de los 254 millones de euros que ha comprometido la Comunidad de Madrid en una Estrategia de Igualdad que se desarrollará entre los años 2018 y 2021. Un ejemplo de que, pase lo que pase a nivel nacional, las autonomías ya están en esto desde hace tiempo.

En este sentido, cobra especial interés el hilo de tuits publicado recientemente por Absolutexe, un analista que, en virtud de su buen manejo de los datos, se ha especializado en explorar las subvenciones que conceden nuestras Administraciones Públicas. Su último trabajo documenta más de 93 millones de euros concedidos en 9.102 subvenciones aprobadas desde el año 2014.

Para ser exactos, las ayudas localizadas están valoradas en 93.696.770 euros y responden a las distintas partidas presupuestarias que llevaban en su título dos palabras clave: “mujer” y “convocatoria”. Esta metodología supone apenas una aproximación, ya que muchas subvenciones tienen otro concepto. Un buen ejemplo aportado por Absolutexe para entender este punto era el de la Fundación Mujeres. Si buscamos subvenciones asignadas a dicha entidad, detectamos 521.088 euros, pero si colocamos su CIF en la base de datos, encontramos un total de 4,9 millones en transferencias.

En cualquier caso, la búsqueda de los términos “mujer” y “convocatoria” ayuda a entender el creciente peso que tienen estas ayudas. Así, sin dejar a la Fundación Mujeres, nos topamos con 97.808 euros concedidos en junio de 2015 para subsidiar un programa de “desarrollo para inmigrantes”, mientras que también aparecen 102.762 euros asignados en diciembre de 2015 para “proyectos de cooperación para el desarrollo en el exterior”.

Esta entidad recibe ayudas de distintas instancias: entre las transferencias detectadas está la Dirección General de Servicios de Familia, el Instituto de la Mujer, la Dirección General de Migraciones… A esto hay que sumarle otras capas administrativas: el Ayuntamiento de Gijón, la Vicepresidencia de la Xunta de Galicia, el Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha, la Presidencia del Principado de Asturias, la Agencia Extremeña de Cooperación, la Diputación Provincial de Córdoba, el Ayuntamiento de Madrid, la Secretaría General de Servicios Sociales de Andalucía…

Más de 9.000 partidas

Pero sería injusto centrar solamente el tiro en la Fundación Mujeres porque, en realidad, las ayudas detectadas abarcan más de 9.000 partidas. Tenemos a la Asociación Mujeres para la Salud recibiendo 995.969 euros, al Comité de Apoyo a las Trabajadoras del Sexo obteniendo 485.190 euros, a la Fundación Mujeres Jóvenes haciéndose con 408.480 euros, a la Federación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas con ayudas por 3.580.198 euros, al Fórum de Política Feminista captando 57.302 euros, a la Asociación de Mujeres Juristas Themis recibiendo 2.230.099 euros a través de diez partidas distintas, a la Federación de Asociaciones de Madres Solteras beneficiándose de 910.234 euros a través de once transferencias…

Otro caso llamativo es el de la Federación de Mujeres Progresistas. Según los datos recopilados, las cuentas públicas acreditan 5.364.141 euros en subvenciones concedidas a dicha organización. De esa cifra, la Comunidad de Madrid aportó recientemente 655.001 euros, con nueve subvenciones de diferentes importes anunciadas en diciembre de 2017.

La lista, en cualquier caso, es muy larga. Como decíamos al comienzo, la base de datos que ha sacado a la luz el citado analista anónimo incluye más de 93 millones de euros repartidos en la friolera de 9.102 partidas presupuestarias. Una auténtica maraña de subvenciones que confirma el importante peso que tiene el Estado a la hora de sostener a este tipo de entidades.

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Fasciofeminismo. -OKDiario-

Rita Maestre y el respeto nunca se han llevado bien. Ya lo demostró cuando asaltó la capilla de la Universidad Complutense al grito de “vamos a quemar la Conferencia Episcopal”. Algo que, por cierto, se volvió a escuchar durante las manifestaciones feministas del 8M. La estupidez, además de infinita, es contagiosa, y Maestre ha conseguido que su radicalismo de pandereta y cartón piedra —ha vivido toda la vida en uno de los barrios más acomodados de Madrid— cale entre las que aspiran a ser como ella, que es igual que aspirar a la indigencia intelectual. Maestre ha vuelto a demostrar la categoría política que alberga en su persona: ninguna. En un alarde de fasciofeminismo impropio de una mujer joven que reclama la igualdad intersexual, ha apoyado a las radicales que ayer acosaron e insultaron a Begoña Villacís durante las concentraciones por el día Internacional de la Mujer. Feminista puede ser quien quiera, pero el problema de politizar una jornada de legítima protesta es que algunas mujeres se convierten en las peores enemigas de las propias mujeres. 

Es lo que han pretendido hacer Podemos y sus seguidoras más fasciofeministas al convertir a personas como Begoña Villacís en mujeres de segunda y tratar de echarlas de las manifestaciones a las que tenían todo el derecho a asistir. Este tipo de exclusiones sólo conseguirán que la parte le gane la batalla al todo y esas manifestaciones justas y legítimas acaben convertidas, como sucedió con el 15M, en protestas residuales sin credibilidad. Podemos y sus marcas blancas han conseguido arruinar su propia trayectoria política insistiendo en esos principios de insoportable radicalidad. Lo harán también con cualquier causa que se cruce en su camino si esa causa y sus participantes no mantienen su perniciosa influencia a una distancia conveniente. Cuando Rita Maestre dice que Villacís tiene que “aguantar las críticas”, realmente está defendiendo los abucheos y los gritos de personas obsesionadas con la segregación social e ideológica. Justo lo contrario de lo que, en teoría, pretendía el Día de la Mujer. 

Maestre defiende la violencia soterrada de esos gritos, la tensión como manera de concebir la vida pública. Maestre, de tan radical, se convierte en una machista al auspiciar a las que persiguen a otras mujeres por sus ideas políticas. Con toda seguridad, además de por puro sectarismo, la portavoz del Ayuntamiento de Madrid —uno de los más calamitosos de España— hace estas declaraciones por mera ignorancia. En definitiva, qué puede saber una mujer sobre el trabajo, la discriminación y la lucha por la igualdad real cuando antes de ser política no había trabajado en absolutamente nada. Quizá sea eso lo que odian de Villacís. La política de Ciudadanos, candidata más que sólida a la alcaldía en las próximas elecciones municipales, tenía una carrera profesional antes de ser representante pública. Eso se nota, entre otras cosas, a la hora de saber comportarse y no hacer el ridículo.

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El síndrome del rebaño. -Cristina Losada/LD-

Desde la publicación, con mi firma entre otras, del manifiesto No nacemos víctimas, que se distancia de una corriente “supuestamente feminista que pretende hablar en nombre de todas las mujeres, imponerles su forma de pensar y retratarlas como víctimas de nacimiento de lo que llaman el heteropatriarcado”, he podido ver confirmada la justeza de esa y otras afirmaciones que se hacían en el texto. El carácter coactivo, impositivo, intolerante y contrario a la libertad de ese supuesto feminismo se ha visto corroborado punto por punto en sus ataques a las firmantes del manifiesto que escapaba a su ortodoxia. E igual en sus ataques hacia otras muchas mujeres que no aceptaron sumarse a una huelga feminista que esas dogmáticas sectarias querían de obligado cumplimiento para demostrar que son ellas –y ellos, no olvidemos a los patriarcas masculinos de este secuestrado 8-M– las que nos dominan a todas.

Como firmante del manifiesto me he enterado estos días, leyendo a esas supuestas feministas y feministos –que también hay hombrecitos que nos imparten lecciones de cómo debemos ser las mujeres y qué debemos pensar y que no– de varias cosas que desconocía sobre mi persona. Una de ellas es que he llegado al poder. Eso dijeron de nosotras, de entrada, los que se pusieron rabiosos con el manifiesto. Yo, como comprenderán, al enterarme de que había llegado al poder lo celebré mucho, sobre todo porque no era verdad. Y aún me hizo más gracia que lo dijera un supuesto periodista, totalmente feministo, que está en tertulias estrella a las que a mí no me han llevado nunca, a pesar de mis poderes, aunque también es cierto que en esos programas hay tan poco periodismo y tanta manipulación que es mejor no ir jamás. Eso sí, allí ese menda lerenda cobrará mucho más que una periodista de base. Para terminar con él: anunció que se quedaba con nuestros nombres, ¡qué miedo! Por suerte no vivimos bajo una dictadura, ni la franquista ni la soviética, así que aire.

Luego me enteré, siempre por ser firmante del manifiesto, de que era una mujer de éxito. Albricias. Quién me lo iba a decir. Paren las máquinas, que lo voy a celebrar a lo grande. Todo son buenas noticias, qué importa que no sean verdad. Pero no lo decían en plan bien, sino todo lo contrario. Resulta que, según las supuestas feministas y feministos, las mujeres que tienen éxito “en ámbitos masculinos” –definan, por favor– padecen el síndrome de la abeja reina y no entendemos ni somos bienvenidas en la sororidad de las abejas obreras, machacadas por la desigualdad, la precariedad y el machismo estructural de la sociedad capitalista.

No hace falta que diga quiénes sí están en la lista blanca de las abejas obreras de la sororidad, pero por si acaso. Están, por ejemplo, esas pobres periodistas de éxito, que dirigen o presentan programas de primera línea en cadenas de tele y radio y llamaron sonoramente a la huelga y la hicieron, abandonando sus puestos de dirección o similares. Fruto de su inteligencia política fue que durante la jornada, en no pocos programas de esas cadenas, salieran sólo hombres. Además de sores, unas genias. Algunos programas se suspendieron, lo que privó a las periodistas que sí querían trabajar de un dinero que, tal como están las cosas en el sector, es muy necesario. Pero todo sea por las abejitas obreras y su estafa, pues ni son obreras ni pobres ni sufren brecha salarial ni tienen problemas de conciliación, que con dinero eso se arregla.

Como el manifiesto se publicó en El País, allí mismo, para compensar la heterodoxia, nos han dedicado una pieza, en el suplemento Moda, ¡qué sarcasmo!, donde una periodista que no sé si es abeja obrera o reina por un día pero que trabaja en el primer periódico de España, un lujazo, hacía el análisis del síndrome que padecemos –un poco más y nos destinan al psiquiátrico, como en otro lugar y otros tiempos– y nos acusaba: de ignorar la brecha salarial, de negar la realidad de la violencia machista, de ignorar las desigualdades globales más allá de nuestro “privilegio” y de no tener conciencia de grupo ni de clase. Espero que le paguen bien por poner una tras otra todas esas mentiras. Al menos, que valga la pena por la pasta.

Sólo una cosa era más o menos verdad: que no tenemos, bueno, no tengo yo al menos, conciencia de grupo o de clase. Eso es una mierda comunistoide, para empezar. Y una mierda que ha llevado siempre a lo mismo: a que un pequeño grupo, que se declara portador de la conciencia de clase, quiera imponer su dominio sobre esa clase. Cuando consigue llegar al poder, la esclaviza. Pues no. Frente a esa falacia de la conciencia de clase, frente al intento de imponer una uniformidad de pensamiento y de conducta, yo defiendo el respeto a la individualidad de las mujeres y de los hombres, y acuso al feminismo radical de no defender los intereses de las mujeres, sino los suyos.

La huelga, que fue impulsada desde los grandes medios de comunicación, generó un clima en el que la disidencia era un pecado y resultaba obligatorio unirse a ella si no querías ser señalada o denunciada. Se trataba de crear un rebaño sumiso y obediente a los dogmas del feminismo radical. Y no, yo no soy de unirme a rebaños. Nunca he podido con eso. Ni cuando en España el rebaño estaba callado bajo la dictadura ni ahora. Siempre he valorado mi libertad, y no sólo valorado: es un instinto, algo contra lo que no podría ir aunque quisiera. Someterme, seguir la corriente, apuntarme a carros ganadores, eso no lo aprendí, no lo sé hacer ni puedo hacerlo. Por ese instinto de libertad, rechazo ese supuesto feminismo que quiere imponerse como única manera de ser y pensar de las mujeres. Por eso no estaré de su lado, sino enfrente. Y lo hago perfectamente consciente de que, como siempre ocurre cuando no se entra en el redil, quedarse fuera significa pagar un precio. Seré abeja, pero no seré oveja.

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El mito de la España violenta. -Amando de Miguel/LD-

Aunque no se reconozca, el hecho es que los españoles de hoy son poco violentos. Entiendo por violencia ocasionar un mal injustificable a personas, animales o cosas. Ahora se nos ha metido en la cabeza colectiva que odiar o despreciar es también una forma de violencia, pero me parece una presunción equivocada. Se acepta con naturalidad el delito de odio (a las mujeres, los homosexuales, los judíos, los musulmanes, etc.), pero entiendo que se trata de una aberración. El delito es una acción que daña injustamente; no basta con expresar un sentimiento.

Cierto es que algunos casos de violencia extrema (terrorismo, parricidio, estragos, etc.) se airean mucho en los medios, pero eso no indica que sean más frecuentes, que vayan a más. Por ejemplo, la llamada “violencia de género” (se entiende, contra el género femenino) en España acusa una incidencia menor que en la mayoría de los países europeos. No solo eso; los casos de violencia extrema sobre las mujeres son cada vez más raros; desde luego, son mucho menos frecuentes que los fallecidos en accidentes de circulación. Se suele ocultar un dato significativo, a saber: en los sucesos de uxoricidio (que es el término preciso para lo que se llama “violencia de género” o “violencia machista”), una alta proporción de los asesinos son extranjeros.

Pero, entonces, ¿por qué la opinión pública está convencida de que el uxoricidio es un suceso más frecuente que en los países vecinos o que en épocas anteriores? Muy sencillo. Hay fuertes intereses ideológicos en juego para sacar algún beneficio de ese error de percepción. El cual se magnifica todavía más al extenderse la creencia de que el Estado puede erradicar esa lacra. Como si eso fuera posible. Pero se firma nada menos que un pacto de Estado para tal fin. Que consiste básicamente en canalizar una ingente cantidad de dinero público hacia los colectivos feministas o equivalentes, siempre de izquierdas. Hay que descubrirse ante una maniobra política tan sagaz.

Hay otras formas de violencia a las que no se les concede mucha atención pública. Por ejemplo, a la que se ejerce contra los viejos dependientes o discapacitados (ahora se dice “personas mayores con capacidades diferentes”) por parte incluso de los familiares. A veces la causa es tan sórdida como acelerar el tránsito por este mundo para cobrar la herencia. Naturalmente, sobre ese particular no existen estadísticas ni nada que se le parezca. Es un triste hecho que sobre los asuntos de especial interés para la población no se suelen levantar estadísticas. En cambio, se nos comunica con la mayor precisión cuánto ha variado este trimestre el PIB (el valor de la producción), un dato más falso que Judas.

En contra del estereotipo, ¿por qué es tan escasa la violencia en España? Quizá porque estamos vacunados contra ella después de la última guerra civil, sus antecedentes y consecuencias. Eso sí que es memoria histórica. Por cierto, la famosa memoria histórica de los textos oficiales consiste en ensalzar la violencia de los de un bando político y ocultar la del otro bando. En donde se demuestra que a lo mejor hemos dejado de ser violentos, pero nos hemos hecho cada vez más hipócritas.

La tradición violenta no desaparece; se transforma. Los pacíficos españoles del montón se solazan con series, películas y juegos electrónicos extremadamente crueles. Los más ilustrados lo hacen con las magníficas novelas de Arturo Pérez Reverte. A través de esas proyecciones se satisface un poco el reprimido espíritu de Caín que los españoles llevamos en los genes.

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La plebe femichula -Santiago Navajas/Libertad Digital-

En una cafetería vegana en Australia han implantado un sistema de cobro “feminista de género” (“femigen” para abreviar) por el que los hombres deben pagar más que las mujeres por los mismos productos. Lo que se recauda a través de lo que podríamos denominar el “impuesto XY” se destina a actividades benéficas en contra de la “violencia machista”. En dicho café, nos dicen, no hay camareros al estilo tradicional sino “guerreros por la justicia social” (SJW por sus siglas en inglés) que aplican un 18% de más a los hombres porque esa es supuestamente la brecha salarial a favor del género masculino.

Como en Australia hay leyes que no permiten discriminar por sexo, el bar “femigen” solo puede “sugerir” a sus clientes masculinos que paguen el “impuesto femirrevolucionario”. Ahí quisiera yo ver a James Damore, el autor del memo de Google que le ha costado el despido por sugerir que discriminar a los hombres para apoyar la diversidad quizás no sea tan buena idea después de todo. O sí. Al fin y al cabo los hombres estamos acostumbrados a reglas de cortesía que nos “obligan” a ceder nuestros asientos y abrir las puertas a las señoras, así como a pagar más que ellas por entrar a pubs y discotecas. Es irónico, y revelador, como el nuevo feminismo (de género) imita las reglas de lo que las “femichulas” llaman viejo machismo (heteropatriarcal).

De todos modos, tienen mucho que aprender las “femigen” australianas de las leyes españolas que, impulsadas por el espíritu “de género” dominante, no solo han conseguido arramblar con uno de los fundamentos del Estado liberal, la presunción de inocencia que ya no se aplica a los varones en el caso de la “violencia machista”, sino que también va camino de terminar con otro baluarte de la filosofía ilustrada: el principio de que hay que odiar el crimen pero es posible reinsertar y rehabilitar al criminal.

Durante la Edad Media, si la Inquisición te condenaba no había forma de lavar jamás la “mancha criminal pecaminosa”. A los condenados se les hacía vestir una prenda, el “sambenito”, que una vez cumplida la condena o quemado en la hoguera el “hereje” se colgaba en la iglesia de turno para que el presunto crimen no se olvidara nunca. Una “memoria histórica” de infamia perpetua. Para la Inquisición era fundamental enfangar el recuerdo de sus víctimas, que alcanzaba a su familia, para así propagar un clima de intimidación y terror.

El el caso de Francesco Arcuri contra Juana Rivas, las “femigen” están promoviendo una clima de intimidación inquisitorial contra el ciudadano italiano que ha presentado una demanda para recuperar a sus hijos. Arcuri, condenado hace años por maltrato, sería para la neoinquisición “femigen” un apestado de por vida y sus reclamaciones para reivindicar la patria potestad tendrían que ser descartables por principio y para siempre.

A partir de 1764, sin embargo, la mentalidad vengativa y rencorosa que inspiraba las acciones justicieras empezó a cambiar gracias a la publicación de De los delitos y las penas, de Cesare Beccaria. Para el joven ilustrado italiano, en un sistema humanitario vale más dejar libre a un culpable que castigar a un inocente. Para ello postuló dos principios penales que son los que deberían fundamentar cualquier Estado de Derecho: la presunción de inocencia y la posibilidad de rehabilitación e reinserción de los condenados. Escribe Beccaria:

Para que el castigo no sea en cada caso un acto de violencia de uno o muchos contra un ciudadano en particular, debe ser esencialmente público, expedito, necesario, el menor posible dadas las circunstancias, proporcional al crimen, y dictado por las leyes.

Por ello, Francesco Arcuri no tiene por qué entrar en los Juzgados vestido con ningún “sambenito” bordado con alguno de los lemas favoritos del matriarcado “femigen”, al estilo del “Machete al machote” que parece sacado de una versión de La matanza de Texas protagonizada por Barbijaputa. Arcuri fue condenado por maltrato y pagó por ello pero no se convirtió en un “maltratador” de una manera esencial. Si hubiese cometido algún nuevo delito de maltrato habría que juzgarlo con nuevas pruebas y no porque una ideología inquisitorial –representativa de esa “banalidad del mal” que Hannah Arendt desmenuzó como un batiburrillo de sentimentalidad barata, clichés lingüísticos y violencia justiciera– pretenda hacer de un ciudadano particular una chivo expiatorio ejemplarizante.

Es sintomático que la campaña promovida por el “Femigen” contra Francesco Arcuri se concentre en cobrarle un “impuesto XY” de índole social, despreciando las reglas racionales del criminalista italiano que criticaba tanto la utilización de la Justicia para preservar el poder del gobernante como para satisfacer la sed de sangre de la plebe. En nuestro caso, tenemos el poder usurpado por una serie de feministas “de género” que se benefician de una industria del victimismo ocupando “observatorios”, “concejalías” y otras instituciones públicas cuyo funcionamiento depende en gran parte de la alarma social que consigan provocar. En segundo lugar, la frivolidad de unos pueblos ignorantes y de unos medios de comunicación amarillistas que se lanzan a un irresponsable “Juana está en mi casa” como un moderno, pero bastardo, “Fuenteovejuna, todos a una”. En esta ocasión para encubrir no un asesinato sino un presunto secuestro de niños. Pocas veces una conducta tan incívica por parte de una turba mediática habrá inspirado a la vez tanta pena y tanto asco.

Una película que deberían ver en Maracena, la localidad de Juana Rivas, es La caza, extraordinario film danés dirigido por Thomas Vinterberg y protagonizado por Mads Mikkelsen, en la que un maestro es linchado por la población tras la acusación de una de sus pequeñas alumnas de haber “abusado” de ella. En dichas circunstancias, el maestro “pederasta” es condenado socialmente sin más prueba que el testimonio de la niña, sin la más mínima atribución, ni legal ni cultural, a la presunción de inocencia. Al fin y al cabo, ¿por qué una niña habría de inventarse dicha acusación? En la relación hombre-mujer se ha implantado acríticamente el dogma de la asimetría a favor de ella, lo que convierte a cualquier hombre en un mero ejemplar de la “cultura heteropatriarcal” y, por tanto, en culpable “a priori”. Y si no lo es de hecho, siempre cabe achacarle una responsabilidad “de género”.

Dos son las advertencias que hay que considerar. En primer lugar, no dejar que el feminismo sea arrebatado definitivamente por su versión más radical y espuria. No hay que cejar en la distinción entre un feminismo liberal -respetuoso tanto de la libertad como de la igualdad, racionalista e ilustrado- y el “femigen”, una de las múltiples dimensiones del “marxismo cultural”, esa ideología amargada y deprimente que ha declarado la Guerra Mundial entre Sexos. Por otro lado, en situaciones tan complejas y llenas de matices como el caso Arcuri versus Rivas dejar que el sistema judicial se pueda desarrollar de la manera más transparente posible, sin prejuzgar situaciones y hablando solo con conocimiento de causa y tras una lectura atenta de los documentos pertinentes. De lo que no se sabe, mejor callar. Dura lex, sed lex.

Origen: Santiago Navajas – La plebe femichula – Libertad Digital

Juana Rivas no está en mi casa. -Daniel R. Herrera/LD-

El feminismo moderno es tan descaradamente mentiroso que sus cruzadas deben esconderse bajo la apariencia de defender algo en los que todos estemos de acuerdo.

Tenemos otra campaña feminista en marcha. Naturalmente, no se presenta como tal. El feminismo moderno es tan descaradamente sexista, mentiroso y manipulador que sus cruzadas deben esconderse bajo la apariencia de defender algo en los que todos estemos de acuerdo. Como a una víctima real de malos tratos teniendo que arriesgar su vida y su futuro por el bien de sus hijos. Con un marido italiano ya condenado en 2009, del que tuvo que huir el año pasado por su bien y el de su prole. ¿Cómo no simpatizar con esta compatriota, y no con un extranjero que ni siquiera es presunto? Lo malo es que, por lo que realmente sabemos, igualmente podría tratarse de una aprovechada –por no decir algo más fuerte– que está empleando las injustas leyes españolas para dejar a unos hijos sin padre.

Juana Rivas y Francesco Arcuri llevaban juntos cuatro años y tenían un hijo. En 2009 la granadina sufrió una lesión leve en la mano y lo denunció por ello. Él asegura que fue una pelea y que intentaba evitar que le rompiera sus cosas. Después de aquella condena, sin juicio, por conformidad de un marido aconsejado por un abogado que conocía demasiado bien cómo son las leyes y tribunales de excepción que nos hemos dado, volvieron a vivir juntos y en 2014 tuvieron otro hijo. Ya no vivían en la Granada de ella, sino en la Italia de él. Hasta que en mayo de 2016 se llevó a los niños a pasar unas vacaciones en España que se transformaron en una estancia definitiva. Una vez aquí volvió a denunciarle por maltrato. Él la denunció por secuestro. Ella ha desaparecido con los hijos, protegida por “redes feministas clandestinas”.

Estos datos desnudos pueden encajarse en dos historias completamente distintas. Una, la que se nos ha vendido, es la de una madre coraje que está dispuesta a ir a la cárcel por secuestrar a sus hijos con tal de que no tengan que convivir ni un segundo con un padre violento y maltratador. Otra, la de una mujer que cuando se ha hartado de la convivencia conyugal ha tirado por la calle de en medio, tanto la primera vez, cuando lo denunció para volver con él poco después, como ahora, cuando se ha llevado a sus hijos.

No está en mi mano saber cuál es la historia que mejor refleja lo que ha pasado entre Juana y Francesco durante los últimos doce años. Pero tampoco en la de quienes se han abalanzado sobre el caso para hacer propaganda política, entre ellos el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tan proclive por otra parte a refugiarse en la presunción de inocencia cuando los presuntos delitos caían más cerca de casa. Nadie salvo los implicados sabe cuál es la verdad, y es obvio que ninguno de los dos va a renunciar a sus hijos e ir a la cárcel voluntariamente, así que es posible que nunca la sepamos.

Al final, lo que se persigue con la publicidad que se está dando a este caso es muy evidente. Que un señor al que denuncien por maltrato no pueda volver a ver a sus hijos jamás. “Que no vuelva a ocurrir que un padre condenado en firme por malos tratos pueda tener luego el disfrute de sus hijos en cualquiera de los formatos posibles”, ha dicho Carmen Calvo, exministra y encargada de la cosa feminista en el PSOE. Los adalides de la reinserción han encontrado su kriptonita no en los terroristas o los violadores de niños, sino en un italiano condenado a tres meses que nunca ingresó en prisión. Terminará pasando que cada vez más hombres opten por alejarse del riesgo cada vez mayor que supone tener una familia, como ya está sucediendo en Estados Unidos, y entonces llegará el llanto y el rechinar de dientes. Al menos en la gente normal. El feminismo moderno nunca ha querido otra cosa.

 

Origen: Libertad Digital

Maestras con hiyab y otros disparates. -Arturo Pérez-Reverte/XLSemanal-

De aquí a un par de años –si es que no ha ocurrido ya– saldrá de las facultades españolas una promoción de jóvenes graduadas en Educación Infantil y Primaria, entre las que algunas llevarán –lo usan ahora, como estudiantes– el pañuelo musulmán llamado hiyab: esa prenda que, según los preceptos del Islam ortodoxo, oculta el cabello de la mujer a fin de preservar su recato, impidiendo que una exhibición excesiva de encantos físicos despierte la lujuria de los hombres.

Ese próximo acontecimiento socioeducativo, tan ejemplarmente multicultural, significa que en poco tiempo esas profesoras con la cabeza cubierta estarán dando clase a niños pequeños de ambos sexos. También a niños no musulmanes, y eso en colegios públicos, pagados por ustedes y yo. O sea, que esas profesoras estarán mostrándose ante sus alumnos, con deliberada naturalidad, llevando en la cabeza un símbolo inequívoco de sumisión y de opresión del hombre sobre la mujer –y no me digan que es un acto de libertad, porque me parto–. Un símbolo religioso, ojo al dato, en esas aulas de las que, por fortuna y no con facilidad, quedaron desterrados hace tiempo los crucifijos. Por ejemplo.

Pero hay algo más grave. Más intolerable que los símbolos. En sus colegios –y a ver quién les niega a esas profesoras el derecho a tener trabajo y a enseñar– serán ellas, con su pañuelo y cuanto el pañuelo significa en ideas sociales y religiosas, las que atenderán las dudas y preguntas de sus alumnos de Infantil y Primaria. Ellas tratarán con esos niños asuntos de tanta trascendencia como moral social, identidad sexual, sexualidad, relaciones entre hombres y mujeres y otros asuntos de importancia; incluida, claro, la visión que esos jovencitos tendrán sobre los valores de la cultura occidental, desde los filósofos griegos, la democracia, el Humanismo, la Ilustración y los derechos y libertades del Hombre –que el Islam ignora con triste frecuencia–, hasta las más avanzadas ideas del presente.

Lo de las profesoras con velo no es una anécdota banal, como pueden sostener algunos demagogos cortos de luces y de libros. Como tampoco lo es que, hace unas semanas, una juez –mujer, para estupefacción mía– diera la razón a una musulmana que denunció a su empresa, una compañía aérea, por impedirle llevar el pañuelo islámico en un lugar de atención al público. Según la sentencia, que además contradice la doctrina del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, obligar en España a una empleada a acatar las normas de una empresa donde hombres y mujeres van uniformados y sin símbolos religiosos ni políticos externos, vulnera la libertad individual y religiosa. Lo que significa, a mi entender –aunque de jurisprudencia sé poco–, que una azafata católica integrista, por ejemplo, acogiéndose a esa sentencia, podría llevar, si sus ideas religiosas se lo aconsejan, un crucifijo de palmo y medio encima del uniforme, dando así público testimonio de su fe. O, yéndonos sin mucho esfuerzo al disparate, que la integrante de una secta religiosa de rito noruego lapón, por ejemplo, pueda ejercer su libertad religiosa poniéndose unos cuernos de reno de peluche en la cabeza, por Navidad, para hacer chequeo de equipajes o para atender a los pasajeros en pleno vuelo.

Y es que no se trata de Islam o no Islam. Tolerar tales usos es dar un paso atrás; desandar los muchos que dimos en la larga conquista de derechos y libertades, de rotura de las cadenas que durante siglos oprimieron al ser humano en nombre de Dios. Es contradecir un progreso y una modernidad fundamentales, a los que ahora renunciamos en nombre de los complejos, el buenismo, la cobardía o la estupidez. Como esos estólidos fantoches que, cada aniversario de la toma de Granada, afirman que España sería mejor de haberse mantenido musulmana.

Y mientras tanto, oh prodigio, las feministas más ultrarradicales, tan propensas a chorradas, callan en todo esto como meretrices –viejo dicho popular, no cosa mía– o como tumbas, que suena menos machista. Están demasiado ocupadas en cosas indispensables, como afirmar que las abejas y las gallinas también son hembras explotadas, que a Quevedo hay que borrarlo de las aulas por misógino, o que las canciones de Sabina son machistas y éste debe corregirse si quiere que lo sigan considerando de izquierdas.

Y aquí seguimos, oigan. Tirando por la borda siglos de lucha. Admitiendo por la puerta de atrás lo que echamos a patadas, con sangre, inteligencia y sacrificio, por la puerta principal. Suicidándonos como idiotas.

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