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Las ciudades europeas asimilan la ley de la sharia. -Giulio Meotti/Gatestone Institute-

Días después de que el Estado Islámico conquistara la ciudad de Sirte en Libia, hace dos años, aparecieron unos enormes carteles en el bastión islamista advirtiendo a las mujeres de que debían llevar prendas holgadas que cubrieran el cuerpo entero, y no ponerse perfume. Estas “estipulaciones de la sharia sobre el hiyab” incluían llevar materiales densos y ropa que no “se parezca al atuendo de los no creyentes”.

Dos años después, las tres ciudades más importantes de Europa —Londres, París y Berlín— se están inclinando de la misma manera hacia la sharia.

París ha dicho au revoir a los anuncios “sexistas” en las vallas publicitarias. El ayuntamiento de París anunció que los iba a prohibir después de que la alcaldesa socialista, Anne Hidalgo, dijera que la medida significaba que París estaba “siendo pionera” en la lucha contra el sexismo. El alcalde de Londres, Sadiq Jan, también prohibió los anuncios que promovieran “expectativas no realistas sobre la imagen física y la salud de las mujeres”. Ahora Berlín prevé prohibir las imágenes donde las mujeres aparezcan como “guapas pero débiles, histéricas, tontas, locas, ingenuas o gobernadas por sus emociones”. Harald Martenstein, de Der Tagesspiegel, dijo que la medida “podría haber sido sacada del manifiesto talibán”.

Lo irónico es que esta ola de moralidad y “virtud” proviene de ciudades gobernadas por políticos de izquierdas desinhibidos, que durante años han defendido la liberación sexual.

Hay una razón para esta grotesca campaña de prohibición de imágenes. Estas ciudades tienen importantes porcentajes de población musulmana. Y los políticos —los mismos que promulgan fanáticamente el multiculturalismo obligatorio— quieren complacer al “islam”. Ahora, uno de los puntos centrales “feministas” es defender la política de la sharia, como hace Linda Sarsour. De resultas que hoy pocas feministas se atreven a criticar al islam.

Está ocurriendo en todas partes. Los ayuntamientos holandeses están “aconsejando” a sus empleadas que no lleven minifalda. Hay horarios sólo para mujeres en las piscinas suecas. Los colegios alemanes están enviando cartas a los padres pidiéndoles que las alumnas eviten llevar “ropa sugerente”.

El primero que propuso pedir la prohibición de los carteles o anuncios que “redujeran a la mujer o al hombre a objetos sexuales” fue el ministro alemán de Justicia, Heiko Maas, socialdemócrata.

“Exigir el velo en las mujeres o reprimir a los hombres se podría esperar viniendo de los líderes religiosos islámicos radicales, pero no del ministro de Justicia alemán”, dijo Christian Lindner, líder del Partido Democráta Libre.

En 1969, Alemania estaba sumida en un debate sobre la introducción en los colegios del Sexualkundeatlas, un “atlas” de ciencia sexual. Ahora lo que se intenta es desexualizar a la sociedad alemana. El periódico Die Welt dijo:

Gracias al ministro de Justicia, Heiko Maas, por fin sabemos por qué en Nochevieja, en la Estación Central de Colonia, unas mil mujeres fueron víctimas de violencia sexual: por culpa de la publicidad sexista. Demasiados modelos erotizadas, demasiada piel desnuda en nuestras vallas publicitarias, demasiadas bocas eróticas, demasiadas minifaldas en las revistas de moda, demasiado contoneo de traseros y pechos turgentes en los anuncios de televisión. Es otro paso en el camino de la “sumisión”.

En vez de pezones y nalgas, concluye Die Welt, “¿deberíamos instar al uso del burka o el velo, como hace Erdogan?”

Las mismas élites alemanas que proponen prohibir los carteles “sexistas” censuraron los crudos detalles de las agresiones sexuales masivas en Colonia. Entretanto, una mezquita liberal de Berlín, que prohibió los burkas y abrió sus puertas a gais y mujeres sin velo, está ahora bajo protección policial tras haber recibido amenazas de supremacistas musulmanes.

Las élites europeas han adoptado una doble vara de medir: se enorgullecen de acoger una exposición con un crucifijo cristiano sumergido en orina, pero claudican rápidamente ante las exigencias musulmanas de censurar viñetas del profeta islámico Mahoma. Las autoridades italianas se tomaron muchas molestias para ahorrarle al presidente de Irán, Hasán Ruhaní, ver la desnudez de las antiguas esculturas en los Museos Capitolinos de Roma.

El público occidental parece fascinado por los velos islámicos. Ismail Sacranie, fundador de Modestly Active, la empresa que diseña burkinis, declaró a The New York Times que el 35% de sus clientes son no musulmanes. Aheda Zaneti, una libanesa que vive en Australia y que inventó el burkini, afirma que el 40% de sus ventas son a mujeres no musulmanas. El público occidental, que ha romantizado el islam, parece estar asimilando la piedad de la ley islámica. The Spectator lo llamó “nuevo puritanismo” y se preguntó “por qué algunas feministas hacen causa común con el islam”.

Parafraseando al escritor estadounidense Daniel Greenfield, la ironía de que las mujeres celebren su propia anulación es tan sobrecogedor como estupefaciente.

Europa podría muy pronto tener que disculparse con la alcaldesa de Colonia, Henriette Reker. Fue criticada —condenada— por aconsejar a las mujeres mantenerse “alejadas” de los desconocidos para evitar el acoso sexual.

Si Occidente sigue traicionando el valor democrático de la libertad individual sobre el que se basa la civilización occidental, los fundamentalistas islámicos, como aquellos que impusieron el burka a las libanesas, empezarán a imponérselo a las mujeres occidentales. Puede incluso que empiecen por esas élites feministas que primero crearon la revolución sexual para la emancipación de la mujer en los años sesenta, y ahora están locamente enamoradas de una prenda oscurantista que oculta a la mujer en una cárcel portátil.

Origen: Las ciudades europeas asimilan la ley de la sharia

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La ONU declara la guerra a la civilización judeocristiana. -Giulio Meotti/Gatestone Institute-

2016 fue un año maravilloso para los antisemitas en Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad (CS) acaba de apuntar contra la única democracia de Oriente Medio: el Estado de Israel. Se ha sabido que la saliente Administración Obama orquestó lo que incluso Haaretz denominó una campaña de “atropello y fuga” para denigrar al Estado judío y abandonarlo a un destino sobre el que sólo se cierne el conflicto y el odio. Esto es un genocidio cultural, y no es menos peligroso que los ataques terroristas. Se basa en mentiras antisemitas y no crea una atmósfera para alcanzar la “paz”, como se ha dicho taimadamente, sino para perpetuar la guerra.

La Resolución 2334 del CS es la culminación de un vertiginoso y fructífero año para los antisemitas. El pasado noviembre, los comités de la Asamblea General de la ONU adoptaron en un solo día diez resoluciones contra Israel, la única sociedad abierta de Oriente Medio. ¿Cuántas resoluciones se han aprobado contra Siria? Una. ¿Cuántas contra el Estado canalla de Corea del Norte? Una. ¿Cuántas se aprobaron contra Rusia cuando se anexionó Crimea? Una.

Hillel Neuer, de UN Watch, observó:

Ahora que el presidente sirio, Bashar Asad, se está preparando para la masacre final de su propio pueblo en Alepo, la ONU ha adoptado una resolución –bosquejada y copatrocinada por Siria– que condena falsamente a Israel por tomar “medidas represivas” contra los ciudadanos sirios en los Altos del Golán. Es obsceno.

No se aprobó una sola resolución contra aquellos Estados que realmente vulneran los derechos humanos, como Arabia Saudí, Turquía, Venezuela, China o Cuba, por no hablar de las numerosas tiranías africanas. Se aprobó una resolución sobre las “propiedades de los refugiados palestinos”, pero ni se hizo una sola mención a las propiedades de los cristianos iraquíes de Mosul.

Otra resolución en este festín racista de Naciones Unidas concernía a la “aplicación de la Convención de Ginebra en los territorios ocupados”. Hay cientos de disputas territoriales en el mundo, desde el Tíbet a Chipre, ¿pero sólo se interpela a Israel?

Según los embusteros de Naciones Unidas, el país más malvado del mundo es Israel. El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Zeid Raad, y el príncipe jordano Zeid al Husein están patrocinando incluso una lista negra de compañías internacionales que tienen vínculos con empresas israelíes en Judea, Samaria, Jerusalén Este y los Altos del Golán, para facilitar el boicot contra Israel, con la evidente esperanza de exterminar económicamente al único país democrático y pluralista de la región: el Estado judío.

La enviada de la ONU para la Infancia y el Conflicto Armado, Leila Zerrugui, de Argelia, sugirió también incluir al Ejército israelí en la lista negra de países y organizaciones que causan regularmente daños a los niños, junto con Al Qaeda, Boko Haram, el Estado Islámico, los talibanes y países como el Congo y la República Centroafricana, tristemente conocida por sus niños soldados; pero no por supuesto a los palestinos, que siguen promoviendo el empleo de niños como combatientes y mártires. ¿Cómo es que esa jurisprudencia occidental creada tras la Segunda Guerra Mundial para la prevención de nuevos crímenes contra la humanidad está siendo ahora utilizada para perpetuar más crímenes y contra las democracias?

La comisión de la ONU sobre los derechos de las mujeres condenó a Israel como el único violador de los derechos de las mujeres. No a Siria, donde las fuerzas de Asad utilizan la violación como arma de guerra, o al Estado Islámico, que esclaviza a las mujeres de las minorías religiosas. No a Arabia Saudí, donde se castiga a las mujeres si no llevan el velo integral islámico bajo temperaturas abrasadoras, o por conducir un coche o siquiera salir de casa. No a Irán, donde el adulterio (que puede incluir el ser violada) es castigable con la muerte por lapidación. Y si los palestinos pegan a sus mujeres es culpa de Israel, adujo una experta de la ONU, Dubravka Simonovic, sin pestañear.

La Organización Mundial de la Salud de la ONU también señaló a Israel como el único agresor en el mundo contra la “salud mental, física y ambiental”, a pesar de que es el único Estado del mundo que da asistencia médica a sus enemigos (que pregunten a los hijos de los líderes de Hamás).

El profesor de Derecho canadiense Michael Lynk fue designado investigador imparcial de la ONU de las presuntas violaciones contra derechos humanos de Israel, a pesar de su largo historial de campañas antisemitas y de su militancia en numerosas organizaciones propalestinas, como Amigos de Sabil y el Consejo Nacional para las Relaciones Canadiense-Árabes.

El pasado octubre, la agencia cultural de la ONU, la Unesco, al declarar por arte de magia “islámicos” ancestrales lugares judíos bíblicos –a pesar de que el islam no existió históricamente hasta el siglo VII, cientos de años después–, pretendió, con la villana complicidad de Occidente, borrar las raíces judeocristianas de Jerusalén.

Es una atroz manipulación para tratar de borrar toda la historia judía y cristiana, para hacer creer que todo el mundo fue original y eternamente islámico, solamente. Es una yihad. Así es una yihad. No son sólo monos naranjas, decapitaciones y esclavitud. Si uno puede borrar y reescribir la historia, puede redirigir el futuro. Si no sabes de dónde vienes, ¿qué valores defenderás, por cuáles lucharás?

Los nombres importan. Si es judío, entonces se le denomina “Judea y Samaria”; si es “Palestina”, entonces puedes decir que “los judíos lo robaron” y que Israel es un “constructo colonialista” basado en la “injusticia”. ¿Por qué, entonces, nadie está señalando a todo el continente de América del Sur, conquistado a los indígenas por Cortés, Pizarro y los europeos por la fuerza de las armas?

La última resolución del Consejo de Seguridad de la ONU contra Israel no tiene que ver únicamente con los “asentamientos”, sino con la Ciudad Vieja de Jerusalén. Sus miembros quieren reiniciar la historia no en 1967, sino en 1948, cuando nació Israel.

Cuando Marcel Breuer y Bernard Zerfuss diseñaron el edificio de la Unesco, de cemento y cristal, de la Plaza Fontenoy de París, y Pablo Picasso donó frescos para él, lo más seguro es que concibieran el renacimiento de la cultura occidental tras las tragedias de la guerra, el Holocausto y la pesadilla nazi. Nunca en ningún otro lugar del mundo palabras como educación, ciencia, cultura, libertad, paz y fraternidad se repitieron tantas veces. Había esperanza y empeño en que el futuro fuera mejor, no peor. Pero el sueño no duró más que los pocos minutos del anuncio.

La Unión Soviética ya había manchado los programas culturales de la Unesco con el rojo del comunismo; por ejemplo, cuando se promovió un “nuevo orden mundial de la información” al objeto de poner fin al predominio de la prensa occidental, presentada como una “amenaza” a la “identidad cultural” de los países del “Tercer Mundo”. Bajo la Torre Eiffel, el autoritario y antioccidental Tercer Mundo se hizo con el control del centro cultural de la ONU, que se volvió, según el Washington Post, “excesivamente burocrático, costoso, despilfarrador e imbuido de prejuicios antioccidentales y anticapitalistas”.

Desde entonces, Israel sigue siendo tratado como un paria por estos criminales en lo ideológico y en lo material. El organismo de la ONU incluso dejó ver sus cartas propagando el libelo de sangre antisemita de que el “sionismo es racismo”.

En noviembre, el presidente de la Asamblea General de la ONU, Peter Thomson, lució el pañuelo de cuadros, la kefia, símbolo de la “resistencia palestina” (léase terrorismo). Esto es simplemente la continuación de la obliteración cultural de Israel, que supuestamente justificará después su obliteración física.

El destino de la civilización judeocristiana –del cristianismo y del judaísmo–, en la que se basan todos nuestros valores, está unido al del Estado de Israel. Si Israel deja de existir, también lo hará la Cristiandad. El mundo está presenciando cómo los pocos cristianos y otros no musulmanes que permanecen en el resto de Oriente Medio –en el en tiempos glorioso Bizancio cristiano– están siendo masacrados, ahora que han desaparecido los judíos y los griegos.

La guerra de Naciones Unidas contra los judíos de Israel es, en el fondo, una guerra contra Occidente. La ONU y quienes la defienden están allanando enérgicamente el camino al Califato europeo

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La guerra de Erdogan contra Occidente. -Burak Bekdil/Gatestone Institute-

En 2005, el entonces el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, junto con su homólogo español, José Luis Rodríguez Zapatero, se convirtieron en copresidentes de la iniciativa global auspiciada por Naciones Unidas que llevaba el sofisticado nombre de Alianza de Civilizaciones. Doce años después, Zapatero es un político retirado, el mundo occidental se enfrenta a una pluralidad de amenazas islamistas y yihadistas y Erdogan está en guerra contra la civilización occidental.

Erdogan, que ha sido calificado como el líder más virulentamente antiisraelí de todo el mundo, comparó una vez las operaciones de Israel en Gaza con las de Hitler (“Esos que condenan a Hitler por el día y por la noche superan sus barbaridades”). Hace poco, Erdogan dijo que las prácticas alemanas en curso –presumiblemente, la de prohibir que políticos turcos den mítines en Alemania en defensa de Erdogan con motivo del referéndum que se va a celebrar en Turquía– no son diferentes de “las prácticas nazis del pasado”. En otro discurso se quejó de que el nazismo “sigue vivo en Occidente”. Para Erdogan, los holandeses son “débiles e innobles” y “vestigios del pasado nazi y los fascistas”; y Holanda, país que perdió más de 200.000 ciudadanos durante la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, una “república bananera”.

A la Unión Europea, a la que en teoría aspira a unirse Turquía, le ha dicho: “Si hay algún nazi, sois vosotros”.

Irónicamente, la ira turca contra Occidente, en un conflicto reciente entre varias capitales europeas y Ankara (por la pretensión de Erdogan de celebrar mítines políticos en toda Europa para dirigirse a millones de turcos expatriados), revela un inconfundible y profundamente arraigado antisemitismo entre los seguidores de Erdogan. En la ciudad portuaria holandesa de Róterdam cientos de manifestantes turcos lanzaron piedras a la policía y gritaron “Alá Akbar” (“Alá es el más grande”, en árabe). Después, algunos de ellos, en una manifestación que estaba exclusivamente relacionada con una disputa entre Turquía y los Países Bajos, clamaron que “los judíos son un cáncer”.

“Volvemos a ver que las palabras judío y homo son insultos para estos grupos”, declaró Esther Voet, directora del Nieuw Israelietisch Weekblad.

Alguien tuiteó un bochornoso insulto contra François Hollande, el presidente francés, confundiendo su apellido con su nacionalidad.

Un gánster que disparó en un club nocturno se defendió diciendo que en realidad quería disparar contra el edificio del consulado holandés.

Por ver el lado más benigno de la ira turca: en otra protesta en Holanda, los seguidores de Erdogan sajaron, machacaron y exprimieron naranjas (el naranja es el color de la Familia Real holandesa). La Asociación Turca de Productores de Carne Roja mandó 40 vacas holandesas Holstein de vuelta a Holanda. Similarmente, un miembro de un consejo de distrito de Estambul dijo que iba a sacrificar una vaca procedente de los Países Bajos en venganza contra los holandeses.

Uno podría simplemente reírse e ignorar la forma en que los turcos expresan su enfado con los holandeses, que deportaron a un autoinvitado ministro turco que tenía la intención de dar un discurso a la comunidad turca de los Países Bajos.

La retórica oficial en Ankara, sin embargo, pone de manifiesto la irreversible incompatibilidad entre las culturas democráticas de Europa y Turquía. Para Erdogan, “el espíritu del fascismo campa a sus anchas” en Europa. Según su ministro de Exteriores, Mevlut Cavusoglu, Europa “se dirige hacia el abismo”. Y no se trata de mera retórica.

Sin saber muy bien hacia dónde dirigir su campaña antioccidental, Turquía bloqueó algunos ejercicios militares y otros trabajos con países aliados en la OTAN, obstaculizando así el programa de la Alianza Atlántica de cooperación con países no pertenecientes a la UE. “Esto es puerilmente hostil”, dijo un diplomático de la OTAN en Ankara.

En lugar de abrazarla como aliada y futura socia, Turquía parece pensar que puede dominar Europa mediante el chantaje. Erdogan amenazó con anular un controvertido acuerdo con la UE rubricado en marzo de 2016 para canalizar el flujo de decenas de miles de refugiados de Turquía a Europa a cambio de ayuda financiera y de la exención de visado para los turcos. La UE podía “olvidarse del acuerdo”, declaró Erdogan hace medio año. Secundando sus amenazas, su ministro del Interior, Suleyman Soylu, advirtió a la UE afirmando que entraría en “shock” si Ankara enviara “15.000 refugiados al mes”. Soylu dijo que iba a hacer que a los líderes de la UE “les explotara la cabeza” con una nueva crisis de refugiados.

Parte de esta incendiaria y chantajista retórica antioccidental puede tener el objetivo de atraer a una base electoral cada vez más aislada y nacionalista de cara al crítico referéndum del 16 de abril, por el cual se ampliarían significativamente las competencias presidenciales de Erdogan. Pero también tiene que ver con que Erdogan se ve y se presenta a sí mismo como defensor global de una opaca “causa musulmana” bajo una especie liderazgo turco [léase de Erdogan] de tipo califal contra el “hostil” Occidente. Como los islamistas saben que no pueden derrotar a Occidente utilizando el poder duro, tiran de la yihad blanda.

No fue casualidad que el ministro de Exteriores turco, Cavusoglu, no hablara de “disputa” o “crisis diplomática”, o de “negociar una solución”. Habló de “guerras religiosas”.

“Pronto estallarán guerras religiosas en Europa”, dijo. “Así están las cosas”. Pero ¿cómo creen los islamistas turcos (y otros) que pueden ganar las futuras guerras religiosas? ¿Cómo creen que va a funcionar su principal arma de guerra –el poder blando– a la hora de lograr una victoria islámica definitiva frente a una civilización “infiel”?

Erdogan tiene la respuesta: exhortó a los musulmanes de toda Europa a tener familias numerosas para “combatir las injusticias de Occidente”. No sólo eso. También dijo:

Id a vivir a los mejores vecindarios. Conducid los mejores coches. Vivid en las mejores casas. No tengáis tres hijos, tened cinco. Porque sois el futuro de Europa. Esa será la mejor respuesta a las injusticias que se cometen contra vosotros.

Los islamistas como Erdogan no sueñan con conquistar territorio infiel con aviones de combate, tanques y bombas. En esta “guerra religiosa”, su principal armamento es el cambio demográfico a favor de los musulmanes.

Es hora de recordar el poema que recitó Erdogan en un mitin allá en 1999:

Las mezquitas son nuestros cuarteles,
nuestros domos son nuestros cascos,
los minaretes son nuestras bayonetas
y los creyentes nuestros soldados.

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