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Contra la hispanofobia. -Hermann Tertsch/ABC-

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Cambalache en peligro. -Hermann Tertsch/ABC-

Puigdemont pasea por Gante. Puigdemont se hace fotos con turistas. Puigdemont arenga a peregrinos de Gerona. Puigdemont pasea a españoles «progresistas». Puigdemont quiere volver. Puigdemont se quiere quedar. Puigdemont invita a Rajoy. Puigdemont desprecia a García Albiol. Los maltratados españoles ahora ya no solo estamos condenados a vivir todo el día pendientes de los malos humores e hipersensibilidades de una de las regiones más ricas y privilegiadas de España. Los españoles ahora hemos sido condenados a convivencia cotidiana en casa, de encender el televisor, con un delincuente mentiroso y charlatán. Todas las cadenas han decidido que es de vital importancia para todos nosotros saber en todo momento todo lo que diga, piense, pasee, respire, coma… Carles Puigdemont, ese ser mediocre enchufado del corrupto régimen, títere suplente de la mafia golpista.

Es difícil alcanzar a entender cuáles son los criterios que llevan a las televisiones a considerar máxima prioridad de sus fines informativos tenernos al tanto de todo lo que haga ese delincuente que hace unas semanas llevó a una región española al borde del enfrentamiento civil. El día 21 de diciembre gracias a las decisiones del gobierno de España entraremos en la siguiente variación del golpe de Estado. Si los españoles en Cataluña y fuera de ella no lo impiden, veremos cómo la derrota de una banda de cobardes y taimados golpistas lograda por unos servidores firmes y dignos de la Justicia española se transforma en la enésima concesión de privilegios a esos mismos golpistas para que restablezcan su poder y se legitimen de cara a los suyos y al exterior.

El culto al delincuente Puigdemont me recuerda a aquel genial ladrón francés, Jacques Mesrine, que con sus atracos, sus fugas y su carácter indomable alcanzó fama y simpatía no solo en Francia. La policía francesa, harta de él, lo cosió a balazos en una escapada en 1979. Mientras estuvo vivo, el público suspiraba por saber de sus comidas y mujeres o sus pasatiempos, dentro y fuera de la cárcel. Como nuestro Puigdemont, que dicen que podría ganarle a ERC, cuyo jefe está aun en Estremera. ERC tiene un problema. Con Marta Rovira, esa pobre mujer más elocuente cuando llora que cuando habla, no se gana ni compasión. Puigdemont, dicen, remonta. Pues lo mismo da. Porque el problema de Cataluña no está en Barcelona ni Bruselas. Sino en Madrid donde se lucha denodadamente por tender puentes y llegar a acuerdos con los golpistas para restablecer a toda costa el relato que, con horror, ven tambalearse: el de la «hegemonía natural» nacionalista en Cataluña. Les daría pavor un resultado que permitiera gobernar a Ciudadanos. Anunciaría el fin del largo pretexto del mal menor en La Moncloa. No se dará. Ya se ocuparon con plazos y fechas de que fuera imposible. Sin embargo, como ha sucedido estos meses, tampoco saldrá nada como esperan quienes no tienen otro interés que seguir donde están. En eso, en el fracaso del cambalache, depositan muchos españoles sus esperanzas.

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Un desembarco argelino. -Hermann Tertsch/ABC-

Lo que más asusta es la calma con la que algunos se lo toman. Televisiones, radios y medios escritos informaban ayer como de un vulgar suceso de lo que es, por desgracia, mucho más que eso. En 24 horas habían llegado ayer a la costa murciana al menos 44 pateras con cerca de quinientos inmigrantes ilegales, en su inmensa mayoría jóvenes varones árabes. Con un dato muy especial a tener en cuenta: procedían de Argelia. Que es sin duda el punto de origen más temido por quienes observan la situación de la seguridad en el Mediterráneo y las fronteras europeas a medio plazo. Argelia ha cuadruplicado su población en medio siglo y es con más de 40 millones de habitantes ya el país más poblado y más joven del Magreb.

El comienzo de una presión migratoria ilegal argelina tolerada o no reprimida por sus autoridades es una de las pesadillas más consistentes para los responsables de la seguridad del flanco meridional europeo. La costa mediterránea española podría convertirse rápidamente pronto en un escenario dantesco, como los que se han ofrecido en ciudades portuarias italianas en el pasado año. De repente, el viernes las pantallas de vigilancia de la costa en Cartagena comenzaron a detectar movimientos en lo que pronto parecía toda una invasión, obviamente organizada y sincronizada, de pequeñas embarcaciones. Buques de Salvamento Marítimo salieron a interceptarlas y todos los inmigrantes ilegales fueron traídos a suelo español. El único que realmente parecía ayer ser consciente del gravísimo momento era el delegado del Gobierno en Murcia, Francisco Bernabé. Calificaba sin ambages esta oleada de pateras como «un ataque coordinado contra nuestras fronteras y, por tanto, contra las fronteras de la UE». E intentaba subrayar la necesidad de que estos inmigrantes fueran expulsados. No lo decía tan claramente, porque no sería delegado de este gobierno si lo hiciera. Decía que había que controlar antes, lo que se sobreentiende, si hay algún caso que pudiera ser aceptado como refugiado político. Lo más seguro es que no lo haya. Lo casi seguro es que al final todos se queden deambulando por España o prosigan hacia el norte de Europa.

Los traficantes parecen haber cambiado su ruta después de los Balcanes e Italia a España. Pronto podríamos estar con decenas de barcos de ONG e instituciones oficiales creando un flujo constante de inmigrantes ilegales desde Argelia a España, como se ha hecho en la costa libia con Italia. Las consecuencias para la seguridad de España y toda Europa son incalculables, pero en todo caso aterradoras. Nadie se atreverá en España a proponer como han hecho políticos en otros países europeos que el salvamento debe consistir en rescatar a los náufragos y devolverlos a la costa de origen. Pedir un discurso y una política sólidos en defensa de la inmigración legal y por tanto de guerra a la ilegal es algo que exige sentido común, valentía política y ganas de decir la verdad.

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