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Detenido un inmigrante magrebí por asesinar a puñaladas al sacristán de iglesia de Alcalá la Real (Jaén)

El alcalde pide que “cesen los mensajes de odio que circulan por las redes” y que se eviten las concentraciones de repulsa.

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La inmigración y el flautista de Hamelin. -Yolanda Couceiro Morín/La Tribuna del País Vasco-

El último asalto masivo a la valla fronteriza de Ceuta con una violencia inusitada por parte de varios cientos de inmigrantes ha traído mucha cola mediática en todos los sentidos. La avalancha ha encontrado, como era de esperar, partidarios y defensores que exculpan a los violentos diciendo que “sólo quieren entrar en España” o razones de similar ingenio y nivel intelectual algo inferior al que pueda tener un atún.

Los partidarios y defensores de un fuerte control migratorio, de expulsión de ilegales o de devoluciones en caliente y, por descontado, de un castigo adecuado a los violentos, se han visto nuevamente tratados como gentuza antisocial, nostálgicos, xenófobos, etc…

El mensaje que se lanza al exterior es simplemente una triste confirmación del grado de desorden político, intelectual y moral que aqueja a la sociedad española, y una evidencia de la quiebra sicológica y espiritual de gran parte del país.

Cierto es que los gobernantes manifiestan diariamente su impotencia y su ineficacia para proteger las fronteras. Pero no menos cierto es que, dentro de éstas, una parte significativa de la población exige a las autoridades con la fuerza del número y por medio de la movilización callejera (y con un brío que no manifiesta para causas más justas, urgentes y sobre todo patrióticas) que haga todo lo necesario y posible para acelerar el proceso de descomposición de España, completar su ruina y sumir al país en el caos y la destrucción pidiendo la abolición de las fronteras, exigiendo acoger refugiados y facilitando más y más la inmigración masiva y descontrolada. La consigna actual de toda esta gente es: quitar las vallas, abrir las puertas de par en par y permitir el libre paso de todo aquel que quiera venir a España. Acoger a todos.

Observando estos acontecimientos con la sangre fría que nos exige la gravedad de la situación y la inminencia de la tragedia que estamos viendo crecer y afianzarse ante nuestros ojos, vemos que la inoperancia de nuestro Gobierno para garantizar la inviolabilidad de nuestra soberanía ante el asalto continuo de nuestras fronteras, y la complicidad explícita y sin disimulos con éstos de una parte importante de la ciudadanía que ha perdido literalmente la cabeza, guardan una relación íntima y hasta lógica. ¿Pues, por qué defender las fronteras de una nación si el pueblo de esa nación pide a gritos la invasión y el propio gobierno la propicia y desea?

Creo poder afirmar que nos encontramos ante una situación inédita en la historia de la Humanidad. Aquello de “nada hay nuevo bajo el sol” se convierte en una falsedad ante la locura colectiva del pueblo español, que corre a su perdición contento de sí mismo, orgulloso de su vocación suicida.

Algunos se preguntan por qué en España se ha llegado al absurdo y demencial extremo de reclamar aquello que cualquier inteligencia medianamente constituida sabe que es altamente pernicioso, dañino y aun mortal para un país, a saber, la acogida descontrolada de unos mal llamados refugiados que están generando desasosiego en las sociedades que los han recibido. Podemos, sí, apuntar a la quiebra cultural, moral y espiritual, que es el corolario de décadas de una perversa manera de entender las cosas esenciales de la existencia: llevamos en España muchos años de auténticas perversiones en todos los órdenes de la vida nacional como para sorprendernos del resultado obtenido, consecuencia inevitable de una larga empresa de demolición de todo cuanto hay de noble y de sagrado en la idea de patria, de bien común, de solidaridad entre los miembros de una misma historia, una memoria compartida y un destino común. España se ha vuelto un país insignificante, una sociedad mediocre, una nación intrascendente. Todo cuanto hizo una vez su nobleza y su gloria ha sido arrasado por el egoísmo y la rivalidad fomentadas entre los hijos de una misma tierra y una misma sangre. El pueblo se ha vuelto una masa amorfa, sin personalidad, sin carácter, sin grandeza, con desapego y ojeriza hacia los propios, con un extraño e injustificado amor por los forasteros.

España está enferma y en su febril desvarío ve a sus hermanos como enemigos y a los extraños como aliados. Nadie medianamente lúcido pude ver en estas manifestaciones de solidaridad con esos famosos refugiados el signo de una salud moral digna de encomio y homenaje, como pretenden hacernos creer. Al contrario, es el sistema de las mentes trastornadas, de los corazones podridos, de las almas malas. Cuando en una sociedad o en una familia se prefiere sistemáticamente a los forasteros antes que a los paisanos, a los extranjeros antes que a los compatriotas, a los hijos ajenos antes que a los propios, esa sociedad o esa familia han dejado de ser normales, se han desviado del recto camino que dictan los sanos instintos del hombre y ordena el buen gobierno de las naciones. Y eso no puede traer sino dolor y sufrimiento.

Las causas que han llevado a ese desvarío son muchas y son conocidas por los que saben que nada hay que no sea inducido y provocado por quienes tienen los medios y los conocimientos para hacerlo. Estamos asistiendo sin duda alguna a la implementación de experimentos sociales de una gran complejidad técnica y de alcance insospechado. Los amos del juego dominan a la perfección los instrumentos altamente sofisticados de la manipulación y acondicionamiento de los comportamientos. Y el rebaño está respondiendo adecuadamente a los estímulos a los que viene siendo sometido desde hace años y desde una multiplicidad de fuentes y frentes. El lavado de cerebro, la manipulación, la propaganda, han hecho maravillas en el cerril rebaño lanar que corre balando hacia donde lo llevan los perros del pastor.

Todo ocurre un poco (o un mucho) a la manera del cuento del flautista de Hamelin: la flauta portentosa suena y las ratas van en tropel hacia donde se les indica, encantadas e hipnotizadas por la magia del sonido, perdido todo sentido de prudencia, todo resto de cautela, todo vestigio de sensatez, toda señal de inteligencia, todo rastro de discernimiento. El flautista toca en nuestras calles, en nuestros medios, en nuestros pueblos y ciudades: no hay más voluntad que seguir esa música que hechiza con los sones de la falsamente enriquecedora multicultura, de la febril empatía, de la vocinglera solidaridad, de la enfermiza adhesión a la causa del extraño, del anormal desprecio al propio. Hemos perdido, como las ratas del cuento, cualquier prudencia, cautela, sensatez, inteligencia, discernimiento, sentido común. Sólo podemos, sólo queremos, seguir al flautista que sigue tocando y cautivando a las masas, haciéndolas caminar al son que quiere, aunque sea para su propia perdición.

Como en el cuento.

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Papeles para todos. -Luis del Pino/LD-

¿Por qué está en ascenso la ultraderecha en toda Europa? En Austria, Italia o Chequia, ya está en el gobierno. En Dinamarca, es segunda fuerza y forma parte de la mayoría parlamentaria. En Eslovenia fue primera fuerza en las últimas elecciones. En Alemania, ha irrumpido en el parlamento federal como tercera fuerza, con 91 escaños, y las encuestas la muestran ya empatada en el segundo lugar con el declinante partido socialdemócrata. En Suecia, cada vez más sondeos apuntan a la posibilidad de que la ultraderecha gane las elecciones previstas para el 9 de septiembre. En Hungría o Polonia, no solo gobierna la ultraderecha, sino que la izquierda ha desaparecido prácticamente del parlamento. En Holanda o Francia, Geert Wilders o Marine Le Pen mantuvieron en vilo a toda Europa ante las serias posibilidades de que obtuvieran la victoria…

¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué este giro a la derecha populista y ese declive de la izquierda y la derecha tradicionales? Normalmente,se suele apuntar a la explosiva combinación de dos factores: la crisis económica iniciada hace una década y los problemas derivados de una inmigración masiva y mal gestionada, pero déjenme que intente ser algo más preciso.

Permítanme ilustrarlo con algo que me ha sucedido en Twitter hace unos días.

El pasado fin de semana, Pablo Casado manifestó que era imposible la política del “papeles para todos”, siendo inmediatamente objeto de fuertes críticas por parte de Podemos o del PSOE, que tildaban al nuevo líder del PP de racista o xenófobo.

Viendo esas críticas, yo dije en Twitter que me parecían un error, porque la inmensa mayoría de la gente entiende y comparte esa afirmación de Casado. Simplemente, porque es de sentido común: si no hay dinero para acoger a todo el mundo, no podemos abrir las puertas sin más. De modo que esas críticas a Casado, lejos de dañarle electoralmente, le refuerzan.

Y entonces una persona me contestó en Twitter con un mensaje que creo que resume perfectamente el por qué del ascenso de la ultraderecha: “Es una cuestión ética”, me decía esta persona, “hablar de la realidad de tantos seres humanos y hacerlo en profundidad. Muchos discursos pero no parece que habléis de vidas humanas. Esas que tenéis para que limpien vuestras casas, paseen a vuestros padres y recojan las cosechas”.

Esta persona hacía en su mensaje una apelación sentimental con la que estoy de acuerdo: al hablar de inmigración, no debemos olvidar que hablamos de seres humanos. Pero a continuación realizaba una caricatura profundamente errónea, deslizando la idea de que los mismos que se oponen a la inmigración son los que luego tienen criadas inmigrantes para limpiar sus casas o pasear a sus padres.

Esa caricatura es, precisamente, la que está llevando a Europa a una ola de populismo. Porque no es verdad que los que tienen criadas inmigrantes, o trabajadores inmigrantes en sus fincas, sean los que se oponen a la inmigración. Es justo lo contrario: el rechazo a la inmigración en Europa es tanto más fuerte cuanto más desciendes en la escala socioeconómica. En Francia, sin ir más lejos, el Frente Nacional recibe sus votos de obreros y asalariados; las clases ilustradas, los pensionistas y la gente acomodada, votan a Macron.

Y la razón es muy simple: la gente de dinero no tiene necesidad de competir con los inmigrantes. Quienes compiten con los inmigrantes por las ayudas sociales son las personas con menos recursos económicos, no los que no necesitan ayudas sociales. Quienes compiten con los inmigrantes por el uso de los servicios públicos son los que usan esos servicios públicos, no los que tienen dinero para pagarse una sanidad o una educación privadas. Quienes conviven a diario con los inmigrantes son los que habitan en los barrios más degradados, no los que viven en las zonas ricas.

Un pijo con criada y mayordomo como el que ese interlocutor me retrataba en su tuit, no tiene que soportar un piso patera en la planta de abajo de su bloque de viviendas, por la sencilla razón de que lo más probable es que viva en un chalet vallado, situado en algún barrio donde los únicos inmigrantes que entran son, precisamente, los que van a trabajar en el servicio doméstico.

Esa ceguera es la que está haciendo a Europa virar hacia el populismo. Enfrentados al problema de la inmigración descontrolada y al consiguiente malestar social, la izquierda progre y la derecha bienpensante recurren a la caricatura y a la descalificación, pretendiendo equiparar el rechazo a la inmigración con el clasismo conservador, cuando es todo lo contrario: es el antiguo votante de los partidos de izquierda, de nivel socioeconómico bajo, el que está nutriendo con su voto a los partidos populistas. Porque es ese votante, y no el de los partidos conservadores clásicos, el que más sufre los problemas ligados al descontrol de la inmigración.

Cuando el PSOE o Podemos critican a Casado por el tema migratorio, demuestran desconocer los problemas que viven sus propios votantes. Cuando Pedro Sánchez anuncia sanidad gratuita para los sin papeles, demuestra que no le importa ni poco ni mucho cómo va a repercutir eso en la calidad de la atención sanitaria que sus propios votantes reciban.

Y eso es una receta segura para el desastre. Luego, cuando la ultraderecha se impone en cada vez más países, los partidos clásicos, especialmente en la izquierda, culpan al votante: “si Trump gana, es porque el votante americano es idiota”. Cuando lo que deberían decir es: si el populismo gana, es gracias a nuestra ceguera y a que hemos hecho oídos sordos a los problemas de quienes hasta ahora nos votaban.

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La hora definitiva de Europa -Jesús Laínz/LD-

Con aceleración creciente, los habitantes de nuestro planeta asistimos a un proceso nuevo en la historia, aparentemente imparable, bautizado con el confuso nombre de globalización. Dicho proceso, consistente en la progresiva conversión del orbe entero en un mercado único regulado por entidades supranacionales, implica la eliminación gradual de las soberanías nacionales mediante la fusión de los Estados en estructuras superiores y la simultánea eliminación de los sujetos nacionales mediante el traslado masivo de poblaciones. De este modo, al fin de los Estados le acompañará el fin de las naciones.

Muchas personas e instituciones –y no precisamente las menos influyentes, como Soros, la ONU y la UE– consideran que las diferencias entre los pueblos son obstáculos para el progreso y la paz, por lo que sería deseable que todos los hombres vivieran del mismo modo, tuvieran las mismas opiniones, se rigieran por las mismas normas y estuvieran sujetos a la autoridad del mismo Gobierno global.

Pero quizá habría que considerar la posibilidad de que el paso de una apisonadora uniformizadora mundial condujera a un desolador empobrecimiento contrario a la realidad de la humanidad. Nada hay que indique la necesidad de la supresión de toda diferencia nacional. Son indemostrables las ventajas que tal unificación comportaría, y quizá fuese demasiado grande el riesgo de destrucción de un sinfín de cosas valiosas nacidas de la misma naturaleza del ser humano.

Además, a ello hay que añadir las poderosas herramientas de control que la técnica actual pone en manos de los gobernantes –y más que seguirá poniendo–, lo que abre a los pocos empeñados en defender la libertad y dignidad del hombre perspectivas no precisamente tranquilizadoras. Ya lo dijo hace siglo y medio Ernest Renan:

La existencia de las naciones es buena, incluso necesaria. Su existencia es la garantía de la libertad que se perdería si el mundo no tuviera más que una ley y un amo.

Éste es el gran reto con el que habrá de enfrentarse el mundo del siglo XXI, reto ante el que palidecen todos los demás, por grandes que puedan parecer a los miopes que nos gobiernan y los ciegos que les siguen. Y muy especialmente deberá enfrentarse a ello Europa, la porción más afectada del planeta.

Europa es un continente de marcadas características y de esencial papel en el devenir de la humanidad. La pervivencia de todo ello está hoy en peligro debido al autoodio de unos europeos avergonzados de serlo, su escasa natalidad y la creciente inmigración extraeuropea. Los violentos sucesos en la frontera de Ceuta vuelven a demostrar que las leyes de la geopolítica hacen de Europa el receptor necesario del exceso demográfico y la ineficacia política africana, explosivo cóctel que no parará de enviar inagotables riadas de inmigrantes ilegales a un continente que, antes o después, tendrá que imponer sus límites o naufragar en el caos. La población actual de la UE es de 500 millones y la de África, de 1.225. Según las proyecciones demográficas de la ONU, la población europea irá disminuyendo notablemente en las próximas décadas debido a los pocos nacimientos y los muchos abortos. Por el contrario, la población africana se duplicará en los próximos treinta años, a una media de 40 millones anuales. Si ya hoy la llegada de unos pocos miles provoca los problemas que estamos viendo, imaginemos la avalancha que se precipitará sobre Europa en unos años en los que África avanzará rápidamente hacia los 2.400 millones. A lo que hay que añadir –no lo olvidemos– una Asia en perpetua ebullición. Creer que acoger a los que llegan en pateras resuelve los problemas de África es lo mismo que intentar vaciar el Océano con un cubo y una pala.

Para justificar el fenómeno y acallar las pocas voces que se atreven a oponerse suele emplearse el argumento económico: el mantenimiento del sistema necesita que mucha gente de países con bajos ingresos y rápido crecimiento poblacional se mude a países con altos ingresos y una población estable o decreciente. Pero el problema es que los pueblos no viven para la economía, sino al revés. La economía no es un ente autónomo legitimado para imponer su voluntad pese a quien pese y cueste lo que cueste. Esto no parecen entenderlo quienes se muestran decididos a incrementar eternamente la producción aunque tengan que destruir el último árbol del último bosque, explotar a millones de personas por sueldos misérrimos o deportar países enteros a otros continentes. Muchos incautos adoran la inmigración porque así lo ordena el evangelio progre y porque no se han parado a reflexionar un minuto sobre la evidencia de que promover la inmigración no resuelve las causas que la provocan. Aceptar la inmigración como si se tratase de un fenómeno atmosférico, en vez de intentar eliminar sus causas, implica condenar a muchos millones de personas a seguir sufriendo los mismos problemas.

Números aparte, lo más grave es el choque cultural, religioso y jurídico que sufren tanto las poblaciones trasladadas como las receptoras, con el efecto a largo plazo de la desaparición de formas de organización social varias veces milenarias. Porque la globalización conlleva el riesgo de un aniquilamiento cultural que pocos se atreven a mencionar. Giovanni Sartori se preguntó a principios de este siglo “hasta qué punto la sociedad pluralista puede acoger sin desintegrarse a extranjeros que la rechazan”. Y, como conclusión de su ensayo sobre el futuro multiétnico al que parece abocada Europa, advirtió: “En Europa, si la identidad de los huéspedes permanece intacta, entonces la identidad a salvar será, o llegará a ser, la de los anfitriones”.

Finalmente, ¿hay alguien capaz de negar que este proceso provoca frecuentes conflictos violentos, desde asaltos de fronteras, delincuencia rampante, dramas domésticos, disturbios callejeros y barrios al margen de la ley hasta atentados terroristas? Los vemos todos los días en todos los países de Europa, desde Ceuta y Lampedusa hasta París y Estocolmo. Durante décadas, la opinión universal ha sostenido, sin posibilidad de contradicción, que todos los países, incluidos los del llamado Tercer Mundo una vez descolonizados y dueños de sus destinos, irían progresando paulatinamente hasta equipararse a esas islas de orden y bienestar llamadas Europa y sus prolongaciones de ultramar, principalmente Norteamérica, Australia, Japón y, parcial y relativamente, algunas zonas de Iberoamérica. Pero la experiencia ha demostrado y sigue demostrando que el proceso está siendo exactamente el opuesto: esas islas de orden y bienestar avanzan sin cesar hacia su equiparación con el caos tercermundista. ¿Quién iba a decir a los franceses, los alemanes, los británicos y los españoles de hace sólo una generación que la paz, la tranquilidad, el respeto a la ley, el civismo y la seguridad iban ser cosas de un pasado perdido para siempre?

Se acerca a grandes zancadas el momento en el que Europa tendrá que decidir si quiere seguir existiendo o si se deja morir.

 

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