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¿Qué tiene en la cabeza un refugiado musulmán? -Burak Bekdil/ElMedio-

(A finales de julio, el número de refugiados y migrantes que esperaban en Grecia a que se les concediera asilo o se les deportara era de 62.407. Las cinco islas del Egeo -Lesbos, Quíos, Samos y Leros- acogen a 15.222 solicitantes de asilo y migrantes).

El otoño de 2015 fue atípico en casi todos los sentidos en la isla griega del norte del Egeo desde la que escribo. Había decenas de miles de migrantes ilegales en ella, cuya población nativa era de apenas 100.000 personas. Los nuevos refugiados llegaban cada día por millares.

Una noche, el cielo azul grisáceo retumbó poco después de ponerse el sol. Las espesas nubes se ennegrecieron y empezó a llover con un rugido. Cuando corría por la resbaladiza acera en dirección al bar de un amigo, oí a un grupo de cinco pobres hombres que hablaban persa con acento turco e iban corriendo por ahí, buscando cobijo bajo los aleros de un edificio.

Un cuarto de hora después me los encontré delante del bar de mi amigo, totalmente empapados. Salí y les pregunté si hablaban inglés; menearon la cabeza. Les pregunté en turco si hablaban turco. Con un brillo en los ojos, tres de ellos exclamaron alegremente: “Evet!” (“sí” en turco). Les dije que entraran al bar si querían. Dudaron, pero declinaron cortésmente la invitación. Les pregunté si necesitaban comida, agua o cigarrillos.

El que mejor hablaba turco dio un paso al frente. Sacó un mazo de billetes del bolsillo y dijo: “Si de verdad quieres ayudar, encuéntranos un hotel. El mejor, si es posible. Tenemos dinero. El dinero no es problema. Encuéntranos un hotel y te pagaremos una comisión”. Me explicó que todos los “malditos” hoteles de la isla estaban llenos (de refugiados) y que necesitaban habitaciones.

Me disculpé y desaparecí en el bar.

Casi dos años después, en una hermosa y fresca mañana de verano conocí a A. en un bar de la misma isla. A., refugiado sirio, suele pasar las noches yendo de bar en bar con sus amigos occidentales. Esos amigos son sobre todo románticos trabajadores sociales europeos que, según he observado varias veces, llevan camisetas, bolsas y ordenadores portátiles decorados con la bandera palestina. Están en la isla para ayudar a los desgraciados refugiados musulmanes que huyen de la guerra en sus países natales.

“Te hablaré estrictamente de musulmán a musulmán”, me dijo A. con un buen inglés tras haberse bebido unos chupitos de whiskey. “Estos [trabajadores sociales europeos] son muy raros. Y no sólo raros. Son también estúpidos. No sé por qué demonios están fascinados con una causa musulmana que incluso algunos musulmanes despreciamos”.

El año pasado, tres afganos se detuvieron delante de mi casa en la misma isla y me pidieron agua. Les di tres botellas y les pregunté si necesitaban algo más. ¿Café? Aceptaron y se sentaron en las sillas del jardín.

Tomando el café, dijeron que se alegraban de que los acogiera, “no un infiel en esta isla infiel”, sino un musulmán. Un joven afgano que iba vestido como un bailarín de un videoclip hiphopero barato de la MTV me dijo: “Un día, nosotros, los buenos musulmanes, conquistaremos sus tierras infieles”. Le pregunté por qué recibía dinero “infiel” para poder vivir. “Es halal [está permitido]”, respondió. “Ellos [los infieles] son demasiado fáciles de engañar”.

M., otro sirio que hablaba inglés con fluidez, me dio una larga charla sobre el maravilloso estilo de gobernar del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. “¡Turquía es el mejor país del mundo!”, me dijo. “Erdogan es el líder de la umma”. Le pregunté por qué había arriesgado su vida para cruzar ilegalmente desde “el mejor país del mundo” a las “pobres tierras infieles”. “Quiero ir a Europa y aumentar su población musulmana”, me respondió. “Quiero formar una familia musulmana allí. Quiero tener un montón de hijos”. Le recordé que Grecia también es un país europeo. No, no lo es, replicó.

Casi todos los migrantes ilegales en esta y otras islas griegas quieren llegar a Alemania, donde, según les han contado amigos y familiares, se les pagará mejor por ser unos “pobres” refugiados. El cliché de esas-pobres-almas-están-huyendo-de-la-guerra-en-su-país-natal se está volviendo menos convincente cada día. Pero ¿por qué, entonces, arriesgan la vida y se apretujan con otras 40 o 50 personas (incluidos ancianos y niños) en botes de goma con capacidad para sólo 12? ¿Por la guerra en Turquía?

No. A pesar de la inestabilidad política y la inseguridad general, técnicamente no hay guerra en Turquía. Es un país musulmán cuyos migrantes -la mayoría de ellos musulmanes- quieren abandonar lo antes posible para irse a la Europa no musulmana.

Llegan a las costas de las islas griegas, que son tan bellas que gente de todo el mundo cruza el mundo en avión para pasar sus vacaciones en ellas. Pero no son lo suficientemente buenas para ellos. Quieren ir a Atenas. ¿Por qué? ¿Porque hay guerra en las islas griegas? No. Es porque Atenas es el punto de partida en la ruta de salida a los Balcanes.

La misma lógica se aplica a Serbia, Hungría y Austria. Como Grecia, ninguno de esos países será lo suficientemente bueno para los refugiados. ¿Por qué no? ¿Porque hay guerra en ellos? ¿O porque “mi primo me dice que donde mejor se paga es en Alemania”?

Los líderes turcos amenazan a menudo a Europa con “abrir las puertas e inundar Europa con millones de refugiados [sirios]”. En vez de eso, deberían preguntarse por qué esos refugiados musulmanes están tan ansiosos por abandonar el “nuevo imperio turco” a la menor oportunidad. ¿Por qué no deciden vivir una vida cómoda en un país musulmán poderoso y pacífico, en vez de ir en masa al Occidente “infiel”?

Erdogan culpa a Occidente de la tragedia. Ha criticado a Occidente por haber aceptado únicamente 250.000 refugiados sirios. En 2016, el entonces primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, dijo que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debían pagar el precio, no los vecinos (musulmanes) de Siria.

Resulta irónico que millones de musulmanes estén intentando, por medios peligrosos, alcanzar las fronteras de una civilización a la que históricamente han culpado de todos los males del mundo, empezando por los de sus propios países. El romántico Occidente no se pregunta por qué millones de musulmanes que lo odian se encaminan hacia él. ¿O es “islamófobo” señalar que no hay guerra en Grecia, Serbia, Hungría o Austria?

© Versión original (en inglés): Begin-Sadat Center for Strategic Studies (BESA)
© Versión en español: Revista El Medio

Origen: ¿Qué tiene en la cabeza un refugiado musulmán?

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Últimas peripecias de la Inquisición progre. -Jesús laínz/LD-

En esto consiste la Inquisición progre, en la denigración impune de todo lo que caracteriza históricamente a Europa y el servilismo hacia todo lo que pueda serle nocivo.

Cinco días después del atentado de Barcelona, Enrique Álvarez, responsable del Servicio de Cultura del Ayuntamiento de Santander, publicó en el Diario Montañés un artículo, titulado “El Islam y el mal”, en el que vertió algunas opiniones que no han sido precisamente bien recibidas por parte de algunos creadores de opinión locales.

Para resumir, el artículo giraba en torno a la idea central de que

el Islam es una religión mala y perversa porque niega la cualidad esencial de Dios, el Amor (…) porque niega por completo el libre albedrío humano, porque tiene una concepción totalmente determinista y fatalista del hombre (…) porque niega la igualdad esencial en dignidad y derechos de todos los seres humanos (…) y porque ha traído al mundo, desde el minuto uno hasta el día de hoy, un sinfín de guerras, de odios y de divisiones irreconciliables, tanto en su ámbito interno como en sus relaciones con la cristiandad.

Por todo ello el autor proponía, “hasta donde la democracia lo permita”, no fomentar la penetración del islam en suelo europeo e intentar restaurar la influencia de la religión de Cristo.

Hasta aquí, nada que debiera llamar la atención, sobre todo si se tiene en cuenta que su autor es un conocido escritor católico que expresa sus opiniones como puede hacerlo –o, visto lo visto, debería poder hacerlo– cualquier otra persona de cualquier ideología política o creencia religiosa. Sin embargo, ha estallado el escándalo entre los militantes de la Santa Inquisición Progre –periodistas y políticos de PSOE, IU y Podemos–, los cuales y las cualas, mesándose los cabellos, han pedido la destitución de su responsabilidad municipal e incluso la apertura de investigaciones para determinar si podría considerársele reo del delito de odio para hacerle pasar por los tribunales por haber escrito tan pecaminosas palabras.

Que se esté de acuerdo o no con estas opiniones es irrelevante, y a nadie deberían escandalizarle ni nadie debería pretender acallarlas. Al fin y al cabo, en eso consiste la libertad de expresión proclamada en nuestra Constitución: en no poder impedir que se expresen las ideas que no compartimos.

Pero lo más divertido del asunto es el doble rasero que estos virtuosos de la hipocresía aplican a los asuntos religiosos. Ahorrémonos explicaciones mediante el simple relato de unos hechos acaecidos, también en estos últimos días agosteños, en la vecina Bilbao. Porque con motivo de la reciente Semana Grande, a la “konpartsa libertaria” Hontzak no se le ha ocurrido mejor modo de decorar su caseta que con una imagen de Jesucristo crucificado dividido en las porciones anatómicas de la matanza de una res: paletilla, costillar, panceta, solomillo, falda y criadillas. A la Inquisición progre le debió de parecer estupendo, pues no dijo ni pío. Pero cuando el obispado reclamó su retirada, los señores inquisidores –por ejemplo, los de EH Bildu– clamaron por el “grave ataque a la libertad de expresión” y respondieron colgando la imagen de marras en otras casetas.

El asunto no es nuevo, evidentemente, aunque en los últimos tiempos estemos disfrutando del agravamiento y aceleración de acontecimientos parecidos a causa de la paciente siembra realizada durante las últimas décadas.

Un ejemplo entre mil: en 1999, con motivo de la celebración de su décimo cumpleaños, el diario El Mundo editó una colección de libros titulada “Las 100 joyas del Milenio”. El prólogo del Dioses y héroes de la antigua Grecia de Robert Graves fue encargado al escritor Ramón Irigoyen, quien, más que en el libro del egregio autor inglés, se centró en su resentimiento contra el cristianismo, al que consideró fuente de “demente suficiencia” entre sus fieles. Definió a los católicos españoles como “más brutos que un arado etrusco”, calificó a los crucifijos como un “mal de ojo”, se enorgulleció de “blasfemar a razón de unas doscientas blasfemias por minuto” y lamentó que la cultura griega no hubiera rozado la vida española porque “aquí, levantes donde levantes una piedra, siempre te salta al ojo una puta iglesia románica”.

¿Habría sido posible, tanto en la forma como en el fondo, un artículo semejante pero en sentido contrario? Evidentemente, ningún editor lo habría publicado jamás.

En esto consiste la Inquisición progre, en la denigración impune de todo lo que caracteriza históricamente a Europa y el servilismo hacia todo lo que pueda serle nocivo.

Ya lo explicó en 1925 el comunista francés Louis Aragon con insuperable claridad:

¡Mundo occidental, estás condenado a muerte! Nosotros somos los derrotistas de Europa. Poneos en guardia, o, mejor aún, reíd mientras podáis. Nosotros pactaremos con todos vuestros enemigos (…) Sembraremos por doquier los gérmenes de la confusión y el malestar (…) Somos los que siempre daremos la mano al enemigo.

Eso que llamamos Europa o mundo occidental lleva muerto bastante tiempo. Los europeos de nuestra generación no somos más que los últimos organismos que sobreviven a duras penas sobre su cuerpo putrefacto. Y ésos que tanto presumen de su título de progresistas, en cualquiera de sus variantes, son los gusanos encargados de terminar de comerse el cadáver.

Cómo convertir Cataluña en un vivero de islamistas. -Luis del Pino/LD-

Hace menos de dos años, publiqué un editorial que esta semana ha vuelto a adquirir una desgraciada actualidad. Aquel editorial se llamaba “República Islámica de Cataluña”. Permítanme que rescate algunos párrafos de ese editorial, actualizando los datos:

Según el último censo realizado por la Unión de Comunidades Islámicas de España, en Cataluña hay 515.482 musulmanes, más que votantes de la CUP, más que votantes de Podemos, más que votantes del PP, tantos como votantes tuvo el PSC en las últimas elecciones autonómicas.

En términos relativos, el porcentaje de población musulmana en Cataluña alcanza el 6,9%, mientras que en el resto de España es el 3,6%, prácticamente la mitad. En Gerona, los musulmanes son ya el 11,1% de la población.

Más llamativa aún que las cifras actuales, es la evolución de esas cifras: hace quince años, había unos 30.000 musulmanes en Cataluña; ahora superan el medio millón. Y los nacimientos de hijos de padres musulmanes representan ya más del 10% del total en esa comunidad autónoma.

Para acabar de completar el panorama, 79 de las 109 mezquitas salafistas que hay en España se encuentran en Cataluña.

¿A qué se debe esa anomalía estadística? ¿Cómo es posible que en Cataluña haya el doble de población musulmana que en el resto de España?

Pues tiene una fácil explicación, que ilustra lo que son los efectos secundarios de las políticas demenciales, en este caso las lingüísticas. De un lado, la política de inmersión educativa en catalán y de proscripción social del castellano ha actuado como freno para la inmigración procedente de los países hispanoamericanos. Si eres peruano y quieres trabajar en España, ¿para qué vas a complicarte yendo a un sitio donde os obligan a ti y a tus hijos a aprender un idioma nuevo? Es mucho más fácil (y más lógico) irse a trabajar a cualquier otro punto de España, donde no tienes problema ninguno de idioma. Ese fenómeno creó un vacío en Cataluña y los puestos de trabajo no cubiertos por hispanoamericanos tendieron a cubrirse con inmigrantes de otros lugares, principalmente norteafricanos y pakistaníes.

Pero no solo es que los inmigrantes hispanoamericanos se vieran disuadidos de ir a Cataluña, sino que el gobierno catalán ha adoptado una política consciente, orientada a primar la inmigración procedente de Marruecos.

Angel Colom, el que fuera secretario general de Esquerra Republicana de Cataluña hasta el año 1996 (fecha en la que abandonó ERC junto con Pilar Rahola), terminó ingresando en el partido de Jordi Pujol y fue nombrado sucesivamente embajador oficioso de la Generalidad en Marruecos, secretario de inmigración en la ejecutiva de CDC y director de la Fundación Nous Catalans. Desde esos puestos, Colom se dedicó a animar a la inmigración de jóvenes marroquíes a Cataluña, a estrechar lazos con la comunidad islámica con el fin de sumarla a la causa separatista y a visitar las mezquitas para dejar caer que a los inmigrantes les resultaría más fácil obtener la nacionalidad catalana en una futura Cataluña independiente, que la española.

La penúltima vez que Colom saltó a los medios fue en mayo de 2013, cuando el marroquí Noureddin Ziani (colaborador de Angel Colom y uno de los altos cargos de la Fundación Nous Catalans) fue deportado a Marruecos a solicitud del CNI, por promover el salafismo.

Hace algunos años, el periódico El País publicó un artículo en el que se daba cuenta del peregrinaje proselitista de Colom por las mezquitas y asociaciones musulmanas de Arenys de Mar, Manresa o El Raval, peregrinaje que Colom justificaba con estas palabras: “No se puede construir un Estado catalán sin la participación de los catalanomarroquíes”. Lo cual plantea con toda su crudeza la hispanofobia que anida en el corazón de todo buen separatista: mientras que a los españoles se les niega el derecho a opinar sobre el futuro de Cataluña, a los marroquíes sí están dispuestos a concederles ese derecho. Paradojas de la vida.

Hasta aquí aquel editorial de hace dos años. Esta semana, algunos de esos a los que desde el separatismo se llamaba con el paternalista nombre de “catalanomarroquíes” han perpetrado una masacre terrorista en Barcelona.

Evidentemente, el terrorismo ataca donde y cuando puede. E igual que se ha atentado esta semana en las Ramblas, mañana podría ser Madrid o cualquier otra ciudad española el objetivo de los islamistas. Pero está claro que las redes de captación yihadista son tanto más efectivas cuanto mayor es el número de personas a las que poder adoctrinar. No es casualidad que Cataluña albergue 3 de cada 4 mezquitas radicales, según datos de los propios mozos de escuadra: los radicales, como cualquier otra organización, se asientan allí donde un mismo esfuerzo les puede proporcionar mayores réditos, en forma de nuevos voluntarios. Es decir, se asientan preferentemente allí donde hay más población musulmana.

En su afán por desmarcarse de todo lo que oliera a España o a español, el nacionalismo ha creado en Cataluña un auténtico vivero de terroristas radicales que jamás se considerarán, por supuesto, ni catalanes ni españoles, y que han esta semana han demostrado con qué facilidad se pueden teñir de sangre las calles de cualquier ciudad desprevenida.

Origen: Libertad Digital

Islamofobia: el chantaje cultural que busca censurar la libertad de expresión — La Tribuna del País Vasco

“La islamofobia es una ingeniosa invención porque equivale a hacer del Islam un tema que no se puede tocar sin ser acusado de racismo”. Pascal Bruckner (filósofo, ensayista y novelista francés)

 

“Islamofobia: palabra creada por fascistas, utilizada por cobardes para manipular a estúpidos”.  Andrew Cummins
“Islamofobia es el Caballo de Troya de los salafistas” Manuel Valls (Publicado en L’OBS el 31 de julio de 2013 de 16:31)

 

“El fraude intelectual de la islamofobia, que pretende ser antirracista pero se utiliza como arma para silenciar a todos los críticos del Islam y a las ideas detrás de él calificándolas automáticamente como hostiles hacia todos los musulmanes”. Zineb El Rhazoui (Socióloga y superviviente del atentado islamista a Charlie Hebdo)

Desde el mundo islámico –a pesar de los millones de negacionistas que existen en él– se ha querido equiparar el antisemitismo que dio lugar al Holocausto en el que fueron asesinados 6.000.000 de inocentes con el prejuicio contra el musulmán en Occidente.
La Organización de Cooperación Islámica (57 países) parece haber estado ocupada sembrando la palabra ‘islamofobia’ en el discurso internacional de manera que fusione el prejuicio contra los musulmanes con la crítica legítima del Islam, bajo el propósito específico de prohibir lo que ellos llaman la difamación de la religión.
La “Islamofobia” es usada por algunos grupos de apologetas del Islam con el fin supuesto de proteger a los musulmanes a quienes nadie amenaza en Occidente, que disfrutan de nuestros derechos humanos que las naciones islámicas se negaron a suscribir, de nuestras instituciones, leyes, ayuda social, diversas ONG, de la ayuda de la Iglesia, Caritas, así como del “complejo de Alicia” que subyuga la conciencia occidental.
Sin embargo, en lugar de proteger a un grupo de personas contra la intolerancia, el término actúa simplemente como una manera de silenciar a los críticos. Y no me refiero solo al evidente enmudecimiento de los crímenes que perpetran musulmanes (se evita mencionar su religión).
Las personas tienen el derecho a ser evaluadas como individuos y no juzgados por su raza, etnia o religión. Las ideologías o creencias religiosas que las personas tienen, sin embargo, no tienen los mismos derechos.
Ninguna ideología es irreprochable, ya sea el Islam, el fascismo o la democracia. Cualquier religión puede tener aspectos preocupantes y criticar aquellos aspectos es un paso hacia el cambio social. Esta no es una actividad que deba ser evitada en nombre de la corrección política; debe ser considerada una herramienta básica del pensamiento crítico.
El propio término “islamofobia” es engañoso. Una fobia es un miedo irracional a algo. En el caso del Islam, sin embargo, a menudo tiene sentido práctico tener miedo. Miles de ex musulmanes temen expresarse públicamente acerca de una religión que aboga por el asesinato de sus apóstatas y victimiza a sus propios miembros, especialmente mujeres y niños inocentes.
Etiquetándolos como “islamófobos”, el Islam y sus apologetas están reconociendo que el Islam no puede resistir un análisis crítico. Una defensa que colisiona con el necesario derecho a la critica constructiva, herramienta que permitió a las sociedades occidentales desarrollar su ciencia, sus leyes, y su actual estado de bienestar.
Se debe rechazar el término “islamofobia” mientras desde ámbitos como la Organización de Cooperación Islámica y otros apologetas del Islam se utilice esa palabra como herramienta de propaganda, con el fin de silenciar la crítica legítima del Islam como ideología, permitiendo y legitimando las reiteradas violaciones de los derechos humanos que los regímenes islamistas imponen a los musulmanes y no musulmanes.
En su libro “Destruir el fascismo islámico”,  Zineb El Rhazoui llama colaboracionistas y cómplices a todos aquellos políticos occidentales que apoyan silenciar las críticas al Islam mediante la utilización del término “islamofobia”:
“Todos estos cómplices distorsionan la noble causa de la lucha contra el racismo para dar legitimidad inmerecida a una ideología que en sus resultados más extremos son los horrores del Estado Islámico, pero que también hace que las vidas de millones de musulmanes que viven en países islámicos sean francamente miserables”.
Sin dudar de la buena voluntad de los que utilizan el término “islamofobia”, las estadísticas nos muestran una realidad radicalmente diferente. Los autores de los más sangrientos atentados y crímenes de odio en Europa son mayoritariamente musulmanes.
Los medios de comunicación silencian lo que eminentes sociólogos europeos han alertado. Vean:
El “Estudio comparativo de la integración de los inmigrantes en seis países”, realizado durante 5 años con inmigrantes marroquíes y turcos en Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Holanda y Suiza, fue financiado por el gobierno alemán, y presentado en diciembre de 2013 por el Centro de Ciencias Sociales WZB Berlín , yarrojaba los siguientes resultados:
– El 65% de los musulmanes entrevistados dice que la ley islámica Sharia es más importante que las leyes del país en que viven.
-El 75% de los encuestados sostiene la opinión de que sólo hay una interpretación legítima del Corán, que debe aplicarse a todos los musulmanes.
-El 60% de los musulmanes creen que su comunidad debe volver a “raíces islámicas.”
El nivel de fobia contra Occidente entre los musulmanes es muy alto, un 54% cree que Occidente busca destruir el Islam.

Desde finales del siglo XX, los musulmanes han surgido como un nuevo grupo de antisemitas en Europa occidental. Los autores de los casos más extremos de violencia contra los judíos europeos en los últimos años eran musulmanes, y en parte justificaron sus acciones por su interpretación del Islam o con el pretexto del conflicto árabe-israelí o cualquier otra guerra en la que participe Occidente en Oriente Medio.
No hay estadísticas fiables ya que numerosos incidentes antisemitas protagonizados por musulmanes no han sido resueltos y en otros casos, el hermetismo de policía y medios de comunicación hace que sólo pueda ser un número estimativo.
Esta realidad escasamente difundida por los medios de comunicación generales es sin embargo algo cotidiano en las redes sociales. Millones de tuits cada día son lanzados con consignas antisemitas y antisionistas con innegables mensajes de odio. Son una ínfima parte de los que se difundieron cuando Israel ardía en llamas por los incendios provocados hace apenas una semana, en una nueva forma de terrorismo palestino.

Como sucede en el resto de Occidente, en España y para el mundo hispano, organizaciones islamistas y activistas pro-palestinos siguen las consignas de la Organización de Cooperación islámica.
Dicen luchar contra el discurso del odio en las redes sociales utilizando la herramienta “islamofobia” para silenciar cualquier crítica al Islam y al islamismo. Su “lucha contra el discurso del odio” incluye paradójicamente difundir contenidos y enlaces a webs islamistas de innegable carácter antisemita, con informaciones falsas o tergiversadas, con el  propósito de difundir un mensaje de odio a Israel y los Judíos.
Hipócritamente adornan sus mensajes de odio con un supuesto respeto al pueblo Judío pero con un inequívoco odio a los judíos y no judíos sionistas, que en el mejor caso son calificados de racistas y en el peor, de asesinos sin piedad. En realidad judaísmo y sionismo están intrínsecamente unidos y en el fondo, de este modo lo entienden los antijudíos, pues al incriminar al sionismo, siempre se les escapa la incorrección antisemita.

Lejos de constituir una guerra progresista contra el racismo, la industria de la islamofobia es un intento cobarde y autoritario de evitar todo debate de ideas y de traer de nuevo la obsoleta condena de la blasfemia a Europa.
Debemos compartir plenamente el enjuiciamiento a lo que se ha convertido en el más descarado chantaje cultural de nuestro tiempo, la islamofobia. La lucha contra el terror no se plantea únicamente en el terreno bélico, sino también en el ideológico.
La lucha contra la hipocresía que se esconde detrás de la “industria de la islamofobia” debe ser una de las primeras prioridades del mundo democrático después de los horribles atentados de París, Niza, Copenhague, Marsella, Toulouse, Bruselas….
A pesar del creciente poder sobre los legisladores occidentales, las organizaciones islámicas aún no han conseguido reinstaurar el delito de blasfemia en las legislaciones europeas, donde ya hay presiones para reconocer la “sharia” como parte esencial de su cultura.
Esta reinstauración rompería de facto con la Carta Universal de los Derechos Humanos que las naciones árabes jamás suscribieron, y silenciaría cualquier crítica al Islam por banal que fuera, mutilando la libertad de expresión y la crítica para siempre, y con ello la democracia, sometiéndonos al Islam, cuya traducción es sumisión.
Y así, tal vez, quienes basan su política en los sentimientos y no en el poder de la razón, proclamando eslóganes como “tu odio mi sonrisa” aumentarían explosivamente el racismo dentro de nuestras sociedades occidentales al identificar a quienes cercenaron la libertad de expresión, o tal vez, como en Cuba, no, sometiéndose. Estamos a tiempo… Aún.
 

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. (El preso de Argel, y manco de Lepanto)

Origen: Islamofobia: el chantaje cultural que busca censurar la libertad de expresión — La Tribuna del País Vasco

¿Acaso el atentado de Manchester se cometió en nombre del cristianismo o la democracia? | Periodista Digital

El 23 de mayo de 2017 un amigo me mandó un guasap poco reproducible, molesto porque en un desayuno televisivo una tertuliana del más correcto progresismo buenista se quejaba de que el atentado de Mánchester nos duele más que los de Bagdad o Basora. No me sorprendió.

En España abundan los exquisitos diletantes que se avergüenzan o abjuran de su país, o que se abstienen de reivindicar la vigencia de los valores europeos (la raíz cristiana, la democracia, la tolerancia y la protección social del Estado). Unos principios que cimentaron lo que todavía hoy supone un oasis de bienestar en el planeta.

España, un país de una calidad de vida fabulosa, la nación del primer mundo que más crece, es para ellos solo una ciénaga de corrupción y paro. Europa, que ha acogido a millones de musulmanes, líder en ayuda humanitaria, que soporta en nombre de un exquisito multiculturalismo tradiciones ajenas más que discutibles, les parece una vieja dama engreída, insolidaria y reaccionaria.

Querida tertuliana: es cierto que el 87% de los atentados yihadistas se registran en países musulmanes. También es verdad, por supuesto, que la mayoría de las personas con tal credo son gente normal y sana.

Pero no se puede hacer el avestruz y ocultar que los chavales inocentes despedazados en Mánchester han sido asesinados en nombre de un fanatismo religioso muy concreto: el islamismo radical, que no tiene su origen en las cátedras de filosofía de París, Berlín o Madrid, sino en los países musulmanes, con un proselitismo sufragado en origen por ilustres monarquías petroleras, dentro de la guerra civil secular de suníes y chiíes.

Tampoco se puede ignorar que cuando se produjo el atentado contra «Charlie Hedbo», una encuesta de la BBC reveló que el 27% de los musulmanes británicos sentían «algún tipo de simpatía» por la matanza en la revista «sacrílega».

Ningún cristiano, ni el más integrista, mataría a niños al albur en nombre de una guerra santa. Porque nuestra religión pasó por el tamiz de la Ilustración, evolucionó. El Islam no. Sigue con un pie en el Medievo.

En la mañana en que el mundo se dolía conmocionado por la masacre de Mánchester, en el prolífico Twitter de Pablo Iglesias abundaban sus comentarios sobre su moción de censura, una patochada para hacerse propaganda. Sobre el atentado solo escribió una frase a vuelapluma:

«Nuestra solidaridad con las víctimas del atentado en Mánchester. Frente al terrorismo: Estado de derecho, democracia y derechos humanos».

Tal fue la aséptica valoración de un tipo que adula al brazo político de ETA, pero que jamás se ha acordado de sus muertos.

No había en su cita ni una palabra de condena al yihadismo que causó la matanza inglesa (y las de París, Madrid, Bruselas, Niza, San Petersburgo, Estocolmo, Berlín, Londres…). Iglesias, español, madrileño de buena familia de clase media, es también un tipo que se dedica a abrazar y dar aire a los golpistas que quieren romper su país.

El jefe de Podemos ya no es un tertuliano llamativo con púlpito en la tele. Es un político dañino, con un compás moral atrofiado, al que convendría desenmascarar como lo que ha elegido ser: un miserable instalado en la frivolidad del eterno adolescente.

Origen: ¿Acaso el atentado de Manchester se cometió en nombre del cristianismo o la democracia? | Periodista Digital

El multiculturalismo es el discurso de la clase dominante – YOLANDA COUCEIRO MORÍN

El multiculturalismo es una filosofía política dominante en los medios de comunicación, las universidades y en muchas instituciones públicas determinantes. Dicho de otra manera: el multiculturalismo controla el discurso público, aunque su capacidad de intimidación ante las personas comunes es menor que años atrás. En respuesta a ese retroceso que experimenta la aceptación de esta ideología, ante el rechazo de ese quimérico modelo de sociedad, los multiculturalistas optan por radicalizarse. Diabolizan a sus adversarios a la menor contestación de sus planteamientos. El multiculturalismo está cayendo poco a poco, pero ningún régimen cae sin defenderse.

Pero no estamos ni de lejos ante el fin de la política de las minorías, simplemente porque la mutación demográfica de las sociedades occidentales está ya tan avanzada que no cabe pensar que eso no tendrá consecuencias políticas. La inmigración masiva de las últimas décadas transformará (ya ha transformado) profundamente nuestras sociedades, y hace falta una buena dosis de ingenuidad o de ceguera ideológica para pensar que será para bien. La realidad diaria está aquí para desmentir todo optimismo en lo concerniente a una imposible convivencia pacífica y provechosa con esta marea humana cada día más conflictiva y amenazante.

Los gobiernos se separan mentalmente de la nación. Asistimos a la multiplicación de los comunitarismos que justifican sus reivindicaciones en nombre de los derechos humanos. La asimilación, es decir la integración sustancial a la sociedad de acogida, es una necesidad ineludible. Pero eso se ha vuelto imposible con el multiculturalismo, ya que en nombre de un concepto desviado de “lucha contra las discriminaciones” se han roto los mecanismos que permitían tradicionalmente integrarse a la sociedad de acogida.

El multiculturalisno no sólo es la ideología oficial de la izquierda mundana, sino también de la derecha financiera. La primera siente menguar su poder, aunque sin duda seguirá teniendo por mucho tiempo todavía una verdadera capacidad de intimidación ideológica. El discurso mediático dominante delimita los contornos de lo posible y lo pensable, y sigue formateado por lo políticamente correcto. De ese lado no tenemos que alimentar vanas esperanzas a corto plazo: no estamos en vísperas de ver a los periodistas y los presentadores de televisión de los grandes medios plantear preguntas serias sobre cuestiones candentes que demandan unas respuestas valientes y sinceras.

El tratamiento sistemático de la cuestión de la inmigración y otras “crisis de refugiados” en clave “humanitaria” y sentimental nos deja ver claramente cuán alejados estamos de un vuelco en la actual hegemonía ideológica y mediática. Por otra parte la suma de las reivindicaciones minoritarias en una perspectiva de deconstrucción de las naciones occidentales sigue estando en el corazón de la izquierda multiculturalista, y no vemos que vaya a cambiar.

Las minorías viven en la fantasía (artificialmente creada ex profeso para su consumo) del reino del “macho blanco heterosexual”, opresor, misógino, homófobo y racista, por supuesto. En los próximos años, la izquierda inmigracionista, diversitaria, multiculturalista, seguirá con su tarea de destrucción de todas las normas históricas y antropológicas que constituyen nuestra civilización.

Contrariamente a lo que piensan algunos optimistas, que creen que hemos tocado fondo, todavía queda mucho por deconstruir. El bando inmigracionista se ha embarcado en una lógica de erradicación: el “viejo mundo” debe morir para que el mundo soñado nazca. Su guerra contra los “malos” mezcla fanatismo y nihilismo, y nos envía un mensaje claro: lo que algunos quieren conservar del “mundo de ayer” está envenenado por el odio, los estereotipos y los prejuicios. Por lo tanto hay que partir desde cero. El progresismo permanece aferrado a la fantasía de la “tabla rasa”.

Los defensores del multiculturalismo están embarcados en un proyecto de destrucción. Pretenden arrasar la sociedad actual para reemplazarla por un conglomerado de etnias y razas, que han de vivir cada cual por su lado, encerradas cada cual en su propio gueto. Esa es la sociedad con la que sueñan: la división en lugar de la unión, la separación en lugar de la unidad, la segregación en lugar de la integración. Cada grupo por su lado, enfrentados todos contra todos en la defensa de sus intereses divergentes, sin ninguna fusión cultural, económica ni social. En este panorama, los distintos grupos étnicos, religiosos y culturales pretenden conservar celosamente sus usos y costumbres aunque estos vayan en contra de las leyes y los valores de los países de acogida.

En las sociedades occidentales, la democracia reconoce el derecho de las minorías, pero también impone una ley común para todos. Ninguna minoría puede pretender que se le otorgue el privilegio de transgredir los derechos duramente ganados a lo largo de décadas y siglos de conquistas sociales. Ninguna minoría puede pretender poner a toda la sociedad de rodillas ante unas reivindicaciones que exigen nada menos que desandar el largo camino de progreso logrado y volver a un pasado de discriminaciones, desigualdad entre hombres y mujeres y oscurantismo religioso y cultural.

Es tiempo de que los hombres y las mujeres de Europa tomen consciencia de los peligros actuales, hagan oír su voz y se enfrenten a esos grupos minoritarios (pero muy poderosos) que quieren transformar nuestros países en unas sociedades medievales y arcaicas.

Origen: El multiculturalismo es el discurso de la clase dominante – YOLANDA COUCEIRO MORÍN