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Serafín Fanjul: “No existe el deseo de integración entre los musulmanes”

Arabista de sólida formación intelectual y literaria no es un historiador complaciente de los que eluden el conflicto. Obras como ‘Al Ándalus contra España’ o ‘La quimera de Al Ándalus’ están construidas a base de erudición y falta de complejos identitarios para desenmascarar los mitos fundacionales de tolerancia, cooperación y amistad de una idílica España en la que convivían tres religiones, algo que no existió jamás, afirma.

“El problema estriba”, afirma Serafín Fanjul en La quimera de Al Ándalus (Siglo XXI, 2004) al hablar sobre la supuesta tolerancia de la religión islámica, “en que la base del islam, el mismo Corán, exhibe exhortos y mandamientos de claridad meridiana (es la palabra de Dios, increada y eterna) y que ningún buen musulmán se atreverá a contravenir sin arrostrar el desprestigio público: ‘¡Creyentes! ¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos! Son amigos unos de otros. Quien de vosotros trabe amistad con ellos, se hace uno de ellos. Dios no guía al pueblo impío'”.

Afirmaciones como ésta han procurado al historiador madrileño la calificación de islamófobo y, por supuesto, fascista, algo imposible de sostener si se lee su extensa obra académica. O incluso la ensayística y la literaria. O sus frecuentes colaboraciones periodísticas. Conocedor como pocos en nuestro país de la historia, la literatura y la religión islámicas, Fanjul sostiene que negar una realidad insoslayable edulcorando con buenas intenciones programas de integración social que no acometen el problema de raíz es la mejor forma de conducirnos a todos al desastre.

P-¿Existe un conflicto larvado entre las comunidades cristiana y musulmana en España?
Tanto como un conflicto, no, pero sí una separación. En el islam, la sociedad es mucho más hermética, más cerrada y menos dispuesta a admitir la relación distendida y natural con otras comunidades humanas. Que los árabes, con una lengua distinta y una cultura distinta, tiendan a encerrarse, tiene esa explicación primera. Pero luego hay otra que quizá es más determinante y es la propensión de los musulmanes a considerarse siempre un grupo a parte. Esto lamentablemente es así. Por parte de los inmigrantes musulmanes no hay deseo de integrarse. Intentan reproducir aquí sus formas de vida y la forma de organización que traen procedente de sus países. Ser del Madrid o del Barcelona, o pagar impuestos a Montoro, son formas de integración muy superficiales. La manera de integración verdadera, la que salva todas las distancias y rompe ese tipo de barreras es la fusión física, sexual, o sea, los casamientos mixtos de hombres y mujeres de las dos procedencias.

P-Pero de eso estamos aún muy lejos…
Hay que tratar por todos los medios integrar a las mujeres musulmanas, porque los hombres lo tienen más fácil, se pueden ir al fútbol, a la piscina… pero a la mujer la dejan en casa.

P-¿Ayudaría o perjudicaría a esa integración la prohibición del velo en lugares públicos?
Esa es una normativa lógica de seguridad en un país moderno. Hay ciertas cosas que son inadmisibles, porque el color del pelo, el color de las ojos y la forma de las orejas son los signos de identificación en todo carnet o pasaporte. Ni por la calle se puede admitir.

P-¿Y en las aulas?
Yo di clases en El Cairo a finales de los 60 y en aquel tiempo no había en Egipto una sola mujer con el velo, porque se había producido un descrédito de ese reaccionarismo y de esa forma de vestir. En 1923, a la vuelta de un congreso feminista en Roma, las activistas Hoda Shaarawi y Saiza Nabarawi, al llegar a la estación de El Cairo se quitaron el velo y lo tiraron, y a partir de ese momento, que me parece emocionante por lo que representa de búsqueda de libertad y de liberación, el velo empezó a desaparecer en Egipto. Pero luego, tras el asesinato de Sadat, que era un beato musulmán, los Hermanos Musulmanes introdujeron una corriente de islamización en un país que era ya muy islámico. Al principio empezaron regalando ropa a mujeres pobres; luego, crearon una red de asistencia social y médica, daban ayudas económicas, ropa, comida… todo con dinero que venía de Arabia Saudí, y de esa forma el tejido social empezó cada vez a inclinarse más hacia el integrismo. Uno de los gestos fue poner a las mujeres como estaban antes de 1923.

P-¿No es sorprendente que jóvenes que parecen integrados cometan actos como los La Rambla?
No, porque no están integrados. Para que una persona arrolle con un camión a sus semejantes, ponga una bomba o coja un kalashnikov en una discoteca, tiene que haber habido una preparación. No es que un imam le haya comido el coco durante tres semanas, eso es una estupidez, es una infraestructura mental y de formación que reciben desde pequeños. En un momento pueden hacer el gamberro tomando alcohol y tratando de ligar con las barcelonesas porque ven que es divertido, pero de pronto eso se corta y esas personas vuelven al punto de donde salieron, porque el imam les dice que están haciendo mal, que se van a ir al infierno, que están deshonrando a sus padres… Como ocurre con los terroristas españoles o de cualquier lugar, a veces las familias tienen mucho que ver. En Cataluña, precisamente, se les ha dado a los inmigrantes musulmanes todo tipo de facilidades, de ventajas y de tratos de favor respecto a la población autóctona para que se sientan bien y para que se quieran sumar al proyecto separatista. Pero finalmente siempre anteponen la pertenencia religiosa a cualquier otro tipo de lealtad, lo cual puede ser comprensible, pero en una sociedad de otro tiempo. En una sociedad medieval aquí también era así. El fenómeno religioso separa mucho, y si son religiones tan herméticas como es el caso del islam, que es una religión inmune a cualquier influencia exterior, la cosa es todavía más dura. La integración musulmana es un problema muy serio.

P-¿Cree que en España hay ‘islamofobia’?
No. Tradicionalmente los españoles no somos gente xenófoba, al contrario, hay una admiración bastante bobalicona hacia los extranjeros que se supone que son listos y ricos. Hacia los pobres y supuestamente tontos, no, pero por pobres, no por extranjeros. Es más un problema económico y social que de visión islamófoba. En España la gente no sabe lo que es el islam, no sé si eso es bueno o malo.

P-¿De dónde viene el complejo de inferioridad de España hacia la dictadura marroquí?
El problema principal de España es la corrupción. Hay unos intereses económicos españoles muy fuertes que están impidiendo de hecho que la posición de España con respecto a Marruecos sea más dura. La debilidad viene de nosotros, de que el aparato político-económico dirigente en España no se siente seguro porque le pueden sacar cualquier cosa en cualquier momento y no es fuerte para actuar en el exterior. No puedo acusar directamente a nadie, pero hay empresas e inversiones en Marruecos… ¿por qué trajeron a principios de los años 2000 a miles de marroquíes a Cataluña? Eso no fue una casualidad. Si Pujol pudo traérselos para no traer ecuatorianos ni colombianos, que eso es evidente, tuvo que haber un permiso y una autorización del Gobierno central. Ahora se pagan las consecuencias de aquellas alegrías y permisividades. El caso de Marruecos es como el de Gibraltar, es evidente que hay españoles interesados económicamente en que eso siga.

P-¿Por qué el PP ha desaprovechado su mayoría absoluta para hacer más cambios?
Porque participa del consenso de los políticos, eso que llaman la unidad y que no es más que la unidad personal de los distintos grupos y las distintas facciones de los partidos. Les interesa más la unión entre ellos que los intereses generales. Rajoy es un señor que personalmente no me inspira la más mínima simpatía, no tengo inconveniente en decirlo. Es un señor muy soberbio, muy cobarde y muy vago, y la combinación de los tres elementos juntos… Le preocupa más llegar a un acuerdo en una subcomisión con los vascos y los catalanes que poner en su sitio a los separatistas.

P-¿Cómo es posible que haya dejado pudrir la situación en Cataluña de tal forma?
Porque no tomó medidas legislativas hace cuatro años cuando se veía venir la cosa. El otro referéndum dijo que no se iba a hacer y se hizo. Ahora dice lo mismo, ya veremos, de momento se limita a esconderse detrás de los jueces. Tiene que tomar medidas políticas. No sé si hay que aplicar el 155 o si hay que desarmar a los Mossos, pero el TC no va a impedir nada, no tiene fuerza material para hacerlo. Toda esta dejación de funciones es absolutamente gratuita e innecesaria, porque el Estado sigue teniendo elementos coercitivos muchísimo más fuertes de los que puede tener la Generalidad de Cataluña y no sólo legales, también económicos, propagandísticos… pero no utiliza ninguno.

P-¿El problema viene desde la Transición?
Sí, porque se dejaron cabos sueltos creyendo que se iban a integrar los separatistas, que se llamaban nacionalistas y ahora soberanistas. Durante 40 años la estrategia ha sido darles dinero e impunidad para hacer con él lo que les diera la gana. Y lo han hecho. Y ahora salen los casos de corrupción de la familia Pujol. Pero sobre todo, las consecuencias políticas han sido siniestras. Como entregarles la Educación, no sólo a los catalanes, sino a todas las comunidades autónomas, o el orden público. Fue Aznar el que autorizó la policía catalana y ahora pagamos las consecuencias. Aznar fue un buen presidente pero cometió algunos errores.

P-¿Como cuáles?
El principal, suprimir la mili. Si se quita el servicio militar obligatorio se está mandando a la población el mensaje evidente de que la defensa nacional no es asunto suyo, que se va a resolver con mercenarios. Y eso es letal. Si en algún momento España tiene que responder a una amenaza militar exterior, y no está descartado que venga del único sitio de donde puede venir dada nuestra situación geográfica, nadie va a querer hacer nada. Una comunidad humana tiene que defenderse si lo necesita, una comunidad que renuncia a defenderse no merece sobrevivir. Yo soy pacífico, pero no pacifista. Ante una amenaza exterior hay que reaccionar. No digo mandar tropas fuera.

P-¿Ni siquiera para luchar contra el IS?
Interviene militarmente el que puede, no el que quiere. Y si además nosotros no queremos, no sé si tiene mucho sentido plantearlo.

P-¿Se puede considerar una guerra los ataques del terrorismo islámico en Europa?
Sí que lo es. Pero es una guerra en la que no se puede luchar con tropas ni divisiones, hay que luchar de otra forma, con inteligencia, en las dos acepciones, con medios y con dinero. Pero lo más grave es que la idea extendida es que no hay ningún motivo para tener que defenderse. Eso es gravísimo.

P-Ha denunciado en varias ocasiones la condena ciega y en bloque de la colonización americana.
Es culpa nuestra por no haber sabido contrarrestarlo con los medios que tenemos, y los que tenemos desgraciadamente no se dedican a eso. Cuando uno va a América se da cuenta de hasta qué punto fue una acción magnífica, ciclópea, de una grandeza enorme. El establecimiento de ciudades, el trasplante de cultivos, de acá para allá y de allá para acá, de fauna, la fundación de instituciones culturales, de sociedades de amigos del país, de canales comerciales, de arte, de cultura criolla… Y es sintomático que los florecientísimos virreinatos de México y de Perú al día siguiente de la independencia se hundieron. El siglo XIX es el siglo de la caída del PIB de lo que había sido Hispanoamérica. Hasta final del siglo no recuperan el nivel que había tenido antes de la independencia.

P-¿Cómo ve el estado de la Universidad española?
No es justo decir que todos los profesores son unos incompetentes y que ninguna de nuestras universidades figura entre las 200 mejores del mundo, como se repite tanto. Es injusto, porque los criterios con los que se hacen esos baremos los hacen los mismos tipos de Hong Kong y de Harvard, con arreglo a sus criterios y a sus propios intereses. Hay determinados departamentos de algunos centros muy buenos. El problema es que la universidad española se masificó a partir de los años 70 de una manera terrible, y hoy hay tal cantidad de alumnos y tal cantidad de profesores que no es funcional. No es lógico que España, con la mitad de población que Alemania, tenga porcentualmente el doble de universitarios, pero está mal visto decir que hay que poner ‘numerus clausus’ y que hay que reducir el número de estudiantes, el número de profesores y el número de universidades. Yo creo que hay que reducirlo. Por otra parte, el Estado autonómico, entre otras grandezas, nos ha traído que cada autonomía y luego ya cada provincia tienen que tener un aeropuerto, el AVE… y una universidad, como mínimo, y a veces incluso una editorial propia.

P-España es un país poco interesado por la cultura.
El hundimiento del conocimiento es un problema a escala global. En la cuestión cultural, quizá haya que ayudar, la idea de que no se puede subvencionar la cultura es culpa de la derecha liberal. De esa forma te cargas un montón de cosas, por ejemplo, todas las academias, menos la de la Lengua, por el diccionario. Si no ayudas a que se mantengan determinadas cosas, mueren. Y hay un monocultivo de subcultura anglosajona que nos está comiendo por completo.

Origen: Serafín Fanjul: “No existe el deseo de integración entre los musulmanes”

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La Diada del Terror: no a la islamofobia, sí a la hispanofobia. -F.J.Losantos/LD-

Mucho miedo, poca vergüenza y ninguna dignidad: ese podría ser el balance de la I Diada del Terror o la Diada del Terrorismo del Año I de la Independencia Catalana, que, por otra parte, ha dejado nítidamente claro que ni Barcelona ni ciudad alguna golpeada por el islamismo terrorista necesita manifestaciones, porque la del Islam contra Occidente es una guerra y las guerras ni se hacen con flores ni se ganan con pancartas.

Otra cosa es que, como ayer, se quisiera negar la guerra que existe y se escenifique algo que no puede existir, que se actúe como si el terrorismo fuera materia opinable y la calle dictaminara si continúan matando o no por votación popular con los pies o concentración de manos blancas. Lo que ayer quedó claro en Barcelona es lo que en España deberíamos saber desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco: las grandes manifestaciones sólo sirven para demostrar el estado de conmoción de la masa, que se agrupa y amontona para demostrar lo que niega: que está muerta de miedo. Y que sus dirigentes, tan asustados como ella, unen democráticamente su pavor al ajeno para diluir en un estado de confusión emocional sus responsabilidades.

Mariano, como si nada

No, no hacía falta ninguna manifestación contra el terrorismo. Y si la hubo fue para darles un alegrón a los terroristas, que pudieron comprobar la debilidad de España, y para que los golpistas del 1 de octubre entrenasen viendo lo mismo que mostraron a los islamistas: que España es el eslabón más débil de Occidente, de Daar al-Islam, de la tierra un día invadida por ellos y que están en camino de tomar otra vez. La operación no ha podido salirles mejor a los terroristas de hace una semana y a los golpistas de dentro de un mes. Enhorabuena a todos y a su road-manager Rajoy.

Porque este Gobierno dimisionario se ha arrastrado desde el día del atentado hasta ayer mismo, ha seguido diciendo que no pasa nada cuando pasa de todo y además ha arrastrado al Rey a una humillación que no es personal, porque personalmente ni el Rey ni el Presidente existen. Son sólo –y no es poco- representantes de todos los españoles, y como tales fueron afrentados por una banda organizada de golpistas que están envalentonados por la cobardía del Gobierno más estúpido del que exista memoria. Fue aún peor que la de hace tres años en el Nou Camp, cuando se pitó e injurió al himno que representa a todos los españoles y nadie se fue del palco.

Miedo, no: pánico al Islam

El miedo exhibido por la sociedad catalana, quizás la más cobarde de Europa junto con la vasca, que sostiene y soporta la dictadura nacionalista, logró convertir lo que, de ser algo, debería haber sido un acto contra el islamismo, que es lo que está detrás del terrorismo contra Occidente desde el 11S, en un acto contra lo que el pensamiento único progre llama islamofobia y también en un alarde de hispanofobia, porque alguien tiene que tener la culpa y hace muchos años que de todo lo que pasa en Cataluña tiene la culpa España. De los muertos de las Ramblas, también.

En vez de reprochar a los 600.000 musulmanes que viven y cobran en Cataluña y que, como en toda Europa, no hacen nada para integrarse salvo aprender lo que el bastión islamófilo El País ha llamado “perfecto catalán de payés” (el de ciudad no será racialmente tan perfecto), la Diada del Terror se convirtió en un acto de cariño a las mamás de los terroristas, agasajadas gráficamente en los medios islamófilos, y a “esos cinco niños que ya no están con nosotros”, como dijo su cuidadora social en el artículo “¿Qué estamos haciendo mal?” Para empezar, ella, cobrar.

En el escenario, para ejemplificar el miedo, el pánico absoluto al Islam en esta miedocracia políticamente correcta, no hubo una sola imagen de los asesinados por los islamistas pero sí una musulmana que, en nombre de la religión de la paz y del amor, dirigió amablemente la palabra a los infieles. Lo que no sé es por qué la eviterna Sardá citó a Lorca. ¿Para achacar al franquismo las muertes de las Ramblas? ¿A la Guardia Mora, quizás?

Estamos maduros para el golpe del 1 de Octubre

A lo único que no tienen ningún miedo los separatistas es a España, o por lo menos a sus instituciones. Rajoy ha demostrado con su reptiliana actuación en la desastrosa actuación de los Mozos de Escuadra que está tan dispuesto como Zapatero a aceptar cualquier cosa que venga de Barcelona el 1 de octubre y que su única, heroica, hercúlea reacción será la de negarle validez legal. La masacre de Las Ramblas ha servido para comprobar que ya hay un ejercitillo separatista, al mando del Mayor Drapaire (trapero, en catalán) dispuesto a poner las urnas del Golpe y que también hay un dizque gobierno de España dispuesto a no quitarlas. Más fácil, imposible.

Por último, y respetando su buena voluntad y aunque la gran mayoría de la opinión pública lo haya respaldado, creo que el Rey se ha equivocado dos veces en esta última semana. Primero, con su comunicado diciendo que los islamistas son “sólo asesinos”. Si lo fueran, si sólo fueran eso, el terrorismo islamista no existiría o no sería el problema militar, político y cultural que es. En segundo lugar, yendo de nuevo a Barcelona.

El Rey debe perder el miedo al qué dirán

Es cierto que la gente, ahora, aplaude su valor por ir a una encerrona, de la que es responsable el Gobierno del diálogo con el separatismo. Pero el Rey no puede estar en un concurso de popularidad permanente porque no se presenta a unas elecciones. No debería aparecer en actos políticos. En la mayoría de los que tienen lugar en España, porque son contra España y por tanto contra la Corona, así que no debería respaldarlos. Y en los que son, por así decirlo, de emotivo consenso popular, porque los reyes ya habían hecho lo que tenían que hacer: consolar a los huérfanos y animar a los heridos. Si el Rey está para salir a la calle, estamos poniendo a la calle al nivel del Rey.

Felipe y Letizia, como todas las fuerzas constitucionales, deberían perder ya el miedo al qué dirán. Hagan lo que hagan, los podemitas y los separatistas dirán pestes; y los rajoyanos musitarán algo y no harán nada. Ya digo que entiendo su buena intención, pero bastante tiene con dedicarse a reinar, sobre todo con este Gobierno de mansos que se niega a gobernar.

Origen: Libertad Digital

¿Islamofobia o sentido común? – Luis Marí-Beffa/ESdiario-

 

“El occidental que no exhiba superioridad moral sobre el islamista tiene un problema de identidad”. Con Martin Amis como punto de partida, el autor entra sin ambages en un debate necesario.

El dios griego de la guerra Ares tuvo dos hijos: Deimos y Phobos. Terror y Miedo. Esta prole estuvo muy relacionada con el tiranicidio, como respuesta del pueblo griego a tiranos como Hipias el terrorista, al que Harmodio -asesinado y elevado a mártir- derrocó utilizando esta táctica civil. Ya en su día, Maquiavelo escribió en El Príncipe que resultaba más sólido “ser temido que amado”. Y el liberalismo clásico promovió el tiranicidio desde las clases burguesas contra los reyes de la época.

El terrorismo, tal y como lo entendemos en la actualidad, fue promovido por Robespierre y su gobierno jacobino contra sus opositores, a los que les negó cualquier proceso judicial antes de darles boleto. El gobierno de este jefe despótico de la facción más radical del Comité de la Salvación Pública -los dictadores y sus alegres nombres de aparatos de poder- instauró la paranoia en Francia, ejecutando a pena de muerte -de la que él mismo unos años antes criticaba con dureza- a todo aquel que el comité -es decir, él- considerara como un conspirador o un traidor. Reino del Terror, se le ha llamado a aquel período desde 1793-1794. Tenía un objetivo y no duró demasiado.

Una guerra

Bien, el problema, a mi entender, es que nada de esto tiene que ver con estos psicóticos prehomínidos empapados en la Sharia. Los yihadistas del Estado Islámico son capaces de entrar en una escuela de primaria africana y matar a centenares de niños de tiros en la nuca, envenenar el agua de institutos irakíes, bombardear colegios y, luego, cortar las cabezas de los alumnos y colgarlas del tendido eléctrico en Siria, mutilar genitalmente a cientos de miles de mujeres o matar a gente indefensa atropellándola con un vehículo. En nombre de un dios o de la promesa de tener un harén de vírgenes en el paraíso. -Qué obsesión con la vírgenes-. Quizá pudiera resultar terrorismo. Pero a mí me parece más una guerra. A secas. Sin ninguna santidad de por medio.

Porque el terrorismo, históricamente, se suele utilizar durante un período de tiempo concreto -como nos enseñó Robespierre-, no muy largo y con un objetivo claro. Y estos tipos sin la más mínima onza de decencia humana llevan ya con esta mierda repugnante sin sentido más de lo que debiéramos permitir como sociedad.

Conozco a una persona, muy preciada para mí, a la que le gustaba viajar por oriente. Afirma que es muy probable que por sus venas corra sangre de aquel lugar. De hecho, es muy probable que corra sangre de aquel lugar por todos nosotros. Estuvo en Palmira, aquel Estado que se separó del imperio romano y que se asentó en oriente próximo, en lo que hoy es Siria. O, bueno, lo que queda de ella.

Palmira, el resumen de todo

Hace ya tiempo me contó, con lágrimas en los ojos, que lo que esa turba de ignorantes ultra religiosos hicieron con Palmira no tiene nombre. Que ni siquiera es un acto de guerra o de terror. Es algo muchísimo peor. Porque en el teatro de Palmira esta pandilla de matones filmaron cientos de torturas y asesinatos, entre ellos los de Khaled Asaad, por aquel entonces director del yacimiento. Y, después, pusieron explosivos en los cimientos de la ciudad y, en un santiamén, la redujeron a escombros.

Me alegro de no haberla visitado nunca, para no sentir la lástima de esta persona que conozco tan íntimamente bien. Tarde o temprano se tendrá que hacer un estado de excepción con esta mierda de gente, sin importar donde resida o su lugar de nacimiento. ¿Será una lástima? Sí. Pero también será inevitable. Y no me pienso parar, a estas alturas, a explicar la diferencia entre árabe, islamista, musulmán e islámico. Búsquense la vida, que ya somos todos adultos.

O, al menos, eso se espera de nosotros a la hora de instigar linchamientos gratuitos en contra de comunidades que nada tienen que ver con estos repugnantes bastardos que han descendido al nivel de los babuinos. Y, con todo el respeto por los primates, precisamente digo babuinos y no bonobos o chimpancés. Porque los babuinos son una especie simiesca en la que las violaciones, las agresiones y los robos de crías son tan habituales como diarias.

Estoy con el escritor británico Martin Amis. El occidental que no sea capaz de mostrar superioridad moral sobre un islamita radical tiene un problema, y muy serio, de identidad. Pero, al menos, podría guardar silencio y no hacer que los demás carguemos con sus mojigaterías sociales y sus complejos.

Refugiados de Nigeria por el acoso de Boko Haram

Boko Haram ya emitió en su día un comunicado en el que anunció que se adhería al Estado Islámico. El año pasado esta pandilla de fundamentalistas totalitarios islámicos asesinó a más de tres mil personas. Aunque van perdiendo poder, aún están activos en varios países de África, como Mali y Nigeria, sobre todo.

Hace como un año mataron a 85 personas, muchos de ellos niños, a los que quemaron vivos. Hace dos años secuestraron a doscientas niñas en Chibok. De ellas, de las niñas, dicen y les hacen cosas que me da vergüenza incluso pensar. Las mayores masacres se están perpetrando en el norte de Irak y África. Lo de Europa es un juego de niños, comparado con aquello. Esa es la verdad.

El ‘vómito’ necesario

Aunque existe otra verdad: cada vez que se trata el tema de la radicalización galopante del islamismo, automáticamente sobrevuela la xenofobia de occidente. Y no es xenofobia. En absoluto. De hecho, si estos tipos fueran nórdicos, el problema sería más sencillo de abordar. Por cierto, Boko Haram significa “La educación no islámica es pecado”; o también “la educación occidental es pecado”. No salen en los telediarios. Pero todos los días hacen barbaridades más macabras que las de Barcelona en otros lugares del mundo. Y, si pudieran, también las harían en Europa. Qué duda cabe a estas alturas.

Como ya nos anunció Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos: una sociedad absolutamente tolerante deviene, con el inexorable paso del tiempo, en la intolerancia. Es lo que el acuñó como la paradoja de la tolerancia. De modo que cuenten conmigo entre los intolerantes. Y me importa un comino lo que puedan pensar de mí. Estos sádicos me producen arcadas. Y tarde o temprano occidente vomitará.

Solo espero que sea temprano.

Más del autor en luismaribeffa.com

 

Origen: ¿Islamofobia o sentido común? – ESdiario

Islamofobia: el chantaje cultural que busca censurar la libertad de expresión — La Tribuna del País Vasco

“La islamofobia es una ingeniosa invención porque equivale a hacer del Islam un tema que no se puede tocar sin ser acusado de racismo”. Pascal Bruckner (filósofo, ensayista y novelista francés)

 

“Islamofobia: palabra creada por fascistas, utilizada por cobardes para manipular a estúpidos”.  Andrew Cummins
“Islamofobia es el Caballo de Troya de los salafistas” Manuel Valls (Publicado en L’OBS el 31 de julio de 2013 de 16:31)

 

“El fraude intelectual de la islamofobia, que pretende ser antirracista pero se utiliza como arma para silenciar a todos los críticos del Islam y a las ideas detrás de él calificándolas automáticamente como hostiles hacia todos los musulmanes”. Zineb El Rhazoui (Socióloga y superviviente del atentado islamista a Charlie Hebdo)

Desde el mundo islámico –a pesar de los millones de negacionistas que existen en él– se ha querido equiparar el antisemitismo que dio lugar al Holocausto en el que fueron asesinados 6.000.000 de inocentes con el prejuicio contra el musulmán en Occidente.
La Organización de Cooperación Islámica (57 países) parece haber estado ocupada sembrando la palabra ‘islamofobia’ en el discurso internacional de manera que fusione el prejuicio contra los musulmanes con la crítica legítima del Islam, bajo el propósito específico de prohibir lo que ellos llaman la difamación de la religión.
La “Islamofobia” es usada por algunos grupos de apologetas del Islam con el fin supuesto de proteger a los musulmanes a quienes nadie amenaza en Occidente, que disfrutan de nuestros derechos humanos que las naciones islámicas se negaron a suscribir, de nuestras instituciones, leyes, ayuda social, diversas ONG, de la ayuda de la Iglesia, Caritas, así como del “complejo de Alicia” que subyuga la conciencia occidental.
Sin embargo, en lugar de proteger a un grupo de personas contra la intolerancia, el término actúa simplemente como una manera de silenciar a los críticos. Y no me refiero solo al evidente enmudecimiento de los crímenes que perpetran musulmanes (se evita mencionar su religión).
Las personas tienen el derecho a ser evaluadas como individuos y no juzgados por su raza, etnia o religión. Las ideologías o creencias religiosas que las personas tienen, sin embargo, no tienen los mismos derechos.
Ninguna ideología es irreprochable, ya sea el Islam, el fascismo o la democracia. Cualquier religión puede tener aspectos preocupantes y criticar aquellos aspectos es un paso hacia el cambio social. Esta no es una actividad que deba ser evitada en nombre de la corrección política; debe ser considerada una herramienta básica del pensamiento crítico.
El propio término “islamofobia” es engañoso. Una fobia es un miedo irracional a algo. En el caso del Islam, sin embargo, a menudo tiene sentido práctico tener miedo. Miles de ex musulmanes temen expresarse públicamente acerca de una religión que aboga por el asesinato de sus apóstatas y victimiza a sus propios miembros, especialmente mujeres y niños inocentes.
Etiquetándolos como “islamófobos”, el Islam y sus apologetas están reconociendo que el Islam no puede resistir un análisis crítico. Una defensa que colisiona con el necesario derecho a la critica constructiva, herramienta que permitió a las sociedades occidentales desarrollar su ciencia, sus leyes, y su actual estado de bienestar.
Se debe rechazar el término “islamofobia” mientras desde ámbitos como la Organización de Cooperación Islámica y otros apologetas del Islam se utilice esa palabra como herramienta de propaganda, con el fin de silenciar la crítica legítima del Islam como ideología, permitiendo y legitimando las reiteradas violaciones de los derechos humanos que los regímenes islamistas imponen a los musulmanes y no musulmanes.
En su libro “Destruir el fascismo islámico”,  Zineb El Rhazoui llama colaboracionistas y cómplices a todos aquellos políticos occidentales que apoyan silenciar las críticas al Islam mediante la utilización del término “islamofobia”:
“Todos estos cómplices distorsionan la noble causa de la lucha contra el racismo para dar legitimidad inmerecida a una ideología que en sus resultados más extremos son los horrores del Estado Islámico, pero que también hace que las vidas de millones de musulmanes que viven en países islámicos sean francamente miserables”.
Sin dudar de la buena voluntad de los que utilizan el término “islamofobia”, las estadísticas nos muestran una realidad radicalmente diferente. Los autores de los más sangrientos atentados y crímenes de odio en Europa son mayoritariamente musulmanes.
Los medios de comunicación silencian lo que eminentes sociólogos europeos han alertado. Vean:
El “Estudio comparativo de la integración de los inmigrantes en seis países”, realizado durante 5 años con inmigrantes marroquíes y turcos en Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Holanda y Suiza, fue financiado por el gobierno alemán, y presentado en diciembre de 2013 por el Centro de Ciencias Sociales WZB Berlín , yarrojaba los siguientes resultados:
– El 65% de los musulmanes entrevistados dice que la ley islámica Sharia es más importante que las leyes del país en que viven.
-El 75% de los encuestados sostiene la opinión de que sólo hay una interpretación legítima del Corán, que debe aplicarse a todos los musulmanes.
-El 60% de los musulmanes creen que su comunidad debe volver a “raíces islámicas.”
El nivel de fobia contra Occidente entre los musulmanes es muy alto, un 54% cree que Occidente busca destruir el Islam.

Desde finales del siglo XX, los musulmanes han surgido como un nuevo grupo de antisemitas en Europa occidental. Los autores de los casos más extremos de violencia contra los judíos europeos en los últimos años eran musulmanes, y en parte justificaron sus acciones por su interpretación del Islam o con el pretexto del conflicto árabe-israelí o cualquier otra guerra en la que participe Occidente en Oriente Medio.
No hay estadísticas fiables ya que numerosos incidentes antisemitas protagonizados por musulmanes no han sido resueltos y en otros casos, el hermetismo de policía y medios de comunicación hace que sólo pueda ser un número estimativo.
Esta realidad escasamente difundida por los medios de comunicación generales es sin embargo algo cotidiano en las redes sociales. Millones de tuits cada día son lanzados con consignas antisemitas y antisionistas con innegables mensajes de odio. Son una ínfima parte de los que se difundieron cuando Israel ardía en llamas por los incendios provocados hace apenas una semana, en una nueva forma de terrorismo palestino.

Como sucede en el resto de Occidente, en España y para el mundo hispano, organizaciones islamistas y activistas pro-palestinos siguen las consignas de la Organización de Cooperación islámica.
Dicen luchar contra el discurso del odio en las redes sociales utilizando la herramienta “islamofobia” para silenciar cualquier crítica al Islam y al islamismo. Su “lucha contra el discurso del odio” incluye paradójicamente difundir contenidos y enlaces a webs islamistas de innegable carácter antisemita, con informaciones falsas o tergiversadas, con el  propósito de difundir un mensaje de odio a Israel y los Judíos.
Hipócritamente adornan sus mensajes de odio con un supuesto respeto al pueblo Judío pero con un inequívoco odio a los judíos y no judíos sionistas, que en el mejor caso son calificados de racistas y en el peor, de asesinos sin piedad. En realidad judaísmo y sionismo están intrínsecamente unidos y en el fondo, de este modo lo entienden los antijudíos, pues al incriminar al sionismo, siempre se les escapa la incorrección antisemita.

Lejos de constituir una guerra progresista contra el racismo, la industria de la islamofobia es un intento cobarde y autoritario de evitar todo debate de ideas y de traer de nuevo la obsoleta condena de la blasfemia a Europa.
Debemos compartir plenamente el enjuiciamiento a lo que se ha convertido en el más descarado chantaje cultural de nuestro tiempo, la islamofobia. La lucha contra el terror no se plantea únicamente en el terreno bélico, sino también en el ideológico.
La lucha contra la hipocresía que se esconde detrás de la “industria de la islamofobia” debe ser una de las primeras prioridades del mundo democrático después de los horribles atentados de París, Niza, Copenhague, Marsella, Toulouse, Bruselas….
A pesar del creciente poder sobre los legisladores occidentales, las organizaciones islámicas aún no han conseguido reinstaurar el delito de blasfemia en las legislaciones europeas, donde ya hay presiones para reconocer la “sharia” como parte esencial de su cultura.
Esta reinstauración rompería de facto con la Carta Universal de los Derechos Humanos que las naciones árabes jamás suscribieron, y silenciaría cualquier crítica al Islam por banal que fuera, mutilando la libertad de expresión y la crítica para siempre, y con ello la democracia, sometiéndonos al Islam, cuya traducción es sumisión.
Y así, tal vez, quienes basan su política en los sentimientos y no en el poder de la razón, proclamando eslóganes como “tu odio mi sonrisa” aumentarían explosivamente el racismo dentro de nuestras sociedades occidentales al identificar a quienes cercenaron la libertad de expresión, o tal vez, como en Cuba, no, sometiéndose. Estamos a tiempo… Aún.
 

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. (El preso de Argel, y manco de Lepanto)

Origen: Islamofobia: el chantaje cultural que busca censurar la libertad de expresión — La Tribuna del País Vasco

Islamofobia. -Daniel Ari/LD-

¿Tiene usted un miedo irracional al islam o a lo que el islam representa? ¿Ha manifestado en alguna ocasión alguna crítica que podría ser ofensiva para los musulmanes? Para responder a esta pregunta, remontémonos un poco en el tiempo.

En mayo de 2007, un grupo de investigadores descubrió, enterrado en los sótanos de la Biblioteca del Congreso de EEUU, un importante documento fechado el 5 de septiembre de 1942. El documento contenía un llamamiento al presidente de los Estados Unidos y al primer Ministro de Gran Bretaña redactado por 789 periodistas y decenas de catedráticos de todo el mundo adscritos al movimiento Paz y Concordia:

Excelentísimos Presidente de los EEUU y Primer Ministro de Gran Bretaña:

Los abajo firmantes, periodistas, catedráticos y destacados pacifistas de varias profesiones, les instamos a usar su poder e influencia para poner fin a la plaga que está destruyendo el tejido moral de nuestras sociedades y debilitando nuestro compromiso con la paz. Nos referimos a la forma de intolerancia conocida como nazifobia. Durante demasiado tiempo, los ciudadanos estadounidenses y británicos hemos permanecido pasivos mientras ciertos medios de comunicación vilipendiaban e insultaban a los alemanes, se burlaban de sus sagrados símbolos y creencias y menospreciaban a sus líderes ideológicos y al Gobierno nazi, democráticamente elegido por ellos.

Estas manifestaciones de intolerancia han avivado las llamas del actual conflicto internacional y han llevado a una prolongación innecesaria de las hostilidades. Los imprudentes periódicos de habla inglesa han llegado incluso a referirse a los alemanes en términos ofensivos, con un lenguaje que aliena a los pueblos de estos países y ofende sus sensibilidades.

Exigimos una acción inmediata para acabar con la nazifobia y fomentar un ambiente de reconciliación. Exigimos que las escuelas americanas y británicasexpongan a sus hijos a los principios de la ideología nazi para poner fin a su demonización y para permitirles comprender al Otro. Exigimos el fin de las críticas xenófobas a los nazis en los medios de comunicación. También insistimos en que se retiren las leyes discriminatorias contra los alemanes y que se eliminen las cuotas que impiden la inmigración de ciudadanos del Tercer Reich y del Imperio Japonés a nuestros países.

Es hora de entender al Otro, no de demonizarlo. Demostremos nuestra dignidad moral prohibiendo la publicación de propaganda intolerante. Criminalicemos la quema pública del Mein Kampf y los retratos del Führer. Castiguemos a los que, difundiendo odio, no hacen más que perpetuar un conflicto que está minando las bases de nuestra civilización.

Antes de que se escandalice –con razón–, debo prevenirle de que este documento no existe sino como fantasía de Steven Plaut, economista y profesor en la Universidad de Haifa. Non è vero, ma è ben trovato, porque, hasta la Operación Barbarroja, partidos socialistas y comunistas de todo el mundose opusieron a que Francia y Gran Bretaña declararan la guerra a la Alemania nazi como respuesta al expansionismo de Hitler.

Bien, dejemos atrás el ejercicio de ciencia ficción histórica de Plaut y demos un salto a nuestros días, en que el Gobierno multicultural del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, contempla la posibilidad de penalizar la islamofobia; en que decenas de observatorios americanos y europeos financiados con dinero público controlan y denuncian la menor forma de transgresión de esta doctrina; en que los medios de comunicación se niegan a llamar “atentado terrorista islamista” a un atentado terrorista islamistapor temor a ofender a los musulmanes y en que, de hecho, hasta los propios individuos se censuran al hablar de este tema en sus círculos sociales.

Objetivamente, el islam no puede imponerse a Occidente: ni los países que lo exportan son grandes potencias militares, económicas –sin petróleo, no son más que Tercer Mundo– o culturales, ni la doctrina aguanta un escrutinio medianamente serio, por no hablar de que no resulta especialmente atractiva ni particularmente compatible con los valores que atesora nuestra civilización.

Así las cosas, teniendo en cuenta que una guerra abierta entre ambos bloques terminaría casi antes de empezar, solo queda un modo de socavar las cimientos de Occidente: un virus que debilite su sistema inmunológico, haciendo que no reconozca al enemigo como tal por más evidente que se muestre y, por supuesto, que no lo ataque y le permita hacerse fuerte dentro de nuestros muros.

Y es aquí donde la progresía acude en su ayuda con la panoplia de fobias que ha introducido en nuestro idioma para que nos avergoncemos de nuestro elemental y reflejo instinto de supervivencia. Un insulto no hubiera funcionado, pero fobia sugiere una condición médica, una forma benigna pero real de trastorno psicológico, como era dudar en la Rusia soviética de las bondades del Partido.

Así, el tipo que ve lo que todos tenemos delante de nuestros ojos y reacciona activando los naturales mecanismos de defensa –crítica, rechazo, prevención– se siente enseguida avergonzado de ellos, convencido de que lo que le parece obvio es producto, en realidad, de su fobia.

El islam no es una imagen, una idea, una entelequia. Mucho menos lo que los infieles deseemos que sea. El islam tiene un libro sagrado que cualquiera puede consultar y, aún más importante, una historia (a la que, por cierto, España no es ajena).

Los peores insultos contra el islam, los que nos valdrían la fama de peligrosos islamófobos y harían que hasta nuestros íntimos nos retirasen el saludo, no son los que inventa la islamofobia, sino las mismas cosas que predican orgullosamente los imanes. No nos atreveríamos a difamar al fundador del islam inventando que se casó en la cincuentena con una niña de seis, y que la desvirgó con nueve. No nos hemos inventado que al apóstata hay que matarle, ni que el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre, ni que la hembra debe recibir la mitad de herencia que el varón. No nos hemos inventado que Mahoma, personalmente, cortó en una ocasión las cabezas de unos prisioneros judíos hasta que se le agotó el brazo.Ni nos inventamos las lapidaciones de adúlteras, el ahorcamiento de homosexuales o la pedofilia, tan extendida en la cultura musulmana a imagen y semejanza de la vida del Profeta, que para el islam es el hombre ejemplar.

Incluso el islam más benigno, el que no pone bombas ni degüella infieles, defiende la no diferenciación de política y religión, la inferioridad de la mujer, la poligamia, la mutilación como castigo, la muerte para el apóstata, la penalización de la homosexualidad y otras tantas doctrinas que no solo nos horrorizan legítimamente, sino que deberían ser especialmente odiosas para quienes más alto claman contra la intolerancia.

Tachar a alguien de islamófobo por criticar estas cosas es como llamar abismófobo a quien se niega a saltar de una séptima planta o venenófobo a quien se resiste a ingerir cicuta. No hace falta señalar que la acusación de islamofobia es una coartada perfecta para cometer crímenes sin tener que pagar por ellos. Ningún colectivo en Occidente goza de semejante grado de indulgencia. Lo admitamos o no, islamofobia no es más que un nombre moderno para un antiguo instinto: el de supervivencia.

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Islamofobia y multiculturalismo. -José G. Dominguez/LD-

De qué hablamos cuando, en Ámsterdam, Marsella, Londres, Berlín, Viena o Badalona hablamos de islamofobia? Con las preceptivas variantes locales, hablamos en todos los casos del definitivo fracaso de esa utopía biempensante llamada multiculturalismo. Una quimera arbolada en torno a la creencia ingenua de que nosotros, los muy laicos, tolerantes y civilizados occidentales, encarnamos el modelo ideal que todos los demás habitantes del planeta ansían imitar y reproducir. Los modernos hemos querido engañarnos con la fantasía, por lo demás gratuita, de que los otros sueñan con ser iguales a nosotros. Recuérdese, sin ir más lejos, aquella exhaustiva colección de adánicas estupideces que se vertieron en la prensa europea a cuenta del presunto influjo liberador de Twitter y otros juguetes informáticos cuando los inicios de la llamada primavera árabe. Y de ahí la premisa mayor del multiculturalismo: que pueden coexistir en plácida armonía los principios que inspiran la democracia liberal, los propios de Occidente, con el código moral propugnado por el islam.

Pero ocurre que el islam canónico, el ortodoxo, resulta por entero incompatible con los valores que informan la convivencia en Europa, no por la acusación injusta de que auspicie la violencia de esa minoría marginal que integran los terroristas islamistas sino por el hecho, aquí inadmisible, de pretender imponer una regulación religiosa de la moral pública. Religión, moral y regulaciones, las suyas, que, por lo demás, ni tienen que merecernos ningún respeto ni están sus practicantes legitimados de modo alguno para exigirlo de nosotros. Y ello por la muy sencilla razón de que solo los seres humanos, las criaturas racionales de carne y hueso, son acreedores por naturaleza de merecer tal respeto. Ninguna ideología, ninguna filosofía, ninguna religión ni ningún dios poseen derecho alguno a coartar o condicionar la conducta pública o privada de un ser humano. Y mucho menos a exigirle respeto. Así, los creyentes musulmanes, en la medida en que son seres humanos, devienen dignos de merecer todo nuestro respeto.

Pero el Corán, en cambio, solo es una narración literaria. Y las narraciones literarias no tienen derechos. De ahí que a ningún discípulo intelectual de Nietzsche, Platón, Marx, Voltaire o Locke se le ocurra reclamar silencio y respeto a sus detractores con el argumento de que se sienten personalmente ofendidos ante las críticas a sus maestros. El fundamentalismo es algo consustancial al islam, del mismo modo que a lo largo de la historia también lo ha sido a los otros dos grandes cultos organizados con los que ha convivido, el cristianismo y el judaísmo. Y es que solo tras una larga batalla cultural de dos siglos, cuyas penúltimas escaramuzas –y autobuses– aún perduran a fecha de hoy, los fundamentalistas autóctonos terminaron aceptando el repliegue de las prácticas religiosas a la esfera privada. Así las cosas,en tanto que los devotos del islam insistan en la pretensión de imponer una moralidad colectiva en el espacio público seguirán instalados extramuros de lo admisible. E igual en Ámsterdam que en Hospitalet.

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