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A hacer puñetas. -Javier Somalo/LD-

Podemos pensar que la Unión Europea es un engendro de burocracias nacionales regida por una burocracia superior que genera normativas y funcionarios a granel, podemos deducir pues, que las partes y el todo no tienen nada en común y que queda un largo camino para que sea una realidad al servicio del ciudadano. Pues sí. Pero mientras eso se arregla, si es que es posible, lo inadmisible en este negro abril de 2018 es que un estado miembro, España, haya renunciado a sofocar un golpe de Estado interno.

No estaríamos en Alemania ni habríamos pasado por Bélgica o Suiza de haber tenido los arrestos para acabar con el órdago separatista en casa. Pero Pilatos se lavó las manos dejando el destino de España en la bocamanga de los jueces. Pocas veces un gobierno ha estado tan respaldado como el de Rajoy para plantar cara a los golpistas. Habíamos pasado del “hablando se entiende la gente” o el “habrá que intentarlo” de Juan Carlos I a los puños apretados y el discurso firme de Felipe VI; de la mayoría acobardada y silenciosa a la Tabarnia –a Dios gracias– escandalosa. Pues nada. En España, el Ejecutivo está concebido para vivir en La Moncloa, y de la política de Estado que se encarguen los tribunales. El desgaste por la defensa de la democracia y el imperio de la Ley que se lo remitan al juez Llarena y a su familia, que ya sufren el terrorismo de la diana en la frente.

Rajoy sólo habla de Economía y de Europa. La primera, por bien que pueda progresar y por más que sea éxito de todos, no tanto del Gobierno, está ahora en manos del PNV que se deja ofertar. Y de la segunda, estamos viendo los frutos y la anoréxica imagen de nuestro país. Ni con José María Aznar ni con Felipe González habríamos hecho parada y fonda en montañas lejanas. Gracias a Mariano Rajoy, la herencia envenenada de José Luis Rodríguez Zapatero emponzoña nuestras instituciones a un ritmo sobrecogedor.

El gobierno de España está instalado en la política de pudridero y en acatar, por no madrugar, lo que digan los tribunales propios y ajenos. ¿Es esto gobernar? No, pero hay todavía más insultos que inventariar. El pago de la fianza al golpista Puigdemont lleva el sello del Banco de España y ha salido de los Presupuestos del Estado, los mismos que costean cada afrenta en TV3. ¿Alta traición? Sí, pero dónde. ¿Malversación? También, pero de quién. “Ni un euro –dijo Cristóbal Montoro– se va a dedicar al referéndum”. Pues además de que aquello era mentira, ahí están –una vez más– Omnium Cultural y la ANC, o sea, la República de Cataluña declarada y firmada, depositando el sucio dinero español porque Madrid sí paga traidores.

En España se hizo una abdicación histórica sin Ley: se tuvo que pergeñar después del hecho consumado porque nadie se lo había planteado aunque algunos achaquen a Spottorno un papel brillante y crucial en la improvisación. Es todo así, como cuándo los franquistas se preguntaban qué llegaría después de Franco porque no concebían “el hecho biológico inevitable”. No es que legislemos en caliente, como dicen los oportunistas, es que se hace casi siempre tarde y mal, derogando lo útil e hipertrofiando lo obvio, creando instancias especiales allí donde bastaría lo ordinario, si se aplicara, claro. Y ya no somos una democracia joven, como se solía justificar en los casos más sonados de inepcia legislativa. Que van 40 años.

España se ha ido a hacer puñetas en Cataluña usando a los jueces para esconder la cobardía. Se tarda mucho en confeccionar tanto bordado y encaje que adornan las bocamangas de las togas, por eso se hacían en conventos, y hasta en cárceles, en los largos tiempos muertos del retiro. Ahora la solución togada al golpe, por omisión del deber de gobierno, se complica con interpretaciones extranjeras que sólo confirman otra desgracia más: la insistencia de Europa por autodestruirse. Eso sí, a imagen de España.

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Se buscan políticos -Javier Somalo/LD-

Donde nosotros tropezamos, ellos flotan. Donde nosotros resbalamos, levitan. Donde caemos, bailan ingrávidos.

Recuerdo aquella famosa foto de José Luis Rodríguez Zapatero fingiendo que corría por la playa con esa planta hercúlea que Marx le ha dado. Rajoy, sin embargo, no corre: anda deprisa con los puños cerrados y levantando mucho los codos y pegando el mentón a la nariz, como los dibujos animados, como si estuviera aplicando el ciento cincuenta y cinquillo antes de desayunar.

El caso es que las zapatillas del ex presidente de la foto no dejaban huella en la húmeda arena de la orilla, tan dispuesta siempre a ser garabateada. Sólo habiendo descendido desde un helicóptero para ser captado en el instante mismo de llegar a tierra podría explicarse aquel fenómeno sublime. Otra posibilidad es que no hubiera huellas porque, en realidad, no venía de ninguna parte, cosa nada difícil de asimilar en su caso. Pero creo que el misterio tiene una solución más sencilla: no pisaba el suelo. Es un político.

Y así seguimos. Con políticos incorpóreos que viven sin tocar el suelo que pisamos los demás. Donde nosotros tropezamos, ellos flotan. Donde nosotros resbalamos, levitan. Donde caemos, bailan ingrávidos. Nada les erosiona, nada les hiere o les golpea. Fantasmales, si pretendemos tocarlos se evaporan al instante. Y se burlan de aquellos a quienes representan en el Olimpo de los Jerónimos. Discuten entre ellos si la broma final se desvela antes de tiempo por descuido de una señora que confundió a unos ratones de dibujos animados –como el walking-running-de Rajoy– con un verbo del latín, Carmen Calvo dixit… Hacía tiempo que la ex ingrávida no tenía cámaras delante… y soltó el secreto mejor guardado de Rajoy que todo el mundo conocía: que perdonarán al Tejero de la Generalidad si se aviene a convocar elecciones y a eternizar la fractura nacional, eso sí, con un 155 para echarse a temblar, pero no de miedo.

El Gobierno, Ciudadanos y Carmen Calvo no se ponen de acuerdo sobre lo que han acordado. No cabía una pedorreta más sonora a la preocupación de los españoles ante un golpe de Estado. A Albert Rivera le ha molestado que la señora que dijo que “el dinero público no es de nadie” –Calvo pixie– haya hecho spoiler de la peli rodada en coproducción con La Moncloa. Al presidente lo que le molesta es que alguien que no sea Él haga anuncios… Si le molestó hasta el discurso del Rey, el del millón de Barcelona. Además, tiene la agenda muy apretada con los líderes internacionales que se rinden a su dureza porque is very difficult todo esto, en fin. Y a la señora que fue ministra con el presidente que levitaba en la orilla no le ha molestado nada porque no sabe muy bien de dónde viene tanto lío.

Entretanto, el ministro de Economía flota también diciendo que lo del éxodo empresarial no es nada con la que se avecina. Y se va a jugar al pádel o algo hasta que le llamen a alguna reunión. Ya son unos cuantos en esto del 154+1, así que habrán hecho un grupo de whatsapp con Pedro Arriola y José Enrique Serrano, históricos fontaneros que han compartido cloaca, mesa y mantel con ETA, y que han sido reclutados para el gabinete de crisis, supongo que por su experiencia en rendiciones y en borrar huellas en la arena, las de sus presidentes.

Y así podemos estar viendo revolotear a nuestros cargos públicos –cargas públicas, por ser igualitario y sincero– jugando al Poder y apostando fuerte por si el CIS o cualquier otra encuesta les sube todavía un poquito más, les despega otro trecho del suelo que pisan los ciudadanos que han puesto una bandera, que pinchan a Manolo Escobar en el balcón, que salen a la calle prohibida y que gritan de indignación ante la ausencia de un político al que le importe más el interés general que el variable.

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155 rodeos y una mentira. -Javier Somalo/LD-

Casi una semana después de que lo hiciera el Rey, el presidente del Gobierno se dignó a hablar públicamente sobre Cataluña. Entre medias, un millón de personas llenó Barcelona de banderas de España y el presidente de la Generalidad consumó el golpe de Estado proclamando, para todo aquel que lo quiera leer, la independencia de Cataluña en forma de república.

La frase pronunciada por Rajoy en el Pleno extraordinario del Congreso al hilo de un requerimiento que casi parece un chivatazo –Espero fervientemente que Puigdemont acierte en su respuesta– revela su nula intención de aplicar la Ley frente a una flagrante violación. Significa que la Generalidad goza de un privilegio más que añadir a la larga lista que ha hecho de Cataluña una comunidad artificialmente líder en muchos sectores: el privilegio de incumplir la ley sin consecuencias. Aun si se diera el remoto caso de que Puigdemont se retractara efectivamente del golpe –no de una declaración sino de todo lo que la ha rodeado–, la ausencia de una respuesta penal sería una omisión intolerable. Pero el problema real es que el nacionalismo es, por definición, inintegrable en una sociedad democrática, por lo que los indescriptibles deseos de Rajoy aventuran una rendición sin precedentes.

Como buen orador que es, Rajoy ha expuesto brillantemente, remontándose varios años, el inventario de agravios del separatismo catalán a España. Pero en su análisis está su condena: ¿cómo puede un presidente del Gobierno reconocer públicamente que se ha violado sistemáticamente la Ley hace años y que no ha habido consecuencias más allá o más acá del artículo 155? ¿Ha convertido acaso Mariano Rajoy el Poder Ejecutivo en un mero órgano consultivo que emite informes sin carácter vinculante? Si todavía tuviera un diagnóstico erróneo del problema podríamos achacarle ineptitud, que no está falta España de figuras políticas poco dotadas para el análisis. Pero si, como ha hecho en la tribuna, acierta de pleno en el diagnóstico sobre el nacionalismo no cabe sino reprobar con vehemencia su actitud como la más inútil para que vuelva la legalidad a Cataluña que fue, precisamente, lo que le reclamó el Rey.

Pese a que el texto del requerimiento remitido por Soraya Sáenz de Santamaría a Puigdemont se erige en paso preceptivo para la aplicación del artículo 155 de la Constitución, no lo es. Nada más lejos. Lo explicó muy bien el propio Mariano Rajoy en su turno de réplicas a los grupos parlamentarios:

Es muy importante que el señor Puigdemont acierte. Basta con que diga lo que le hemos escuchado aquí al señor Aitor Esteban [que no ha habido declaración de independencia]. No es lo mismo que el presidente de la Generalidad diga que ha habido declaración de independencia, en cuyo caso el gobierno actuará de una manera, o que diga que no ha habido declaración de independencia, en cuyo caso el gobierno actuará de otra manera. Son situaciones diferentes.

Así que, este remozado artículo 155 contempla la versión del delincuente como única, mienta o no. La calificación del delito le corresponde pues, al reo. ¡Menciona el 155 para que se callen! Pero si Puigdemont “acierta” ya podemos descansar de tanta fatiga y negociar. Esta es la gran mentira que hoy calma a los constitucionalistas sobrevenidos. La mentira que además, avanza los términos en los que puede plantearse una reforma constitucional. El artículo 155 sufrirá el mismo proceso que padeció la LOAPA –auténtico desarrollo del marginado artículo y magistralmente armada por Eduardo García Enterría–, que se usó para calmar los ánimos tras el 23-F y se fulminó en las fronteras del cambio político entre Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González.

El Gobierno de España ha sentado una suerte de jurisprudencia política con la gestión del golpe de la Generalidad. Si la compañía elegida es el PSOE de Sánchez –sombra y sostén de Podemos– y su idea de España, habrá quedado sin reparar la puerta derribada a patadas por la Generalidad para que la crucen el País Vasco, Navarra, Galicia, Valencia, Baleares y todo aquel que quiera ser nación destruyendo la única que lo era y merecía preservarse.

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http://www.libertaddigital.com/opinion/javier-somalo/155-rodeos-y-una-mentira-83400/

¿Nunca nos derrotarán? -Javier Somalo/LD-

El diario El País entrevistaba este viernes a Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea. Socialdemócrata holandés, “políglota” y con “el despacho lleno de libros y fotografía moderna”, según observación de El País, esta autoridad europea dice, pocas horas después del atentado en Londres, que “si reaccionamos al terrorismo como España en 2004 nunca nos derrotarán“. Cuánto peligro encierra esta frase.

Una cosa fue la reacción de urgente solidaridad con los heridos, encomiable, muy española y bien distinta a los asedios posteriores a las sedes del PP que achacaron los muertos no al terrorismo –”vuestras guerras, nuestro muertos”– sino al Gobierno. Y la otra, la más grave a fin de cuentas, es cómo se reaccionó políticamente al 11-M: admitiendo que era consecuencia de la guerra contra Sadam Hussein –en la que no disparamos una bala– y pidiendo perdón al atacante retirando nuestras tropas del terreno: estímulo-respuesta, atentado-cambio de política, matan por estar en Irak-nos vamos de Irak. En definitiva, un castigo merecido con acto de contrición y propósito de enmienda. Así, tan sacramental como miserablemente, asumimos la lógica del terrorista, haciéndole caso, convirtiéndonos en parte de su justificación y colocándonos ideológicamente más cerca del asesino que del asesinado.

Además, con dicha lógica, quedaba zanjado que el 11-M era un atentado yihadista, así que miel sobre hojuelas. “Nunca nos derrotarán”… si pagamos el precio. Aunque la derrota es el precio.

Dice Timmermans a su entrevistadora:

En mi país impresionó mucho la reacción de España a los atentados de Madrid en 2004, tan serena, sin rebelarse contra una comunidad o religión. Aprenderemos a lidiar con ello. Los terroristas son criminales que odian nuestro sistema de vida. Si reaccionamos como España, nunca nos derrotarán. Si empezamos a culpar una religión o una comunidad, ya han ganado a medias.

Le pregunta El País si ha “fracasado Europa en la integración de colectivos”. Responde el holandés:

Sí, cuando hay jóvenes que aparentemente no se sienten de esta sociedad y que están dispuestos a matar.

O sea que si se sintieran integrados no matarían, lo hacen porque no se ven como parte de la sociedad. ¿Y no será que matan porque nos negamos –cada vez menos, eso sí– a integrarnos nosotros en su modelo, impuesto en cualquier parte del mundo y convertido casi en patrimonio inmaterial de la Humanidad digno de ser preservado por la víctima, por nosotros?

Timmermans y tantos otros nos dicen que no conviene extrapolar o generalizar, que son minorías que ensucian el nombre de una mayoría y una fe, que es posible la convivencia porque ya lo fue antes –me pregunto cuándo o a qué llaman convivencia– y que nuestra respuesta no ha de ser en clave de enfrentamiento. El caso es que la única tendencia política visible, la más natural porque no resulta “fóbica” es la dirigida por Occidente contra el propio Occidente, contra el cristianismo como raíz de la sociedad democrática, se practique alguna de sus confesiones o no. El holandés y los suyos, que son legión, han localizado el problema: nuestro dolor, el daño que se nos inflige es culpa nuestra porque hemos “fracasado en la integración de colectivos” y la solución es la democracia como demostró España en 2004. Todo lo que se salga de ese esquema será intolerancia o islamofobia y eso sí que hay que combatirlo si reparar en formas.

Lo dicho por Frans Timmermans es enormemente peligroso. Por muy políglota que sea y muchos lomos de libros que exhiba en su despacho si no está preparado para el gobierno de Europa alguien debería decírselo. ¿Habrá algún libro en la biblioteca de Timmermans que le pueda ayudar a comprender lo peligroso de su actitud?

El neoyorkino residente en Europa Bruce Bawer no hace ascos a la versión oficial de nuestro 11-M –quizá cambie de opinión con el documental de Cyrill Martin– pero llega a una conclusión muy distinta sobre la reacción de un país ante un ataque terrorista. Su libro Mientras Europa duerme. De cómo el islamismo radical está destruyendo Occidente desde dentro no es lo más recomendable para los que no nos sorprendimos con el documental del anarquista francés. Asumiendo –quizá para no desviar su tesis general– la vía yihadista de nuestros atentados, sin embargo es brillante al analizar la manipulación política que nos llevó horas después a las urnas tras una agitación intolerable contra el Gobierno saliente. Más allá de la autoría del 11-M, sí encontramos muchos pasajes útiles para las lecturas de Timmermans, si es que acostumbra a leer los volúmenes de su pequeña Alejandría que tanto impresionó a la cronista de El País que lo entrevistó.

Holanda es buen laboratorio de estudio y si no que se lo digan a Ayaan Hirsi Ali o al difunto Theo Van Gogh. Bawer cita como premisa del desastre la sencilla ecuación de la laborista holandesa Fatima Elati:

En Holanda la actitud es la siguiente: siempre y cuando no me molestes, no me importa que estés aquí. Es una suerte de desatención.

El autor matiza a renglón seguido que eso quizá era correcto y hasta posible entre católicos, protestantes y laicistas holandeses. Pero añade:

Lo que ahora resulta obvio es que añadir a los musulmanes fundamentalistas a esta mezcla era un problema que no se supo prever. ¿Por qué? Porque el libertarianismo de principios de los holandeses (“Vive tu vida a tu manera y deja que yo viva la mía a mi manera”) choca dramáticamente con la esencia misma del islam fundamentalista, que dicta con todo detalle cómo debe vivir la gente y cuyos partidarios se sienten tremendamente incómodos viviendo entre personas cuya “manera de vivir” es dramáticamente diferente de la suya.

Pues así en Holanda como en cualquier parte del mundo. Pero Bawer tiene en su libro, publicado hace más de una década, una respuesta casi directa a reciente la sentencia de Timmermans sobre el ejemplo de la política española tras los atentados de marzo de 2004.

No se pueden cruzar los dedos para que el enemigo desaparezca, ni convencerle de que lo haga mediante el diálogo. Lo que está en juego no es la soberanía de dos o tres naciones sino toda la civilización democrática moderna. La mañana después de las elecciones nacionales en España pocos periodistas de Europa occidental veían las cosas de esta manera. Un diario tras otro adoptaba la perspectiva de que, por el mero hecho de ir a las urnas, el pueblo español había asestado un duro golpe al terrorismo.

Tras citar titulares y editoriales de diarios de Noruega, Suecia, Reino Unido u Holanda en los que la coincidencia es casi literal: que España reaccionó al 11-M votando en masa, añade Bawer:

“¡Sí!” –grite yo frente a la pantalla del ordenador. Para votar por el candidato de los terroristas.

Cierra su asombro citando una frase del diario noruego VG que decía: “El mensaje es claro” a la que el autor responde:

Y tanto. ¡Nos rendimos!

Lo dicho: estímulo-respuesta y castigo merecido. Tras la masacre del 11-S en los Estados Unidos, España protagonizó precisamente el peor mensaje contra el terrorismo, venga de donde venga: que un ataque provoca cambios que debilitan la lucha contra el Terror.

Lo siguiente es afanarse en buscar razones para ocultar la evidencia. Después de un atentado, muchos se preguntan –así ha ocurrido tras el último de Londres y lo hace también el holandés Timmermans– “por qué se radicalizan” aquellos que primero estudian y luego asesinan, como si no fuera esa la meta de su existencia, como si no quisiéramos verlo. Nadie se pregunta si se radicalizan porque así es como evangeliza el Islam. Luego habrá musulmanes menos ortodoxos que no quieran llevar a término y hasta condenen con sinceridad el asesinato, pero ya es hora de comprender que esos son los versos libres, no los otros. Lo único cierto que tampoco se dice jamás es que el cristianismo y el judaísmo aplicaron reformas a lo largo de su historia, evolucionaron. El islam, no. Pero Occidente seguirá criticando a la Santa Inquisición mientas vuelve a caer Bizancio.

No lo queremos ver como no veíamos a los nazis preparar su industria para bombardear Gran Bretaña. No tenían aviones capaces, no llegarían a las islas. Y la Solución Final era un cuento administrativo y no había campos de exterminio. Lo escondemos como escondían los socialistas franceses la realidad criminal de los bolcheviques del 17 que llega hasta hoy, no sólo por el centenario, y que seguirá mañana. Siempre hay alguien denunciando, pidiendo auxilio y demostrando que alguien está matando a ritmo industrial y siempre habrá otros negándoselo a sabiendas de que llevan razón. No es simple apaciguamiento. Es la prevaricación más dolosa de la Historia pues arrastra a generaciones y se hace responsable de millones de crímenes. Porque se sabe pero se oculta, se niega y se termina fomentando. Pasó con el nazismo, con el comunismo y pasa con el islamismo.

Europa, Occidente se disuelven periódicamente con tal de no reconocer a un enemigo que se esfuerza a diario en darnos todas las razones para hacerlo, en justificar su misión con todo detalle, sin ambages, de frente y con orgullo. Lo sabemos pero lo negamos. Así, desde luego, por mucho que diga Timmermans, el políglota europeísta de las bibliotecas admirador de la España que se fue de Irak tras un atentado, nos derrotarán.

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