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Inmigración, populismo y nacionalismo: la crisis de la comunidad política. -J.C.Rodriguez/Disidentia-

La llegada de seis centenares largos de personas a las costas españolas procedentes de Libia y el llamado “proceso” separatista catalán son dos cuestiones que, en principio, no tienen nada que ver la una con la otra. Pero las dos, como muchas otras que agitan los políticos en los medios de comunicación, se refieren a una misma cuestión que, de forma apresurada y sucinta podríamos expresar con la pregunta ¿quiénes somos?

Los grandes debates políticos se erigen sobre una cuestión fundamental, literalmente fundamental, que es la comunidad política, la de quiénes, y por qué motivos, se definen a sí mismos con el mismo denominador. Aunque los lindes de la comunidad política nunca han sido meridianos, sí se puede decir que la cuestión ha llegado a una situación de crisis. ¿Quiénes somos? Parece una pregunta desesperada, y lo es. Sólo plantearla provoca indignación en muchos, unos porque su respuesta debería estar clara, y otros porque la mera posibilidad de que haya otros les parece ofensiva. ¿Cuáles son los términos de esa crisis? ¿De dónde procede?

Creo que para entenderlo, lo mejor que podemos hacer es mirar nuestro pasado, a cómo se han forjado las ideas sobre cuál es la comunidad que define a cada individuo. Habrá que dar trazos gruesos, por no perdernos en los detalles, pero éstos serán suficientes para entender que tenemos una crisis política (¿Quiénes nos podemos considerar miembros de una comunidad?) que es también personal (¿A qué comunidad pertenezco? ¿Qué soy?).

Crisis política. Comencemos por ahí, por la polis. Nosotros estudiamos la historia de Grecia, pero si hubiésemos preguntado a los griegos de entonces qué son, hubiesen dicho atenienses, espartanos, corintios, tebanos o milesio. Roma, con una perspectiva rural, no urbanita como la de las polis, hizo algo extraordinario. Concedió el status de ciudadanía a los pueblos que iba conquistando, a medida que se incorporaban a su cultura (la propia palabra cultura está vinculada al mundo rural). Y recordemos que Roma fue un imperio que abarcaba desde el fin de la tierra al Mar Rojo y al Golfo Pérsico. Y rodeaba a “nuestro mar” desde Bretaña hasta Asuán.

Mientras que la polis es una comunidad ética y estaba formada por hombres con capacidad para participar en la dirección de lo común (política), los ciudadanos romanos eran propietarios de la cosa pública

Mientras que la polis es una comunidad ética y estaba formada por hombres con capacidad para participar en la dirección de lo común (política), los ciudadanos romanos eran propietarios de la cosa pública. Su ciudadanía era un concepto de cariz más jurídico. La Polis es particularista, pero la urbs romana no; lo primero son los cives, los ciudadanos, y su participación en la cultura romana. Por eso el Imperio Romano fue universalista.

Luego, de las venas del imperio en decadencia y hacia arriba emergió una comunidad religiosa (las otras que he mencionado también lo eran) totalmente revolucionaria: el cristianismo tenía vocación ecuménica, católica. Encajó bien con la concepción de ciudadano de Roma. Antes de que el continente adquiriese su propio nombre, y mucho después de hacerlo, los ciudadanos se identificaban con la cristiandad. Henri Pirenne dice que hasta el siglo XVI la Historia de Europa fue la de la Iglesia.

En ese siglo la Iglesia Occidental se fractura con la Reforma, y dejó de ser el centro de la cristiandad; pasó a serlo el Estado en cada territorio; una tendencia reforzada por el lema protestante cuius regio, eius religio. Las iglesias se nacionalizaron; de ahí el regalismo de la monarquía española, el galicalismo (Francia), o el josefismo (Imperio austro húngaro). En el caso de Inglaterra, mucho antes de que Enrique VIII desgajase la Iglesia de Inglaterra, ésta se había ido separando de Roma. Este cambio favoreció el desarrollo de conciencias nacionales, más particulares que el universalismo romano.

El Estado ha monopolizado la cultura, minando el rol que tenía la Iglesia, y ha hecho lo mismo con el derecho, al que ha convertido en mera legislación

El Estado ha monopolizado la cultura, minando el rol que tenía la Iglesia, y ha hecho lo mismo con el derecho, al que ha convertido en mera legislación. Y actúa sobre el pueblo con un afán homogeneizador. De hecho acaba sustituyendo el concepto particular, contingente, histórico, de “pueblo”, por el más abstracto de “sociedad”. El despotismo primero, por su voluntad de dirigir la sociedad desde el poder con el consejo de los intelectuales, y la Revolución Francesa después, ahondaron en el desarrollo de la conciencia nacional, históricamente vinculada al desarrollo del poder del Estado.

Sieyes señala la nación como comunidad fuente de todo acuerdo político, sin el contradictorio papel de una Constitución. Pues, si ésta limita la capacidad de acción del pueblo, constituido en nación, ésta dejaría de tener plena libertad para hacer y deshacer. Ese poder total de la nación se ha reforzado con el papel que le hemos dado a la democracia no sólo como método para elegir un gobierno, sino como fuente de leyes y también como fuente de moral; de verdad, incluso.

En el siglo XIX convivieron la globalización y el nacionalismo, los viajes masivos entre continentes, el libre movimiento dentro de Europa, y la ideología tribalista que busca sacar del desconcierto y la pérdida de referencias subsumiendo al individuo en una comunidad abstracta, ideológica, depositaria de todas las virtudes.

Polis, imperio, reino, nación… la comunidad política ha ido cambiando, pero es una categoría histórica que se ha mantenido hasta recientemente. Es difícil seguir el mecanismo destructor de una idea tan arraigada como esa. La globalización, por sí misma, no es una explicación suficiente. Ya hubo globalización a finales del XIX y comienzos del XX, en pleno auge del nacionalismo.

La identidad, que parece ser el gran tema de las últimas décadas, ha pasado de basarse en el territorio y en la historia a hacerlo en las ideas y en el presente

Han cambiado los referentes. Ha cambiado el ámbito de discusión, que ahora es global, y sus términos. Y la identidad, que parece ser el gran tema de las últimas décadas, ha pasado de basarse en el territorio y en la historia a hacerlo en las ideas y en el presente. Se ha hecho más abstracta e inaprensible. La cuestión ideológica ha sustituido a la nacional. Y esto tiene implicaciones sutiles pero de largo alcance.

La relación del Estado con los ciudadanos ha cambiado. El Estado se plantea como un poder inmanente, con una legitimidad que ya no parte tanto del proceso democrático, sino de la propia posición ideológica. El Estado es legítimo porque se suma al esfuerzo global contra el cambio climático, porque regula el matrimonio entre personas del mismo sexo, porque define según el nuevo canon cuál es la relación que deben tener hombre y mujer. La democracia ya no legitima. Es más, cuando los votantes rechazan esos cambios, se rescata la palabra pueblo en términos despectivos, como residuo histórico por reciclar, y llamamos “populismo” a la realidad democrática no aceptada por la ideología predominante.

En Cataluña, los nacionalistas han aprovechado, en aparente paradoja, la crisis de la comunidad política para sus propios propósitos. Por un lado dicen que esa comunidad es sólo Cataluña; una pretensión sin base histórica. Y por otro proclaman el “derecho a decidir”, un mecanismo sin base ni propósito claros: decidir ¿quién?, decidir ¿qué? ¿Cualquiera puede decidir cualquier cosa? El mecanismo democrático ¿es válido para un demos arbitrario? ¿Genera legitimidad por sí solo? El nacionalismo medra entre esas confusiones.

En Estados Unidos ha salido elegido un presidente populista. Legítimo para quienes todavía creen en la democracia, ilegítimo para quienes creen que es la ideología la que otorga el plácet

En Estados Unidos ha salido elegido un presidente populista. Legítimo para quienes todavía creen en la democracia, ilegítimo para quienes creen que es la ideología la que otorga el plácet; por eso había quien pedía la recusación (impeachment) de Donald Trump antes incluso de que jurase como presidente de los Estados Unidos.

En Europa ese proceso de sustitución de legitimidades tiene un papel crucial. Sobre los Estados se ha erigido, en un esfuerzo que ha llevado décadas, un nuevo Estado. Es un árbol sin raíces populares, cuyo sostén político son los Estados miembros. La UE ni es democrática ni, en realidad, puede o desea serlo. Le falta un demos, un pueblo, una comunidad política propia. Necesita crear una ciudadanía europea, pero es prácticamente imposible. ¿Cómo salva esta situación tan precaria un Estado no democrático sobre una sociedad tan profundamente democrática?

Por dos vías. Afortunadamente para la UE, ha encontrado una fuente de legitimidad muy conveniente en la ideología dominante. La otra vía parte de la constatación de que no puede construir una ciudadanía europea si los ciudadanos siguen sintiéndose sobre todo parte de sus comunidades nacionales. Rompámosla. Echemos por tierra las referencias culturales de la vieja Europa, disolvamos la población con nuevas comunidades procedentes de fuera, hagamos que cada vez sea más borrosa la definición de lo que es ser francés, español, húngaro, austríaco… La inmigración masiva no es un problema. Es una solución.

Yo soy partidario de la libre inmigración, pero esa no es la cuestión aquí. La cuestión es que cuando volvamos a preguntarnos ¿quiénes somos nosotros?, nuestro único referente sea el gobierno europeo.

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Ha caído la gran mentira de nuestro sistema político. -José Carlos Rodriguez/Disidentia.com-

La elección de Pedro Sánchez como presidente del gobierno ha desvelado una de las grandes mentiras de nuestro sistema político; quizá la mayor de todas ellas. Entre la extrañeza y la decepción, no son pocos los que dicen en alto que a este presidente del gobierno no le han votado.

En su discurso de despedida como presidente del partido, Mariano Rajoy dijo que en dos ocasiones los españoles habían rechazado a Pedro Sánchez como jefe del gobierno. Con estas palabras, restaba legitimidad a su sucesor cuando acaba de iniciar su anhelada e improbable presidencia.

Las reglas son así. A los presidentes del gobierno no los eligen los españoles

Y, sin embargo, no puede caber un ápice de legalidad de la presidencia de Pedro Sánchez, e incluso de legitimidad. Las reglas son así. A los presidentes del gobierno no los eligen los españoles. Éstos votan a los miembros del Parlamento y es la Cámara Baja la que elige al presidente, del que cuelga una riada de nombramientos, de los ministros abajo, que conducirán con sus indicaciones la dirección política del Estado.

Si nuestro sistema político es así, si hemos pasado ya por 13 elecciones generales y siete presidentes del gobierno, ¿cómo puede haber gente que se sienta defraudada, extrañada incluso? Porque una cosa es cómo funciona mecánicamente el sistema y otra cuál es su funcionamiento real.

La teoría es que los ciudadanos elegimos el Parlamento y éste al presidente. Pero la realidad es que los ciudadanos no tenemos apenas capacidad de decisión. Nuestro único poder es el de elegir dónde se cortan las listas elaboradas por los líderes políticos. La verdad es que, incluso en las circunscripciones en las que sólo se eligen cuatro o cinco diputados, los electores votan por la lista del candidato, que es el líder del partido. Luego los votantes no votan a los parlamentarios que luego van a elegir al presidente, sino directamente al líder del partido.

De modo que el nuestro es en realidad un sistema mixto. La designación de la dirección política responde al parlamento, pero funciona casi como un sistema presidencialista. Y el resultado es que lo que refleja la Cámara es el resultado de la competencia entre listas electorales, cortadas según la aplicación de la ley D’Hont en las circunscripciones provinciales.

Este sistema mixto es lo que fomenta y asienta la partitocracia que en España llamamos democracia

Puede parecer una distinción sin importancia, pero no lo es. Porque este sistema mixto es lo que fomenta y asienta la partitocracia que en España llamamos democracia, quizá porque nunca hemos conocido un sistema plenamente democrático, quizá porque es lo que tenemos y nos vemos obligados a decirnos a nosotros mismos que España es una democracia.

Puesto que lo importante, lo relevante desde el punto de vista político es la lista. Y las listas las elige el candidato desde el partido. Luego son los partidos políticos los que dirigen la política en España, y nosotros, los ciudadanos, sólo podemos repartir su cuota de poder elección tras elección. El poder reside en los partidos, y por eso tiene tantísima importancia la corrupción asociada a su financiación. El dinero sabe a quién tiene que comprar, y desde luego no es a un diputado que no es más que un lorito de los mensajes del partido en el atril, y que en la comodidad de su escaño no es más que un sumando en las votaciones. No. El poder real está en los partidos, y a ellos se dirigen los fondos de quienes esperan de él tal o cual prebenda.

La partitocracia es tan podrosa que los líderes de los (hasta ahora) dos partidos con posibilidades de obtener el poder regional en la mayor parte de España, son los que elegían, o toleraban, a los candidatos de esas regiones. De modo que ni siquiera la división del poder territorial ha podido moderar el inmenso poder que reside en los partidos.

Asentado sobre esas bases, y con el sistema político español, son los partidos los que controlan no sólo el Parlamento, sino otras instituciones como el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional o Radio Televisión Española. Todos los órganos de poder, cuando miran hacia arriba, confluyen en los mismos centros, los partidos políticos.

Hay una alternativa, tan real como que es la que funciona en las mejores democracias del mundo. Se trata de la circunscripción uninominal, o diputado de distrito

Habrá quien piense que en eso consiste una democracia. Que los partidos políticos son el instrumento habitual, efectivo incluso, para vehicular el voto ciudadano. Y puede que se pregunte qué otra cosa podemos hacer.

Pero no es así. Hay una alternativa, tan real como que es la que funciona en las mejores democracias del mundo. Se trata de la circunscripción uninominal, o diputado de distrito.

El partido no presenta una lista de candidatos ignotos, de escasa relevancia, y cuya contribución a la política, la que les ha conducido a la lista de elegibles, es su fidelidad al líder del partido. No. Presenta a un único candidato. Un candidato que, a diferencia de los listeros, tiene que bajar la mirada a los ciudadanos, hablarles directamente a ellos, y ganarse, él o ella, su confianza mayoritaria.

Esto supone un cambio fundamental, porque el diputado a quien debe su puesto no es tanto a la designación del partido como al voto de los ciudadanos. El partido le otorga el valor de su propia marca; estará respaldado por el hecho de formar parte de un proyecto más grande, con un conjunto de ideas ya conocido, más el apoyo económico a su candidatura. Pero la reelección no dependerá ya de cómo le mire el líder, sino de cómo le valoren los ciudadanos.

Por eso ocurre en los Estados Unidos, en el Reino Unido o en Francia que los diputados se enfrentan a su propio partido, y votan en ocasiones en contra de sus directrices políticas. Porque saben de quién necesitan renovar el apoyo. Además, cuando la carrera política ya no está en los despachos de los apparatchik, sino en la calle, la calidad de la democracia mejora substancialmente.

No deja de tener gracia que sea la traición del PNV la que haya hecho saltar por los aires la gran mentira del sistema político español

Si, además de elegir a los diputados de forma uninominal, es a dos vueltas como en Francia, el sistema tiene otras características, que serán ventajas o no según la preferencia de cada uno; principalmente una: que el voto a los partidos minoritarios tiene sentido. Porque, aunque su candidato no salga elegido, si apoya a un rival más afín obtendrá al menos la atención a las intenciones de sus votantes, si quiere repetir. El envés de esta situación lo hemos visto claramente en aquel país: hay un partido, el Frente Nacional, con una popularidad creciente pero con una fuerte oposición fuera del mismo. Y ha sido expulsado del Parlamento de forma sistemática, y sin reflejar el verdadero sentido del voto de los franceses. Sólo recientemente ha logrado el FN romper ese cerco.

Yo, particularmente, no tengo miedo al bipartidismo si es con un diputado de distrito. Pero resulte o no en la preeminencia de dos partidos, la circunscripción uninominal tiene la ventaja de que favorece la creación de mayorías absolutas. Y esto es muy importante en España, porque aquí el voto de la inmensa mayoría de los españoles cuenta muy poco, pues muchas veces queda pendiente de completar una mayoría con los diputados de un grupo nacionalista e insolidario. No deja de tener gracia que sea la traición del PNV, perdonen el pleonasmo, la que haya hecho saltar por los aires la gran mentira del sistema político español, colocando al frente del gobierno a un hombre que, sencillamente, los españoles no quieren.

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Guía útil de Venezuela y Podemos.-J.C.Rodriguez/Vozpópuli-

 

Los dirigentes de Podemos han puesto a Venezuela como ejemplo hasta el desplome económico. Cuando no han podido mantener un estricto régimen de silencio.

La venezolana es una economía socialista. Hugo Chávez primero, y Nicolás Maduro después, han acabado progresivamente con lo que había de economía libre desde 1999. Esta no es una historia sobre el (neo-archi-ultra) liberalismo, sino sobre el dominio socialista de la sociedad por el Estado.

El gobierno ha tomado el control de gran número y de grandes extensiones de terreno cultivable.

Según The Economist, “la renta por persona ha vuelto a la que era en los años 50’”

En 2005, Venezuela era todavía el país número uno en renta per cápita en Iberoamérica, en paridad del poder de compra. En 2016, según datos del FMI, le superan 13 países de la región. Según The Economist, “la renta por persona ha vuelto a la que era en los años 50’”.

Chavez llegó al poder con el barril a 18 dólares. Desde 2005 y hasta su muerte, rondó los 80 a 100 dólares, aunque con una gran sacudida en 2008-2009. Dedicó una parte importante del ingente flujo de divisas a distribuirlo entre los más pobres o los más aislados económicamente. Con este modelo de compra masiva de votos se aseguró la victoria elección tras elección.

A comienzos de los años 2000, el régimen chavista comenzó a tomar el control de Petróleos de Venezuela, despidió a sus directivos y al 40 por ciento de su plantilla, y lo sometió a una gestión socialista. En Chile, Allende hizo lo mismo con el mercurio y el país, primer productor del mineral del mundo, pasó a importarlo. Hoy Venezuela tiene que importar petróleo ligero porque ya no sabe cómo producirlo.

A comienzos de los años 2000, el régimen chavista comenzó a tomar el control de Petróleos de Venezuela, despidió a sus directivos y al 40 por ciento de su plantilla, y lo sometió a una gestión socialista

Desde julio de 2014, el petróleo se ha desplomado, y el barril pasa de los 100 al entorno de los 50 dólares. Es un precio por encima del que tuvo Chavez en sus cinco primeros años en el poder, pero ahora se empiezan a ver los efectos de década y media de socialismo.

Los ingresos del petróleo dejaron de ser suficientes para comprar votos. Y los pagos se empezaron a hacer con inflación; es decir, con papelitos de un valor cada vez menor. Según Steve H. Hanke, la inflación es del 789 por ciento. El socialismo ha liberado a los venezolanos de la tiranía del trabajo asalariado, y los ha puesto a hacer cola para llevarse los restos.

Como en tantas ocasiones, el régimen quiso bajar la inflación a martillazos, es decir, imponiendo precios máximos. Al no permitir que los productores vendan a unos precios que cubran sus costes, dejaron de producir, o de vender a Venezuela. Llegó el desabastecimiento generalizado.

Los venezolanos, con un dinero que pierde valor día a día, no pueden alimentarse porque escasea la comida. El 93 por ciento dice que no puede abastecerse de alimentos suficientes, y tres de cada cuatro venezolanos ha perdido peso en el último año. Nada, por cierto, sobre lo que la FAO tenga algo que decir.

Farmacias y hospitales se han quedado sin suministros de medicinas. El año pasado la mortalidad creció un 66 por ciento.

Las familias de los dirigentes viven una ostentosa opulencia sustentada sobre la explotación capitalista del narco

Desesperados ante la perspectiva de morir de hambre en su país, decenas de miles de venezolanos cruzan a pie las fronteras con los países vecinos por pura supervivencia.

Esta carencia no afecta a los miembros del régimen, que utilizan como moneda los dólares del imperio yanqui, y que por tanto pueden acceder a los bienes vedados al común de los ciudadanos.

Las familias de los dirigentes viven una ostentosa opulencia sustentada sobre la explotación capitalista del narco. Venezuela ha pasado de ser un petroestado a un narcoestado. Era más digno ser una república bananera.

El socialismo se basa en que unos pocos mandan y los demás obedecen, y eso se refleja en unas diferencias de renta mucho mayores que en una sociedad libre. La reducción del número de pobres se hace en Venezuela por el expeditivo método de la muerte por inanición.

El hambre y la miseria son los negros frutos del socialismo en la economía. En la política, el socialismo también se está cobrando sus víctimas; los muertos por represión superan ya el centenar.

El régimen ha quitado uno por uno todos los poderes de la Asamblea. Luego ha mandado a sus esbirros a atacar físicamente a sus miembros

En 2013, tras la muerte de Chavez, Maduro ganó por un escaso margen de votos en unas elecciones con graves irregularidades. En 2015, la oposición, una alianza que va desde los comunistas a la derecha, ganó por amplia mayoría las elecciones legislativas. El fracaso económico se ha traducido en fracaso político.

El régimen ha quitado uno por uno todos los poderes de la Asamblea. Luego ha mandado a sus esbirros a atacar físicamente a sus miembros. Y finalmente la ha substituido por una “Asamblea Constituyente” cuyos candidatos están todos elegidos por el propio gobierno chavista.

La oposición ha llamado a los venezolanos a participar en un referéndum sin ninguna base institucional. Votaron 7,3 millones de venezolanos. El chavismo convocó a los venezolanos a apoyar su Asamblea Constituyente y aunque no hay datos fiables, el número de votos fue muy inferior a esos 7 millones largos.

Hugo Chávez le entregó a estos gallardos españoles más de 7 millones de euros para “crear en España fuerzas políticas bolivarianas”

La comunidad internacional le ha dado la espalda al régimen de Maduro. Sus únicos apoyos, Rusia y China, pueden acabar de hundir al régimen si Venezuela no puede pagar sus deudas con ellos y se la cobran directamente de sus recursos petrolíferos.

Los creadores de Podemos han asesorado al régimen de Hugo Chavez directamente o por medio de una organización pantalla llamada CEPS casi desde el inicio del régimen.

Allí, Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero y otros hacían de voceros del régimen, y le asesoraban sobre cómo mantener el socialismo y ganar elección tras elección, por medio de un execrable juego maquiavélico.

Hugo Chávez le entregó a estos gallardos españoles más de 7 millones de euros para “crear en España fuerzas políticas bolivarianas”.

Los dirigentes de Podemos han puesto a Venezuela como ejemplo hasta el desplome económico. Cuando no han podido mantener un estricto régimen de silencio, se ha negado a condenar una sola de las actuaciones del chavismo, han negado la legitimidad a la oposición y han ejercido el anti-antichavismo con profusión.

Quien vea lo que pasa en Venezuela y lo que puede pasar en España es porque no quiere.

Origen: Guía útil de Venezuela y Podemos