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La hora de los cobardes. -Eduardo Goligorsky/LD-

En agosto de 1968 viajaba desde Buenos Aires rumbo a Nápoles en un crucero que hizo una escala de pocas horas en Barcelona. Atrapado por el infantilismo de izquierda, me negué a pisar el país gobernado por un dictador llamado Francisco Franco. Y un buen amigo, el admirado escritor y editor de ciencia ficción Domingo Santos, debió subir abordo para conversar conmigo. En 1975, cuando Franco agonizaba, vencí aquellos pueriles escrúpulos y visité Madrid y Barcelona, allanando el camino para huir del infierno argentino. Y en 1976 me radiqué definitivamente en Barcelona.

La hora de los valientes

Tuve el privilegio de asistir a la epopeya de la Transición. Aquella fue la hora de los valientes. Se llamaban Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa, Manuel Fraga Iribarne, Santiago Carrillo, Felipe González, Josep Tarradellas, Manuel Gutiérrez Mellado y una pléyade de políticos, juristas, empresarios, sindicalistas, militares e intelectuales que, anteponiendo la racionalidad a las vísceras, sentaron las bases de la convivencia en una sociedad democrática regida por una Constitución modélica e integrada en la Comunidad Europea.

Y tuvieron que ser valientes porque enfrente se alzaban fuerzas poderosas que sembraban el terror moviéndose en direcciones opuestas: asesinos de ultraderecha entreverados con militares golpistas; asesinos de ultraizquierda vinculados con tenebrosas bandas extranjeras; y asesinos ultranacionalistas conjurados nada menos que para adueñarse de fragmentos de España después de hacerla saltar en pedazos. El corolario de esta ofensiva perpetrada por fanáticos embrutecidos fue un tendal de víctimas, entre las que ocupaban un lugar sobresaliente los miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, acompañados por adultos y niños civiles. Los valientes y los mártires quedaron eternizados en la memoria histórica de la Transición.

Lobotomía selectiva

Nada que ver con el engañabobos que nos endilgó con ese nombre –Ley de Memoria Histórica– en el 2007, José Luis Rodríguez Zapatero, cuando todavía se estaba entrenando, a costa de los españoles, para convertirse en el alcahuete de Nicolás Maduro. Esa ley, que su discípulo Pedro Sánchez está tuneando con los guerracivilistas y los renegados de su acta de nacimiento española, es unescalpelo de lobotomía selectiva, que borra los recuerdos fácticos que contradicen el dogma ideológico y los sustituye por posverdades sectarias, para así anular los efectos terapéuticos de la Transición.

El historiador Josep M. Fradera impugnó esta manipulación del pasado practicada con alevosía (La pàtria dels catalans, La Magrana, 2009):

En realidad, los españoles adoptaron este camino de reconciliación de manera mayoritaria a partir de los años 1976-1977 y se reafirmaron en el momento del golpe de Armada, Milans del Bosch y Tejero, en una combinación, difícil de definir, de olvido, de esperanza en un futuro libre de los fantasmas del pasado y de confianza en las capacidades de la democracia que precisamente se estaba consolidando. En términos generales, respondía a una reflexión, a menudo silenciosa, sobre el desastre colectivo de periodos anteriores, y respondía, además, a la experiencia colectiva de los últimos años del franquismo. El hecho de plantear el rescate del pasado como una rectificación de esta percepción mayoritaria es una operación políticamente insensata y moralmente execrable.

Tira y afloja obsceno

La “operación políticamente insensata y moralmente execrable” ha ido in crescendo desde que se puso en marcha. Cambios arbitrarios en el nomenclátor urbano; ocultamientos y falsedades añadidos en los textos escolares; expurgación de placas conmemorativas de avances sociales y de inauguraciones de infraestructuras; símbolos e imágenes descolgados de los edificios y lugares públicos, olvido de las checas y de los “paseos” homicidas. Hasta llegar al extremo de emprender un tira y afloja obsceno con una momia que lleva cuarenta y tres años arrumbada en el pudridero. En otra época se habría interpretado esta pantomima como una blasfemia, pero hoy la vemos como una maniobra de distracción típica de los demagogos timadores que subestiman la inteligencia de los ciudadanos.

El locuaz supremacista Carles Mundó no se conforma con la espectacularidad del esperpento y exige más claudicaciones al pelele (“Enterrar a Franco”, LV, 30/8):

Han tenido que pasar cuatro décadas para que un gobierno socialista se atreviera a dar ese paso, que nunca dio ni Felipe González ni José Luis Rodríguez Zapatero. El frágil apoyo parlamentario de Pedro Sánchez explica que a falta de resultados tangibles se dedique a sustentar su acción política en cuestiones de fuerte carga simbólica para acentuar perfil ideológico.

Fanfarrones de pacotilla

Ha sonado la hora de los cobardes, propulsados al puesto de mando por los traficantes de odio. Estos advenedizos han salido de sus idílicos despachos burgueses para comportarse como si hubieran ganado la guerra incivil y estuvieran castigando a los vencidos y recogiendo el botín. Fanfarrones de pacotilla, balbucean su asentimiento cuando los caciques de la tribu amotinada les recitan su pliego de condiciones. Se ensañan con los muertos, pero permiten que los vivos los atropellen, los humillen y les vacíen la bolsa.

Cobardes sin remedio, asisten acojonados a la okupación de cuatro provincias del Reino de España por los jerarcasdepredadores de una repúblika inexistente. “Sánchez avisa a Torra de que aplicará el 155 si vuelve a la vía unilateral”, truena La Vanguardia (31/8). Pero el día siguiente, leemos en el mismo diario que la ministra portavoz, Isabel Colaá subrayó que la advertencia al Govern catalán de que no debe saltarse la ley “no quiere decir que el Gobierno tenga encima de la mesa la aplicación de nuevo del artículo 155, porque no se lo ha planteado”. Con dos titulares intencionalmente hilvanados en la misma página. Arriba: “Torra responde al Gobierno que su misión es `obedecer al pueblo´”. Y abajo: “…y Sánchez pide al president que abra un diálogo político en Catalunya”.El pozo del servilismo no tiene fondo

Borregos complacientes

Solo en un país gobernado por borregos complacientes es posible que los políticos, empresarios, periodistas y aquella fracción de la sociedad que se preocupa por el futuro, hayan estado pendientes de la arenga que amenazó con pronunciar el 4 de septiembre el cabecilla vicario de la banda que ha invadido cuatro provincias del Reino de España, regurgitando las órdenes del capo emboscado en el palacio de Waterloo.

Y por fin descargó su órdago contra el Gobierno constitucional el golpista que usurpa contra natura, con el 47 % de los votos y el 36 % del censo electoral, la representación de la mayoría social del pueblo de Cataluña, mayoría social por la que este intruso siente y demuestra un desprecio mayúsculo. No solo dio por válidos los actos delictivos que culminaron en la proclamación de una falsa repúblika, sino que despotricó contra el Poder Judicial con la misma virulencia con que lo hacen los autócratas ultrarreaccionarios polacos y húngaros, y se comprometió a desobedecer las sentencias si estas castigan a los jerarcas del Estado Mayor del entramado subversivo que lo cuenta entre sus cerebritos. Eso sí, Torra reclama que las masas apoyen su política con movilizaciones semejantes a las que organizaban disciplinadamente nazis, fascistas, comunistas y peronistas, y radicalmente opuestas, por sus fines discriminatorios y segregacionistas, a las que encabezaban dos próceres de cuyos nombres los supremacistas se apropian arteramente: Nelson Mandela y Martin Luther King.

Instrumento de liberación

Recuerdo una vez más la lúcida advertencia que formuló Marius Carol, director de La Vanguardia, apartándose, en un acceso de hartazgo, de la tibieza oportunista de su diario (“Salir de la rueda del hámster”, 4/12/2017):

O enterramos el procesismo o cavará nuestra tumba.

Para enterrarlo, España deberá tener un Gobierno que no descanse, como el de la minoría socialista, sobre las palas de quienes están cavando nuestra tumba. Este nuevo Gobierno de salvación nacional entenderá que aplicar el artículo 155 equivale a tratar una gangrena con ibuprofeno. Los sabios que redactaron la Constitución nos legaron el artículo 116, convencidos de que para evitar amputaciones territoriales como la que estamos padeciendo es imperioso recurrir a los estados de alarma, de excepción y de sitio. Cuando existe este instrumento de liberación, es imperdonable dejar a la mayoría social de Cataluña sometida a la estulticia de sus invasores.

PD: Desesperado por alcanzar la mayoría social que la ciudadanía le niega perseverantemente, el caradura Oriol Junqueras publicó una empalagosa “Oda a la amistad” (El Periódico, 3/9) en la que hace votos de amor fraternal, incluso con aquellos con quienes discrepa. Esto, escrito por uno de los caudillos de la horda etnocéntrica que se subleva para levantar fronteras materiales y emocionales entre los habitantes de cuatro provincias del Reino de España, por un lado, y sus hermanos del resto del país, por otro, bate records de desfachatez.

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O nos rebelamos o fenecemos. -Agapito Maestre/LD-

La cuestión clave que tienen que discutir los partidos políticos es la revitalización de una Nación, España, que está en ruina.

No le falta sentido común a quien dice que “la educación, la política fiscal, la lucha contra el cambio climático, las estrategias para la migración u otros similares necesitan de un profundo y permanente debate entre los políticos para dar respuesta a retos complejos y cambiantes.” Pero esa razonable queja desaparece al instante, se esfuma como todos los lloriqueos cínicos, si no se acepta que la cuestión clave que tienen que discutir los partidos políticos es la revitalización de una Nación, España, que está en ruina. Mas la desaparición de la Nación es algo que no están dispuestos a reconocer ni el Gobierno ni la Oposición. Tampoco la mayoría de la prensa se atreve a criticar esa ceguera o servidumbre voluntaria de los partidos políticos.

Por lo tanto, si no aceptamos que los políticos españoles de hoy, como los de la vieja Restauración de Cánovas, se han constituido en casta sin otro móvil, cito textualmente al delicioso Galdós, que “tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático”, entonces carece de viabilidad cualquier crítica a un “sistema político” que nos lleva a todos al borde del precipicio. Es obvio que solo hay una salida en estos momentos para empezar a tener alguna “esperanza”: ¡Elecciones ya! No veo otra forma de rescatar el “espíritu de regeneración” que surgió hace unos años con la aparición de dos nuevos partidos. ¿Qué hacer para forzar esa convocatoria electoral? Se me ocurren muchas cosas, pero creo que ninguna es realista, entre otros motivos, porque los “españoles” duermen, o peor, están medios moribundos asándose en las playas. Poco espero de un gentío que le va la marcha fúnebre de una España de cantones y perroflautas. La mayoría desconoce por completo la situación política, moral y, sobre todo, cultural del país. Creen que esto está mal pero aguantará. ¡Pobres majaderos! Ahora, como en los viejos tiempos de la otra Restauración, el pueblo nada sabe, nada sospecha, o sea, “se enterará de la nueva esclavitud cuando ésta ya no tenga remedio.”

Mientras tanto, mientras Sánchez gana tiempo para retorcerle el brazo a todos sus adversarios, recordémosle permanentemente que su moción de censura era para convocar elecciones generales. Mientras Sánchez utiliza hasta la extenuación todos los aparatos del Estado en beneficio propio, afirmémonos en la crítica a todos los medios de comunicación que apoyan cínicamente este tiempo de vacuidad política. No valdrá para mucho, pero es un desahogo, una forma de afirmación moral de nuestra quebrada voluntad de ciudadanía. En fin, carezco de las palabras adecuadas para salir de esta ruina política, pero, mientras se inventan otras, me apunto a las últimas que escribiera uno de los más grandes escritores españoles de todos los tiempos: ” Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía (…). Constituirá el único síntoma de vida”.

Pues eso: o nos rebelamos o fenecemos.

Ver artículo original:

La Generalidad golpista subcontrata al Gobierno Falconetti -F.J. Losantos/LD-

Estado del golpe de Estado de otoño de 2017 en el verano de 2018 (II)

Un año después del atentado en Las Ramblas del islamismo catalán (su origen fue la mezquita de Ripoll) que, descaradamente manipulado por los separatistas, supuso el primer acto internacional del golpe de Estado, se ha repetido el desprecio a las víctimas y la exculpación de los verdugos, a los que el año pasado se compadeció y éste se ha ignorado. La razón última fue, el año pasado, la cobarde actitud del Gobierno Rajoy, que dejó solo al Rey en la defensa del orden constitucional. Este año, la cobardía ha dejado paso a la complicidad: Falconetti ha respaldado y su Gobierno ha defendido la infinidad de fechorías, injurias y mezquindades del catanazi Torra, que junto a Ada Colau (tras decir que “Barcelona responde al terror con amor” se negó a quitar una gigantesca pancarta contra el Rey que ha visto todo el mundo) ha alardeado de su dominio en las calles y de su desprecio a la legalidad que se supone representa. Por supuesto, contando con la siembra de odio a España y los españoles, en especial los catalanes no nacionalistas, que a diario destilan la TV3 y demás medios catalanes apesebrados en la Generalidad, un verdadero dineral al que, aunque español, no hacen ascos.

La Generalidad debería estar intervenida

La razón última está clara. La Generalidad, que debió ser intervenida y la autonomía suspendida sine die tras el Golpe de Octubre de 2017 fue mantenida por Rajoy y Soraya, con el respaldo condicionado del PSOE: no tocar TV3. Las elecciones absurda y rápidamente convocadas por Rajoy para quitarse de encima el muerto, o, en su jerga, el lío, arrojaron, con idénticos medios, resultados semejantes. En el lugar de Puigdemont, se colocó a un siniestro racista llamado Torra que presume de que sus hijos forman parte de las bandas de matones –CDR- que atropellan y apalean a los catalanes que no comulgan con el separatismo. Y unos meses después se produjo lo que realmente supone un cambio radical, y radicalmente a peor, de la situación nacional: Rajoy fue depuesto por los golpistas, que entronizaron a Sánchez. La Moncloa quedó subcontratada por los golpistas.

Seguimos sin saber por qué Rajoy se negó a dimitir en la moción de censura, impidiendo que se consumara la elección de Sánchez y el acceso de los golpistas al Gobierno, que desde entonces está a merced de los separatistas. Es una de las muchas deudas que el lamentable registrador de Pontevedra tiene contraídas con la opinión española y no parece dispuesto a pagar. Tampoco sabemos en qué términos se fijó el acuerdo del PSOE y los golpistas, aunque como ha recordado Xavier Salvador en Crónica Global se ajusta como un guante al pacto de Iglesias y Jonqueras en Can Roures. Da igual: los hechos acreditan el compromiso, más o menos explícito de un Sánchez que se niega a convocar elecciones para disfrutar del Falcon en sus asuetos veraniegos, aunque al precio de ignorar las actividades golpistas, cuando no las comparte mediante Batet, ministra del Golpe en su Gobierno.

Sin embargo, el aniversario del 17A, convertido por los separatistas en reedición del primero, con manifiesto desprecio a las víctimas, utilizadas como mero pretexto para recordar sus presos y reafirmarse en su proyecto de apartheid para media Cataluña y voladura del régimen constitucional, ha dejado tan groseramente claro el estado de sumisión a los golpistas en que Sánchez pretende seguir en la Moncloa año y medio, que puede decirse sin duda alguna que su Gobierno no sólo es ilegítimo –no ilegal- por incumplir la promesa que, en vez del programa de Gobierno, hizo en el Parlamento de convocar elecciones a la mayor brevedad posible (tan grave, decía, era la emergencia nacional tras la caquisentencia del bufete Garzón y Asociados) sino por negarse a cumplir sus obligaciones para con el Estado y la nación.

Las ofensas públicas al Rey no son personales

El Jefe del Estado ha sido sometido a un rosario de humillaciones –que parece considerar parte de su oficio, y no lo son- y ha sido defendido sólo por el PP y, muy especialmente, por Inés Arrimadas y C’s, que fue la fuerza más votada en las elecciones y con la que debería entenderse un Gobierno de España si no se hubiera forjado contra ella y para destruirla. Pero no sólo el PSC-PSOE ha aparecido como mero apéndice golpista sino el propio Gobierno, que se niega a cumplir sus obligaciones indeclinables. La primera, proteger al Jefe del Estado, de nuevo expuesto no sólo a unas humillaciones que no se le hacen a él en persona sino a todos los españoles, sino también a unas condiciones de inseguridad verdaderamente criminales.

La pancarta criminal contra el Rey

Criminal pantalla perfecta para un francotirador era la pancarta de quince metros que ha presidido el acto oficial para las televisiones de todo el mundo. Gracias a la actuación de un ciudadano ejemplar, Opazo, LD ha contado con todo detalle cómo eran mozos de escuadra los que la protegían en el mismo edificio usado para colgarla. Luego hemos sabido que se dio la orden de retirarla a las cinco de la mañana y se revocó a las seis, pero la fechoría fue luego defendida por Ada Colau y por el mismísimo consejero de Interior, un tal Buch, responsable de la seguridad del acto: “los mossos protegieron la pancarta contra el Rey porque hay libertad de expresión“, dijo o mugió en la radio golpista del Conde de Godó, ¡que godó que conde!

La única libertad respetable en Cataluña es la de los no nacionalistas que se enfrentan a la dictadura de los nacionalistas, estos fatuos matoncillos cebados con dinero público. Sin embargo, la gentuza que desde Torra a sus CDR injuria a diario como mujeres –sin que las femirrojas digan ni pío- y amenaza de muerte a Inés Arrimadas y otras representantes de Ciudadanos, es, por culpa del Gobierno anterior y en vez de una celda, la Generalidad catalana, máxima representación de ese Estado Español que Torra llama a combatir pero del que cobra, como sus S.A. y la mediocracia del Pessebre.

El Gobierno de España tiene el deber de proteger esa libertad, no la de agredir a los españoles, a sus instituciones y a sus símbolos, delitos penados que se niega a perseguir. Al revés. Torra ha perpetrado en apenas 48 horas tal cúmulo de fechorías que si Sánchez no fuera Falconetti habría roto cualquier relación con él y convocado elecciones generales, ya que depende de una mayoría parlamentaria que, ay, del hilillo de Torra pende.

La ministra de Justicia, con Torra

Recordemos: ese desafortunado cruce entre Popeye y Cocomocho no fue al recibir al Rey, luego le plantificó delante a la mujer del golpista Forn, el que distinguía tras el atentado entre muertos catalanes y españoles, convirtió oficialmente los actos que debían homenajear a las víctimas en algaradas en favor de los golpistas presos y del propio Golpe, ha llenado los medios de declaraciones injuriosas y ha llamado a combatir al Estado que oficialmente representa, y, por último, pero en primer lugar por su gravedad, ha respaldado la carta de Junqueras y demás patulea reclusa acusando al Estado, a través del CNI, del propio atentado de las Ramblas.

José García Domínguez ha analizado en un soberbio artículo de LD la repugnante fechoría moral del masajista de Soraya Sáenz del Diálogo. Pero un Gobierno no puede quedarse en el aspecto moral. Debe asumir en el ámbito legal una atrocidad como la que se le imputa a un órgano que él dirige, el CNI, y responder de inmediato. Lo ha hecho y precisamente la que debía, la ministra de Justicia, pero para elogiar calurosamente a Torra.

Mucho le debe el Gobierno a Garzón, pero no tanto como para hacer ministra a su entrañable. La entrevista en la SER tras el 17A prueba que si Delgado es, en lo político, una calamidad; en lo intelectual es una nulidad, y encima cursi, a lo Colau, lo que no encarece su excelencia como fiscal. La actuación de Torra, que incluyó un mitin de apoyo a los golpistas frente a la cárcel de la que no se atreve a sacarlos –lástima, volverían juntos- le pareció “correcta”; la pancarta contra el Jefe del Estado, que ha aparecido en las televisiones de todo el mundo, “no alteró el acto”; en fin, la siniestra exculpación del Islam a cargo de Gemma Nierga, otra nulidad perita en pedir diálogo con el terror y que tuvo que recurrir al Sisa de Zeleste y a su “Qualsevol nit pot sortir el sol” para hacer como que decía algo, “le gustó muchísimo”. Vamos, una cursi rematada, rendida políticamente al Golpe. Como El País, convertido en el “Izbestia” del Gobierno de Falconetti.

La utilidad mediática de la masacre

El balance de este aniversario de la masacre de las Ramblas no puede ser más triste. Ha quedado impune, mediática y políticamente, la gravísima responsabilidad de la alcaldesa Colau, que se negó a poner los bolardos que había pedido la Policía nacional. También la de los Mozos de Escuadra que recibieron alarmas desde Bélgica y los USA sobre los islamistas y sobre el atentado inminente “in a street named La Rambla” pero nada hicieron para impedirlo. Peor: tras la explosión de Alcanar, un mozo chulito echó de la escena del crimen a la mismísima jueza; y otro, no sabemos quién y nadie pregunta, mantuvo una larga conversación telefónica con el conductor de la furgoneta criminal. Por no hablar del fusilamiento en campo abierto de los terroristas, a los que no se intentó siquiera capturar para averiguar datos sobre la organización y el propio atentado que hubieran sido muy útiles.

Pero es que, para entonces, como se ha vuelto a ver en el aniversario, la utilidad de la masacre era servir de plataforma mediática internacional al Golpe de Estado. Un año después, todo sigue impune, todo parece igual, todo, Falconetti mediante, está muchísimo peor.

PD: La canción de Sisa dice: “Oh, benvinguts, passeu, paseu; / de la tristor en farem fum; / à casa meva es casa vostra /si es que n´hi ha casa de algú”. O sea: “Bienvenidos, pasad, pasad; / convertiremos la tristeza en humo; / mi casa es vuestra casa, / si es que hay casa de alguien”. Más o menos lo que dice Torra contra “los que hablan la lengua de las bestias”, los que llaman “mala puta” a Arrimadas o “que se vaya a Jerez”, los que reciben amablemente a todos pero quieren echar a media Cataluña. Es lo que va de la Barcelona de los 70 a la Cataluña actual. Sólo una indigente intelectual citaría esta canción para un fin tan opuesto al que le vio nacer.

Estado del Golpe de Estado de otoño de 2017 en el verano de 2018 (I):

Ver artículo original:

Un nuevo rico llamado Sánchez -Lus del Pino/LD-

La imagen es muy tópica en la literatura decimonónica y de principios del siglo XX: el nuevo rico que, una vez convertido en millonario, quiere adquirir a toda costa la respetabilidad de la que carece. Y aunque se muestra arrogante con los que pertenecen a su antigua clase, y aunque hace ostentación hortera de su poderío económico, se muere por ser invitado a las recepciones de la alta sociedad. Y mataría porque alguien le explicara los secretos de la verdadera y sobria elegancia, que para él son inescrutables. Y gasta auténticas fortunas en descabellados patrocinios, para que sus propias fiestas cuenten con los más afamados artistas, confiando en atraer así a quienes solo le consideran un maleducado parvenu. Es un tipo especial de persona: alguien que, a pesar de sus logros, presenta una inseguridad innata, un complejo de inferioridad con respecto a los que no necesitan, por su nobleza de cuna, demostrar de dónde vienen.

Si se fijan Vds., nuestro presidente interino, Pedro Sánchez, tiene algo de nuevo rico. De repente se ha encontrado en La Moncloa y su primer reflejo ha sido la ostentación hortera: mis gafas de sol en el avión, mientras mi capataz me pone al día; mi viaje a un concierto en avión oficial. Ya no es ese diputado raso que tuvo que abrirse camino haciendo de tiralevitas; ni tampoco ese secretario general que tuvo que luchar por su puesto con un cuchillo entre los dientes. Ya no tiene nada que ver con sus otrora compañeros y rivales: ahora es el presidente. ¿Y cómo va a saber la gente que lo es, si no hace ostentación de ello?

Pero en el fondo de su alma late esa admiración acomplejada por quienes llevan toda su vida en la verdadera política, por quienes no necesitan demostrar nada, porque todo el mundo da por sentado que son estadistas. Y su complejo de inferioridad se manifiesta en la obsequiosidad hacia nuestros principales aliados europeos. Una obsequiosidad implícita en las decisiones, pero perfectamente explícita en los gestos y las palabras. Cuando le ves con Merkel o Macron, parece, sin quererlo, el mayordomo. Y su carita refleja el placer de que los nobles de cuna lo hayan dejado entrar a la fiesta. Por unos instantes, se ha sentido admitido en el club.

Y nuestros aliados europeos se ríen a sus espaldas de su carencia de modales y aprovechan para sangrarle. Ya que el nuevo rico está dispuesto a todo con tal de que le dejen ser uno de los suyos, ¿por qué no aprovecharse del panoli?

¿Que Italia se planta y cierra sus puertas a los traficantes de pateras? No importa, Sánchez se ofrece a encargarse del patrocinio. ¿Que Marruecos quiere más dinero? Ahí está Sánchez para pedir dinero a Europa en nombre de Marruecos. ¿Que Merkel tiene problemas con sus aliados bávaros y con el partido anti-inmigración que crece a su derecha? Sánchez se apresura a dejar que Alemania nos envíe los inmigrantes que le sobran, con tal de que le inviten al siguiente sarao.

El problema, claro está, es que el nuevo rico retratado por los escritores decimonónicos era, en efecto, un rico: había hecho dinero con buenas o malas artes, pero el dinero era suyo. Y lo gastaba a manos llenas para impresionar con su ostentación hortera, pero lo sacaba de su propio bolsillo.

Sánchez, por el contrario, paga los cheques y las juergas con el dinero de los demás. Juega a ser hortera con lo que los contribuyentes aportamos. Y somos los demás los que tenemos que asumir las consecuencias de todas y cada una de sus decisiones.

P.D.: En el momento de colgar este editorial, veo en la cuenta de Twitter de Christian Escribano este vídeo que ilustra a la perfección la actitud de Sánchez: al llegar a la puerta, deja pasar delante a Merkel y a su marido, pero él pasa por delante de su propia mujer.

La imagen es muy tópica en la literatura decimonónica y de principios del siglo XX: el nuevo rico que, una vez convertido en millonario, quiere adquirir a toda costa la respetabilidad de la que carece. Y aunque se muestra arrogante con los que pertenecen a su antigua clase, y aunque hace ostentación hortera de su poderío económico, se muere por ser invitado a las recepciones de la alta sociedad. Y mataría porque alguien le explicara los secretos de la verdadera y sobria elegancia, que para él son inescrutables. Y gasta auténticas fortunas en descabellados patrocinios, para que sus propias fiestas cuenten con los más afamados artistas, confiando en atraer así a quienes solo le consideran un maleducado parvenu. Es un tipo especial de persona: alguien que, a pesar de sus logros, presenta una inseguridad innata, un complejo de inferioridad con respecto a los que no necesitan, por su nobleza de cuna, demostrar de dónde vienen.

Si se fijan Vds., nuestro presidente interino, Pedro Sánchez, tiene algo de nuevo rico. De repente se ha encontrado en La Moncloa y su primer reflejo ha sido la ostentación hortera: mis gafas de sol en el avión, mientras mi capataz me pone al día; mi viaje a un concierto en avión oficial. Ya no es ese diputado raso que tuvo que abrirse camino haciendo de tiralevitas; ni tampoco ese secretario general que tuvo que luchar por su puesto con un cuchillo entre los dientes. Ya no tiene nada que ver con sus otrora compañeros y rivales: ahora es el presidente. ¿Y cómo va a saber la gente que lo es, si no hace ostentación de ello?

Pero en el fondo de su alma late esa admiración acomplejada por quienes llevan toda su vida en la verdadera política, por quienes no necesitan demostrar nada, porque todo el mundo da por sentado que son estadistas. Y su complejo de inferioridad se manifiesta en la obsequiosidad hacia nuestros principales aliados europeos. Una obsequiosidad implícita en las decisiones, pero perfectamente explícita en los gestos y las palabras. Cuando le ves con Merkel o Macron, parece, sin quererlo, el mayordomo. Y su carita refleja el placer de que los nobles de cuna lo hayan dejado entrar a la fiesta. Por unos instantes, se ha sentido admitido en el club.

Y nuestros aliados europeos se ríen a sus espaldas de su carencia de modales y aprovechan para sangrarle. Ya que el nuevo rico está dispuesto a todo con tal de que le dejen ser uno de los suyos, ¿por qué no aprovecharse del panoli?

¿Que Italia se planta y cierra sus puertas a los traficantes de pateras? No importa, Sánchez se ofrece a encargarse del patrocinio. ¿Que Marruecos quiere más dinero? Ahí está Sánchez para pedir dinero a Europa en nombre de Marruecos. ¿Que Merkel tiene problemas con sus aliados bávaros y con el partido anti-inmigración que crece a su derecha? Sánchez se apresura a dejar que Alemania nos envíe los inmigrantes que le sobran, con tal de que le inviten al siguiente sarao.

El problema, claro está, es que el nuevo rico retratado por los escritores decimonónicos era, en efecto, un rico: había hecho dinero con buenas o malas artes, pero el dinero era suyo. Y lo gastaba a manos llenas para impresionar con su ostentación hortera, pero lo sacaba de su propio bolsillo.

Sánchez, por el contrario, paga los cheques y las juergas con el dinero de los demás. Juega a ser hortera con lo que los contribuyentes aportamos. Y somos los demás los que tenemos que asumir las consecuencias de todas y cada una de sus decisiones.

P.D.: En el momento de colgar este editorial, veo en la cuenta de Twitter de Christian Escribano este vídeo que ilustra a la perfección la actitud de Sánchez: al llegar a la puerta, deja pasar delante a Merkel y a su marido, pero él pasa por delante de su propia mujer.
La imagen es muy tópica en la literatura decimonónica y de principios del siglo XX: el nuevo rico que, una vez convertido en millonario, quiere adquirir a toda costa la respetabilidad de la que carece. Y aunque se muestra arrogante con los que pertenecen a su antigua clase, y aunque hace ostentación hortera de su poderío económico, se muere por ser invitado a las recepciones de la alta sociedad. Y mataría porque alguien le explicara los secretos de la verdadera y sobria elegancia, que para él son inescrutables. Y gasta auténticas fortunas en descabellados patrocinios, para que sus propias fiestas cuenten con los más afamados artistas, confiando en atraer así a quienes solo le consideran un maleducado parvenu. Es un tipo especial de persona: alguien que, a pesar de sus logros, presenta una inseguridad innata, un complejo de inferioridad con respecto a los que no necesitan, por su nobleza de cuna, demostrar de dónde vienen.

Si se fijan Vds., nuestro presidente interino, Pedro Sánchez, tiene algo de nuevo rico. De repente se ha encontrado en La Moncloa y su primer reflejo ha sido la ostentación hortera: mis gafas de sol en el avión, mientras mi capataz me pone al día; mi viaje a un concierto en avión oficial. Ya no es ese diputado raso que tuvo que abrirse camino haciendo de tiralevitas; ni tampoco ese secretario general que tuvo que luchar por su puesto con un cuchillo entre los dientes. Ya no tiene nada que ver con sus otrora compañeros y rivales: ahora es el presidente. ¿Y cómo va a saber la gente que lo es, si no hace ostentación de ello?

Pero en el fondo de su alma late esa admiración acomplejada por quienes llevan toda su vida en la verdadera política, por quienes no necesitan demostrar nada, porque todo el mundo da por sentado que son estadistas. Y su complejo de inferioridad se manifiesta en la obsequiosidad hacia nuestros principales aliados europeos. Una obsequiosidad implícita en las decisiones, pero perfectamente explícita en los gestos y las palabras. Cuando le ves con Merkel o Macron, parece, sin quererlo, el mayordomo. Y su carita refleja el placer de que los nobles de cuna lo hayan dejado entrar a la fiesta. Por unos instantes, se ha sentido admitido en el club.

Y nuestros aliados europeos se ríen a sus espaldas de su carencia de modales y aprovechan para sangrarle. Ya que el nuevo rico está dispuesto a todo con tal de que le dejen ser uno de los suyos, ¿por qué no aprovecharse del panoli?

¿Que Italia se planta y cierra sus puertas a los traficantes de pateras? No importa, Sánchez se ofrece a encargarse del patrocinio. ¿Que Marruecos quiere más dinero? Ahí está Sánchez para pedir dinero a Europa en nombre de Marruecos. ¿Que Merkel tiene problemas con sus aliados bávaros y con el partido anti-inmigración que crece a su derecha? Sánchez se apresura a dejar que Alemania nos envíe los inmigrantes que le sobran, con tal de que le inviten al siguiente sarao.

El problema, claro está, es que el nuevo rico retratado por los escritores decimonónicos era, en efecto, un rico: había hecho dinero con buenas o malas artes, pero el dinero era suyo. Y lo gastaba a manos llenas para impresionar con su ostentación hortera, pero lo sacaba de su propio bolsillo.

Sánchez, por el contrario, paga los cheques y las juergas con el dinero de los demás. Juega a ser hortera con lo que los contribuyentes aportamos. Y somos los demás los que tenemos que asumir las consecuencias de todas y cada una de sus decisiones.

P.D.: En el momento de colgar este editorial, veo en la cuenta de Twitter de Christian Escribano este vídeo que ilustra a la perfección la actitud de Sánchez: al llegar a la puerta, deja pasar delante a Merkel y a su marido, pero él pasa por delante de su propia mujer.

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Del Pacto del Tinell al Pacto del Máster. -F.J. Losantos/LD-

Estado del Golpe de Estado de otoño de 2017 en el verano de 2018 (I).

Esta semana hará un año de la masacre islamista de Barcelona y Cambrills, cuya abyecta manipulación por el separatismo catalán, con la sonámbula aquiescencia del Gobierno de Rajoy y la todopoderosa Soraya, que se echó a llorar y se escabulló heroicamente cuando los separatistas rodearon e insultaron al Rey culpándole del atentado “por vender armas a Arabia Saudí”, como si fuera cosa suya y no del Gobierno, fue el primer capítulo de la movilización que perpetró el Golpe de Estado, culminado el 1 de octubre con la proclamación de la República Catalana, aunque, en rigor, todas las garantías legales a la Oposición y a la ciudadanía ya habían sido abolidas en dos jornadas de septiembre por el Parlamento regional.

Lo que Domingo Gascón ha llamado El golpe post-moderno (Ed. Debate, 1918), aunque por algunos de sus rasgos de pronunciamiento entre miliciano y policial (mozos de Escuadra golpistas del Mayor Trapero) cabe también llamar decimonónico o pre-moderno, tuvo lugar en los medios y no en las instituciones representativas, en la calle y no en un Parlamento que ya se había puesto él mismo fuera de la Ley, en la televisión antes que en la realidad mostrenca. Pero como un año después ni aquel Gobierno ni el actual, hijo ilegítimo de la desidia del anterior y de las fuerzas políticas que lo perpetraron, han dejado claros los términos de la respuesta del régimen constitucional al golpismo que busca liquidarlo, es previsible que en unos días veamos la reposición del espectáculo, con la misma cadencia:

  1. Algarada antiespañola con el Rey como pararrayos.
  2. Desaparición de los órganos coactivos del Estado: en Rajoy por cobardía, en Sánchez por neta complicidad “dialogante”, a lo Soraya, con el Golpe.
  3. Reafirmación de los golpistas de 2017 en la Diada del 11 de septiembre, apoyados en su verdadero partido político: los medios de comunicación con TV3 a la cabeza millonariamente subvencionados por la Generalidad de Torra con el dinero de todos los españoles, como Mas y Puigdemont ya hicieron gracias a los fondos generosa y delictuosamente entregados por el Ministerio de Hacienda, ayer de Montoro y hoy de Calviño, como prueba de la permanente “voluntad de diálogo” que nos ha conducido hasta aquí; y…
  4. Tensa espera del juicio instruido a los golpistas en el Tribunal Supremo.

Estas circunstancias, junto a otras también recurrentes, no deberían hacernos olvidar, sin embargo, la raíz de este golpe de Estado que no ha triunfado ni fracasado del todo, y que, por tanto, sigue vivo. Y es lo que ha recordado Mayor Oreja en una Tercera de ABC: ‘Un acuerdo marco letal’. Aunque, como democristiano, Mayor Oreja suscite la lógica desconfianza en el ciudadano común, tiene acreditado no sólo un emotivo patriotismo sino una rara capacidad de adivinación de los peligros nacionales. Desde lo que en el primer Gobierno Aznar llamó “tregua trampa” de ETA, nunca ha fallado en sus pronósticos. Por desgracia, sólo en aquel Gobierno, del que, aunque bastante aislado, formaba parte, el presidente le ha dado la razón. Tal vez por eso hemos llegado a esta situación, dramática cuanto ridícula.

El implacable análisis de Mayor Oreja

El artículo de Mayor es, sencillamente, magistral. Y por su sencilla claridad, resulta espeluznante. He aquí los puntos básicos de su reflexión:

“Todo, absolutamente todo lo que está sucediendo en términos políticos en España no puede sorprendernos, porque nada de lo que sucede es fruto de la casualidad y del azar. Hace más de una década, a partir del año 2004, el Gobierno presidido por Rodríguez Zapatero y ETA suscribieron un compromiso que para comprender su significado podríamos caracterizar e identificar como un “acuerdo marco”. Ambos protagonistas acordaron un proceso una vez que no fueron capaces de alcanzar un acuerdo concreto sobre la única y gran reivindicación del movimiento nacionalista: la autodeterminación, el derecho a decidir, el derecho unilateral de secesión, escojan ustedes la denominación más adecuada.”

“El proceso pactado, que se formuló en términos de proyecto “estándar” de resolución de conflictos, consistía básicamente en lo siguiente: ETA dejaba de matar y Rodríguez Zapatero se comprometía a una transformación radical de España en términos morales, territoriales y de carácter social” (…)

“El proyecto político de Rodríguez Zapatero significaba la marginación y el aislamiento del Partido Popular, versus pacto catalán del Tinell, y simultáneamente, la incorporación progresiva de ETA y de su proyecto a la democracia española. En consecuencia, ello significaba impulsar un inequívoco “vista la izquierda”, utilizando un símil militar, en todos los ámbitos, singularmente en el orden cultural y moral. El proceso arrancó, fue dando sus frutos y paulatinamente, hizo que tanto el Partido Popular como el Partido Socialista perdieran su razón de ser y de existir en Cataluña y en el País Vasco.”

“No se puede olvidar que antes de este acuerdo marco, tanto los nacionalistas vascos y catalanes habían pactado con ETA su proyecto de ruptura, en Estella en septiembre de 1998 y posteriormente en Perpiñán en enero de 2004. Por todo ello, tras el efímero Plan Ibarretxe, el proceso impulsa que el nacionalismo catalán sustituya a ETA en la vanguardia de la ruptura del movimiento nacionalista, y de esta manera llega el procés. Mal que les pese a muchos nacionalistas catalanes, el procés es un corolario del proceso en el que, recordemos, inicialmente no estaban ni el PNV ni la antigua Convergència y Unió”.

“El tercer hito que destacaría es el frente popular populista-nacionalista que se constituye en España el pasado mes de junio, tras una moción de censura contra el presidente Rajoy. La moción de censura tras la publicación de la sentencia del caso Gürtel fue un pretexto, una mera excusa. El frente popular populista-nacionalista es simplemente otra consecuencia de aquel acuerdo marco, de aquella dirección emprendida. El presidente Sánchez continúa simplemente la estela del proyecto Zapatero, de una alianza potencial con ETA, y lo intenta en el arranque de la legislatura, pero la impaciencia desmesurada de Podemos y el lógico temor y miedo de una buena parte del PSOE lo impidió. Pero antes que después, en la primera ocasión y pretexto, una vez que Pedro Sánchez recupera el poder en su partido, lo iba a volver a intentar y así lo hizo.”

“El acuerdo marco, hablo ya del presente y del futuro inmediato, tiene que actualizarse y traducirse en términos políticos más allá del procés, de la metamorfosis de ETA y del recién llegado frente popular. Aquel proceso que se puso en marcha tendrá que cristalizar en algo más que en una fotografía. Tiene que concluir en un nuevo proceso, un proceso llamémoslo “pseudo constituyente”, que arranque con la reforma del Estatuto de Cataluña y culmine con la reforma de la Constitución española, como ya han dejado caer tanto el presidente Sánchez como su ministra de Política Territorial y Función Pública.”

Estos tres puntos están claros. El cuarto, no desarrollado aún, parte o debería partir de la llegada de Casado a la Presidencia del PP:

“Cuando estoy terminando de redactar este artículo, Pablo Casado se ha convertido en el nuevo presidente del Partido Popular, y se constituye en una esperanza para este difícil reto que se deduce del diagnóstico descrito. Habrá refundación, regeneración, renovación de nuestro espacio político en la medida en que primero se comprenda y se asuma la existencia de este proceso, fruto de aquel acuerdo marco que acabo de describir, para de este modo entender la envergadura del reto en el ámbito cultural, moral y social que tenemos por delante.” (…)

“El proceso, aunque en ocasiones chirría, está más vivo que nunca, tiene más poder que nunca y por ello, cualquier refundación del centro-derecha español exige una envergadura moral singular, ya que el debate, más que nunca, se ha situado en el ámbito cultural, en el seno y corazón de nuestra sociedad.”

¿Qué es el Pacto del Máster?

De aquí parte nuestra reflexión. Me parece evidente que el Pacto del Tinell se ha actualizado como Pacto del Máster con el mismo fin que en 2004: liquidar al PP, pero no aislando a un partido satanizado sino asesinando civilmente a su nuevo líder, enemigo declarado del Proceso, para anular a la Derecha como obstáculo político esencial.

Hay un precedente, hijo también del PSOE y de la manipulación de los medios, que la izquierda dominaba casi tanto como ahora: al poco de llegar Aznar a la Presidencia del PP, el Gobierno, la policía y un juez de su cuerda hicieron estallar el caso Naseiro, un episodio de financiación ilegal de la antigua AP con el que se pretendía salpicar al nuevo líder de la derecha y anular su discurso contra la corrupción. Es decir, cortar el efecto moral del impulso antes de que echara a volar.

La diferencia es que, entonces, Aznar, que se enterró tres días en Canarias preocupadísimo, antes de plantar cara, tuvo a su lado a una parte respetable -o al menos, respetada- de los medios, y entre todos, junto a las irregularidades en la instrucción del caso, éste zozobró. En el caso del Máster de Casado, se ha comprobado que no hay una sola cadena de televisión, apenas una de radio, sólo dos diarios de papel y dos o tres de internet que hayan salido en defensa del líder del PP. Y ello aunque la instrucción del caso ha ido más allá de la prevaricación notoria, pero difícilmente demostrable, de las ambiciones de una juez.

Si no nos hubiéramos acostumbrado al derecho de los medios de extrema izquierda ayuntados con jueces extremadamente ambiciosos de liquidar a cualquier político del PP, mecanismo que el PP de Rajoy y Soraya ha convertido en norma para eliminar a gente molesta de su partido, la kafkiana, tendenciosa y disparatada instrucción del caso por la juez Rodríguez-Medel, con el objeto no sólo implícito sino descaradamente explícito -y por ende, prevarigalupador- de destruir por completo la imagen pública del nuevo presidente del PP, habría levantado un clamor de indignación en medios supuestamente afectos al orden constitucional. Porque, insisto, el ataque a Casado por parte de la Izquierda y de la derecha sorayina y arenosa, que increíblemente la hay, se debe al obstáculo que supone para el Frente Popular su liderazgo en el PP. De ganar el Congreso del PP, no le hubiera pasado a Soraya algo parecido, porque ya ha demostrado cumplidamente que su política es la misma del PSOE: templar gaitas, ‘dialoguear’ y, en última instancia, rendirse, o sea, aceptar lo que temía Mayor en su artículo y el catanazi Torra ha ofrecido: alguna paz a cambio de un referéndum.

Para irregular, la instrucción del caso

Lo peor para el crédito personal y profesional de la instructora del “caso Master” -el crédito político en la Izquierda es ya ilimitado- es que Ignacio Escolar, denunciante del máster de Cifuentes aunque él no haya terminado siquiera Periodismo, que así es este pájaro-flauta, anunciara en su blog que era él el que había instruido a la jueza sobre los posibles casos de irregularidades en el “máster” de Álvarez-Conde que en realidad no era máster sino habilitación para futuros estudios de doctorado que Casado no realizó y, por tanto, nunca aprovechó. Y si malo es que un periodista conocido por su sectarismo totalitario y odio al PP, amén de nula ética profesional, presuma de que fue él quien indicó a la jueza cómo debía ir contra Casado (sin denuncia, ni caso como tal, cabe entrever, si no asegurar, que la animadversión política y la persecución personal son las bases reales de la instrucción del caso) más grave es que la jueza, en la exposición de motivos para que sea el Supremo el que ejecute o indulte al que ella ha condenado, exhiba una prosa de periodista panfletario, no de juez instructor.

Hablar del “regalo” del máster a quien ha pagado las tasas y cumplido todos los trámites legales que la Universidad impone es digno de Escolar. Y de Pre-Escolar, asegurar, con un par o dos, que Álvarez-Conde le hizo ese “regalo” por su “relevancia política”, ¡hace diez años!, cuando era un joven diputado autonómico. ¡Ni Rappel!

Pero lo que en cualquier país no acostumbrado a linchamientos mediático-judiciales daría lugar a una denuncia por prevaricación y a la apertura de un expediente disciplinario por falta más que grave, son los dos presuntos delitos con los que la jueza busca enterrar a Casado: “prevaricación administrativa” y “cohecho impropio”. ¿Cómo va a prevaricar el alumno si ha cumplido con la ley, en el caso de que el profesor actúe irregularmente? Hay precedentes legales que la jueza, ciega en su persecución, se ha negado siquiera a considerar. En cuanto al “cohecho”, ni propio ni impropio: ¿Cómo pudo cobrar el que pagó? ¿Qué pruebas tiene la jueza? Ninguna. Sugiere que hay que buscarlas.

Y es que, como ha significado el abogado De Pablo, la propia jueza (que privó a Casado de la declaración voluntaria en aplicación del Artículo 118 bis de la Ley de Enjuiciamiento Criminal) enjuicia criminalmente y condena moralmente a Casado, presidente del PP, al sugerirle al Supremo que falsificó unos trabajos que no tenía por qué conservar y que, sin embargo, presentó en rueda de Prensa. Y que el Alto Tribunal debe pedirle ordenador, trabajos, autentificación, etc. Vamos, que como no puede instruir o insultar más, el Supremo debe seguir instruyendo un caso que, si no lo es, parece de total corrupción judicial. ¿O es que esta sucesión de irregularidades, teñida de arbitrariedades, puede pasar por la instrucción de un caso? ¿Y es éste tan grave como para destruir personal y políticamente al jefe de la Oposición, en un momento de peligro para la supervivencia del régimen constitucional?

Por supuesto que no. Todos los que hemos sido alumnos y profesores sabemos que no. Puede que la misma jueza lo sospechara, si su ascensión a los altares caníbales de la Izquierda se lo permitiera. Pero si existe el Caso Master (y no el caso Begoña Gómez de Sánchez, que será “cohecho propio”) sea consciente o semiconsciente la jueza que lo ha co-instruido con el zurupeto Escolar, es sólo porque la Izquierda quiere lograr lo que casi logró el Pacto del Tinell: echar al PP de la política española para poder dinamitar definitivamente el régimen democrático nacido en la Transición, que es lo que quiere la ETA, busca el separatismo catalán, impulsa el PSOE y hubiera aceptado, con algún mohincito, un PP presidido por Soraya Sáenz de Lomismo.

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Papeles para todos. -Luis del Pino/LD-

¿Por qué está en ascenso la ultraderecha en toda Europa? En Austria, Italia o Chequia, ya está en el gobierno. En Dinamarca, es segunda fuerza y forma parte de la mayoría parlamentaria. En Eslovenia fue primera fuerza en las últimas elecciones. En Alemania, ha irrumpido en el parlamento federal como tercera fuerza, con 91 escaños, y las encuestas la muestran ya empatada en el segundo lugar con el declinante partido socialdemócrata. En Suecia, cada vez más sondeos apuntan a la posibilidad de que la ultraderecha gane las elecciones previstas para el 9 de septiembre. En Hungría o Polonia, no solo gobierna la ultraderecha, sino que la izquierda ha desaparecido prácticamente del parlamento. En Holanda o Francia, Geert Wilders o Marine Le Pen mantuvieron en vilo a toda Europa ante las serias posibilidades de que obtuvieran la victoria…

¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué este giro a la derecha populista y ese declive de la izquierda y la derecha tradicionales? Normalmente,se suele apuntar a la explosiva combinación de dos factores: la crisis económica iniciada hace una década y los problemas derivados de una inmigración masiva y mal gestionada, pero déjenme que intente ser algo más preciso.

Permítanme ilustrarlo con algo que me ha sucedido en Twitter hace unos días.

El pasado fin de semana, Pablo Casado manifestó que era imposible la política del “papeles para todos”, siendo inmediatamente objeto de fuertes críticas por parte de Podemos o del PSOE, que tildaban al nuevo líder del PP de racista o xenófobo.

Viendo esas críticas, yo dije en Twitter que me parecían un error, porque la inmensa mayoría de la gente entiende y comparte esa afirmación de Casado. Simplemente, porque es de sentido común: si no hay dinero para acoger a todo el mundo, no podemos abrir las puertas sin más. De modo que esas críticas a Casado, lejos de dañarle electoralmente, le refuerzan.

Y entonces una persona me contestó en Twitter con un mensaje que creo que resume perfectamente el por qué del ascenso de la ultraderecha: “Es una cuestión ética”, me decía esta persona, “hablar de la realidad de tantos seres humanos y hacerlo en profundidad. Muchos discursos pero no parece que habléis de vidas humanas. Esas que tenéis para que limpien vuestras casas, paseen a vuestros padres y recojan las cosechas”.

Esta persona hacía en su mensaje una apelación sentimental con la que estoy de acuerdo: al hablar de inmigración, no debemos olvidar que hablamos de seres humanos. Pero a continuación realizaba una caricatura profundamente errónea, deslizando la idea de que los mismos que se oponen a la inmigración son los que luego tienen criadas inmigrantes para limpiar sus casas o pasear a sus padres.

Esa caricatura es, precisamente, la que está llevando a Europa a una ola de populismo. Porque no es verdad que los que tienen criadas inmigrantes, o trabajadores inmigrantes en sus fincas, sean los que se oponen a la inmigración. Es justo lo contrario: el rechazo a la inmigración en Europa es tanto más fuerte cuanto más desciendes en la escala socioeconómica. En Francia, sin ir más lejos, el Frente Nacional recibe sus votos de obreros y asalariados; las clases ilustradas, los pensionistas y la gente acomodada, votan a Macron.

Y la razón es muy simple: la gente de dinero no tiene necesidad de competir con los inmigrantes. Quienes compiten con los inmigrantes por las ayudas sociales son las personas con menos recursos económicos, no los que no necesitan ayudas sociales. Quienes compiten con los inmigrantes por el uso de los servicios públicos son los que usan esos servicios públicos, no los que tienen dinero para pagarse una sanidad o una educación privadas. Quienes conviven a diario con los inmigrantes son los que habitan en los barrios más degradados, no los que viven en las zonas ricas.

Un pijo con criada y mayordomo como el que ese interlocutor me retrataba en su tuit, no tiene que soportar un piso patera en la planta de abajo de su bloque de viviendas, por la sencilla razón de que lo más probable es que viva en un chalet vallado, situado en algún barrio donde los únicos inmigrantes que entran son, precisamente, los que van a trabajar en el servicio doméstico.

Esa ceguera es la que está haciendo a Europa virar hacia el populismo. Enfrentados al problema de la inmigración descontrolada y al consiguiente malestar social, la izquierda progre y la derecha bienpensante recurren a la caricatura y a la descalificación, pretendiendo equiparar el rechazo a la inmigración con el clasismo conservador, cuando es todo lo contrario: es el antiguo votante de los partidos de izquierda, de nivel socioeconómico bajo, el que está nutriendo con su voto a los partidos populistas. Porque es ese votante, y no el de los partidos conservadores clásicos, el que más sufre los problemas ligados al descontrol de la inmigración.

Cuando el PSOE o Podemos critican a Casado por el tema migratorio, demuestran desconocer los problemas que viven sus propios votantes. Cuando Pedro Sánchez anuncia sanidad gratuita para los sin papeles, demuestra que no le importa ni poco ni mucho cómo va a repercutir eso en la calidad de la atención sanitaria que sus propios votantes reciban.

Y eso es una receta segura para el desastre. Luego, cuando la ultraderecha se impone en cada vez más países, los partidos clásicos, especialmente en la izquierda, culpan al votante: “si Trump gana, es porque el votante americano es idiota”. Cuando lo que deberían decir es: si el populismo gana, es gracias a nuestra ceguera y a que hemos hecho oídos sordos a los problemas de quienes hasta ahora nos votaban.

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La hora definitiva de Europa -Jesús Laínz/LD-

Con aceleración creciente, los habitantes de nuestro planeta asistimos a un proceso nuevo en la historia, aparentemente imparable, bautizado con el confuso nombre de globalización. Dicho proceso, consistente en la progresiva conversión del orbe entero en un mercado único regulado por entidades supranacionales, implica la eliminación gradual de las soberanías nacionales mediante la fusión de los Estados en estructuras superiores y la simultánea eliminación de los sujetos nacionales mediante el traslado masivo de poblaciones. De este modo, al fin de los Estados le acompañará el fin de las naciones.

Muchas personas e instituciones –y no precisamente las menos influyentes, como Soros, la ONU y la UE– consideran que las diferencias entre los pueblos son obstáculos para el progreso y la paz, por lo que sería deseable que todos los hombres vivieran del mismo modo, tuvieran las mismas opiniones, se rigieran por las mismas normas y estuvieran sujetos a la autoridad del mismo Gobierno global.

Pero quizá habría que considerar la posibilidad de que el paso de una apisonadora uniformizadora mundial condujera a un desolador empobrecimiento contrario a la realidad de la humanidad. Nada hay que indique la necesidad de la supresión de toda diferencia nacional. Son indemostrables las ventajas que tal unificación comportaría, y quizá fuese demasiado grande el riesgo de destrucción de un sinfín de cosas valiosas nacidas de la misma naturaleza del ser humano.

Además, a ello hay que añadir las poderosas herramientas de control que la técnica actual pone en manos de los gobernantes –y más que seguirá poniendo–, lo que abre a los pocos empeñados en defender la libertad y dignidad del hombre perspectivas no precisamente tranquilizadoras. Ya lo dijo hace siglo y medio Ernest Renan:

La existencia de las naciones es buena, incluso necesaria. Su existencia es la garantía de la libertad que se perdería si el mundo no tuviera más que una ley y un amo.

Éste es el gran reto con el que habrá de enfrentarse el mundo del siglo XXI, reto ante el que palidecen todos los demás, por grandes que puedan parecer a los miopes que nos gobiernan y los ciegos que les siguen. Y muy especialmente deberá enfrentarse a ello Europa, la porción más afectada del planeta.

Europa es un continente de marcadas características y de esencial papel en el devenir de la humanidad. La pervivencia de todo ello está hoy en peligro debido al autoodio de unos europeos avergonzados de serlo, su escasa natalidad y la creciente inmigración extraeuropea. Los violentos sucesos en la frontera de Ceuta vuelven a demostrar que las leyes de la geopolítica hacen de Europa el receptor necesario del exceso demográfico y la ineficacia política africana, explosivo cóctel que no parará de enviar inagotables riadas de inmigrantes ilegales a un continente que, antes o después, tendrá que imponer sus límites o naufragar en el caos. La población actual de la UE es de 500 millones y la de África, de 1.225. Según las proyecciones demográficas de la ONU, la población europea irá disminuyendo notablemente en las próximas décadas debido a los pocos nacimientos y los muchos abortos. Por el contrario, la población africana se duplicará en los próximos treinta años, a una media de 40 millones anuales. Si ya hoy la llegada de unos pocos miles provoca los problemas que estamos viendo, imaginemos la avalancha que se precipitará sobre Europa en unos años en los que África avanzará rápidamente hacia los 2.400 millones. A lo que hay que añadir –no lo olvidemos– una Asia en perpetua ebullición. Creer que acoger a los que llegan en pateras resuelve los problemas de África es lo mismo que intentar vaciar el Océano con un cubo y una pala.

Para justificar el fenómeno y acallar las pocas voces que se atreven a oponerse suele emplearse el argumento económico: el mantenimiento del sistema necesita que mucha gente de países con bajos ingresos y rápido crecimiento poblacional se mude a países con altos ingresos y una población estable o decreciente. Pero el problema es que los pueblos no viven para la economía, sino al revés. La economía no es un ente autónomo legitimado para imponer su voluntad pese a quien pese y cueste lo que cueste. Esto no parecen entenderlo quienes se muestran decididos a incrementar eternamente la producción aunque tengan que destruir el último árbol del último bosque, explotar a millones de personas por sueldos misérrimos o deportar países enteros a otros continentes. Muchos incautos adoran la inmigración porque así lo ordena el evangelio progre y porque no se han parado a reflexionar un minuto sobre la evidencia de que promover la inmigración no resuelve las causas que la provocan. Aceptar la inmigración como si se tratase de un fenómeno atmosférico, en vez de intentar eliminar sus causas, implica condenar a muchos millones de personas a seguir sufriendo los mismos problemas.

Números aparte, lo más grave es el choque cultural, religioso y jurídico que sufren tanto las poblaciones trasladadas como las receptoras, con el efecto a largo plazo de la desaparición de formas de organización social varias veces milenarias. Porque la globalización conlleva el riesgo de un aniquilamiento cultural que pocos se atreven a mencionar. Giovanni Sartori se preguntó a principios de este siglo “hasta qué punto la sociedad pluralista puede acoger sin desintegrarse a extranjeros que la rechazan”. Y, como conclusión de su ensayo sobre el futuro multiétnico al que parece abocada Europa, advirtió: “En Europa, si la identidad de los huéspedes permanece intacta, entonces la identidad a salvar será, o llegará a ser, la de los anfitriones”.

Finalmente, ¿hay alguien capaz de negar que este proceso provoca frecuentes conflictos violentos, desde asaltos de fronteras, delincuencia rampante, dramas domésticos, disturbios callejeros y barrios al margen de la ley hasta atentados terroristas? Los vemos todos los días en todos los países de Europa, desde Ceuta y Lampedusa hasta París y Estocolmo. Durante décadas, la opinión universal ha sostenido, sin posibilidad de contradicción, que todos los países, incluidos los del llamado Tercer Mundo una vez descolonizados y dueños de sus destinos, irían progresando paulatinamente hasta equipararse a esas islas de orden y bienestar llamadas Europa y sus prolongaciones de ultramar, principalmente Norteamérica, Australia, Japón y, parcial y relativamente, algunas zonas de Iberoamérica. Pero la experiencia ha demostrado y sigue demostrando que el proceso está siendo exactamente el opuesto: esas islas de orden y bienestar avanzan sin cesar hacia su equiparación con el caos tercermundista. ¿Quién iba a decir a los franceses, los alemanes, los británicos y los españoles de hace sólo una generación que la paz, la tranquilidad, el respeto a la ley, el civismo y la seguridad iban ser cosas de un pasado perdido para siempre?

Se acerca a grandes zancadas el momento en el que Europa tendrá que decidir si quiere seguir existiendo o si se deja morir.

 

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Palestinos: no hay lugar para los gais. – Jaled Abu Toameh/LD-

Se estima que el pasado día 8 unas 250.000 personas asistieron al desfile del Orgullo Gay en Tel Aviv. Turistas de todo el mundo acudieron a Israel a participar en el acontecimiento. El lema de este año era La comunidad hace historia, en referencia a la comunidad LGBT en Israel.

Mientras los israelíes celebraban la tolerancia en las calles de Tel Aviv, sus vecinos palestinos estaban ocupados haciendo precisamente lo contrario: exigiendo que se despidiera a gente por producir una telecomedia sobre los gais en la Franja de Gaza.

El polémico programa, titulado Fuera de foco, ha recibido duras condenas de los palestinos, que están pidiendo que se castigue a los responsables por “afrentar los valores árabes e islámicos”.

En la sociedad árabe-palestina, la homosexualidad es denunciada y estigmatizada. La homosexualidad es ilegal bajo el régimen de Hamás en Gaza, y decenas de gais palestinos han huido a Israel por miedo a la persecución y el hostigamiento. En la Margen Occidental, las leyes de la Autoridad Palestina (AP) tampoco protegen los derechos de los palestinos gais.

En las últimas décadas, varios palestinos gais han sido asesinados en la Margen y la Franja.

En 2016 Hamás ejecutó a uno de sus altos mandos militares, Mahmud Ishtiwi, de 34 años, tras haber sido declarado culpable de “comportamiento inmoral”, referencia apenas velada a la homosexualidad. Ishtiwi, al que se ejecutó con tres disparos en el pecho, habría tenido una vida segura si hubiese sido ciudadano israelí. Si hubiese vivido en Israel, incluso podría haber participado en el desfile del Orgullo Gay en Tel Aviv sin tener que ocultar su identidad. Pero vivía en Gaza, entre personas que consideran que la homosexualidad es un pecado castigable con la muerte y obraron en consecuencia.

El caso de Ishtiwi revela una importante diferencia entre las sociedades y culturas israelí y palestina. Israel ha ido avanzando hacia la tolerancia y la aceptación de los derechos de la comunidad gay, mientras que los palestinos siguen siendo tan intolerantes como siempre hacia quienes se atreven a actuar y hablar de manera distinta.

El clamor por el programa sobre los gais en Gaza es otro ejemplo de cómo la sociedad palestina está aún lejos de reconocer y respetar los derechos de la comunidad gay. Fuera de foco, que se rodó recientemente en la Franja, incluye una escena cómica del tipo cámara oculta en la que un actor se insinúa a los jóvenes. Es decir, que las insinuaciones no son reales, su propósito era cómico; aquellos a quienes se acercaban ni siquiera sabían que les estaban grabando. Pero en el mundo palestino éste no es un tema para bromas.

Musa Shurrab, humorista gazatí y creador del programa ofensivo, está en graves apuros. Fue obligado a disculparse con un mensaje de Facebook. “Pedimos disculpas a todos nuestros espectadores”, escribió. “El programa fue eliminado tras publicarse. Cometimos un error y lo lamentamos”. La disculpa, sin embargo, no ha logrado calmar a sus críticos, que en las redes sociales han expresado su repulsión por el show y por el comportamiento de Shurrab. “¿Qué tipo de disculpa es esta, después de haber ofendido todos los valores religiosos y culturales sólo por la fama?”, comentó Tagrid Alemure. Otros usuarios de Facebook acusaron al humorista de promover la “anormalidad sexual” y emplearon expresiones denigrantes y palabras malsonantes para acusarlo y amenazarlo. “Eliminar el vídeo no te exonera de este crimen moral”, dijo Mohamed al Aila.

Algunos palestinos pidieron a Hamás que tomara medidas contra Shurrab y los productores del programa. Su petición no cayó en saco roto. El Ministerio del Interior llamó rápidamente a uno de ellos, Emad Eid, para interrogarlo. Aunque le dejaron marchar horas después, Hamás dice que seguirá investigando.

La agencia de noticias Maan, de Belén, que ha sido acusada de producir el show, está haciendo ahora todo lo posible para marcar distancias. Por medio de un comunicado, afirmó que nunca había autorizado que el programa se emitiera y que alguien lo había filtrado. “Uno de los actores publicó el programa en las redes sociales con nuestro logo. Nos reservamos el derecho a emprender medidas legales contra los responsables de este acto ilegal”, comunicó. Asimismo, pidió disculpas “por herir a nuestro pueblo y nuestros valores”.

Por su parte, la AP ha puesto en marcha su propia investigación sobre el programa, que considera “perjudicial para nuestro pueblo y sus valores”. El Ministerio de Información anunció que tenía previsto emprender medidas legales contra los responsables.

¿Qué puede uno aprender de esta polémica? Básicamente, que es más seguro ser miembro de Hamás que gay. Los líderes palestinos preferirían que los jóvenes trataran de matar israelíes en vez de hablar sobre los gais. En el mundo de Hamás y la AP, no hay lugar para la comedia o la sátira.

¿Cómo puede haberlo, sin espacio para los gais o para cualquiera que se atreva a tocar cuestiones que son tabú? Es un secreto a voces que en la sociedad palestina hay gais, pero sus vidas son muy distintas a las de sus semejantes a sólo unos pocos kilómetros, en Israel.

Casual y elocuentemente, la polémica sobre los gais palestinos se produjo el mismo día en que decenas de miles de israelíes festejaban el Orgullo en Tel Aviv.

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Podemos: lenguaje de combate. -El Club de los Viernes/LD-

Desde la aparición del fenómeno del 15M y la irrupción de Podemos en el panorama político español, son muchos los artículos y ensayos destinados a su estudio y análisis. Muchas de esas obras son ciertamente meritorias y aportan luces sobre la naturaleza, orígenes y estrategias del engendro hispano-chavista; pero, sin embargo, dichos trabajos no se suelen centrar en articular o proponer métodos prácticos para combatir a Podemos. Destinamos demasiado tiempo a criticar a Podemos y muy poco a crear un “discurso popular” alternativo. Aquí exponemos cuatro técnicas a nuestro criterio útiles para derrotar a la progresía no mediante la crítica, sino a través de la utilización práctica de sus mismas armas:

1. Jamás emplee la terminología progre, ni tan siquiera para ridiculizarla: la batalla de la semántica es clave y es un campo en el que jamás ha existido oposición. Muchos de nosotros, pretendiendo ridiculizar las expresiones y la neolengua podemita, no hacemos más que ayudar a que dicha terminología acabe por calar en la sociedad. Cada vez que empleamos una expresión salida de la fábrica de la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, estamos colaborando al arraigo de la misma. Muchos periodistas se ríen y tratan de poner en evidencia a los podemitas cuando feminizan masculinos genéricos, sin ser conscientes de que cada vez que se pronuncian esos palabros se está colaborando con el enemigo, haciendo que los miles de radioyentes o lectores interioricen involuntariamente dicho vocabulario y lo repitan en sus conversaciones habituales, ayudando a propagar su uso y la carga de profundidad ideológica que acarrean. Por lo tanto, lo primero que hay que hacer es negarse a emplear el vocabulario podemita, ni tan siquiera para ridiculizarlos.

2. Cree un diccionario alternativo, una terminología propia para referirse a determinados fenómenos. Céntrese en una serie de expresiones y empléelas de forma reiterada y sin complejos. Ejemplos de lo anterior podrían ser endeudicidio, palabra que asocia la deuda pública con un homicidio social; ensañamiento fiscal para referirse a la presión fiscal; violencia pasional para referirse a los crímenes que se producen dentro de las relaciones de pareja, término más atinado y despojado de la dialéctica de lucha de sexos de la expresión habitualmente empleada (que en aplicación de lo expuesto en el primer punto de este artículo no vamos ni a nombrar). Las palabras, como bien sabe la izquierda, ayudan a transmitir una visión positiva o negativa –según el caso– del concepto al que queramos referirnos.

3.- Aprópiese de palabras fetiche: una técnica muy habitual por parte de la izquierda, es vaciar de contenido las palabras y dotarlas de otro totalmente diferente, para que ya no signifiquen lo que deberían, sino conceptos ideológica y deliberadamente alterados. Por este procedimiento, palabras asociadas a conceptos positivos son utilizadas para definir realidades totalmente distintas a su significado primigenio. Luchemos por apropiarnos de palabras fetiche y darles otro significado. Un caso paradigmático es la palabra democracia, que en boca de un podemita llega a amparar la dictadura del proletariado. Pues bien, no permitamos que en la palabra democracia quepa el concepto de dictadura neocomunista y que sea monopolizada por la izquierda. Empleemos la palabra democracia para definir conceptos liberales. Por ejemplo, en vez de hablar de privatizar servicios públicos, hablemos de democratizar la sanidad y la educación, es decir, de conferir a las personas el derecho a elegir el modelo y el proveedor sanitario o educativo que cada cual quiera.

4. Combinación interesada de palabras. La elección del adjetivo que acompaña al sustantivo es en muchos casos esencial, pues al adjetivarla, se dota a la palabra de una valoración interesada. Utilizar sistemáticamente una combinación de palabras que altere el significado inicial de las mismas, dota de una sibilina carga ideológica al mensaje en el que están incluidas. Un ejemplo muy claro es la palabra “público”, que asociada a los servicios prestados por el Estado les confiere una percepción positiva en la sociedad. Bajo esta misma regla, se pueden asociar dichos servicios a una palabra o concepto que no goce de buena reputación social. Una posible alternativa sería la de referirse a dichos servicios como “servicios gubernamentales”, dado que el gobierno no suele gozar de unos altos niveles de aprecio social. De esta manera, se contagia a los servicios prestados por la administración de la carga negativa asociada al gobierno.

En resumen, tengamos en cuenta que las ideas se transmiten a través de las palabras, de las cuales no se pueden disociar. Por ello es fundamental dar la batalla semántica: evitando el uso de la terminología progre, creando un “diccionario” alternativo, apropiándonos de palabras fetiche en nuestro provecho y adjetivando de manera inteligente las palabras. Porque como decía un conocido héroe cinematográfico estadounidense: “para sobrevivir a la guerra hay que convertirse en guerra”.

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La izquierda contra Occidente. -Jesús Laínz/LD-

Richard Dawkins es un eminente científico inglés especializado en biología evolutiva y conocido mundialmente por su incansable actividad como defensor del racionalismo ateo frente a todo tipo de religión. Suele encuadrársele en el grupo denominado Los Cuatro Jinetes, formado por él y sus compañeros de lucha antirreligiosa Sam Harris, Daniel Dennet y el ya fallecido Christopher Hitchens.

Educado en la fe anglicana, que abandonó en su adolescencia, Dawkins se define a sí mismo como izquierdista. Efectivamente, ha sido alabado durante décadas por la izquierda, especialmente en los países anglosajones, campo principal de su actividad como escritor y conferenciante, por su defensa del ateísmo y su crítica a las religiones. Ha dirigido su artillería principalmente contra la religión cristiana por ser la dominante en el Occidente en el que nació y vive, y, más concretamente, contra la católica, a la que ha considerado la más perniciosa de todas a lo largo de la historia.

Pero resulta que últimamente le ha dado por subrayar la peligrosidad del islam para la paz mundial, mucho mayor en nuestros días que la de la religión de Cristo, que anda muy de capa caída. Y se ha llevado la sorpresa de que su querida izquierda le está dando la espalda. Por ejemplo, el pasado verano se canceló una conferencia que iba a pronunciar en Berkeley, California, ante las presiones de quienes le acusaron de islamófobo. ¡Berkeley, la cuna del Free Speech Movement en los 60! ¡Berkeley, el origen de la agitación universitaria de aquella revolucionaria década! ¡Berkeley, el primer éxito de aquella New Left que comenzaba a sustituir la estrategia marxista clásica de la lucha de clases por el antirracismo, el feminismo, los derechos de los homosexuales, el aborto, la ideología de género y la despenalización de las drogas!

Es decir, cuando la izquierda quiso derribar el orden ideológico tradicional de Occidente, que había sobrevivido a duras penas hasta los primeros años de la Guerra Fría, clamó por la libertad de expresión. Pero una vez que el orden ideológico occidental ya es aplastantemente izquierdista, se acabó la libertad de expresión.

Dawkins se sorprende de que, tras décadas criticando el cristianismo en numerosos países de tradición cristiana sin haber tenido nunca el menor problema de censura, la que él llama “izquierda regresiva” le impida ahora criticar la religión islámica. Y confiesa que esta doble vara de medir de la izquierda es un gran misterio para él.

Pero no es ningún misterio. Se trata simplemente de que el núcleo del izquierdismo, en cualquiera de sus variantes –y en estos asuntos, como en tantos otros, la izquierda comienza bastante a la derecha–, no es otra cosa que el odio a la civilización occidental y a los elementos religiosos, étnicos, culturales, políticos y económicos que la constituyeron en el pasado y que, aunque cada día más débilmente, la siguen constituyendo hoy.

Si desde el punto de vista económico, Occidente se caracteriza por el sistema capitalista que le ha convertido en el sector indudablemente más próspero del planeta, a años luz del autodestruido sistema socialista, a la izquierda le toca rechazar el capitalismo.

Si desde el punto de vista militar y político, el sostén de Occidente desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha sido la OTAN capitaneada por los Estados Unidos, la izquierda tiene que odiar a la OTAN y, especialmente, a los Estados Unidos. Éste es el motivo, por cierto, de la antipatía de casi toda la izquierda hacia Israel y la subsiguiente simpatía por el mundo árabe. No hay nada de antisemitismo en ello, sino rechazo al aliado de los Estados Unidos en Oriente Medio. El amigo de mi enemigo es mi enemigo. Aunque ello implique apoyar unos regímenes teocráticos alejadísimos de la ideología izquierdista.

Si desde el punto de vista cultural, eso que llamamos Occidente ha sido construido desde tiempos de Homero mayoritariamente por aquellos a los que la progresía norteamericana bautizó como Dead white males (Hombre blancos muertos), la izquierda ha de empeñarse en barrer de los libros y las aulas ese canon cultural milenario para sustituirlo por mujeres y no-europeos, a ser posible contemporáneos, mediante un sistema de cuotas igualitarias que sitúa en segundo plano la calidad e importancia de la aportación de cada cual.

Y si desde el punto de vista religioso, Occidente está basado en la tradición teológica, moral, artística y jurídica construida durante dos milenios de cristianismo, la izquierda ha de luchar encarnizadamente por su extirpación.

Esto es lo que a Dawkins le parece misterioso: si el motivo de la oposición al cristianismo por parte de la izquierda fuese su pensamiento materialista, lo cual sería lógico, tendría que oponerse por igual a cualquier otra religión, y muy especialmente a la islámica por el violento fanatismo que caracteriza a buena parte de sus fieles en el siglo XXI. Pero el motivo no es su materialismo, sino su odio patológico a Occidente. Y como la religión cristiana es la que ha construido y sigue siendo la mayoritaria en Occidente, está destinada a recibir el odio eterno de la izquierda. Y las demás religiones, especialmente aquellas contra las que haya chocado la cristiandad durante siglos y que hoy en día sigan siendo una amenaza para el modo de vida occidental, cuentan con la ignorante, sectaria y suicida simpatía de la izquierda.

 

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