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El catalanismo, tumor de España. -Santiago Navajas/LD-

Todo el cielo de España inmaculado
sobre las torres frías de la tarde;
sobre las torres mudas de la tarde
todo el cielo de España inmaculado.

10 de octubre, día de gloria y de infamia para España. A Julio Martínez Mesanza, uno de nuestros más grandes poetas, se le concede un merecidísimo Premio Nacional de Poesía. Mientras, en Barcelona, Carles Puigdemont –el golpista, el delincuente, el loco, en su propia descripción inversa– declaraba que Cataluña era independiente y que no era independiente. El escritor elige las palabras más precisas porque está comprometido con la verdad poética. El presidente retuerce las palabras hasta destruir sus significados porque es un heraldo de la mentira política.

Golpistas catalanistas hablan de “preindependencia”. Degradan el lenguaje para corromper la democracia. Carme Forcadell, la presidenta del Parlament, expulsó del “pueblo catalán” a los que fueran del PP y de Ciudadanos. Reivindican a Jefferson, por su declaración de independencia, pero su real modelo es Hitler, por su persecución xenófoba; el Führer afirmaba: “Ser nacional sólo puede ser apoyar a tu pueblo”. Como describió Klemperer en su descripción del asalto nazi a la democracia, el lenguaje se vacía de contenidos intelectuales y se llena de emociones fanáticas. Guardiola o Xavi se permiten tachar de “autoritaria” la monarquía constitucional española al tiempo que vitorean la monarquía absoluta catarí. A Gerard Piqué se le llenan los ojos de lágrimas por la independencia de Cataluña mientras se llena los bolsillos de billetes jugando con la selección del Estado opresor. “Cabalgar contradicciones” llaman a estas hipocresías los cínicos.

Para la patria que perdió la gracia,
el cielo inmaculado inmerecido;
el insultado cielo inmerecido,
para la patria que perdió la gracia.

Está claro que ha sido una suspensión-trampa para seguir tramando contra la ley. Los golpistas ofrecen esta engañifa siguiendo la estrategia de la tregua-trampa de ETA. El mediador oculto del que habla Puigdemont debe de ser Otegi, uno de esos tóxicos hinchas del proceso secesionista junto a Julian Assange y Noam Chomsky. Julian Benda escribió en 1927, La traición de los intelectuales, sobre cómo los que debían defender la verdad la sacrificaron en el altar de la Patria y la Clase. En el caso de Cataluña, la traición es de intelectuales como Germà Bel, que comparó a los policías españoles con animales, o Xavier Sala i Martín, que combina el liberalismo económico con el totalitarismo político en la tradición de Pinochet. En la época del imperio de las fotografías trucadas y falsas de Twitter y Facebook, de millones de gatitos y selfies, una imagen miente más, muchísimo más, que mil palabras.

No es de extrañar que Pablo Iglesias repita, al alimón con Gabriel Rufián, que no se ha declarado la independencia: tratan de dar gato por liebre y anestesiar a la opinión pública europea. Aunque sabe que todas las asociaciones de fiscales hablan de “golpe al Estado de Derecho”, la prensa de extrema izquierda, la banda de los insidiosos escolares, trata de salvar el proceso golpista dándole oxígeno mediático.

De nada te sirvió vencer los mares
ni adentrarte en las selvas pavorosas.
No te sirvió avanzar en el desierto
ni defender la brecha en la muralla.

Cataluña está enferma desde hace siglos. Es el tumor de España, que a veces dormita y a veces estalla”. Esto lo escribió Gaziel, que, junto a Chaves Nogales y Josep Pla, era el mejor cronista periodístico en la España republicana. Alucinaba el buen catalán con la maldad de Companys en 1934 al dar un golpe de Estado contra la II República, contra Cataluña y contra España. Pues más de 80 años después, el tumor catalán(ista) vuelve a estallar. Un tumor que en la Moncloa siguen tratando como si fuera una mera espinilla adolescente, cuando es maligno y está a punto de convertirse en metástasis.

Ochenta y tres años después de que la II República metiese en la cárcel a Companys, ha tenido que ser Pablo Casado el que ilustre a la generación de españoles más analfabeta sobre su propia historia. Tan analfabeta que se tragó la campaña mediática de la extrema izquierda de que Casado había amenazado con fusilar a Companys. Si Puigdemont confirma con sus acciones que, como dijo Julio Anguita, la burguesía catalana es la peor de España, Junqueras e Iglesias son la evidencia de que tenemos la izquierda más vil de Europa. Gaziel dudaba de que la curación de Cataluña fuese posible, y, en todo caso, provendría del propio organismo catalán. Pero finalmente hemos comprendido que la enfermedad catalanista es autoinmune. El catalanismo es el nuevo lupus.

Lo que había que hacer y más hiciste
y a ti misma te pagas con desprecio.
Sobre la antigua casa de María,
todo el cielo de España inmerecido.

PD. En el blog Cuestiones Naturales pueden leer el resto de los poemas de Julio Martínez-Mesanza; hasta que se compren su última obra, Gloria.

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La plebe femichula -Santiago Navajas/Libertad Digital-

En una cafetería vegana en Australia han implantado un sistema de cobro “feminista de género” (“femigen” para abreviar) por el que los hombres deben pagar más que las mujeres por los mismos productos. Lo que se recauda a través de lo que podríamos denominar el “impuesto XY” se destina a actividades benéficas en contra de la “violencia machista”. En dicho café, nos dicen, no hay camareros al estilo tradicional sino “guerreros por la justicia social” (SJW por sus siglas en inglés) que aplican un 18% de más a los hombres porque esa es supuestamente la brecha salarial a favor del género masculino.

Como en Australia hay leyes que no permiten discriminar por sexo, el bar “femigen” solo puede “sugerir” a sus clientes masculinos que paguen el “impuesto femirrevolucionario”. Ahí quisiera yo ver a James Damore, el autor del memo de Google que le ha costado el despido por sugerir que discriminar a los hombres para apoyar la diversidad quizás no sea tan buena idea después de todo. O sí. Al fin y al cabo los hombres estamos acostumbrados a reglas de cortesía que nos “obligan” a ceder nuestros asientos y abrir las puertas a las señoras, así como a pagar más que ellas por entrar a pubs y discotecas. Es irónico, y revelador, como el nuevo feminismo (de género) imita las reglas de lo que las “femichulas” llaman viejo machismo (heteropatriarcal).

De todos modos, tienen mucho que aprender las “femigen” australianas de las leyes españolas que, impulsadas por el espíritu “de género” dominante, no solo han conseguido arramblar con uno de los fundamentos del Estado liberal, la presunción de inocencia que ya no se aplica a los varones en el caso de la “violencia machista”, sino que también va camino de terminar con otro baluarte de la filosofía ilustrada: el principio de que hay que odiar el crimen pero es posible reinsertar y rehabilitar al criminal.

Durante la Edad Media, si la Inquisición te condenaba no había forma de lavar jamás la “mancha criminal pecaminosa”. A los condenados se les hacía vestir una prenda, el “sambenito”, que una vez cumplida la condena o quemado en la hoguera el “hereje” se colgaba en la iglesia de turno para que el presunto crimen no se olvidara nunca. Una “memoria histórica” de infamia perpetua. Para la Inquisición era fundamental enfangar el recuerdo de sus víctimas, que alcanzaba a su familia, para así propagar un clima de intimidación y terror.

El el caso de Francesco Arcuri contra Juana Rivas, las “femigen” están promoviendo una clima de intimidación inquisitorial contra el ciudadano italiano que ha presentado una demanda para recuperar a sus hijos. Arcuri, condenado hace años por maltrato, sería para la neoinquisición “femigen” un apestado de por vida y sus reclamaciones para reivindicar la patria potestad tendrían que ser descartables por principio y para siempre.

A partir de 1764, sin embargo, la mentalidad vengativa y rencorosa que inspiraba las acciones justicieras empezó a cambiar gracias a la publicación de De los delitos y las penas, de Cesare Beccaria. Para el joven ilustrado italiano, en un sistema humanitario vale más dejar libre a un culpable que castigar a un inocente. Para ello postuló dos principios penales que son los que deberían fundamentar cualquier Estado de Derecho: la presunción de inocencia y la posibilidad de rehabilitación e reinserción de los condenados. Escribe Beccaria:

Para que el castigo no sea en cada caso un acto de violencia de uno o muchos contra un ciudadano en particular, debe ser esencialmente público, expedito, necesario, el menor posible dadas las circunstancias, proporcional al crimen, y dictado por las leyes.

Por ello, Francesco Arcuri no tiene por qué entrar en los Juzgados vestido con ningún “sambenito” bordado con alguno de los lemas favoritos del matriarcado “femigen”, al estilo del “Machete al machote” que parece sacado de una versión de La matanza de Texas protagonizada por Barbijaputa. Arcuri fue condenado por maltrato y pagó por ello pero no se convirtió en un “maltratador” de una manera esencial. Si hubiese cometido algún nuevo delito de maltrato habría que juzgarlo con nuevas pruebas y no porque una ideología inquisitorial –representativa de esa “banalidad del mal” que Hannah Arendt desmenuzó como un batiburrillo de sentimentalidad barata, clichés lingüísticos y violencia justiciera– pretenda hacer de un ciudadano particular una chivo expiatorio ejemplarizante.

Es sintomático que la campaña promovida por el “Femigen” contra Francesco Arcuri se concentre en cobrarle un “impuesto XY” de índole social, despreciando las reglas racionales del criminalista italiano que criticaba tanto la utilización de la Justicia para preservar el poder del gobernante como para satisfacer la sed de sangre de la plebe. En nuestro caso, tenemos el poder usurpado por una serie de feministas “de género” que se benefician de una industria del victimismo ocupando “observatorios”, “concejalías” y otras instituciones públicas cuyo funcionamiento depende en gran parte de la alarma social que consigan provocar. En segundo lugar, la frivolidad de unos pueblos ignorantes y de unos medios de comunicación amarillistas que se lanzan a un irresponsable “Juana está en mi casa” como un moderno, pero bastardo, “Fuenteovejuna, todos a una”. En esta ocasión para encubrir no un asesinato sino un presunto secuestro de niños. Pocas veces una conducta tan incívica por parte de una turba mediática habrá inspirado a la vez tanta pena y tanto asco.

Una película que deberían ver en Maracena, la localidad de Juana Rivas, es La caza, extraordinario film danés dirigido por Thomas Vinterberg y protagonizado por Mads Mikkelsen, en la que un maestro es linchado por la población tras la acusación de una de sus pequeñas alumnas de haber “abusado” de ella. En dichas circunstancias, el maestro “pederasta” es condenado socialmente sin más prueba que el testimonio de la niña, sin la más mínima atribución, ni legal ni cultural, a la presunción de inocencia. Al fin y al cabo, ¿por qué una niña habría de inventarse dicha acusación? En la relación hombre-mujer se ha implantado acríticamente el dogma de la asimetría a favor de ella, lo que convierte a cualquier hombre en un mero ejemplar de la “cultura heteropatriarcal” y, por tanto, en culpable “a priori”. Y si no lo es de hecho, siempre cabe achacarle una responsabilidad “de género”.

Dos son las advertencias que hay que considerar. En primer lugar, no dejar que el feminismo sea arrebatado definitivamente por su versión más radical y espuria. No hay que cejar en la distinción entre un feminismo liberal -respetuoso tanto de la libertad como de la igualdad, racionalista e ilustrado- y el “femigen”, una de las múltiples dimensiones del “marxismo cultural”, esa ideología amargada y deprimente que ha declarado la Guerra Mundial entre Sexos. Por otro lado, en situaciones tan complejas y llenas de matices como el caso Arcuri versus Rivas dejar que el sistema judicial se pueda desarrollar de la manera más transparente posible, sin prejuzgar situaciones y hablando solo con conocimiento de causa y tras una lectura atenta de los documentos pertinentes. De lo que no se sabe, mejor callar. Dura lex, sed lex.

Origen: Santiago Navajas – La plebe femichula – Libertad Digital

Venezuela será la tumba de Podemos. -Santiago Navajas/LD- 

El golpe de Maduro pone de manifiesto los mecanismos autoritarios que subyacen al populismo defendido por el partido de Pablo Iglesias.

Venezuela está en medio de una tormenta perfecta. Y no, no tiene que ver con el cambio climático sino con la combinación de la trampa de los recursos naturales y la estafa del socialismo del siglo XXI. Que es como decir el fraude económico unido a la miseria política. Si un país es rico en petróleo pero es pobre en instituciones democráticas, entonces está abocado a que la clase dominante caiga en una corrupción galopante. Puede ser que este robo institucional se produzca en nombre de un sistema retrógrado, por ejemplo las teocracias islamistas de Irán o Arabia Saudí, o de una ideología reactiva, el socialismo populista de Venezuela. Pero da igual que sean fachas o rojos. Cuando una élite se apropia de la riqueza nacional, impide el desarrollo económico y tecnológico autónomo e impone una dictadura supuestamente legitimada en Alá o en Simón Bolívar, tu país, que diría Vargas Llosa, se jode. Vale la pena recordar el inicio de Conversación en La Catedral del Premio Nobel hispano-peruano en estos tiempos de zozobra venezolana

Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la Plaza San Martín. Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución. Ve una larga cola en el paradero de los colectivos a Miraflores, cruza la Plaza y ahí está Norwin, hola hermano, en una mesa del Bar Zela, siéntate Zavalita, manoseando un chilcano y haciéndose lustrar los zapatos, le invitaba un trago. No parece borracho todavía y Santiago se sienta, indica al lustrabotas que también le lustre los zapatos a él. Listo jefe, ahoritita jefe, se los dejaría como espejos, jefe.

Pero Venezuela no estaba destinada a ser el Estado fallido en el que finalmente se ha convertido, devastado por una guerra civil en estado larvario. Del mismo modo que el Brasil del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva o la Argentina peronista de los Kirchner, la Venezuela socialista de Chávez-Maduro se ha constituido en un Estado-buitre, basado en la corrupción institucional de unos dirigentes que usan la violencia como herramienta política, la corrupción como forma de conseguir adhesiones y la demonización del adversario para destruir cualquier oposición.

Volvamos a la trampa de los recursos naturales. Dado que el petróleo coloca todo el poder económico en manos de un Gobierno todopoderoso –que actúa sin la capacidad de poner límites de un mercado eficiente, competitivo e inclusivo–, la tendencia hacia la dictadura es casi irresistible. Y quien tiene todo el poder económico aspira a tener todo el poder político. De ahí la pretensión de Nicolás Maduro de dotarse de una Asamblea Constitutiva a su imagen y semejanza (una imagen patética y una semejanza ridícula).

Cien años después de la toma del poder por Lenin dando un golpe de Estado contra la democracia rusa, Nicolás Maduro trata de imitar a los bolcheviques, a los que podría parafrasear con el lema “Todo el poder para los chavistas”. Del mismo modo que los sóviets eran consejos de trabajadores controlados por la facción leninista, el triunfo de “los chavistas” significaría consagrar un régimen de partido único en Venezuela. Porque, al igual que Lenin sabía que jamás ganaría unas elecciones libres, de ahí su toma del poder mediante la violencia, Maduro comprende que en unas elecciones liberales sería barrido por las urnas. Y una vez que no controlase el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, su destino sería el de Lula da Silva, hasta hace poco otro referente del socialismo tercermundista: la condena por corrupción.

Pero Leopoldo López, el líder opositor contra Maduro, no es Kerenski, el débil líder de la incipiente democracia rusa que no tuvo el valor y la fuerza para oponerse al primigenio dictador comunista. Ni la situación internacional implica dejar abandonado a su suerte al pueblo venezolano. Cabe esperar que la firmeza que demostró Obama contra los tiranozuelos bolivarianos se multiplique con Trump, alguien que ya ha demostrado con su apoyo a Taiwán y a Miami que no teme la presión externa de los dictadores de extrema izquierda ni la interna de la doctrina del apaciguamiento.

Se conoce como el efecto Streisand el intento de censura que resulta contraproducente porque finalmente la información que se pretendía ocultar acaba recibiendo mayor publicidad de la que habría tenido si no se hubiese tratado de acallar. Un ejemplo reciente de dicho efecto ha sido la condena a Hermann Tertsch por el artículo que escribió sobre el abuelo de Pablo Iglesias, que finalmente ha conseguido que sea mucho más leído de lo que habría sido en caso de no irrumpir el juez. Nunca una victoria en sede judicial fue más pírrica. El poder de las redes sociales también se manifiesta en que el autogolpe de Estado que está tratando de dar Nicolás Maduro puede terminar siendo la tumba de Podemos, porque pone de manifiesto los mecanismos autoritarios que subyacen al populismo defendido por el partido de Pablo Iglesias, cuyo “compromiso democrático” apoya a sistemas que se autocalifican de “repúblicas populares” al estilo de la misma Venezuela, Armenia, Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, Rusia, Sudán, Siria o Zimbabue.

El golpe de Estado de Lenin corrió como la pólvora entre la élite intelectual y cobró rápidamente forma de mito y dogma, lo que permitió que durante decenas de años los intelectuales ocultasen y favorecieran los crímenes en nombre del comunismo. Pero, cien años después, el poder de los medios está mucho más repartido y es imposible la creación de un intelectual orgánico como pretendía Antonio Gramsci para manipular a las masas. Tenemos un caso paradigmático en el hecho de que la mayor parte de los jóvenes españoles consideran a Amancio Ortega un referente para su futuro profesional, a pesar de las campañas que en su contra han organizado desde la extrema izquierda mediática. Por todo ello, cabe ser ciertamente optimista, aunque de manera moderada, tanto sobre el futuro democrático de Venezuela como sobre las aspiraciones electorales de Podemos. Cuanto mayor el primero, peores las segundas. Pronto, Maduro seguirá los pasos de sus admirados Lenin y Chávez: le espera el embalsamiento político (metafórico) y el juicio severo de la Historia (literal).

Origen: Libertad Digital

Corrupción o comunismo. -Santiago Navajas/LD-

Tal y como ha demostrado Macron en Francia, hay alternativa liberal a los conservadores fosilizados y a los comunistas populistas.

La puesta en escena de la moción de censura estaba destinada a hacer ver a los españoles que tienen que elegir necesariamente entre un corrupto y un comunista. Empujados ante un dilema diabólico, la gente preferirá al corrupto, claro. Ya puestos, mejor que te roben a que te maten. El corrupto quiere tu cartera; el comunista, tu alma (y tu cartera). Bárcenas, Francisco Granados, Rato, Pedro Antonio Sánchez, Ignacio González… así como multitud de cargos del PP en ayuntamientos están bajo sospecha de corrupción. Y fueron los grandes protagonistas invisibles del debate. El PP se ha convertido en una mafia política (con el PSOE en plan Camorra). Y el Padrino está claro quién es, por activa o por omisión. Podemos, por su parte, es lo más parecido a la KGB en versión postmoderna y con acento venezolano. Chávez, Maduro, Evo Morales, Kirchner… fueron los otros invitados a la moción de censura patrocinada paradójicamente por los partidarios de la censura y el escrache como métodos políticos usuales. Si hay que elegir entre Vito Corleone y Vladimir Ilich Lenin, el pueblo tendrá en cuenta que ninguno de los dos tiene ni idea de lo que es el imperativo categórico kantiano, pero al menos el primero sabe gestionar una empresa. Ahora bien, ¿debemos conformarnos con este dilema, reconvertido en un cuadrado criminal que encierra un círculo vicioso, de corrupción o comunismo?

Mientras escribo estas líneas se cumplen 40 años de las primeras elecciones democráticas, cuando no se sabía muy bien si España acabaría en otra dictadura de derechas o en una república prosoviética. Ganó UCD y de aquellos votos, esta monarquía constitucional tan brillante a pesar de todo. Fraga y Carrillo, los dos autoritarios, fueron sobrepasados por Suárez y González, que venían de tradiciones fascistas y marxistas pero supieron reciclarse y reciclar a sus seguidores dentro del paradigma democrático. Hoy en día, tal y como ha demostrado Macron en Francia, hay alternativa liberal a los conservadores fosilizados y a los comunistas populistas. La propuesta de Ciudadanos y de Albert Rivera, con un pie puesto en el liberalismo y otro en la socialdemocracia, a favor de un Estado limitado, eficiente y compasivo, es una apuesta de futuro que recoge lo mejor tanto de la UCD de Suárez como del PSOE de González y que, como la ola Macron, es la única forma de limpiar los sucios establos de Augías en los que han convertido nuestra democracia la dupla Rajoy-Iglesias, tan lejanos en las formas parlamentarias pero tan cercanos en el fondo de la obsolescencia política. Ya solo queda cortar el nudo gordiano de una democracia que empezó hace cuarenta años con ganas de concordia por la mayor parte de sus actores, salvo por los sectarios nacionalistas y los extremistas marxistas. En algo hemos mejorado: ya no tenemos que temer que la Tigresa nos pegue un tiro, solo que Guardiola nos largue un discurso a favor de Catar.

Origen: Libertad Digital

La tiranía de la minoría. -Santiago Navajas/LD-

Madison, Tocqueville y otros pensadores liberales advirtieron constantemente contra la posible degeneración de la democracia en “tiranía de la mayoría”. Por eso insistieron en que al principio regulativo de la mayoría se opusiera el principio limitativo del respeto a los derechos de las minorías. A tal fin se crearon mecanismos de checks and balances, para que ningún aspirante a dictador elegido democráticamente pudiera propasarse. Gracias a ello Donald Trump no está haciendo demasiado daño. Parafraseando a Augusto Monterroso, cada vez que despierta el presidente norteamericano, desespera de que la separación de poderes siga estando allí. Precisamente por no tener ese sistema institucional liberal, Venezuela y Turquía se están despeñando por el abismo de la tiranía de la mayoría bajo la égida carismática de Maduro y Erdogan.

Sin embargo, en Estados Unidos lo que se está propagando es el virus de la tiranía de la minoría, en virtud de la cual determinadas facciones se arrogan el poder de censurar y violentar a cualquiera que no se doblegue ante sus dogmas ideológicos. Una vez más, ha ocurrido en las universidades norteamericanas que un intelectual perteneciente al ala conservadora ha sido boicoteado salvajemente por grupos vinculados al ya habitual frente popular formado por ultraizquierdistas, feministas de género y victimistas raciales.

Heather MacDonald había sido invitada a Claremont College a presentar su último libro, donde rebate la tesis dominante en la izquierda política y cultural de que los policías norteamericanos son un peligro y una amenaza para la comunidad negra. Por el contrario, sostiene MacDonald, son los criminales la más grande amenaza para la mayor parte de los negros norteamericanos, que tienen en los policías a sus mejores aliados contra la anomia que amenaza sus barrios y distritos.

Como cualquier otra, una tesis discutida y discutible. Pero precisamente para eso están los debates públicos, para que se expongan las razones y evidencias disponibles de las diversas conjeturas contrapuestas, de manera que del choque dialéctico de puntos de vista divergentes pueda surgir un consenso informado o una disparidad respetuosa. Sin embargo, los estudiantes protofascistas enfundados en camisetas del Che Guevara impidieron violentamente el acceso al recinto donde se iba a celebrar el acto y MacDonald no tuvo más remedio, bendita tecnología, que exponer sus ideas a través de internet.

El presidente de Claremont defendió el derecho de MacDonald a hablar porque “nuestra misión se funda sobre el descubrimiento de la verdad, el desarrollo colaborativo y la mejora de la sociedad”. Esta frase es el equivalente hoy en día en una universidad norteamericana, y en gran parte de las facultades de Letras españoles, a mostrar unos crucifijos en el castillo de Drácula. Rápidamente los endemoniados (en el sentido de Dostoievski: fanáticos nihilistas al borde de un ataque de bilis) estudiantes tacharon la “búsqueda de la verdad” y la “pretensión de objetividad” como cosas de “supremacistas blancos”, reconociendo implícitamente su visión racista de la sociedad humana y una indigencia intelectual que les lleva a rechazar la verdad y la objetividad porque de otra forma tendrían que trabajar algo para conseguirlas, aunque solo fuera tomando notas de lo que dice el conferenciante de turno para luego tratar de rebatirlo tomando la palabra en lugar de un bate de béisbol o un cóctel molotov.

El recientemente fallecido Giovanni Sartori nos advirtió en La sociedad multiétnica contra los que tratan de destruir la sociedad abierta popperiana y hayekiana aprovechándose de la elasticidad de la tolerancia para imponer sus métodos violentos. La sociedad abierta liberal no se basa, defiende el politólogo italiano, ni en el conflicto, como quisiera un nazi como Carl Schmitt cabalgando la contradicción amigo-enemigo, ni en el consenso, como quisiera un apaciguador al estilo de Rodríguez Zapatero con su alianza de civilizaciones, sino en “la dialéctica del disentir”, consistente en un debatir que incorpora al mismo tiempo el conflicto y el consenso. Pero todo ello de acuerdo a unas reglas-de-la-tolerancia que consisten en proporcionar razones, no dañar al contrario y la reciprocidad (no hacer lo que no te gustaría que te hicieran).

Por el contrario, los estudiantes intolerantes que componen el núcleo del movimiento políticamente correcto (que en circunstancias parecidas en Alemania fueron catalogados por Jürgen Habermas como “fascistas de izquierdas”) deberían haber sido automáticamente expulsados de la universidad (aunque fuese por un mes, como niños traviesos de primaria) y llevados ante la Justicia (para depurar posibles responsabilidades penales. Al fin y al cabo, las universidades no son guarderías). En lugar de ello, la pasividad de las autoridades es otro palmario ejemplo de cómo la doctrina de la sociedad multicultural, basada en la intolerancia política y el puritanismo moral, ha ido poco a poco capturando a la izquierda, debilitándola como hace la hiedra con el árbol al que trepa.

Frente a la sociedad multicolor que reivindica el liberalismo, los estudiantes políticamente correctos promueven grisáceas facciones que únicamente buscan la conquista de puestos desde los que detentar el poder y entronizar el odio (de clase, de género, de raza, de religión), para así aplastar al disidente en nombre de cualquier supuesta superioridad cultural. En este sentido, se ha producido en Twitter una rocambolesca discusión entre feministas negras contra feministas blancas en la que las negras enrostraban a las blancas que ellas eran más víctimas porque al victimismo de género sumaban el racial. Y las blancas callaban avergonzadas por su herencia de privilegiadas. Siempre habrá una minoría más minoritaria, hasta que, de minoría en minoría, se llegue a la minoría definitiva y descubran al individuo de carne y hueso como minoría absoluta. Quizás en ese momento descubran la objetividad, ya sin cursivas, y se hagan liberales: individualistas, tolerantes y más amigos de la esplendorosa verdad que de sus narcisistas ombligos.

Pero el auténtico peligro no reside en los terroristas universitarios sino en nosotros mismos. He visto cómo unos pocos violentos eran capaces de reventar actos donde nadie se atrevía a plantar cara. Donde el recurso a la fuerza en defensa propia era descartado por una prudencia que encubría realmente una cobardía. Si malo es que unos grupos de intolerantes se hagan con el control de los campus, peor resulta que las autoridades de los mismos sean incapaces de garantizar el orden y la libertad de expresión de los censurados.

Lo que está en juego es la continuidad de la tradición ilustrada en Occidente. La Ilustración fue ese movimiento que situaba el foco de la acción y la esencia humana en la racionalidad. Para ello se opuso tanto a los tradicionalistas del absolutismo teocrático como a los románticos que vinieron a continuación. Para los ilustrados, hay teorías que se pueden rebatir mediante hechos. Sin embargo, para los tradicionalistas lo que hay son dogmas inasequibles al razonamiento. Por otro lado, para las tribus románticas, del comunitarismo al feminismo de género pasando por los victimistas raciales, hay sentimientos e instintos grupales impugnables mediante pruebas. Desde el dogma y desde el sentimiento cabe censurar a todos aquellos que se opongan a ellos. Si durante mucho tiempo ambos enemigos de la verdad y la objetividad, de la libertad y de la tolerancia, estuvieron a la par en su asalto a la razón, hoy es la extrema izquierda académica –a través de todas las derivadas del posmodernimo estructuralista– la que está convirtiendo la universidad en una cheka, la ciencia en ideología y los debates en sermones adoctrinadores.

Origen: Club de Libertad Digital

Holanda, contra el islamismo fascista. -Santiago Navajas/LD-

Erdogan acusa a Holanda de “fascista”. Lo que sucede es que, después de islamizar Turquía, pretende hacer lo mismo con el resto de Europa. El intento del dictador islamista turco de desestabilizar Alemania, Holanda y todos los países que albergan una gran población de origen turco se enmarca tanto en una psicología traumatizada por la negativa de la UE a admitir a su país como en la estrategia de colonización ultraislamista de Europa.

Geert Wilders, el probable vencedor de las elecciones holandesas, se eleva sobre los hombros de gigante de dos líderes asesinados por atreverse a alzar la voz contra la ola de fanatismo islamista que está envenenando la vida social holandesa y europea. Pim Fortuyn fue asesinado en 2002 por un ultraizquierdista que estaba en contra del mensaje presuntamente xenófobo y anti-islam del profesor de Sociología que se declaraba abiertamente católico y gay. Pero esto era solo una excusa porque Fortuyn no estaba en contra del islam ni de la inmigración, sino de la falta de control de un islamismo radical que se expandía por escuelas y mezquitas, de un multiculturalismo que exime a los fanáticos musulmanes de cumplir con la ley común en favor de la sharia y de la inmigración indiscriminada.

Dos años después el que caía asesinado, en mitad de Ámsterdam, era el cineasta Theo van Gogh, degollado y tiroteado a plena luz del día por un islamista con la doble nacionalidad holandesa y marroquí siguiendo un ritual religioso. Su pecado había sido rodar el corto Sumisión, en el que se denunciaba la opresión de la mujer bajo la cultura islámica dominante. La guionista era Ayaan Hirsi Ali, una africana de origen musulmán que conocía de primera mano la servidumbre moral y política que exige el islam mayoritario, en particular a las mujeres, y que posteriormente ha tematizado la diferencia entre un islam al que hay que combatir por su intolerancia violenta y el compatible con la democracia liberal, minoritario y perseguido por el anterior. Casi peor que el asesinato fue la cobardía mostrada por el Festival de Róterdam, que se negó a proyectar dicho corto “por motivos de seguridad”. Hirsi Ali tuvo que exiliarse, ante la indiferencia cómplice de sus vecinos.

Theo van Gogh era un director de cine cáustico, crítico e independiente. Hacía de la risa un instrumento de desvelamiento de la opresión y la estupidez. Se había enfrentado al Estado holandés, a la UE, a las Iglesias católica y protestante, a partidos de izquierda y derecha. Pero Submission se topó con los seguidores más fanáticos de Alá y su profeta. Recordemos que uno de los significados del término islam es precisamente “sumisión”, obediencia ciega a un texto considerado sagrado: el Corán.

En Visions of Europe diversos cineastas mostraban aspectos de la realidad europea. Muchos de ellos eran críticos, sardónicos e hirientes con la religión cristiana y sus instituciones. Ni uno solo se atrevía a mofarse de los musulmanes. La muerte de Van Gogh marcó una amenaza siniestra sobre los artistas e intelectuales europeos, los que usan la libertad de expresión como forma de crear espacio ciudadano: ni una referencia crítica al islam, ya que se considerará ipso facto como una blasfemia. El mundo civilizado, por el contrario, puede ser definido como el lugar en el que incluso la blasfemia es posible.

Después de Salman Rushdie, van Gogh volvió poner en el primer plano de actualidad el desafío que el fundamentalismo islamista representa para nuestras sociedades libres y democráticas, civilizadas en suma. Cuando Kant escribió La religión dentro de los límites de la razón natural estaba pensando fundamentalmente en el cristianismo. Es hora de empezar a aplicar los criterios racionales de la Ilustración a otras religiones que quieran establecerse en Europa. Serán bienvenidos siempre y cuando asimilen e incorporen en sus cosmovisiones religiosas los principios de libertad, igualdad y fraternidad, sobre los que se basa la civilización. A secas. Como también argumentaba Hegel, las religiones deben serlo de la libertad y la razón o no pueden ser toleradas dentro de una sociedad abierta pero no suicida.

Ante la guerra diplomática entre Holanda y Turquía (y entre Alemania y Turquía; y entre Dinamarca y Turquía…), hay que tener en cuenta que en los Países Bajos gobierna el muy liberal Mark Rutte. Sin embargo, las elecciones del miércoles estarán polarizadas entre la extrema derecha de Geert Wilders y el islamista presidente de Turquía que aspira al sultanato. La clave de toda esta confusión reside en lo mal que se está gestionando por la élite política europea la cuestión del multiculturalismo, donde el discurso de la tolerancia, la vulnerabilidad y la inclusión ha llevado a que se haya dado carta blanca a determinados grupos de fanáticos para imponer su propia ley (islámica o sharia) en zonas vedadas a la ley democrática, auténticos reinos de taifas-mafias religiosas. Lo recordaba Savater en El País a propósito de los nacionalistas, vascos y catalanes, a los que se ha dejado incumplir sistemáticamente las leyes por un “no vaya a ser que se sientan provocados”. De este modo, la ablación del clítoris se está convirtiendo en una práctica ¡occidental!

Para la prensa socialdemócrata, Wilders no es más que un xenófobo racista, pero el caso es que lo van a votar negras y gais (dentro vídeo). Algo falla en el Matrix políticamente correcto, y es su incomprensión de que culturas hay muchas pero civilización solo una: la que emerge de la práctica de la razón, que es universal. Parafraseando a Kant: culturas, sí, pero todas ellas dentro de la razón natural. Y si a alguien no le gusta el clásico modelo liberal holandés y europeo (tan defensor de los derechos de las mujeres, de los homosexuales y, en general, de la liberalización de los modos de ser humano), siempre le quedará el recurso de emigrar a la auténticamente suní Arabia Saudí o el exquisitamente chií Irán. O a la cada vez más islamofascista Turquía.

© Revista El Medio

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