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¿Qué tiene en la cabeza un refugiado musulmán? -Burak Bekdil/ElMedio-

(A finales de julio, el número de refugiados y migrantes que esperaban en Grecia a que se les concediera asilo o se les deportara era de 62.407. Las cinco islas del Egeo -Lesbos, Quíos, Samos y Leros- acogen a 15.222 solicitantes de asilo y migrantes).

El otoño de 2015 fue atípico en casi todos los sentidos en la isla griega del norte del Egeo desde la que escribo. Había decenas de miles de migrantes ilegales en ella, cuya población nativa era de apenas 100.000 personas. Los nuevos refugiados llegaban cada día por millares.

Una noche, el cielo azul grisáceo retumbó poco después de ponerse el sol. Las espesas nubes se ennegrecieron y empezó a llover con un rugido. Cuando corría por la resbaladiza acera en dirección al bar de un amigo, oí a un grupo de cinco pobres hombres que hablaban persa con acento turco e iban corriendo por ahí, buscando cobijo bajo los aleros de un edificio.

Un cuarto de hora después me los encontré delante del bar de mi amigo, totalmente empapados. Salí y les pregunté si hablaban inglés; menearon la cabeza. Les pregunté en turco si hablaban turco. Con un brillo en los ojos, tres de ellos exclamaron alegremente: “Evet!” (“sí” en turco). Les dije que entraran al bar si querían. Dudaron, pero declinaron cortésmente la invitación. Les pregunté si necesitaban comida, agua o cigarrillos.

El que mejor hablaba turco dio un paso al frente. Sacó un mazo de billetes del bolsillo y dijo: “Si de verdad quieres ayudar, encuéntranos un hotel. El mejor, si es posible. Tenemos dinero. El dinero no es problema. Encuéntranos un hotel y te pagaremos una comisión”. Me explicó que todos los “malditos” hoteles de la isla estaban llenos (de refugiados) y que necesitaban habitaciones.

Me disculpé y desaparecí en el bar.

Casi dos años después, en una hermosa y fresca mañana de verano conocí a A. en un bar de la misma isla. A., refugiado sirio, suele pasar las noches yendo de bar en bar con sus amigos occidentales. Esos amigos son sobre todo románticos trabajadores sociales europeos que, según he observado varias veces, llevan camisetas, bolsas y ordenadores portátiles decorados con la bandera palestina. Están en la isla para ayudar a los desgraciados refugiados musulmanes que huyen de la guerra en sus países natales.

“Te hablaré estrictamente de musulmán a musulmán”, me dijo A. con un buen inglés tras haberse bebido unos chupitos de whiskey. “Estos [trabajadores sociales europeos] son muy raros. Y no sólo raros. Son también estúpidos. No sé por qué demonios están fascinados con una causa musulmana que incluso algunos musulmanes despreciamos”.

El año pasado, tres afganos se detuvieron delante de mi casa en la misma isla y me pidieron agua. Les di tres botellas y les pregunté si necesitaban algo más. ¿Café? Aceptaron y se sentaron en las sillas del jardín.

Tomando el café, dijeron que se alegraban de que los acogiera, “no un infiel en esta isla infiel”, sino un musulmán. Un joven afgano que iba vestido como un bailarín de un videoclip hiphopero barato de la MTV me dijo: “Un día, nosotros, los buenos musulmanes, conquistaremos sus tierras infieles”. Le pregunté por qué recibía dinero “infiel” para poder vivir. “Es halal [está permitido]”, respondió. “Ellos [los infieles] son demasiado fáciles de engañar”.

M., otro sirio que hablaba inglés con fluidez, me dio una larga charla sobre el maravilloso estilo de gobernar del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. “¡Turquía es el mejor país del mundo!”, me dijo. “Erdogan es el líder de la umma”. Le pregunté por qué había arriesgado su vida para cruzar ilegalmente desde “el mejor país del mundo” a las “pobres tierras infieles”. “Quiero ir a Europa y aumentar su población musulmana”, me respondió. “Quiero formar una familia musulmana allí. Quiero tener un montón de hijos”. Le recordé que Grecia también es un país europeo. No, no lo es, replicó.

Casi todos los migrantes ilegales en esta y otras islas griegas quieren llegar a Alemania, donde, según les han contado amigos y familiares, se les pagará mejor por ser unos “pobres” refugiados. El cliché de esas-pobres-almas-están-huyendo-de-la-guerra-en-su-país-natal se está volviendo menos convincente cada día. Pero ¿por qué, entonces, arriesgan la vida y se apretujan con otras 40 o 50 personas (incluidos ancianos y niños) en botes de goma con capacidad para sólo 12? ¿Por la guerra en Turquía?

No. A pesar de la inestabilidad política y la inseguridad general, técnicamente no hay guerra en Turquía. Es un país musulmán cuyos migrantes -la mayoría de ellos musulmanes- quieren abandonar lo antes posible para irse a la Europa no musulmana.

Llegan a las costas de las islas griegas, que son tan bellas que gente de todo el mundo cruza el mundo en avión para pasar sus vacaciones en ellas. Pero no son lo suficientemente buenas para ellos. Quieren ir a Atenas. ¿Por qué? ¿Porque hay guerra en las islas griegas? No. Es porque Atenas es el punto de partida en la ruta de salida a los Balcanes.

La misma lógica se aplica a Serbia, Hungría y Austria. Como Grecia, ninguno de esos países será lo suficientemente bueno para los refugiados. ¿Por qué no? ¿Porque hay guerra en ellos? ¿O porque “mi primo me dice que donde mejor se paga es en Alemania”?

Los líderes turcos amenazan a menudo a Europa con “abrir las puertas e inundar Europa con millones de refugiados [sirios]”. En vez de eso, deberían preguntarse por qué esos refugiados musulmanes están tan ansiosos por abandonar el “nuevo imperio turco” a la menor oportunidad. ¿Por qué no deciden vivir una vida cómoda en un país musulmán poderoso y pacífico, en vez de ir en masa al Occidente “infiel”?

Erdogan culpa a Occidente de la tragedia. Ha criticado a Occidente por haber aceptado únicamente 250.000 refugiados sirios. En 2016, el entonces primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, dijo que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debían pagar el precio, no los vecinos (musulmanes) de Siria.

Resulta irónico que millones de musulmanes estén intentando, por medios peligrosos, alcanzar las fronteras de una civilización a la que históricamente han culpado de todos los males del mundo, empezando por los de sus propios países. El romántico Occidente no se pregunta por qué millones de musulmanes que lo odian se encaminan hacia él. ¿O es “islamófobo” señalar que no hay guerra en Grecia, Serbia, Hungría o Austria?

© Versión original (en inglés): Begin-Sadat Center for Strategic Studies (BESA)
© Versión en español: Revista El Medio

Origen: ¿Qué tiene en la cabeza un refugiado musulmán?

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El suicidio de la democracia turca

En una amarga ironía, casi 55 millones de turcos acudieron a las urnas el pasado domingo para ejercer su fundamental derecho democrático al voto. Pero votaron a favor de rendir su democracia. El sistema por el que votaron se parece más a un sultanato de Oriente Medio que a una democracia de Occidente.

Según los resultados no oficiales del referéndum, el 51,4% de los turcos votó a favor de las enmiendas constitucionales que conferirán a su autoritario presidente islamista, Recep Tayyip Erdogan, excesivos poderes para expandir cómodamente su régimen autocrático.

Esta modificación convierte a Erdogan en jefe de Gobierno, jefe de Estado y jefe del partido gobernante: todo al mismo tiempo. Ahora tiene poderes para nombrar a ministros del Gabinete sin necesidad de una votación secreta en el Parlamento, proponer presupuestos y nombrar a más de la mitad de los miembros del máximo órgano judicial del país. Además, tiene poderes para disolver el Parlamento, imponer estados de emergencia y dictar decretos. Alarmantemente, el sistema propuesto carece de los mecanismos seguros de contrapeso que existen en otros países, como Estados Unidos. Transferirá a la Presidencia competencias que tradicionalmente han correspondido al Parlamento, por lo que éste quedará reducido a un órgano meramente protocolario, consultivo.

¿Por qué los turcos han optado por el suicidio democrático?

1. La confrontacional retórica islamista-nacionalista de Erdogan sigue atrayendo a masas que lo adoran por decir que está acometiendo el proceso de restablecimiento del histórico influjo otomano del país como líder del mundo islámico. Su retórica —y sus prácticas— evocan a menudo un régimen autoritario en forma de sultanato. No fue una coincidencia que los miles de seguidores de Erdogan que se congregaron para aclamar a su líder tras su victoria en el referéndum ondeasen apasionadamente banderas turcas y otomanas y coreasen “Alahu Akbar” [“Alá es el más grande”, en árabe]. Para la mayoría de los conservadores seguidores de Erdogan, “primero va Dios… y después Erdogan”. Ese sentimiento explica por qué la votación del domingo no era sólo un aburrido asunto constitucional para muchos turcos: se trataba de apoyar a un hombre ambicioso que promete resucitar un pasado glorioso.

2. La campaña por el no y sus defensores fueron sistemáticamente silenciados e intimidados por el poderoso aparato del Estado, incluida la Policía y el Poder Judicial. En cambio, la campaña por el gozó de todo el apoyo posible del Gobierno, con una plena movilización de los mecanismos del Estado y los recursos públicos. Aún peor: Turquía fue a las urnas bajo el estado de emergencia que se declaró tras el fallido golpe de julio.

3. Un organismo parlamentario de la Unión Europea (UE) advirtió antes del referéndum de su dudosa legitimidad democrática. Decía que el Gobierno había minado la capacidad de los diputados para hacer campaña a favor del no. “Simplemente, no se dieron las condiciones para un plebiscito libre y limpio sobre las reformas constitucionales propuestas”, decía un informe publicado por la Comisión Cívica de la UE y Turquía. Subrayaba, entre otros motivos, que los líderes de un partido prokurdo que había hecho campaña por el no llevaban encarcelados desde noviembre, acusados de tener vínculos con organizaciones terroristas. Según una ONG pro derechos civiles, en los quince meses previos al referéndum la Policía empleó la violencia para poner fin a un total de 264 protestas pacíficas en defensa del no.

4. Con aproximadamente 150 periodistas en la cárcel, había un clima generalizado de miedo.

La gran purga turca arroja cifras colosales. Según el ministro del Interior turco, Suleyman Soylu,

  • 47.155 personas han sido encarceladas desde el intento de golpe del 15 de julio;
  • 113.260 personas han sido detenidas;
  • 41.499 personas han salido de la cárcel con libertad condicional y 23.861 personas han sido excarceladas sin condiciones; otros 863 sospechosos aún no han sido detenidos;
  • 10.732 de los arrestados eran agentes de policía; 168, generales, y 7.463 miembros del Ejército seguían en prisión el pasado día 2;
  • 2.575 jueces y fiscales y 208 gobernadores u otros administradores públicos han sido encarcelados. El número de civiles en prisión –incluidos discapacitados, amas de casa y ancianos– es de 26.177; más de 135.000 personas han sido purgadas. Un total de 7.137 académicos fueron purgados, así como 4.272 jueces y fiscales que fueron despedidos por su presunta participación en la intentona golpista.

Los defensores del no fueron amenazados y tratados como terroristas. Los observadores de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) confirmaron casos de intimidación contra la campaña del no en todo el país.

5. El Partido Republicano del Pueblo, la principal formación opositora, ha denunciado un fraude electoral. Sostiene que la votación se manipuló en fondo y forma. Cuando el recuento electoral ya llevaba una hora en marcha, la Junta Suprema Electoral declaró válidas papeletas sin sellos oficiales. Esa práctica contraviene claramente el reglamento electoral. La oposición también denunció que en algunas ciudades echaron a los apoderados de las organizaciones a favor del no de los centros electorales. En Turquía, probablemente no importa qué dice la papeleta, lo que importa es quién las cuenta.

La votación del día 16 significó más que un simple voto a un paquete de enmiendas constitucionales. Con un estrecho y controvertido margen, los turcos votaron a favor de cambiar el régimen parlamentario por un sultanato. No fue casualidad que uno de los jefes de sección de Yeni Akit, periódico islamista militante y pro Erdogan, tuiteara tras los resultados del referéndum un obituario de la “Vieja Turquía”. En enero, un columnista de Yeni Akit afirmó que Erdogan se convertiría en el “califa” si ganaba el referéndum y las elecciones generales.

En Turquía, las guerras espirituales y sociales nunca tienen un momento de tregua. Las guerras turcas no son sólo entre líderes y partidos políticos: son guerras entre los partidarios de un país democrático y laico y los del califato que Atatürk, el fundador de la Turquía moderna, abolió hace casi un siglo. Como dijo Kati Piri, relatora de Turquía en el Parlamento Europeo, acerca del referéndum: “Este es un día triste para todos los demócratas de Turquía”.

Origen: El suicidio de la democracia turca

La guerra de Erdogan contra Occidente. -Burak Bekdil/Gatestone Institute-

En 2005, el entonces el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, junto con su homólogo español, José Luis Rodríguez Zapatero, se convirtieron en copresidentes de la iniciativa global auspiciada por Naciones Unidas que llevaba el sofisticado nombre de Alianza de Civilizaciones. Doce años después, Zapatero es un político retirado, el mundo occidental se enfrenta a una pluralidad de amenazas islamistas y yihadistas y Erdogan está en guerra contra la civilización occidental.

Erdogan, que ha sido calificado como el líder más virulentamente antiisraelí de todo el mundo, comparó una vez las operaciones de Israel en Gaza con las de Hitler (“Esos que condenan a Hitler por el día y por la noche superan sus barbaridades”). Hace poco, Erdogan dijo que las prácticas alemanas en curso –presumiblemente, la de prohibir que políticos turcos den mítines en Alemania en defensa de Erdogan con motivo del referéndum que se va a celebrar en Turquía– no son diferentes de “las prácticas nazis del pasado”. En otro discurso se quejó de que el nazismo “sigue vivo en Occidente”. Para Erdogan, los holandeses son “débiles e innobles” y “vestigios del pasado nazi y los fascistas”; y Holanda, país que perdió más de 200.000 ciudadanos durante la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, una “república bananera”.

A la Unión Europea, a la que en teoría aspira a unirse Turquía, le ha dicho: “Si hay algún nazi, sois vosotros”.

Irónicamente, la ira turca contra Occidente, en un conflicto reciente entre varias capitales europeas y Ankara (por la pretensión de Erdogan de celebrar mítines políticos en toda Europa para dirigirse a millones de turcos expatriados), revela un inconfundible y profundamente arraigado antisemitismo entre los seguidores de Erdogan. En la ciudad portuaria holandesa de Róterdam cientos de manifestantes turcos lanzaron piedras a la policía y gritaron “Alá Akbar” (“Alá es el más grande”, en árabe). Después, algunos de ellos, en una manifestación que estaba exclusivamente relacionada con una disputa entre Turquía y los Países Bajos, clamaron que “los judíos son un cáncer”.

“Volvemos a ver que las palabras judío y homo son insultos para estos grupos”, declaró Esther Voet, directora del Nieuw Israelietisch Weekblad.

Alguien tuiteó un bochornoso insulto contra François Hollande, el presidente francés, confundiendo su apellido con su nacionalidad.

Un gánster que disparó en un club nocturno se defendió diciendo que en realidad quería disparar contra el edificio del consulado holandés.

Por ver el lado más benigno de la ira turca: en otra protesta en Holanda, los seguidores de Erdogan sajaron, machacaron y exprimieron naranjas (el naranja es el color de la Familia Real holandesa). La Asociación Turca de Productores de Carne Roja mandó 40 vacas holandesas Holstein de vuelta a Holanda. Similarmente, un miembro de un consejo de distrito de Estambul dijo que iba a sacrificar una vaca procedente de los Países Bajos en venganza contra los holandeses.

Uno podría simplemente reírse e ignorar la forma en que los turcos expresan su enfado con los holandeses, que deportaron a un autoinvitado ministro turco que tenía la intención de dar un discurso a la comunidad turca de los Países Bajos.

La retórica oficial en Ankara, sin embargo, pone de manifiesto la irreversible incompatibilidad entre las culturas democráticas de Europa y Turquía. Para Erdogan, “el espíritu del fascismo campa a sus anchas” en Europa. Según su ministro de Exteriores, Mevlut Cavusoglu, Europa “se dirige hacia el abismo”. Y no se trata de mera retórica.

Sin saber muy bien hacia dónde dirigir su campaña antioccidental, Turquía bloqueó algunos ejercicios militares y otros trabajos con países aliados en la OTAN, obstaculizando así el programa de la Alianza Atlántica de cooperación con países no pertenecientes a la UE. “Esto es puerilmente hostil”, dijo un diplomático de la OTAN en Ankara.

En lugar de abrazarla como aliada y futura socia, Turquía parece pensar que puede dominar Europa mediante el chantaje. Erdogan amenazó con anular un controvertido acuerdo con la UE rubricado en marzo de 2016 para canalizar el flujo de decenas de miles de refugiados de Turquía a Europa a cambio de ayuda financiera y de la exención de visado para los turcos. La UE podía “olvidarse del acuerdo”, declaró Erdogan hace medio año. Secundando sus amenazas, su ministro del Interior, Suleyman Soylu, advirtió a la UE afirmando que entraría en “shock” si Ankara enviara “15.000 refugiados al mes”. Soylu dijo que iba a hacer que a los líderes de la UE “les explotara la cabeza” con una nueva crisis de refugiados.

Parte de esta incendiaria y chantajista retórica antioccidental puede tener el objetivo de atraer a una base electoral cada vez más aislada y nacionalista de cara al crítico referéndum del 16 de abril, por el cual se ampliarían significativamente las competencias presidenciales de Erdogan. Pero también tiene que ver con que Erdogan se ve y se presenta a sí mismo como defensor global de una opaca “causa musulmana” bajo una especie liderazgo turco [léase de Erdogan] de tipo califal contra el “hostil” Occidente. Como los islamistas saben que no pueden derrotar a Occidente utilizando el poder duro, tiran de la yihad blanda.

No fue casualidad que el ministro de Exteriores turco, Cavusoglu, no hablara de “disputa” o “crisis diplomática”, o de “negociar una solución”. Habló de “guerras religiosas”.

“Pronto estallarán guerras religiosas en Europa”, dijo. “Así están las cosas”. Pero ¿cómo creen los islamistas turcos (y otros) que pueden ganar las futuras guerras religiosas? ¿Cómo creen que va a funcionar su principal arma de guerra –el poder blando– a la hora de lograr una victoria islámica definitiva frente a una civilización “infiel”?

Erdogan tiene la respuesta: exhortó a los musulmanes de toda Europa a tener familias numerosas para “combatir las injusticias de Occidente”. No sólo eso. También dijo:

Id a vivir a los mejores vecindarios. Conducid los mejores coches. Vivid en las mejores casas. No tengáis tres hijos, tened cinco. Porque sois el futuro de Europa. Esa será la mejor respuesta a las injusticias que se cometen contra vosotros.

Los islamistas como Erdogan no sueñan con conquistar territorio infiel con aviones de combate, tanques y bombas. En esta “guerra religiosa”, su principal armamento es el cambio demográfico a favor de los musulmanes.

Es hora de recordar el poema que recitó Erdogan en un mitin allá en 1999:

Las mezquitas son nuestros cuarteles,
nuestros domos son nuestros cascos,
los minaretes son nuestras bayonetas
y los creyentes nuestros soldados.

Ver artículo original:

Holanda, contra el islamismo fascista. -Santiago Navajas/LD-

Erdogan acusa a Holanda de “fascista”. Lo que sucede es que, después de islamizar Turquía, pretende hacer lo mismo con el resto de Europa. El intento del dictador islamista turco de desestabilizar Alemania, Holanda y todos los países que albergan una gran población de origen turco se enmarca tanto en una psicología traumatizada por la negativa de la UE a admitir a su país como en la estrategia de colonización ultraislamista de Europa.

Geert Wilders, el probable vencedor de las elecciones holandesas, se eleva sobre los hombros de gigante de dos líderes asesinados por atreverse a alzar la voz contra la ola de fanatismo islamista que está envenenando la vida social holandesa y europea. Pim Fortuyn fue asesinado en 2002 por un ultraizquierdista que estaba en contra del mensaje presuntamente xenófobo y anti-islam del profesor de Sociología que se declaraba abiertamente católico y gay. Pero esto era solo una excusa porque Fortuyn no estaba en contra del islam ni de la inmigración, sino de la falta de control de un islamismo radical que se expandía por escuelas y mezquitas, de un multiculturalismo que exime a los fanáticos musulmanes de cumplir con la ley común en favor de la sharia y de la inmigración indiscriminada.

Dos años después el que caía asesinado, en mitad de Ámsterdam, era el cineasta Theo van Gogh, degollado y tiroteado a plena luz del día por un islamista con la doble nacionalidad holandesa y marroquí siguiendo un ritual religioso. Su pecado había sido rodar el corto Sumisión, en el que se denunciaba la opresión de la mujer bajo la cultura islámica dominante. La guionista era Ayaan Hirsi Ali, una africana de origen musulmán que conocía de primera mano la servidumbre moral y política que exige el islam mayoritario, en particular a las mujeres, y que posteriormente ha tematizado la diferencia entre un islam al que hay que combatir por su intolerancia violenta y el compatible con la democracia liberal, minoritario y perseguido por el anterior. Casi peor que el asesinato fue la cobardía mostrada por el Festival de Róterdam, que se negó a proyectar dicho corto “por motivos de seguridad”. Hirsi Ali tuvo que exiliarse, ante la indiferencia cómplice de sus vecinos.

Theo van Gogh era un director de cine cáustico, crítico e independiente. Hacía de la risa un instrumento de desvelamiento de la opresión y la estupidez. Se había enfrentado al Estado holandés, a la UE, a las Iglesias católica y protestante, a partidos de izquierda y derecha. Pero Submission se topó con los seguidores más fanáticos de Alá y su profeta. Recordemos que uno de los significados del término islam es precisamente “sumisión”, obediencia ciega a un texto considerado sagrado: el Corán.

En Visions of Europe diversos cineastas mostraban aspectos de la realidad europea. Muchos de ellos eran críticos, sardónicos e hirientes con la religión cristiana y sus instituciones. Ni uno solo se atrevía a mofarse de los musulmanes. La muerte de Van Gogh marcó una amenaza siniestra sobre los artistas e intelectuales europeos, los que usan la libertad de expresión como forma de crear espacio ciudadano: ni una referencia crítica al islam, ya que se considerará ipso facto como una blasfemia. El mundo civilizado, por el contrario, puede ser definido como el lugar en el que incluso la blasfemia es posible.

Después de Salman Rushdie, van Gogh volvió poner en el primer plano de actualidad el desafío que el fundamentalismo islamista representa para nuestras sociedades libres y democráticas, civilizadas en suma. Cuando Kant escribió La religión dentro de los límites de la razón natural estaba pensando fundamentalmente en el cristianismo. Es hora de empezar a aplicar los criterios racionales de la Ilustración a otras religiones que quieran establecerse en Europa. Serán bienvenidos siempre y cuando asimilen e incorporen en sus cosmovisiones religiosas los principios de libertad, igualdad y fraternidad, sobre los que se basa la civilización. A secas. Como también argumentaba Hegel, las religiones deben serlo de la libertad y la razón o no pueden ser toleradas dentro de una sociedad abierta pero no suicida.

Ante la guerra diplomática entre Holanda y Turquía (y entre Alemania y Turquía; y entre Dinamarca y Turquía…), hay que tener en cuenta que en los Países Bajos gobierna el muy liberal Mark Rutte. Sin embargo, las elecciones del miércoles estarán polarizadas entre la extrema derecha de Geert Wilders y el islamista presidente de Turquía que aspira al sultanato. La clave de toda esta confusión reside en lo mal que se está gestionando por la élite política europea la cuestión del multiculturalismo, donde el discurso de la tolerancia, la vulnerabilidad y la inclusión ha llevado a que se haya dado carta blanca a determinados grupos de fanáticos para imponer su propia ley (islámica o sharia) en zonas vedadas a la ley democrática, auténticos reinos de taifas-mafias religiosas. Lo recordaba Savater en El País a propósito de los nacionalistas, vascos y catalanes, a los que se ha dejado incumplir sistemáticamente las leyes por un “no vaya a ser que se sientan provocados”. De este modo, la ablación del clítoris se está convirtiendo en una práctica ¡occidental!

Para la prensa socialdemócrata, Wilders no es más que un xenófobo racista, pero el caso es que lo van a votar negras y gais (dentro vídeo). Algo falla en el Matrix políticamente correcto, y es su incomprensión de que culturas hay muchas pero civilización solo una: la que emerge de la práctica de la razón, que es universal. Parafraseando a Kant: culturas, sí, pero todas ellas dentro de la razón natural. Y si a alguien no le gusta el clásico modelo liberal holandés y europeo (tan defensor de los derechos de las mujeres, de los homosexuales y, en general, de la liberalización de los modos de ser humano), siempre le quedará el recurso de emigrar a la auténticamente suní Arabia Saudí o el exquisitamente chií Irán. O a la cada vez más islamofascista Turquía.

© Revista El Medio

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La crisis con Turquía impulsa el voto antiinmigración en las elecciones holandesas. -Hermann Tertsch/ABC-

 

El país se encamina hacia una larga etapa etapa sin gobierno tras los comicios.

Este miércoles votan los holandeses un nuevo Parlamento. Lo harán en plena conmoción por el conflicto con Turquía que adquirió unos niveles de acritud inaudita. Con Holanda, uno de los países tradicionalmente más tolerantes de Europa, tachada de «nazi» y «fascista» por un presidente turco que amenazó con usar a los 400.000 inmigrantes turcos en aquel país como su ejército. Y por los incidentes con los manifestantes turcos del sábado por la noche en Róterdam, que han impresionado profundamente a la opinión pública.

Los holandeses pudieron comprobar el lunes que salían en su defensa y en defensa de su gobierno y su primer ministro Mark Rutte, tanto la Unión Europea como diversos miembros de la misma. Angela Merkel, que había intentado una aproximación menos clara a las provocaciones del presidente turco que Rutte, tachó este lunes de «disparatas» las acusaciones de Erdogan contra Holanda. También la OTAN pidió el lunes una urgente limitación de daños y reducción de la tensión entre sus dos miembros en conflicto.

Las imágenes de la policía holandesa con perros batiéndose con una inmensa masa de hombres morenos con banderas turcas están todo el día en las pantallas de las diversas cadenas de televisión. Y quedarán firmes en la memoria de los holandeses, mucho más allá de esta campaña electoral. Asociadas a las palabras amenazadoras de Erdogan que calificaba a los 400.000 turcos como tropas suyas, tienden a generar enorme inseguridad.

El gobierno turco acusó a Holanda de uso excesivo de la fuerza y pidió sanciones por ello. Además de insistir en las disculpas que exige de Holanda. El primer ministro holandés ha dejado sin embargo claro que no piensa en ninguna disculpa y que es Ankara quien debe disculparse por «unos insultos intolerables» de Erdogan al tachar a Holanda de «guarida nazi». «Nosotros exigimos una disculpa por estos intolerables comentarios contra un país bombardeado por los nazis y víctima del nazismo», afirmó Rutte.

Pero nadie se atreve a vaticinar cómo afectarán al resultado estos graves hechos. De momento todo lo que se sabe sobre los resultados que el miércoles se sabrán a última hora de la tarde es que Holanda volverá a contar con un parlamento muy fraccionado. Como siempre. Por una ley electoral que permite lograr representación hasta al diminuto. Y se sabe por ello que será muy difícil hacer un gobierno porque puede que hagan falta hasta cuatro o cinco partidos para una mayoría. Puede, dicen aquí, que esto sea más largo que lo de España el pasado año.

Geert Wilders

Pero de momento, todas las miradas están puestas en el hombre al que todos los demás partidos y líderes quieren negar el derecho a gobernar por muchos escaños que logre. Ese es Geert Wilders, el líder del Partido de la Libertad (PvdF), un conservador de 53 años que abandonó el VVD, el partido del hoy primer ministro, Mark Rutte, para hacer fortuna política con la creciente masa de holandeses insatisfechos con la política de la Unión Europea y con los crecientes problemas con la inmigración y especialmente con la musulmana.

Wilders, que aboga por el cierre de fronteras a la inmigración musulmana y de mezquitas en el propio país, lideró durante meses las encuestas y había caído hace dos semanas por detrás del partido conservador de Rutte. Por lógica, puede ser Wilders el gran beneficiado por la inaudita escalada de tensión y ataques del presidente turco contra Holanda. Las masas que ondean banderas turcas y jalean a un presidente que llama nazi al país que es generosamente anfitrión de 400.000 turcos con todos los derechos e infinidad de subvenciones y apoyos no han fomentado precisamente las simpatías hacia la inmigraciónn musulmana que es el caballo de batalla principal, muchas veces único, de Wilders.

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